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Incestos en Familia

Por ver las bragas por debajo del vestido, incesto de mi esposa y nuestro pequeño hijo

Éste es un relato de incesto entre mi esposa y nuestro pequeño hijo de 9 años, que comenzó por el fetiche que compartimos mi hijo y yo, y es ver las bragas por desde el suelo por debajo del vestido .
Mi nombre es Rafael, tengo 35 años, y siempre creí que conocía todos los rincones de mi vida y de mi matrimonio con Lucila, mi bella esposa de 32 años.

 

El caso es que yo siempre tuve esa… afición. Esa curiosidad infantil y luego adolescente por el misterio que se escondía bajo las faldas. Era algo que yo consideraba sucio, pero a la vez muy rico cuando me masturbaba.

 

Era la fascinación por lo prohibido. Por las bragas, por el culo.

 

Pegaba un espejo en la punta de mi zapato y lo deslizaba con torpeza por debajo de la mesa durante la cena, con la esperanza de vislumbrar la orilla de las bragas bajo el vestido de mi madre. (Por cierto fue algo que nunca logré).

 

También me escurría bajo el entarimado de madera del escenario escolar durante los actos cívicos, no me importaba el polvo y el olor a madera vieja en la nariz, contenía la respiración para ver hacia arriba a través de las rendijas de las tablas, tratando de ver algo, los tobillos, y si tenía suerte quizás los muslos y tal vez lograría ver al fin un centímetro de las bragas de alguna maestra.

 

Aunque no lograba ver nada, de todos modos después me sobaba mi pequeña verga hasta soltar semen.

 

Con los años, maduré, conocí a Lucila.

 

Me enamoré de ella, de sus ojos claros, llenos de dulzura infinita, y esa melena castaña que le llega a la cintura y que se mueve con gracia. Que se mece como un campo de trigo al viento.

 

Cuando la vi por primera vez, llevaba un vestido ligero, de tela volada que se movía con su andar. Zapatos de tacón alto. El vestido se le agitaba suavemente. Ese deseo infantil, pulsó en mi mente, las ganas de ver debajo de un vestido así, desde el suelo.

 

En fin. Soy el hombre más afortunado del mundo porque ella me eligió a mí.

 

Hoy, nuestro universo tiene un nuevo sol: nuestro hijo Jonathan, de 9 años. Su risa llena la casa, sus preguntas interminables dibujan nuestro futuro.

 

Lucila es una mujer hermosa desde todo punto de vista. Mide 1.65, solo cinco centímetros menos que yo, y su figura es una obra de arte. Sus amplias caderas, la curva de sus culo. ¡Y esas piernas…! Esas piernas femeninas y bien torneadas que los tacones y el vuelo del vestido realzan de un modo que me quita el aliento.

 

Al verla así… ese viejo, extraño fetiche de niño salta turbulentamente en mi.

Queriendo gatear por el suelo y mirar hacia arriba, capturar esa vista única que es ver las bragas desde abajo, desde el suelo.

 

Los que lo han hecho no me dejarán mentir que no importa cuántas veces hayamos visto desnuda a una mujer, ver las bragas desde abajo, por debajo de una falda o un vestido siempre será una visita única, un misterio prohibido.

 

Con Lucila, nuestra vida sexual ha sido buena, cariñosa, normal. Siempre hemos cojido bien rico. Pero no me pasaba por la mente que después de lo que ha sucedido, disfrutaríamos mucho más todavía

 

En fin. Me refiero a que todo cambió anteayer.

 

Regresé del trabajo más temprano. La casa estaba en silencio, solo el leve rumor de la televisión en la sala.

 

Al pasar por el comedor hacia la cocina, me detuve en seco. Allí estaba Jonathan, tendido boca abajo en el suelo de baldosas, completamente inmóvil bajo la mesa, su mirada fija hacia arriba. Y bajo esa mesa, estaban las piernas de Lucila. Ella estaba de pie, hablando por teléfono, absorta, balanceándose levemente sobre sus tacones. Su vestido estampado, ligero y veraniego, colgaba libre. Y mi hijo, mi niño de 9 años, estaba allí, contemplando ese panorama, ese rico panorama que a mí tanto me ha obsesionado de ver las piernas desaparecer por debajo del vestido.

Un torrente de emociones me golpeó.

 

Reconocí esa postura. La había adoptado yo mismo incontables veces en mi infancia.

 

Un nudo se formó en mi garganta. No tenía celos. Era… reconocimiento. Y un miedo repentino de haberle transmitido ese gusto a mi hijo sin querer. A la vez que me preocupé, la verga se me paró de inmediato –

 

“!Que rico!”- dije para mis adentros.

 

No dije nada. Me retiré en silencio y esperé en el estudio, con el corazón palpitando en el pecho.

 

-“¿Qué le vería? – Pensé.

 

“-¿Le vería las bragas blancas o beiges que yo conozco muy bien?”- “-¡Se las vio desde abajo…!   ¡Que rico!”-

 

Cuando Lucila terminó su llamada, fui a su encuentro.

 

No quería delatar a Jonathan pero inconscientemente por el morbo que me provocó, quería saber que pensaba ella, así que fui directo a decirle.

 

-“Lucila”- le dije, intentando que mi voz no sonara tensa,

 

-“Acabo de ver a Jonathan… viendo bajo tu vestido… Estaba en el suelo del comedor, mientras tú estabas al teléfono”-.

 

Ella dejó el plato que estaba secando y me miró, sus ojos claros buscando los míos. Esperaba una reacción de alarma, de preocupación maternal. Pero no fue así.

 

-“Lo sé”-, dijo suavemente. -“Me di cuenta… No es la primera vez que lo hace y ahora estuvo espiando mucho más tiempo.”-.

 

Su calma me desconcertó. -“Rafa… es normal. Es curiosidad. Es la edad”.

-“¿Normal?”-, pregunté fingiendo molestia

 

– “¿Y qué hacemos? ¿Le regañamos? ¿Le explicamos que no se hace?”-.

 

Ella se acercó, tomó mis manos entre las suyas. Sus dedos eran cálidos.

 

 

– “No. Hablemos con él. De verdad. Sin tabúes. Él tiene preguntas, y las está respondiendo a su manera, espiando a escondidas.

 

No debería tener que esconderse para espiar”-,

 

Dijo como dando a entender que ella podría dejarlo ver, pero yo no lo entendí en ese momento.

 

Sin embargo vi una oportunidad para dar ese paso difícil. Decirle lo de mi secreto.

 

Su comprensión fue el empujón que necesitaba. Respiré hondo y le confesé mi propio secreto, el fetiche de toda una vida: que a mi también me dan ganas de mirar desde abajo. La vergüenza de años salió a flote.

 

-“Lucila…”-, comencé, bajando la mirada. -“Lo que hizo Jonathan… yo lo hice…durante años. Esa…fascinación, esas ganas por ver desde abajo. Nunca te lo dije. Me daba vergüenza. Pensé que era algo que tenía que dejar cuando te conocí”.

 

Levanté la vista, preparado para ver decepción o disgusto en su rostro.

 

En cambio, vi una suave sonrisa, un brillo de comprensión en sus ojos. No dijo nada por un momento.

 

-“¿…Y le mirabas las bragas a tu mamá?. ¿A cuantas les viste las bragas desde abajo?”-

 

Levante un poco la vista. -“No…En realidad nunca logré verle las bragas a nadie desde abajo”- Le dije muy avergonzado.

 

Lucila me observó en silencio. Luego, con una suavidad que me detuvo el corazón, se desprendió de mis manos y dio un paso atrás. Se detuvo en el centro de la cocina, bañada por la luz de la tarde que entraba por la ventana.

 

-“¿Y ahora? ¿tienes ganas de ver bragas desde abajo?”- dijo con una sonrisa.

 

Asentí reconociéndolo. Me miró, y con un gesto lento y deliberado de su mano, con la palma hacia abajo, señaló el suelo de baldosas frente a ella.

 

-“¡Pues hazlo ahora, mira mis bragas desde abajo.!”-

 

No era sólo una invitación. Era una absolución. Un puente tendido entre mi antiguo secreto y el presente de nuestro hijo.

 

Mi pulso resonaba en mis oídos. Me arrodillé. No como un súbdito, sino como un explorador ante un paisaje nuevo y a la vez íntimamente conocido.

 

Me tendí boca arriba en el piso de baldosas frías. Desde allí, el mundo era diferente. Su figura se alzaba imponente y con gracia.

 

Allí estaba yo, viendo desde abajo su hermoso rostro sonriente y su dulce mirada de aprobación, a la vez que veía el borde de su vestido floreado, y bajo el vestido, sus largas y exquisitas piernas que tanto me enloquecen. Desembocando en la seda color beige de sus bragas, ajustándose a la curva de sus caderas, a ese hermoso culo que tanto amo, al suave relieve de los labios de su concha peluda que conozco muy bien.

 

Era hermoso. Era prohibido. Era mío, y ella me lo ofrecía desde una complicidad que nunca antes habíamos compartido.

 

-“Es hermoso desde aquí”-, logré decir, con la voz ronca. Pero con la verga bien parada por la excitación.

 

-“Lo sé”-, respondió ella, y su voz sonó como una caricia desde arriba.

 

Después, me incorporé y la abracé, enterrando el rostro en su cuello.

 

-¡“Ahora”!-. dijo ella, recuperando su tono práctico pero con una sonrisa en los labios, – “Hablemos con nuestro hijo. Juntos”-.

 

Tomados de la mano, como dos cómplices, caminamos por el pasillo hacia la habitación de Jonathan. La puerta estaba entreabierta. Lucila la empujó suavemente.

 

-“Jonathan, cielo”-, comenzó a decir, mientras entraba. Y luego su voz se cortó. -“Tu papá y yo queremos hablar conti…”-.

 

Me asomé por encima de su hombro. Jonathan estaba boca abajo sobre su cama, pero no dormido. Su cuerpo se movía con un ritmo rígido, compulsivo, frotándose contra la almohada, se estaba haciendo una paja cojiendose la almohada Y sobre el cubrecama, justo delante de su rostro enrojecido, descansaba, como un trofeo o un icono, una de las bragas de seda de Lucila. Una blanca con encaje en toda la orilla.

 

Lucila contuvo el aliento. Yo me quedé paralizado. No había reproche en el aire, solo una realidad cruda y desnuda que se nos presentaba de golpe. Lucila fue la primera en reaccionar.

 

Con una calma que me dejó atónito, entró en la habitación y se sentó con suavidad al borde de la cama, lejos de la prenda íntima. Puso una mano en la espalda de Jonathan, que se había detenido en seco, petrificado por la vergüenza.

 

-“Jonathan”, dijo su voz, tan suave como siempre, pero ahora con una firmeza nueva. -“No tienes que espiar bajo mi vestido a escondidas, ni esconderte para frotar tu pene.”-

 

El niño giró la cabeza, su rostro estaba bañado en lágrimas de confusión y humillación. “Tu papá y yo estamos aquí. Y vamos a hablar. De todo. De las mujeres, de los hombres, del cuerpo. De la curiosidad. Sin secretos”.

 

Me acerqué y me senté al otro lado de la cama. Tomé la braga de Lucila y me la llevé a la nariz por unos segundos. . Miré a mi hijo a los ojos, a esos ojos que eran un reflejo de los míos, y vi al niño que fui. Asustado, curioso, solo.

 

-“Tu mamá tiene razón, hijo”-, dije, y mi voz sonó ronca.

 

-“Es normal que te den esas ganas de mirar a tu mamá bajo el vestido. A mi también me dan ganas y eso que yo ya conozco desnuda a tu mamá. Pero lo mejor es preguntar. Y nosotros vamos a responder”-.

 

-“Dime hijo. ¿Desde cuando espías bajo mi vestido? Preguntó Lucila con esa ternura que la caracteriza, -“Cuántas veces me has visto las bragas?”-

 

Y entonces, Jonathan, aún con el rostro bañado en lágrimas de confusión y una humillación palpable, entre lágrimas, encontró el valor para ser completamente honesto.

 

-“Mamá”-,  dijo, con su voz temblorosa,

 

-“Yo… realmente… he intentado… pero nunca te las he visto” –

 

Con la voz quebrada soltó la verdad que lo estaba consumiendo y dijo -“Me dan tantas ganas de verlas mamá”

 

-“¿Y sólo eso quieres ver?… ¿Mis bragas?.”-

 

Yo solo observaba.

 

-“No mamá… Tengo tantas ganas de ver las chich… las tetas…Y saber como es la con…la concha.”-.

 

El aire se quedó quieto de lujuria en su voz, era pura, cruda y vulnerable curiosidad. La curiosidad de un niño que confía en sus padres para entender el mundo.

 

Lucila lo miró,

 

-“!Quieres saber como es la concha!”-

 

En sus ojos no vi turbación, sino una ternura infinita. Lo abrazó fuerte, durante un largo minuto, dejando que la vergüenza se disipara.

 

Luego, con una calma que parecía sobrenatural, con movimientos deliberados pero tranquilos

 

-“Bueno… Te dan tantas ganas de espiar bajo mi vestido… Pues espía…Puedes ver mis bragas si quieres…Aparte que ya las conoces pues te masturbas con ellas ”-

 

Jonathan volteó hacia mí con su mirada incrédula.

 

-“Adelante hijo, tu mamá va a satisfacer tus ganas”-  Le dije animandolo.

 

Lo hizo agacharse suavemente.

 

Jonathan apoyó sus rodillas en el piso luego también con las manos, sólo inclinó la cabeza para ver por debajo del vestido de Lucila,

 

-“¿Te gusta cielo?… Eso es lo que querías ver?”-

 

Jonathan no contestó, de tan embelesado que estaba, perdió el equilibrio, resbaló la mano que tenía apoyada en el piso y cayó acostado. Lucila lo levantó y lo sentó nuevamente en la cama.

 

Lo que ocurrió después fue un acto de amor tan profundo que redefine la palabra. Lucila, mi esposa, la mujer más fuerte que conozco. Con una serenidad que era puro amor maternal, se quitó lentamente el vestido.

 

Allí estaba, en la habitación de nuestro hijo, en su ropa interior

 

Se quedó allí, en sostén y bragas, mientras Jonathan la observaba, sus ojos grandes absorbiendo cada detalle sin pudor, con una atención absoluta y voraz, con el ansia de ver más.

 

Luego, se quitó el sostén. Le habló de sus pechos, de su forma, de su sensibilidad. De la historia que lo alimentó a él. Su voz era un río tranquilo.

 

Jonathan escuchaba, sus lágrimas habían cesado, reemplazadas por una atención reverencial.

 

Después, finalmente se bajó las bragas lentamente.

-“!Qué puluuuda!”-

susurró Jonathan con la boca semianierta. Cuando apareció la mata de pelos púbicos .

 

Lucila se subió a la cama y con una naturalidad que me partió el alma,

 

Se recostó en la cabecera, abrió las piernas lo más que se podía, de modo que Jonathan pudiera verle la concha con toda claridad.

 

Sentí un nudo en la garganta. Era la mujer que amo, desnuda como un libro abierto para nuestro hijo.

 

A Jonathan parecía que se le salían los ojos, se lanzó a ver la concha de cerca, a la vez que se tocaba la verga encima del pantalón.

 

-“¿Así te la imaginabas cielo?”- preguntó Lucila con su voz suave.

 

Jonathan con la boca abierta por la impresión sólo movió lentamente la cabeza diciendo que no.

 

Luego se acercó, sus ojos grandes absorbían cada detalle.

 

Lucila comenzó por jalarse suavemente los pelos con los dedos, luego separó sus grandes labios externos y le mostró toda la raja bien abierta, y con un dedo señaló cada parte,

 

-“Mira cielo, En éste bontoncito sentimos mucho placer las mujeres”-

 

Dijo señalando el clítoris.

 

Luego estiró delicadamente sus labios internos

 

-“Y éste es el gallo, ¿ves?”-

 

-“Esto no es un secreto, Jonathan”-, le dijo, su voz era firme y dulce.

 

-“¿Ves aquí abajo? Hay una abertura, es donde tu saliste…», su voz no titubeó,

 

-«Y es por donde tu papá y yo nos unimos en amor, aquí es dónde tu papá me mete el pene mira hijo…” –

 

Yo observaba, con la verga a reventar de lo parada que la tenía y con el corazón latiéndome en la garganta, lleno de un amor por ella y por nuestro hijo que me desbordaba.

 

Cuando ella terminó, me miró. Y entonces supe lo que tenía que hacer.

 

Este no era el momento de quedarme como un espectador. Esta enseñanza para nuestro hijo requería de los dos.

 

-“Ahora verás como se coje hijo”, dije, con mi voz firme. “Es un acto de mucho placer”-.

 

Me desvestí apresurado. Con la verga bien parada me e acerqué a la cama, a mi mujer, la persona más valiente que he conocido.

 

La miré a los ojos y vi su consentimiento, su fortaleza compartida.

 

Jonathan se apartó a un costado. Lucila se acomodó acostandose totalmente con su cabeza sobre la almohada totalmente desnuda con las piernas abiertas.

 

Yo me acerqué a ella

 

Con una lentitud exquisita le acerqué la verga a la entrada de la concha, suavemente, mostrándole a Jonathan, paso a paso, cómo se produce la unión física entre un hombre y una mujer.

 

Luego, lentamente, la penetré. Le metí la verga en la concha a Lucila, allí, en la cama, frente a Jonathan. Él observaba, desde muy cerca, sin pudor ahora, solo con una atención concentrada y seria.

 

Comencé el mete y saca explicándole cada movimiento.

Lucila comenzó a gemir.

 

-“¡Que riiiico Amor!… Que rico que nuestro hijo nos vea cojer”-

 

– “Si amor…! Que riiiico!”- Le dije mientras seguía bombeandola.

 

Comencé a cojerla más duro de modo que en cada embestida  resonaba el choque de nuestras pelvis

 

Era tan grande la calentura por estar cojiendo frente a nuestro hijo, frente a nuestro niño que presionaba su verga con las manos encima del pantalón, que Lucila llegó al orgasmo al mismo tiempo que yo le descargué el semen adentro de la concha.

 

Cuando terminamos, se la saqué estilando semen, me separé y miré a Jonathan

 

-“Ahora es tu turno de aprender», le dije suavemente.

 

Él retrocedió, el rubor volvió a sus mejillas, la vergüenza volvió apoderarse de él.

Pero Lucila extendió su mano.

 

-«Ven, mi cielo»-,

dijo, con una sonrisa que desarmaba montañas. Con paciencia infinita lo animó.

 

-«Ven hijo, es diferente a frotarse en la almohada. Verás que es mucho más rico, yo te guiaré»-.

 

Con una timidez que me rompió el corazón, Jonathan se desvistió. Su pequeña verga la tenía bien parada y dura a más no poder. Su erección infantil, era la prueba física de su deseo. Totalmente desnudo se subió sobre su madre acomodándose entre sus piernas. Lucila lo guió con una ternura infinita. Ella tomó su pequeño pene y lo colocó con suavidad en su entrada.

 

Fué torpe pero con una ternura monumental se la fue metiendo despacio. Deslizándose con facilidad entre la humedad de la concha de Lucila y mi recién disparado semen.

 

Era la escena más morbosa que uno se pudiera imaginar.

 

Jonathan, nuestro niño de 9 años, pequeño, embuido entre las piernas de su madre, metiendole su pequeña, pero bien parada verga en la concha de la que salió

 

Jonathan se dejó caer sobre ella, jadeando y metiendo la cara entre sus tetas.

 

-“¿Sientes rico hijo?”- preguntó Lucila acariciando su cabello con tanta ternura.

 

-“¡Sí mamá!… Que rico!”-

 

Respondió Jonathan, con su voz llena de alegría y emoción.

 

No era un acto sexual en el sentido convencional; era una transferencia de conocimiento de la manera más física posible.

 

Al ver todo aquello mi verga volvió a pararse al máximo lista para cojer otra vez, me acomodé recostado al lado de ellos pajeandome en intervalos y acariciando el cabello de ambos.

 

Bajo su guía paciente y amorosa. Jonathan comenzó el movimiento, el mete y saca una y otra vez

 

Era evidente el placer que Lucila estaba experimentado y comenzó a moverse en un rico vaivén de sus caderas al mismo tiempo que decía:

 

-“Así amor … métemela ¡Ahhhh Qué riiiico!”-

 

Jonathan levantó su rostro lujurioso hacia ella mostrando que estaba a punto de llegar al climax

.

– “!Ahhh mamá!… ¡Qué rico!…¡Qué rica tu concha mamá voy a acabar! . ¡Ahhhhh¡

 

-“¡Acaba hijo… ! Yo también me vengo.. Ohhh.. Que riiiiiiico!”-

 

Lucila también llegó al orgasmo por la calentura que le provocó saberse cojida por nuestro niño, que a su vez terminó con movimientos pausados echandole el semen dentro de la concha

 

También terminé mi paja llenando mi mano de semen.

 

Después de acabar, Jonathan se dejó caer nuevamente sobre ella, exhausto. Luego se dio la vuelta quedando acostado a su lado con su pequeña verga ya flácida pero mojada por los jugos de la concha de Lucila.

 

Mi esposa abrazó a Jonathan y yo la abracé a ella, agradeciéndole, besando apasionadamente su boca

 

Nuestro hijo aprendió a cojer en el regazo de su madre, guiado por su padre, a entender el amor físico.

 

Al final, los tres estábamos abrazados en esa cama, desnudos pero más cubiertos que nunca por un entendimiento nuevo. Jonathan no había “hecho el amor”; había aprendido sobre él. Había visto la desnudez no como un tabú robado, sino como un regalo ofrecido con amor.

 

Nos vestimos en silencio. Los tres nos sentamos en la cama, agotados. Lucila tomó la mano de Jonathan y la mía.

 

-“Esto”-, Dijo, su voz apenas un susurro, –

 

-“Es lo más lejos que puede llegar el amor de unos padres. No hay más secretos. No hay más sombras. Puedes preguntarnos cualquier cosa, siempre, y si te dan ganas de espiar por debajo de mi vestido, solo avísame para que no te lastime con mis tacones”-

 

Jonathan asintió. No dijo mucho. Pero la tensión que había habitado su cuerpo durante semanas se había esfumado. Se veía cansado, pero en paz.

 

Luego se dirigió a mí.

 

– “ Y tú también amor. Porque ya vi que a mis dos hombres les gusta ver las bragas desde abajo!”-..

 

Ahora, escribo esto con la mano temblorosa. No sé qué moral, qué tabúes, qué convenciones hemos roto hoy. Solo sé que cuando terminó, los tres nos abrazamos en esa cama, llorando. Jonathan dormía exhausto entre nosotros, con una paz en el rostro que no le había visto en meses. Lucila me miraba, y en sus ojos solo había amor.

 

Por favor, escriban en los comentarios si les ha gustado mi relato, es muy importante para mi. Me dará mucho gusto leerlos.

 

 

GRACIAS.

41 Lecturas/6 marzo, 2026/0 Comentarios/por Pescadito-1
Etiquetas: culo, hijo, incesto, madre, metro, orgasmo, padre, semen
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