Provocando incesto entre mi esposa y su hermano 04
Relato final .
Después de esa sesión en la que casi todo el semen de José terminó en las tetas y la cara de mi esposa, la desesperación por el embarazo seguía creciendo, pero mi calentura era mil veces más fuerte. Ya no me conformaba con ver. Quería ver a José metiéndole la verga hasta el fondo y corriéndose adentro de Sandra como un animal.
Pasaron otros diez días y las pruebas seguían negativas. Sandra estaba cada vez más ansiosa y frustrada. Una noche, mientras la follaba despacio, le susurré al oído:
—Mi amor… las jeringas no están funcionando. Se pierde mucho semen, se enfría… José es joven, está sano y ya te ha tocado. Creo que la única forma real de aumentar las probabilidades es que lo haga de forma natural… adentro de ti, sin nada de por medio.
Sandra se tensó.
—¿Estás hablando en serio, Erick? ¿Quieres que me acueste con mi propio hermano?
—No es que yo “quiera”… es que necesitamos un bebé. Ya cruzamos muchas líneas. Solo sería terminar el trabajo como debe ser.
Ella no dijo que sí, pero tampoco se negó rotundamente. Eso fue suficiente para mí.
Dos días después llamé a José:
—Cuñado, ya no vamos a usar jeringas. Necesitamos que lo hagas directo, sin condón, adentro. ¿Estás dispuesto a cogerte a tu hermana?
—…¿Y ella está de acuerdo?
—Todavía tiene dudas, pero la voy a convencer. Ven preparado y con muchas ganas.
Llegó el día. José trajo consigo a su perro Doberman, un macho grande, musculoso y negro con manchas café llamado Max. Dijo que el perro estaba nervioso solo en casa y que lo traería. No le di importancia en ese momento.
Sandra estaba nerviosa pero arreglada: una bata corta de seda negra que apenas le cubría los muslos, sin brasier y sin panties. Sus tetas grandes se movían libres y se le marcaban los pezones duros.
Nos sentamos en la sala con vino. Max se acostó en la esquina, observando. El ambiente estaba cargado. Yo rompí el hielo:
—José, ya sabes para qué estás aquí. Queremos intentarlo de forma natural. Sin jeringas, sin perder semen.
José miró a su hermana con pura lujuria.
—Sí… entiendo.
Sandra se mordió el labio, mirando de reojo al Doberman.
—Yo… todavía tengo dudas —susurró.
Me acerqué, le abrí la bata y dejé sus enormes tetas al aire. Le pellizqué los pezones.
—Míralo, mi amor. Solo falta que te la meta hasta el fondo y te llene.
José se arrodilló, le abrió las piernas y empezó a lamerle el coño con ganas. Sandra gimió fuerte y agarró su cabeza.
—Ay, José… ¡qué rico!
Yo me senté en el sillón, saqué mi verga y empecé a masturbarme lento. Max se levantó y se acercó, olfateando el olor a sexo. Empezó a lamer la pierna de Sandra, subiendo hacia sus muslos. Su lengua larga y áspera llegó al coño, lamiendo los jugos mezclados con la saliva de José. Sandra arqueó la espalda.
—Ahhh… la lengua de Max… está muy caliente…
José se levantó, sacó su verga gruesa y dura y la puso en la entrada de Sandra.
—Sandra… ¿quieres que te la meta?
—…Sí… métemela… despacio al principio.
José la penetró de espaldas en el sofá. Centímetro a centímetro entró hasta el fondo.
—Hermanita… qué coño tan apretado y caliente tienes…
Empezó a follarla con embestidas profundas. Las tetas de Sandra rebotaban. Max lamía sus tetas y pezones con esa lengua áspera, haciendo que ella gritara de placer.
—Más duro, José… ¡por favor!
José la cogió salvajemente. Luego la volteó en cuatro, le dio nalgadas y la penetró desde atrás mientras le jalaba el cabello.
—Dime que te gusta que tu hermano te coja, putita.
—¡Sí! ¡Me encanta! ¡Cógeme más fuerte!
La folló contra la pared, de pie, sosteniéndola de las nalgas. Después la inclinó sobre la mesa del comedor y la embistió con fuerza. Max no dejaba de lamerle las tetas y el cuello.
José la llevó al sillón y la sentó a horcajadas sobre él. Sandra rebotaba con furia sobre la verga gruesa mientras Max lamía su ano desde atrás.
Finalmente, José la puso de espaldas en la alfombra, le levantó las piernas hasta los hombros y la folló en misionero profundo, aplastándola contra el piso con embestidas brutales. Sandra gritaba de placer, completamente entregada.
Después de casi treinta minutos de cogida intensa en todas las posiciones, José rugió:
—Hermanita… me voy a correr adentro!
—¡Sí! ¡Lléname! ¡Córrete dentro de mí!
José se enterró hasta el fondo y descargó chorros espesos de semen caliente directo en su útero. Se quedó pulsando dentro de ella varios segundos, vaciándose completamente.
Cuando José sacó su verga, un grueso hilo de semen blanco escapó del coño abierto de Sandra. Ella quedó jadeando en la alfombra, con las piernas abiertas, exhausta y satisfecha, sin fuerzas para moverse.
En ese momento, José se levantó para tomar agua y yo seguí masturbándome, distraído mirando el semen salir del coño de mi esposa. Sandra tenía los ojos entrecerrados, respirando agitada, todavía en las nubes del placer.
Max aprovechó el descuido.
El enorme Doberman se subió rápidamente sobre la espalda de Sandra. Sus patas delanteras se aferraron a los costados de ella y su verga roja, larga y puntiaguda ya estaba fuera del sheath, completamente erecta y goteando. Antes de que Sandra pudiera reaccionar, Max empujó con fuerza y metió su verga canina en el coño lleno de semen de mi esposa.
—¡Ahhh! ¡Max! ¡No! ¡Quítalo! —gritó Sandra intentando moverse, pero el perro era demasiado fuerte y pesado. Sus patas la sujetaban firmemente.
Max empezó a bombear como un animal salvaje, follándola con embestidas rápidas y cortas. Su verga entraba y salía a gran velocidad, haciendo sonidos chapoteantes mezclados con el semen de José. Sandra gemía entre protestas y placer involuntario.
—Dios… está muy caliente… ¡es muy rápido! ¡No puedo… ahhh!
Yo me masturbaba furiosamente viendo cómo el Doberman montaba a mi esposa. José solo observaba con una sonrisa, sin intervenir.
Max seguía empujando cada vez más profundo. De repente, Sandra sintió algo grande y grueso presionando contra su entrada: el nudo. El perro empujó con más fuerza y el nudo inflado entró con un “pop” audible, aborronándola completamente. Sandra soltó un grito largo y agudo.
—¡Ay, mierda! ¡Me está aborronando! ¡Está muy grande… no sale!
Max se quedó pegado a ella, moviendo las caderas en cortos espasmos mientras su verga pulsaba dentro del coño de Sandra. Empezó a eyacular chorros abundantes de semen caliente y líquido canino, inundando su útero ya lleno del semen de José. El nudo impedía que nada saliera, obligándola a recibir todo.
Sandra temblaba, gimiendo sin control, con los ojos en blanco. El perro seguía inseminándola durante varios minutos, vaciando sus huevos dentro de ella.
Cuando Max finalmente se calmó, quedó atado a Sandra por el nudo durante casi quince minutos. Ella jadeaba, sintiendo cómo el semen caliente del perro se mezclaba con el de su hermano dentro de su vientre.
Al final, el nudo bajó lo suficiente y Max se bajó de ella. Un torrente de semen blanco y espeso (mezcla de José y Max) salió del coño abierto y rojo de Sandra, cayendo sobre la alfombra.
Sandra se quedó tirada, exhausta, con las piernas temblando.
Yo me corrí con fuerza en mi mano, extasiado con el espectáculo.
José se acercó, miró el coño destrozado y lleno de semen de su hermana y dijo con una sonrisa cínica:
—Joder… parece que hasta Max va a ser padre de esa criatura. Entre los tres le dimos una buena inseminación.
Sandra, todavía respirando agitada y con semen goteando de su coño, solo pudo sonreír débilmente y murmurar:
—Dios… qué locura… pero… se sintió demasiado bien.
Yo, todavía con la verga en la mano, agregué:
—Ahora sí, mi amor. Con tanta leche adentro, seguro que esta vez sí queda embarazada… aunque no sepamos de quién.


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