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Incestos en Familia, Infidelidad, Intercambios / Trios

RECONEXION

Como mi hijastro me hizo reconectarme con su padre.

Luis había llegado de vacaciones a Colombia e iba a quedarse con nosotros al menos una semana, antes de irse otra para San Andrés.  En los 28 años que llevo casada con su padre hemos tenido una muy buena relación, en la que nos hemos tratado como madre e hijo.  Raúl ya tenía un viaje a Bogotá que no podía cancelar, e invitó a Luis para que lo acompañara. pero éste le dijo que ya había programado unas reuniones con unos amigos por lo que declinó la invitación del papá.  El viernes en la noche temprano lo llevamos al aeropuerto en medio de un aguacero.  Al  llegar a casa, me duche y me empijamé, y pedí por Rappi una pizza.  Luis estaba en la sala de estar viendo películas de Netflix. Abrí una botella de vino, y ofreciéndole una copa a Luis, me senté con él a ver la película. Al rato llegó la pizza, que comimos mientras terminábamos la botella del cabernet sauvignon.  Abrimos una segunda botella, que bogamos mientras charlábamos y mirábamos la película. Un poco mareada, seguramente por el vino, me recosté hacia un lado del sofá, dejando mis pies contra él. Me estaba quedando dormida, cuando sentí sus manos acariciando mis pies.  Me gustaba la sensación, pero le advertí que parara que yo era su madre.

Mi madrastra —corrigió, agregando que no era lo mismo. Cerré mis ojos, dejándome llevar por sus caricias.  Sin pensarlo, estire mi pie hasta tocar su entrepierna. Pude sentir como su pene estaba crecido dentro de su boxer.  Él rápidamente libero su verga, que emergió como un mástil, y pude frotarlo con mi pie con libertad. Me incliné para ver con lujuria esa tremenda polla de mi hijastro, a lo que él halándome de un brazo me incorporó en el sofá. Luis se acercó y me dio un leve beso en los labios.  Nos separamos un poco y Luis no necesitó más. Su boca se encontró con la mía en un beso voraz, hambriento, que borró cualquier duda, cualquier límite que existía entre los dos.  Solté un suspiro tembloroso cuando sentí su cuerpo presionarse contra el mío, atrapándome entre el calor de su juventud y lo frío del sofá. Mis manos, temblorosas al principio, se aferraron a los brazos de Luis, sintiendo la fuerza de sus músculos tensarse bajo mi toque. Mi pijama cedió lentamente bajo las manos de él, deslizándose hasta caer al suelo con un susurro suave. No supe en qué momento exacto dejé de pensar. Lo único que sentía era el peso del cuerpo de Luis contra el mío, la firmeza de sus manos deslizándose por mi piel con la urgencia de alguien que había contenido el deseo durante demasiado tiempo.

Las yemas de sus dedos me recorrieron con descaro, marcando cada curva, cada espacio, como si él estuviera reclamando un territorio prohibido. Luis no era un amante delicado ni sutil; era puro instinto, una mezcla de juventud y hambre que me encendía como nunca antes. Cada roce era fuego, cada movimiento suyo un recordatorio de lo que ella había estado queriendo durante tanto tiempo.

Cerré los ojos y dejó que mis manos se aferraran a él, a sus hombros, a su cuello, como si eso pudiera anclarme a algo real mientras me perdía en aquella marea. El olor de su piel, el sonido entrecortado de sus respiraciones, todo era demasiado. Por un momento, olvidé todo lo que estaba mal, todo lo que podría perder. Solo existía él, su calor, la manera en que su cuerpo encajaba perfectamente con el mío.

Sus labios buscaron los míos con una intensidad que me dejó sin aliento. Eres mía susurró. No respondí, pues no necesitaba hacerlo. Mi cuerpo hablaba por mí. La manera en que lo abrazaba, en que me entregaba, decía todo lo que él necesitaba saber. En ese instante, no importaba quién era él ni quién era yo; no importaban los años, los lazos familiares, ni las consecuencias. Lo único que importaba era ese fuego que nos consumía a ambos, llevándolos a un lugar del que sabiamos que no habría regreso.

Luis me giró con un movimiento rápido, mientras se posicionaba sobre mi cuerpo. Se quedó observando mis senos, inmóvil por un instante, con una mezcla de hambre y determinación que parecía devorar cada centímetro de mi ser. Sus manos subieron rápidamente para abarcar las curvas de mis tetas, sus dedos hundiéndose en la carne suave mientras las exploraba con movimientos firmes, casi posesivos. No había delicadeza en su toque, solo un deseo crudo que lo consumía, que lo hacía olvidar todo excepto mi cuerpo bajo el suyo.

Con una necesidad que no podía controlar, Luis se inclinó sobre mí, empujándome con suavidad contra el sofá mientras sus labios buscaban los míos en un beso cargado de lujuria. Con mis ojos entrecerrados y mi pecho subiendo y bajando rápidamente, estaba completamente entregada al momento.

Luis se posicionó entre mis piernas, sus manos aferrándose con fuerza a mis muslos para separarlos con firmeza. Yo no podía pensar en otra cosa que en lo que estaba a punto de hacer. No era solo el placer, no era solo el cuerpo cálido y palpitante de Luis sobre el mío. Era lo que el representaba, lo que le estaba haciendo a su padre. Ese pensamiento me empujaba más allá de los límites, me llenaba de un oscuro placer que me hacía moverme con una intensidad casi primitiva.

Luis con un movimiento decidido, me penetró con su fabulosa verga. Dejé escapar un gemido profundo, arqueando mi espalda mientras mis uñas se clavaban en los hombros de Luis, dejando marcas en su piel. El mundo alrededor desapareció: no había casa, no había esposo, no había reglas. Solo existíamos los dos, el choque de nuestros cuerpos, el calor que nos envolvía, y el ritmo frenético que nos llevaba al límite.

Luis se movía con fuerza, cada embestida cargada de esa mezcla de deseo y desafío. Su boca repetía una y otra vez la misma idea: «Eres mía». Me perdí en la intensidad del momento, ahogando mis pensamientos con las olas de placer que me recorrían. Cada embestida, cada caricia, me llevaba más lejos de todo lo que conocía, acercándome a un punto de no retorno.

Luis no se detuvo. Mientras mi cuerpo seguía respondiendo a cada movimiento, mi mente era un caos de imágenes y pensamientos que ya no podía contener. Luis se inclinó hacia mí, sus labios cerca de mi oído, dejando que su respiración caliente me envolviera antes de hablar.   Siempre soñé con esto me dijo. El impacto de sus palabras me atravesaron como una descarga. Mis mejillas se encendieron, pero no por vergüenza, sino por el morbo que esas confesiones despertaban en mí. No respondí con palabras; mis uñas recorrieron la espalda de Luis, dejando un rastro que ardía mientras mi cuerpo se arqueaba bajo el suyo, buscando más. Pero Luis tenía otros planes.

Con un movimiento firme, me giró, obligándome a ponerme de rodillas sobre el sofá. Mis muslos, se tensaron al cambiar de posición, añadiendo un contraste irresistible al cuadro que tenía frente a él. Luis dejó que sus manos recorrieran mis caderas, deslizando los dedos hacia mi trasero. Me empujó hacia adelante, posicionándome a su antojo. Sus manos se detuvieron un instante en la curva de mis nalgas, apretándolas con firmeza antes de deslizarse hacia abajo. Dejé escapar un jadeo cuando sentí el primer mordisco en mi trasero. Fue inesperado, un gesto tan salvaje que mi cuerpo respondió al instante. Luis sonrió, disfrutando de cada reacción. Volvió a morderme, esta vez con más fuerza, dejando una marca rojiza en la piel que lo hizo sentirse poderoso, dueño de cada centímetro de mi cuerpo. Luis no esperó más. Se posicionó detrás de mí, guiándose con una mezcla de urgencia y precisión. Sus manos se aferraron a mis caderas mientras volvía a penetrarme, con una intensidad aún mayor que antes.  Dejé caer la cabeza hacia adelante, mientras mis gemidos resonaban en la sala mientras Luis me penetraba una y otra vez. Sus movimientos eran rítmicos, profundos, cada embestida cargada de la rabia, el deseo y la oscura satisfacción de saber que estaba cumpliendo una de sus fantasías.

Sus manos recorrieron mi espalda, deslizándose con determinación hasta encontrar mis tetas. Las apretó con la misma fuerza con la que antes había marcado mis nalgas, hundiendo los dedos en esas masas suaves que se amoldaban a su toque. Dejé escapar un gemido que parecía encender aún más el fuego que nos consumía.

El ritmo de las embestidas de Luis creció en urgencia, el sonido húmedo de nuestros cuerpos encontrándonos, llenando la sala, mezclándose con los jadeos entrecortados y los suspiros cargados de placer. El aire se sentía denso, impregnado de sudor y deseo, como si cada rincón de la sala vibrara con nosotros.

Cuando sintió que el clímax estaba cerca, Luis dejó que una de sus manos se enredara en mi cabello, tirando de él con una firmeza que no dejaba espacio para delicadezas. Quería más, necesitaba más, y el tirón lo acercaba a ese punto donde sentía que podía poseerme por completo.  Su voz estaba cargada de deseo mientras me penetraba buscando llegar más profundo, con sus movimientos llenos de una intensidad casi desesperada. Sentía cómo mis nalgas amortiguaban cada embestida, el sonido de nuestros cuerpos chocando, reverberando como un eco íntimo que quedaría grabado en mi memoria.

Solo me aferraba al sofá con las manos temblorosas, sintiendo cómo las embestidas de Luis se volvían más profundas, más urgentes, como si buscara alcanzar cada rincón de mi ser. Mi cuerpo respondía sin control, moviéndose al compás de cada movimiento, mientras mi placer crecía como una llama que me consumía por dentro.

Con cada empuje, mis pechos rebotaban con fuerza, siguiendo el ritmo frenético que él marcaba. Las oleadas de placer se mezclaban con la sensación de mis tetas  tensándose y moviéndose libremente, un recordatorio físico de la intensidad con la que él me estaba tomando.

Los gemidos que escapaban de mis labios eran cada vez más intensos, cada vez más desesperados. La forma en que Luis me había tomado, sin pedir permiso, con una ferocidad que nunca había conocido, despertaba algo oscuro en mi interior. Un deseo prohibido que me hacía temblar, no de miedo, sino de anhelo. Cada embestida arrancaba una respuesta mía: un gemido, un suspiro, un jadeo que llenaba la sala con una melodía que nunca había sonado entre esas paredes. El sexo con mi marido era bueno, ella lo disfrutaba, pero esto era completamente distinto.

Con Luis, no había ternura ni comodidad; todo era crudo, posesivo, visceral, casi animal. La forma en que él la reclamaba me hacía perder el control de maneras que nunca habría imaginado, llevándome a un lugar donde el placer y el deseo se mezclaban con algo oscuro y prohibido. El orgasmo me atrapó como una tormenta, violenta e incontrolable, arrancándome todo pensamiento coherente. Pero no era solo placer; era algo más profundo, algo que no se atrevía a nombrar.

Sentí cómo el fuego dentro mío se mezclaba con una culpa latente, pero no podía detenerme. En ese momento, ya no había lugar para el remordimiento. Solo estaba el placer, el calor de Luis, y esa conexión prohibida que hacía que cada segundo se sintiera como un acto de desafío, de rendición total. Luis, sintiendo cómo me tensaba y temblaba bajo él, no se detuvo. Una de sus manos seguía firmemente aferrada a mis caderas, guiándola hacia el ritmo frenético que nos llevaba a ambos al límite, mientras la otra mantenía mi cabello tirado hacia atrás, exponiendo la curva de mi cuello y obligándome a sostener esa posición de rendición absoluta.

Me miró, viendo cómo me entregaba por completo, cómo mi cuerpo se arqueaba y mis gemidos llenaban el aire con una verdad que no necesitaba palabras.  Me dejé caer sobre el sofá, con mi pecho subiendo y bajando mientras trataba de recuperar el aliento. Mi piel estaba húmeda por el sudor, y el leve frío de la sala me envolvía como un recordatorio de lo que acababa de ocurrir. Mi mente era un torbellino de pensamientos contradictorios: vergüenza, culpa, pero también un rastro inconfundible de satisfacción que no podía ignorar.

—No pongas esa cara —murmuró Luis, con una sonrisa ladeada que no intentaba disimular su burla—. No me digas que no lo disfrutaste. Cerré los ojos, intentando bloquear el impacto de esas palabras. Pero no podía. Mi cuerpo aún ardía, y las sensaciones que él había despertado seguían latiendo en mí, recordándome que no podía mentir. Había disfrutado cada maldito segundo, aunque no quisiera admitirlo. Luis tenía razón, y la verdad era tan incómoda como excitante. Sin embargo, mientras lo miraba, esa mezcla de deseo y vergüenza me invadía con más fuerza. Me sentía sucia, una zorra, por permitir que eso ocurriera con el hijo de mi esposo. Esa palabra resonaba en mi mente, haciéndome estremecer, pero no de rechazo, sino de una perversa aceptación que no podía ignorar. En ese momento, cualquier resistencia moral que pudiera haber tenido se desmoronó, hundiéndome hasta el fondo de mis pensamientos, donde no podía alcanzarme. Con movimientos decididos, me coloqué a horcajadas sobre Luis, con mis piernas rodeándolo con una seguridad que lo dejó sin aliento.

Mis pechos, aún redondos y casi perfectos, quedaron a la altura de su rostro, tentándolo de una manera que casi lo hizo perder la cordura. Mientras Luis inclinaba ligeramente la cabeza, mis pezones rozaron sus labios, enviando un escalofrío por ambos cuerpos. El contacto, suave pero electrizante, hizo que él los atrapara por un breve instante con su boca, dejando un rastro de deseo marcado en mi piel. Luis apenas tuvo tiempo de asimilarlo cuando sintió cómo yo tomaba con determinación su erección, ahora completamente despierta otra vez, y la guiaba hacia mi interior. El movimiento fue fluido, casi elegante, una demostración de experiencia que lo fascinó y lo enloqueció al mismo tiempo.

Me apoyé en el respaldo del sofá con ambas manos, mi cuerpo arqueándose mientras marcaba el ritmo con una precisión que desafiaba cualquier idea de control. Mis pechos se movían al compás de cada embestida, rebotando con una sensualidad que atrapaba a Luis en un trance hipnótico. La forma en que lo apretaba desde dentro, los movimientos calculados de mis caderas que alternaban entre fuerza y suavidad lo desarmaban por completo. Mis uñas se aferraron al respaldo del sofá, con mi cuerpo empujándolo hacia un ritmo que lo hacía sentir atrapado y al mismo tiempo completamente libre. Cada movimiento era una declaración, cada embestida una prueba de que yo sabía exactamente cómo controlar el momento. Luis, con las manos en mis caderas, intentó ganar algo de dominio, pero pronto entendió que no había nada que pudiera hacer más que rendirse a mis deseos.

El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba la sala, acompañado por mis jadeos y gemidos que ya no intentaba contener. Su cabello caía en desorden sobre sus hombros, y la expresión en su rostro era la de una mujer completamente entregada, no solo al placer, sino al poder que sabía que tenía sobre él. Un fuego me consumía desde dentro. Mientras lo montaba, mi mirada se oscureció al pensar en todas las chicas jóvenes que seguramente habían disfrutado de esa energía, de esa fuerza juvenil que ahora me llenaba por completo. La idea de esas mujeres, de esas manos ajenas sobre el cuerpo de Luis, me hizo estremecer, pero no de placer, sino de celos. No quería que nadie más lo tuviera. Ahora era mío, al menos en ese momento, y estaba dispuesta a dejar una marca que ninguna otra podría superar. Era la señora de esa casa, y ahora sentía que el poder real estaba en mis manos. Tanto el hombre como el hijo me pertenecían; eran míos para dominar, para reclamar, y no permitiría que ninguna otra mujer, joven o vieja, se interpusiera en eso.

Con esa idea en mente, mi ritmo se volvió más intenso. Mis caderas se movían con una precisión que solo alguien con experiencia podía lograr, llevando a Luis al borde de la locura. Cada movimiento era una declaración silenciosa, un recordatorio de que era yo quien controlaba el momento, de que nadie más podría hacerle sentir lo que yo estaba haciendo. Mis uñas marcaron su piel con la intención de dejar rastros, para asegurarme de que Luis entendiera lo que había despertado en mí. Cada movimiento de mis caderas, cada gemido que escapaba de mis labios, era una confesión silenciosa de un deseo reprimido hasta que él lo desató.

Envuelta en el momento, el pensamiento más oscuro me consumía. Era el hijo de mi esposo. Ese hombre al que había prometido lealtad, al que había compartido sus días más monótonos y sus noches más tibias, hace rato no me daba lo que su hijo me estaba dando ahora. Esa idea, lejos de detenerme, me encendía aún más. Había algo profundamente perverso en entregarme de esta manera a alguien tan cercano y, al mismo tiempo, tan diferente.  Quería que me follara como a una puta.   Se lo dije. Luis no necesitó más instrucciones. Me penetró con un movimiento firme, profundo, arrancándome un gemido que resonó en la sala.  No podía dejar de pensar que era el hijo de mi esposo. La línea que había cruzado era tan prohibida, tan impensable, que el simple hecho de estar ahí, con Luis tomándome de esa manera, despertaba algo que nunca había sentido.  Finalmente Luis lo dijo. Me estoy follando a mi madrastra.   Me excitó aún más. No quería que Luis pensara en otra cosa. No quería que recordara a ninguna mujer más joven, más fresca. Quería que, cada vez que cerrara los ojos, fuera yo la única imagen que lo invadiera.

Luis aceleró el ritmo, sus embestidas se volvieron más salvajes, impulsadas no solo por el placer, sino por algo más profundo: una lujuria contenida que llevaba años acumulándose. Yo era suya en ese momento, de una manera que su padre jamás podría imaginar, y eso lo volvía loco. Entonces, en un movimiento inesperado, Luis deslizó una mano hacia abajo, recorriendo la curva de mis nalgas. Sentí el cambio en su intención incluso antes de que él actuara. Me congelé al sentir cómo él dirigía su atención hacia mi ano. Mi respiración se detuvo por un instante, pero no lo aparté. Hubo una pausa, un momento donde el tiempo pareció detenerse, antes de que con un movimiento casi imperceptible de mi cabeza, le diera mi consentimiento. Luis, se acomodó con cuidado. Su mano derecha siguió firme en mi cadera, manteniéndola en su lugar, mientras la otra trazaba un camino lento pero decidido.

El primer contacto fue una mezcla de tensión y desafío, sacándome un jadeo agudo, mientras mi cuerpo se ajustaba lentamente al intruso que rompía una barrera que alguna vez había sido cruzada. Luis estaba eufórico, concentrado en un lugar prohibido que ahora reclamaba como suyo. Cada movimiento era un desafío, una mezcla de fuerza y cuidado mientras ambos explorábamos este límite. Cerré los ojos, con mi mente en un torbellino de sensaciones. El dolor inicial se desvaneció lentamente, reemplazado por una ola de placer extraño. Mis gemidos, ahora más profundos, resonaban en la sala, mezclándose con el sonido húmedo y rítmico de nuestros cuerpos chocando.

Luis aceleró, cada embestida más intensa que la anterior, mientras el clímax se acercaba con una fuerza imparable. Su respiración era pesada, sus jadeos llenos de necesidad, y la mirada fija en mis ojos, que ahora estaba completamente a su merced. El calor de Luis llenándome me llevó al límite, a mi propio clímax explotando como una ola que me hizo temblar desde la cabeza hasta los pies. Mi cuerpo se arqueó, mi respiración se cortó, y un gemido largo y quebrado escapó de mis labios mientras ambos quedaban atrapados en ese momento, consumidos por el deseo y el morbo que nos había llevado hasta ahí.

Me deje caer sobre el sofá, con mi cuerpo aún temblando mientras el aire cargado de sudor y deseo llenaba mis pulmones. Luis, de pie detrás de ella, respiraba con dificultad, sus manos todavía en sus caderas como si se negara a soltarme, como si temiera que este momento pudiera desvanecerse si lo hacía.

El silencio que nos envolvió no fue de calma, sino de tensión. Giré lentamente la cabeza, buscando sus ojos. Lo encontré mirándome con una intensidad que me hizo estremecer. En esos ojos no había arrepentimiento, solo una mezcla peligrosa de satisfacción y algo más oscuro, algo que le decía que esto no había terminado.   Cerró mis ojos, con mi  mente atrapada entre el deseo y el remordimiento. Sabía que esto había cambiado todo. Pero quería disfrutarlo.

Apagamos el televisor, y cogiéndole de la mano lo conduje hasta el baño de nuestro dormitorio. Nos metimos en la ducha, y nos besábamos mientras el agua caliente empezaba a caer chorreando nuestros cuerpos.  Luis puso en mi mano una esponja con gel de ducha y comencé a frotarle todo el cuerpo mientras me miraba a los ojos. Yo no podía mantenerle la mirada y solo podía mirarle su tremenda polla, ya crecida,  que se bamboleaba con el movimiento. No pude más y solté la esponja aferrándome a su verga que se endureció más. Levanté los ojos y pude ver que sonreía y seguí mirándole mientras mis manos subían y bajaban por aquel mástil hasta que noté como palpitaba y sus testículos se apretaban. Cerré los ojos y aceleré el bombeo de mis manos. Luego me puse de rodillas y miré la enorme cabeza de la polla que besé suavemente y lamí delicadamente con la punta de la lengua antes de metérmela en la boca y tragármela todo lo que pude. Luis me tomó de la cabeza dirigiendo mis movimientos. Gemí  de alegría mientras chupaba con energía. Abrí la boca todo lo que pude y me tragué la polla todo lo profundo que fui capaz. Casi no podía respirar.

Me tomó del pelo y muy despacito me hizo ponerme de píe entre temblores de rodillas de lo nerviosa y excitada que estaba. Luego me comió la boca metiéndome la lengua tan profundo como antes la polla. Noté mi coño tan caliente que parecía que iba a arder.  Luis se tumbó sobre la espalda en la bañera, me agaché despacito, separé los muslos y dejé que la inmensa cabeza de su polla se apoyara en mi coño a punto de estallar.  Bajé el cuerpo sobre su polla que entró poco a poco mientras nos mirábamos a los ojos. No pude evitar un gemido cuando mi coño se tragó toda la polla y contacté con su pubis. Noté como las paredes de mi vagina se separaban al entrar su polla enorme que él empujó decidido dentro de mi coño apretado invadiendo su húmedo interior. El comenzó a jadear. Yo también al sentirlo llenándome el coño, que me ardía de excitación y bajé todo lo que pude mientras me agarraba por la cintura.  Luis se detuvo un solo instante para acariciarme las mejillas y volver a embestirme mientras sonreía. Noté que su grueso pene me estaba destrozando. De pronto se me escapó un grito de placer y la respiración se me aceleró. Un movimiento inadecuado de mis temblorosas piernas hizo que me resbalara y que su polla se saliera. Me atrajo con sus fuertes manos y me recolocó otra vez metiéndomela con más fuerza que antes, haciéndome subir y bajar, cada vez más rápido, con ritmo duro, follábamos rápido, como con urgencias, marcándome el ritmo con sus manos agarrándome la cintura.

Mis pezones estaban erectos y duros, mi coño mojado y palpitante. Comencé a moverme también de lado a lado, girando. Noté un hormigueo en el coño mientras la polla de mi hijastro se movía dentro y comenzaba moverse espasmódicamente y su cadera empujaba firmemente hacía delante para metérmela muy dentro. Noté el palpitar de mi corazón. Luis se levantó y cerró el grifo. Entendí que eso significaba que quería que se la chupara otra vez así que me puse de rodillas. Se la tomé con las manos, la rodeé con los dedos y comencé a chuparle despacito la enorme cabeza, mientras él empujó su polla dentro de mi boca.  Soltó un bufido mientras una enorme oleada de esperma cremoso y cálido dentro de mi boca. Me resultó muy agradable su salado semen. Chupé fuerte tratando de no dejarme nada. Se la lamí toda sin dejar una sola gota hasta que se detuvo.

Sin secarnos salimos de la tina, y arrojándome a la cama se puso sobre de mí, y comenzó a devorar mis senos y recorrer mi cuerpo con sus manos, yo oprimía su cabeza contra mis senos disfrutando como los lamía y los mordía levemente mientras recorría mi pierna hasta llegar a mi intimidad acariciando mi vulva, pasando su dedo entre mis labios vaginales dándome un gran placer y mojándome toda.  Fue bajando besando mi vientre, mi pubis y con su lengua separaba mis labios vaginales y lamía mi excitado clítoris; flexione mis piernas y las abrí completamente mientras mi hijastro me daba mucho placer con su lengua en mi coño, besaba y succionaba mi clítoris, la pasaba desde ahí hasta mi ano una y otra vez.  Cogí su cabeza con mis manos y la apreté contra mi vulva teniendo un delicioso orgasmo.   Su polla ya había recuperado su virilidad, y acomodándose me penetró de una sola embestida, encajándolo por completo que sentí su escroto golpear entre mis nalgas una y otra vez, así continuamos un buen tiempo, hasta derramar su simiente dentro de mí, eyaculando copiosamente. Tres fuertes disparos inundaron mi vagina, mientras yo lo abrazaba con mis piernas y brazos levantando mi cadera para sentirlo hasta el fondo y moviendo mi cuerpo para disfrutarlo y tratar de llegar a un nuevo orgasmo antes de que su ahora flácido pene abandonara mi caliente vagina pero no lo logré quedándome al borde del mismo, lo besé mientras él salía de mí y se recostaba a mi lado sudoroso y satisfecho acariciando mi muslo, se quedó dormido agotado.

Exhausta, me voltee y también me dormí.

En la mañana siguiente, me desperté al sentir que besaba mi cuello y acariciaba mis senos mientras punteaba mis nalgas con su pene. Acarició y amasó mis tetas con sus manos apretando ligeramente mis pezones con sus dedos mientras besaba mi cuello. Giré mi cabeza para que besara mis labios y él sin dudarlo, me besó con una pasión y lujuria desmedida.  Soltándome se dirigió a mi coño, paseando su lengua por mis vellos púbicos y luego encontrando mi ya excitado clítoris, lo lamió y chupó con ansias, puso mis piernas en sus hombros y comenzó a lamerme, acariciaba mis muslos, separaba con sus dedos mis labios vaginales e introducía su lengua en mi vagina, la lamía desde mi ano hasta el clítoris, lo hacía vibrar al mover su lengua sobre de él para después volverla a introducir en mi vagina.

Así me estuvo dando placer oral, acariciando mis senos o metiéndome sus dedos mientras lamía mi clítoris y pocos minutos tuve un riquísimo orgasmo apretando su cabeza con mis piernas y empujándolo hacia mi vagina con mis manos para llenar toda su boca con mis fluidos fruto de mi intenso placer que gemí y chille sin inhibición.  El siguió un rato más besando y lamiendo mi vagina, se incorporó para ya penetrarme pero yo también quería darle placer con mi boca y poniendo mi mano en su vientre lo detuve, me senté en la orilla de la cama y él de pie frente a mí. Cogí sus testículos con mis manos y los sobaba para después besarlos y lamerlos. Recorrí su venoso tronco con mi lengua siguiendo la ruta de su vena, chupé su glande, pasando primero mi lengua alrededor de él, retiré su líquido pre seminal con la punta de mi lengua, se lo mostré viéndole a los ojos y luego me lo tragué, abrí mis labios y me fui metiendo poco a poco todo su miembro en la boca aprisionándolo con mi paladar y lengua, moviendo mi cabeza de atrás hacia adelante apoyada en sus muslos, haciendo entrar y salir su duro pene de mi boca una y otra vez hasta solo dejar dentro el glande y poner la punta de mi lengua en su orificio uretral para luego volver a introducirlo por completo sintiendo el cosquilleo de sus vellos en mi nariz!! Apretaba sus duras nalgas con mis manos sin dejar de mover mi cabeza chupando y engullendo todo ése duro trozo de carne, él ponía sus manos en mi cabeza acompañando mis movimientos pero después me separó diciendo que ya me quería penetrar.  Empujándome delicadamente me recostó boca arriba y cogiendo mis piernas por los tobillos las separó lo más que pudo y flexionando sus piernas apuntaló su duro y venoso miembro en la entrada de mi vagina sin utilizar sus manos y de un solo empujón de cadera me ensartó más de la mitad de su pene haciendo que hiciera y gritara de sorpresa y placer al sentir cómo me abría con su potente miembro y penetración. Luis soltó mis piernas y yo las enlace detrás de su cintura y lo jalaba hacia mí invitándolos a qué siguiera moviéndose, él sonrió satisfecho y poniendo sus manos en mis senos acariciándolos y estrujándolos como si fueran naranjas inició un potente y continuo vaivén embistiéndome una y otra vez hasta el fondo con su duro y potente miembro.

Bajó sus manos por mis costados sin dejar de embestirme, ahora lo hacía más lentamente, su pene entraba despacio, sus resaltadas venas rosaban las paredes de mi vagina dándome un placer y sensación excepcional, avanzaba apoyando sus manos en mi cadera y me jalaba hacía él en el momento que sentía su glande topar en el fondo de mi vagina, lo sacaba igual lento dejando solo el glande dentro de mi vagina y volvía a penetrarme en un rico y cadencioso vaivén que me hacía disfrutar al máximo yo solo ronroneaba al sentir su glande golpear mi cuello uterino y suspiraba. Así estuvo un buen tiempo logrando que tuviera dos orgasmos encadenados riquísimos, tan intensos que apreté sus fuertes brazos rasguñándole sin querer; puso sus manos entre mis nalgas y caderas afianzándose bien y comenzó a acelerar sus movimientos penetrándome profundamente, sus testículos rebotaban en medio de mis nalgas y su pelvis se unía a la mía, escuchando como nuestros cuerpos chocaban con más intensidad en cada violenta embestida que me daba, apretaba con mis puños la sabana al sentir que me acercaba a otro orgasmo.

Se salió lentamente de mi vagina y me hizo ponerme en cuatro, separó mis nalgas y me besó el ano, en ése momento sabía que quería cogerme analmente, puso su duro miembro en la entrada de mi ano y apoyándose en mis caderas me lo fue metiendo poco a poco haciéndome sentir toda su longitud, su hinchada vena rosaba deliciosamente mi anillo anal, haciendo mi placer más intenso hasta que sentí su vientre pegado a mis nalgas, se quedó quieto con todo su pene dentro de mi culo y después comenzó a moverse en círculo sin sacar nada, yo ya moría de gozo y movía mi cadera hacia atrás para que me volviera a penetrar.  Enfiló su miembro y separando mis nalgas con sus manos me lo metió completamente de un solo empujón haciendo que arquera mi espalda al sentir como me abría y ocupaba todo mi ano con su pene venoso y comenzó a embestirme a muy buen ritmo.

Yo movía mis caderas al compás de sus fuertes embestidas y apretaba mi ano alrededor de su pene sintiendo más el roce de sus venas al entrar y salir, sus testículos se balanceaban al igual que mis senos en cada profunda penetración que me daba. Recosté mi cabeza en la cama empinándome aún más y así sentirlo en toda su longitud como entraba y salía vigorosamente de mí, metí mi mano entre mis piernas y con mis dedos acariciaba sus gordos testículos lo que lo hizo bufar de placer y que me embistiera con más fuerza.   Me tomó con fuerza de la cintura y aceleró aún más sus movimientos dándome bien duro y profundo y con un fuerte rugido sacó su verga; me volteo y comenzó a eyacular en mi cara y recibí tres fuertes chorros de espeso y caliente semen que cubrió todo mi rostro.  Cogí su polla y lo metí en mi boca mientras él solo bufaba y empujaba su cadera hacia mí expulsando las últimas gotas de semen dentro de mi boca con sus manos en jarras sobre su cintura. Se lo exprimía con mi mano y acariciaba sus testículos mientras con mi lengua lamía su tronco y glande dejándolo limpiecito, mis labios rodeaban su venoso pene evitando derramar alguna gota de su caliente esencia, lo miré a los ojos y él sonreía satisfecho.

Me levanté y me fui para la cocina, pues necesitaba urgente un café.  El también tomó uno.  Nos acomodamos en el sofá de la sala, mientras nos mirábamos en silencio. Al terminar su café, se acercó a mí y me besó con su boca cálida, acariciando todo mi cuerpo al mismo tiempo. Sus besos viajaron desde mis labios por mi cuello hasta llegar a mis excitadas tetas, que tenían mis pezones como una piedra.  Disfrutaba mirando su verga, complacida de ver que ya estaba como un riel otra vez.  Se arrodilló frente a mí y me abrió las piernas. Usando sus dedos, separó suavemente los labios de mi coño antes de comenzar a lamer suavemente el clítoris con la lengua. Él lamió y chupó mi clítoris y metió dos dedos en mi húmeda cueva de amor, mientras yo solo me retorcía de lujuria. Mis gemidos se volvieron más violentos, más fuertes y después de unos minutos, mi hijastro me había lamido hasta llegar al clímax. Respiré hondo y lo miré feliz. Sin previo aviso, colocó su glande en mi húmeda y dilatada vagina, inmediatamente la penetró profundamente. Comenzó a follarme duro y rápido. Agarré sus muslos con las manos y lo atraje hacia mí para que pudiera tomarme aún más intensamente. Gemí en voz alta con cada embestida violenta y él también dejó correr libremente su lujuria. Me pidió que me hiciera boca abajo y sepárara las nalgas. Ya en ese posición sentí como se montó encima de mi y escupiendo bastante saliva directo en mi ano, se acuesta encima de mí y comienza a meter parte de su gran verga que a pesar de estar bastante caliente y con ganas de que me rompiera el culo me provoco un poco de dolor y con mis manos lo empuje un poco hacia atrás.

Luis puso mis manos detrás de mi espalda y colocando de nuevo su verga en la entrada de mi ano dejo caer todo su peso encima de mí logrando enterrar toda su verga dentro de mí, lo cual hizo que obviamente soltara un grito de dolor pidiéndole que me la sacara. Pero tal parece que le pedí lo contrario porque comenzó a darme unas bombeadas bastante duras y profundas mientras tanto yo ahogaba mis gemidos de dolor y placer con la almohada del sillón. Después de unos minutos de ver que realmente mi hijastro quería romperme el culo sin piedad no me quedo más que comenzar a disfrutar y aceptar que eso era lo que buscaba.  Sacando su polla, me pone de perrito en la orilla del sillón y apenas estaba acomodándome cuando me agarra de la cadera y entierra toda su verga dentro de mi culo sin avisarme. En ese momento creí que se me salían los ojos de tremendo empujón de verga que me dio y nalgueándome continuo con sus embestidas como un verdadero macho semental, mientras a la vez me halaba el cabello.  Sin dar muestras de cansancio, sacó su polla de mi ano, y me la clavó enseguida en mi coño.  Me empezó a penetrar despacio, yo estaba con los ojos llorosos, sabiendo la idea que estaba siendo penetrada por el hijo de mi esposo en mi propia casa.  Empezó a penetrarme con fuerza haciéndome gritar moderadamente, después me tomo del cabello con una mano y con la otra me levanto una pierna, esto era para poder penetrarme más cómodamente, sentía unos jalones en mi cabello que me hacían arquear la espalda, soltó mi cabello y con su mano me tomo del cuello y acerco su cabeza a la mía, el empezó a besarme los labios y lamerme la cara y la oreja, mientras sentía como metía su verga cada vez con más fuerza, hasta el punto de sentir dolor, pero a la vez excitación así que empecé a gemir.

Luis seguía hundiendo con fuerza su verga en mi interior, mi abdomen sufría fuertes espasmos y mis piernas estaban acalambrando. Él me estaba penetrando violentamente, como un animal, sentía todo su peso caer sobre mi vagina enterrándome la verga hasta topar, cada que lo hacía yo quería gritar, pero el aire me faltaba y grité del dolor en repetidas ocasiones. Entonces el metió sus dedos en mi boca callándome.  Continuó cogiéndome brutalmente de forma frenética, la penetración era muy rápida;  sentía sus gotas de sudor caer sobre mi piel, entonces él se lanzó sobre mis senos para lamerlos, eso me hizo sentir un poco de alivio pues era como una caricia que me relajaba, después comenzó a succionarlos y apretarlos muy fuertemente con sus manos, pellizcaba y jalaba mis pezones provocándome un dolor insoportable, sentía como si me los fuera a arrancar, pero que me enloquecía. Me estaba atormentando con una mezcla de dolor y placer que me arrebataban gemidos aún mucho más fuertes.

Yo gemía de placer al estar siendo penetrada de forma tan vigorosa, que un calor fue alimentándose en el fondo de mi vientre, era como una llama que ardía de placer en mi interior, sentí una sensibilidad y excitación única en mi vagina, mi piel se erizaba levantándome los pezones y dejándolos duros como montañas, las piernas se me entumían, y mis ojos se me desviaban hacia arriba del placer que me provocaba esa tremenda verga, mi abdomen se contraía y mis piernas comenzaron a temblar a la vez que mi vagina se convertía en un rio de agua dulce, estaba teniendo un fuerte orgasmo. Solo podía escuchar el sonido húmedo de nuestros cuerpos al chocar piel con piel.

Luis comenzó a jadear muy fuerte hasta que de un empujón me enterró la verga hasta topar, sentí que me rompió por dentro con esa última embestida y como un chorro de semen caliente me inundó provocándome espasmos. Mi hijastro permaneció dentro de mí dejando caer todo su peso, estaba muy agitado y cansado, me mojó de sudor. Yo sentía mi vagina mojada de semen escurriendo, mientras su verga iba perdiendo la erección.  Mi hijastro había usado a la esposa de su padre a  su antojo, saciando su lujuria, tal como yo quería.   Mirándome a lo ojos fijamente Luis me preguntó quién era su puta, y sin dudarlo le dije que yo.  Me preguntó quién era mi dueño, y le dije que él.  Me levanté, me limpié con mi mano el semen que escurría de mi vagina y me lo chupé.

Sonó el celular y era mi marido, me saludo dándome los buenos días, y me preguntó cómo estaba,  a lo que le respondí que bien, que había pasado una buena noche.  Me dio el itinerario de su vuelo de regreso y quedamos de vernos en la noche.  Le dije a Luis que me iba a duchar, pero que esta vez lo haría sola. Me levanté, dándole un beso en la boca, y me fui a duchar como por una hora mientras el agua caliente lavaba mi cuerpo.  Me recosté completamente fundida y adolorida en la cama y me quede profunda.

Al despertar, me puse una bata y salí para la cocina.  Escuché voces en la sala y al asomarme, estaba Luis con uno de sus viejos amigos, Daniel, que había arrimado a saludarlo.  Estaban riéndose y se quedaron en silencio al llegar yo.  Recuerdas a pamela? La esposa de papá, dijo Luis.  Si, dijo Daniel acercándose y dándome la mano.  Luis soltó de una, ella ahora es mi perra.  Me quede en silencio, ruborizándome completamente.  Luis me hizo señas que me sentara junto a él. Me tomó de la mano y me dio un beso. Primero suave. Mis labios se juntaron con los de él suavemente, y le respondí el beso y allí si ya comenzamos a besarnos apasionadamente.  Lo abracé fuerte y me coloqué sobre él mientras lo devoraba a besos.

Daniel sin dudarlo, empezó a tocarme el culo. Me lo sobaba como enloquecido, levantaba la bata y metía sus manos para abrirlo y pasar sus dedos por mi raya. Yo solo besaba a mi hijastro mientras dejaba que su amigo me metiera mano. Luis soltando mi boca paso a tocarme las tetas.  Ya tenía los pezones duros y grandes y Luis comenzó a chuparlos. Metía en su boca mis pezones, jugaba con su lengua y los mordía suavemente. Yo suspiraba y me apretaba su cabeza. Con una de mis manos busqué la verga de Daniel, la saqué y comencé a hacerle una paja muy lenta. Se la apretaba bastante fuerte, pero mis movimientos eran suaves.  Me levanté de Luis, me quite la bata y me acomodé sobre el sillón abriendo mis piernas.  Para sorpresa de Luis, en la ducha me habia depilado completamente, sin un solo vello.

Mis grandes labios estaban entreabiertos y ya mojados. Daniel acurrucándose los separé con sus dedos y se dedicó a hacerme una chupada de campeonato. No demoré mucho en comenzar a gemir y acariciar su cabeza. Daniel intensificó sus movimientos de lengua por mi clítoris y por toda la concha. Por momentos metía hasta donde podía su lengua y la recorría todo lo posible. Unos minutos más tarde mi cuerpo se tensó y en medio de un orgasmo acabé en su boca. Mis jugos le llenaron la lengua y los labios. Daniel dijo que tenía un sabor único, a  mujer caliente, y que una de las cosas que más le excitaban era el practicarle el sexo oral a una mujer. Me incliné y besé a Daniel en la boca; le agarré la verga, me acomodé y se la empecé a mamar con gran dedicación. La cara de Daniel se llenaba de lujuria cuando con mi lengua recorría toda su glande. En el otro sillón, Luis se masturbaba mientras veía con lujuria como se la mamaba a Daniel.  La chupé un rato, hasta que me dijo que parara que estaba por acabar. Me colocó sobre la alfombra en cuatro patas y me penetró casi de un golpe. Hundió su polla hasta que sus huevos chocaron contra mi vagina. Empezó a bombear mientras me agarraba las tetas.

Yo que al principio estaba quieta con el pasar de los minutos empecé a moverme. Me estaba enloqueciendo con sus embestidas. Otra vez mi cuerpo se tensó y con un nuevo orgasmo inunde su polla con mis jugos. Casi al tiempo, Daniel anunció que se venía. Volteándome, coloque su verga entre mis tetas, y le pedi que las follara y acabara en ellas.  Daniel comenzó a moverse con fuerza. Su verga se perdía entre mis tetas por momentos. No demoró mucho en acabar. Cinco o seis chorros de semen fueron a parar sobre mis tetas y un poco salpicaron mi cara y mi pelo.  Daniel se dejó caer en el sofá.

Arrecha como estaba quería más.  Me puse sobre Luis y comencé a besarlo.  Le pregunté si le gustaba la puta que tenía, y con lujuria respondió que si. Comenzamos a besarnos, primero tiernamente, luego más apasionadamente. Empecé a bajar lamiendo su pecho primero, su abdomen después y su verga por último.  Me encanta mamar esa polla.  Con una de mis manos jugaba con sus testículos, chupándolos y metiéndomelos en la boca, alternando con su verga.  Me incorporé y me senté sobre su polla. Entró sin problemas de lo húmeda que estaba. Comencé a cabalgarlo lentamente. De a poco aumenté el ritmo para transformarlo en algo frenético. Jadeaba y gemía como loca. Luis no se quedaba atrás. Como podía sobaba y chupaba mis tetas que tanto le habían enloquecido este par de días.

No demoramos mucho en acabarnos, lo hicimos casi a la vez.  Pasamos unos minutos abrazados y besándonos. Luego fuimos a bañarnos los tres. En la ducha seguimos tocándonos y besándonos.  Me turné chupándole las pollas a los dos que disfrutaban como locos. Me cargaron entre ambos, para follarme por mis dos agujeros, mientras el agua nos rociaba a todos. Intercambiamos posiciones para ser penetrada por ambos tanto en mi culo y en mi coño.  Y arrodillada, termine recibiendo sus descargas de semen, que tragué lo más que pude.

Completamente exhausta volví a quedarme dormida, mientras Daniel se despedía de Luis.  Más tarde sentí como Luis entraba a mi habitación. Y me hice la dormida. Cuando se acercó a mi cama, escuché su voz preguntándome si estaba despierta.  No contesté nada. El repitió la misma pregunta. Yo seguí callada. Luego él puso su mano sobre mi hombro y me movió ligeramente.  Como yo no contestaba nada, seguramente el creyó que yo estaba bien dormida.  Sentí sus manos acariciando mi culo, y como sus dedos penetraban mi vagina.  Ya haciendo que despertaba, me moví a lo que aprovechó para meter una almohada debajo de mí, con lo que quedé con el culo levantado y totalmente vulnerable delante de mi hijastro.  El separó mis piernas para tener acceso a mi vagina y a mi culo. Luego puso su nariz justo al agujero de mi culo. Lo olió varias veces. Luego lo lamió de abajo a arriba. Y de arriba a abajo. Me metió el dedo al culo y escuché que se lo chupaba el dedo. También me metió el dedo a la vagina y se lo chupaba.

Me daba nalgadas sonoras con sus manos diciéndome que era una puta, a lo que le respondía que si, que era su puta, que era su perra.  Agarró una de mis cremas y me embadurnó el culo. Después sentí que me puso la punta de su verga en mi ano. Poco a poco fue empujando. Yo sentía un dolor que me aguanté. Como mi culo estaba levantado por la almohada que él puso debajo de mi pubis, no tuvo ningún problema para meterme su verga, yo estaba totalmente a su disposición y sin escapatoria. Yo ya estaba bastante excitada con todo lo que me hacía mi hijastro. Aguanté el dolor hasta que sentí que sus testículos chocaban con mi vagina y mi culo. Ya tenía la verga de Luis metida en mi culo hasta el fondo. Luego empezó a moverse con el bombeo típico de mete y saca.  Él se movía cada vez más fuerte como si quisiera destrozarme el culo. Yo solo aguantaba con los ojos cerrados y mordiéndome los labios del placer que sentía. Hasta que de pronto empezó a gritar y se quedó inmóvil encima mío con su verga dentro de mi culo. Yo sentí como un río de líquido caliente inundaba mis tripas. Así estuvo el un buen rato. Sin moverse. Hasta que su polla se relajó y recién me lo sacó del culo. Y sin más se fue después de decirme que nos arregláramos que teníamos que ir a recoger a su papá.

Finalizando la tarde fuimos a recoger a Raúl al aeropuerto.  Tenía hambre y nos invitó a  cenar.  Charlamos, nos contó cómo le fue en su viaje mientras nos tomábamos una buenas copas de vino. Al preguntarme yo que había hecho, e dije que no mucho, que estar en la casa arreglando cosas.  Al llegar a casa, nos subimos de una para los cuartos. Luis se despidió, mientras Raúl y yo seguíamos para nuestra recamara.  No fue sino que cerráramos la puerta cuando mi marido me agarró antes de que pudiera dar otro paso.

Su mano, me tomó por la nuca con una firmeza que me hizo jadear. Me jaló hacia él, pegando mi cuerpo contra el suyo. No me besó suavemente. Me devoró. Su boca aplastó la mía con urgencia, y sentí el sabor al vino. Me empujó hacia atrás, haciéndome caminar a ciegas hasta que choqué con el borde de la cama. Sus manos bajaron a mis muslos y me alzó en vilo, sentándome sobre el respaldo de la banca. Quedé a su altura, con las piernas abiertas alrededor de su cintura. Sentí inmediatamente su tremenda erección, golpeándome a través de la tela de sus pantalones. Los besos se volvieron salvajes. Raúl no tenía ninguna intención de ser romántico; me estaba marcando. Sus manos, fueron con urgencia hacia mis nalgas.

Me alzó un poco más sobre el borde de la cama, separándome las piernas para encajar su cadera completamente contra mí. Yo no me quedé atrás. Mis manos viajaron por su torso, sintiendo la dureza de su espalda, bajando por su abdomen hasta llegar a su bulto que agarré con toda la palma. Raúl soltó un bufido, echando la cabeza hacia atrás, tensando el cuello como un toro. A través de la tela, sentí su polla palpitar contra mi mano. Estaba hirviendo. No era solo dura; era masiva, pesada. Raúl se separó de mí un paso. Se abrió la correo y desabrochó el pantalón y los bajó de un jalón junto con el bóxer. Su verga saltó libre, golpeando contra sus muslos con un sonido de carne pesada. Era impresionante. Un tronco grueso, oscuro y venoso que se alzaba con una curva agresiva hacia arriba.

Me deslicé de la cama hasta quedar de rodillas en la alfombra. Quedé justo a la altura de su cadera. El olor de su entrepierna me golpeó de lleno: almizcle fuerte, sudor concentrado y sexo. Un olor que te emborracha. Lo tomé por la base con ambas manos —apenas me alcanzaban los dedos para rodearlo— y pasé la lengua por esa vena principal que latía furiosa. Raúl tembló. Abrí la boca todo lo que pude y lo dejé entrar. La cabeza chocó contra mi paladar, llenándome por completo solo con la punta. El sabor era intenso, salado. Empecé a bajar, sintiendo cómo esa grosura me estiraba las comisuras de los labios al límite. Sentir esas venas rozando contra mi lengua y mis mejillas por dentro fue gloria pura.

Raúl no se quedó quieto. Enredó sus dedos en mi cabello y empezó a marcar el ritmo, empujando sus caderas hacia adelante, obligándome a recibirlo más y más profundo, hasta que sentí que me ahogaba deliciosamente con su tamaño. Con un gruñido impaciente, me soltó la cabeza y me jaló de los brazos para ponerme de pie.  Se quitó la camisilla y la camisa, y se terminó de zafar los pantalones y los boxers, después de quitarse los zapatos y las medias,  quedándose completamente desnudo bajo la tenue luz de la habitación.

Yo aproveché y me desnude completamente en un santiamen. Me jaló contra él y el choque de piel contra piel fue eléctrico. Su cuerpo rozó mis pezones endurecidos y solté un suspiro. Raúl bajó la cabeza y atrapó mi seno derecho con la boca. No fue suave; succionó con fuerza, usando la lengua y los dientes, como si quisiera sacarme leche o arrancármelo. Él bajó sus manos, recorriendo mi espalda hasta llegar a mis nalgas, apretándolas con rudeza mientras su boca seguía bajando. Me besó el esternón, el ombligo, y siguió descendiendo hasta llegar al vello rasurado de mi entrepierna.

Pero en lugar de seguir ahí de pie, se separó un poco, se giró y se dejó caer hacia atrás. Se veía imponente ahí tirado en la cama, con su verga apuntando al techo como un mástil furioso. Caminé hacia él y pasé una pierna por encima de su cabeza, quedando a horcajadas pero al revés. Hicimos un 69. La vista desde ahí era abrumadora. Al estar arriba, tenía un panorama completo de su cuerpo que extrañaba. Mis rodillas quedaron a la altura de sus orejas y, al bajar mis caderas hacia su boca, mis ojos quedaron justo frente a su entrepierna. Tenía su verga enorme justo frente a mi cara, palpitando y goteando, con esas venas gruesas que parecían querer salirse de la piel.  Sentí su lengua abrirse paso entre mis labios mayores con una destreza que solo tenía él. Gemí cuando su lengua encontró mi clítoris y lo atacó sin piedad, succionando con una fuerza que me hizo temblar las piernas.

Yo no me pude contener. Me lancé sobre él. Atrapé su miembro con la boca, chupando con avidez, sintiendo cómo la cabeza golpeaba mi garganta.  Empecé a gemir. Eran gritos. Eran sonidos animales, guturales, que rebotaban en los espejos y llenaban el cuarto, y que Luis seguramente escucharía.. Raúl no aguantó más el juego previo. Se separó de mí con un jadeo brusco, rompiendo la postura y dejándome con la boca vacía y ansiosa. Me tomó de las caderas con sus manos y me giró sobre la cama hasta dejarme bocarriba, completamente expuesta bajo la luz de la lámpara. Se colocó entre mis piernas, separando mis rodillas con sus hombros, abriéndome como si fuera un libro que él iba a leer a la fuerza.  Buscó mi entrada con la punta. Estaba tan mojada que no hubo fricción, pero sí resistencia por el tamaño. Se dejó caer. No fue suave. Empujó con todo el peso de su pelvis hacia adelante.

Solté un grito ahogado que se convirtió en un gemido largo cuando rompió mi barrera. Sentí cómo entraba, abriéndose paso con una autoridad brutal. No fue la sensación cómoda de siempre; fue una invasión absoluta. Sentí cómo mis paredes internas se estiraban hasta el punto de quiebre, obligadas a ceder y expandirse dolorosamente para acomodar ese tronco grueso que reclamaba cada milímetro de espacio, desplazando el aire y hasta mis pensamientos. Era como si me estuvieran partiendo por la mitad. Raúl se detuvo cuando sus huesos chocaron con los míos. Se quedó ahí, enterrado hasta el fondo, dejándome sentir su peso muerto sobre mí.

Yo estaba en shock, con los ojos abiertos de par en par. La sensación de tenerlo adentro era abrumadora; sentía su palpitación retumbando dentro de mi vientre, una presencia maciza y sólida que no dejaba lugar para nada más. Apoyó sus manos a los lados de mi cabeza y empezó a embestir. No eran movimientos rápidos ni rítmicos; eran estocadas lentas y demoledoras. Se retiraba casi hasta la punta, dejándome sentir el vacío un segundo, para luego hundirse de golpe hasta el fondo, estirándome por dentro como si quisiera reacomodarme los órganos. Cada vez que su pelvis chocaba contra la mía, me sacaba el aire. Yo gemía con la boca abierta, incapaz de articular palabra, solo sintiendo cómo esa masa de carne me ocupaba por completo, raspando mis puntos más sensibles con una fricción deliciosa y abrumadora.

Me agarró de la cintura con esas manos de tenaza y, sin salirse de mí, giró su cuerpo. Quedó él de espaldas contra la cama y yo sentada encima, ensartada en su regazo como un trofeo.  Sentir su verga clavada ahí abajo, vertical y rígida como un poste de acero, fue alucinante. Empecé a moverme. Subía y bajaba, controlando yo la profundidad, dejando que mis nalgas golpearan contra sus muslos. Raúl no se quedó quieto. Alzó la cabeza del piso y atrapó mi pecho izquierdo con la boca. Lo succionó con hambre, mordiendo el pezón, jalándolo con los dientes mientras yo arqueaba la espalda, ofreciéndome más.

Me empujó suavemente hacia atrás hasta que quedé arrodillada entre sus piernas abiertas, con su verga brillante de saliva y fluidos apuntando directo a mi cara. Pero esta vez, su mano no fue a mi cabeza; fue a la base de su miembro.  Me pidió que le chupara sus testículos, Obedecí al instante, guiada por una sumisión que me chorreaba por las piernas. Me incliné y, en lugar de ir por el tronco, bajé más. Enterré la nariz en su entrepierna, inhalando ese aroma fuerte y almizclado a macho excitado que me embriagaba. Saqué la lengua y empecé a lamer sus testículos. Eran pesados, grandes, cubiertos de vello áspero que me hacía cosquillas en la nariz. Pasé la lengua por la piel rugosa y caliente, saboreando la sal de su sudor. Los tomé con la boca, succionando uno y luego el otro con cuidado, escuchando cómo Raúl soltaba un gemido ronco que retumbó en su pecho.

Mientras yo me dedicaba a babearle el escroto, masajeando sus bolas con la lengua, él me acarició el pelo; sus dedos se enredaron en mis canas y tiraron hacia atrás, obligándome a soltarlo y a mirarlo a los ojos desde mi posición de inferioridad. Abrí la boca y volví a engullir su verga, pero esta vez con una voracidad distinta, más sucia. Mientras mi garganta trabajaba succionando la cabeza, mis manos entraron en acción para controlarlo todo. Con la mano derecha envolví el tronco, apretando esas venas saltadas y masturbándolo al ritmo de mi boca; con la izquierda, bajé para acunar sus testículos, sopesando esa carga pesada y caliente. Bajé la boca del tronco y me fui directo a sus huevos otra vez, pero sin soltarle el pene con la mano. En cuanto mi lengua tocó la piel rugosa del escroto y empecé a lamerlos y succionarlos uno por uno con fuerza, sentí una reacción inmediata en mi mano derecha. El tronco de su verga dio un latido violento. Se hinchó. Juro que sentí cómo ganaba grosor y dureza en mi palma, como si fuera posible que creciera todavía más al estimularle las bolas. Estaba al límite, palpitando de pura sangre acumulada contra mis dedos. Sin soltar sus testículos con la mano izquierda, deslicé mi mano derecha por debajo de sus glúteos y levanté sus piernas pesadas hacia arriba, exponiéndolo por completo.

Bajé la cara más allá de sus testículos, hundiendo la nariz en la zona más íntima y prohibida, y pasé la punta de la lengua directo por su ano. Raúl dejó de respirar un segundo. El beso negro lo electrocutó. Su cuerpo entero se tensó sobre la cama, arqueando la espalda, y sus manos volaron a mi cabeza, pero no para quitarme, sino para aplastarme contra él. Metí la lengua con fuerza, explorando ese anillo apretado, lamiendo y succionando sin pudor mientras seguía masajeando sus bolas y jalando su verga hinchada con la mano. La combinación lo volvió loco. Raúl no aguantó ni un segundo más. Con un rugido, me agarró de los brazos y me levantó del suelo de un jalón, interrumpiendo mi trabajo con su lengua pero no la conexión.

Antes de girarme, me atrapó la cara con ambas manos y aplastó su boca contra la mía. Fue un beso sucio, íntimo. Me besó con la lengua, compartiendo los sabores que yo acababa de arrancar de su entrepierna. Sabía a él, a su almizcle fuerte, a sal y a esa zona prohibida que acababa de lamer. Lejos de darme asco, esa mezcla de fluidos y sabores me excitó más; era como sellar un pacto de perversión absoluta que habíamos olvidado.

Me puse en cuatro, dejándome caer sobre mis manos y rodillas en la cama, ofreciéndole mi trasero. Sentí su sombra cubrirme, inmensa y pesada. No hubo aviso. Raúl sujetó mis caderas con fuerza, separó mis glúteos con los pulgares y empujó hacia adentro de un solo golpe seco.  Grité, arqueando la espalda cuando su verga me llenó por completo, raspando las paredes con esa urgencia violenta que tanto necesitaba.  Me empezó a coger duro. Sin ritmo, sin piedad. Se escuchaba el choque húmedo de su pelvis golpeando contra mis nalgas. Cada embestida me sacudía entera, haciéndome avanzar un poco en la cama, pero él me volvía a jalar hacia atrás, clavándome en su miembro como si quisiera ensartarme.

El orgasmo me golpeó como un tren. Fue una explosión blanca que me recorrió la columna, contrayendo mis paredes alrededor de su pene con espasmos violentos. Grité su nombre, arañando sus brazos, sintiendo cómo mi cara se desfiguraba de placer.  Raúl sintió mis contracciones y eso lo detonó a él.  Con un gruñido final, aceleró tres, cuatro embestidas brutales, hundiéndose hasta lo más profundo que pudo, y se quedó rígido detrás de mí. Sentí cómo se tensaba cada músculo de su cuerpo, cómo sus manos me apretaban hasta casi lastimarme, mientras se vaciaba dentro de mí con pulsaciones largas y calientes que parecían no tener fin.

Nos quedamos así unos segundos, recuperando el aliento, con el único sonido de nuestra respiración agitada rompiendo el silencio del gimnasio. Raúl se separó de mí despacio, y sentí una pérdida inmediata, un vacío frío donde antes estaba su calor.  Realmente extrañaba a mi marido.  Lo necesitaba en mi vida.  Hacía mucho rato, que no sentía con él lo que acababa de vivir, no era solos sexo, era amor, era pasión. Pero era el problema no era él, era yo. El fin de semana con Luis activó algo, lo necesitaba, lo necesitaba para reconocer que era yo quien estaba separada emocionalmente de mi marido.  Pero un frio me sobrecogió; necesitaba contarle a Raúl lo que había pasado, quería ser completamente honesta y abierta de nuevo. No quería ocultarle nada.

Abrí mi boca y dije que necesitaba contarle algo. Me interrumpió. No digas nada, me dijo, ya sé lo de Luis.   Abrí mis ojos, estupefacta, para seguir escuchándolo.  Sé que hace años algo se quebró entre nosotros, y aunque viajamos y tenemos relaciones, y para el resto del mundo somos una buen pareja; sé que tu pasión se había extinguido al menos conmigo, y quería llevarte de nuevo a esos límites para encender la llama de tu pasión.  Pero no lo iba a hacer con nadie extraño; solo lo podía hacer con alguien de mi sangre. Yo fui el que trajo a Luis, buscando que pasara lo que pasó.  Perdóname, pero creo que funcionó.

Maldito!, pensé; me hiciste una puta con tu propio hijo. Y aunque quería darle una bofetada, al acercarme solo pude besarle con pasión fundiendo nuestras lenguas. Raúl me siguió besando, recorriéndome el cuello hasta bajar y apoderarse de una de mis tetas, y se enfocó en chuparme uno de los pezones.  Extasiada como estaba, pude ver cómo se abría la puerta del cuarto, y aparecía Luis completamente desnudo.  Con mi mano lo invité a unirse y se agachó para empezar a mamar de mi otro pecho.  Presione sus cabezas a mis tetas, mientras chupaban mis areolas y pezones que se pusieron muy duros al primer contacto con sus lenguas. Tome una mano de cada uno y la lleve a mis nalgas para que me las apretaran mientras me chupaban las tetas. Ambos empezaron a morder mis pezones como si quisieran sacarme leche de las tetas, lo que me enloquecía; de tanto placer mi vagina comienzo a humedecerse sin control, y en reacción apretaba sus cabezas más fuerte contra mis pechos.  Una corriente recorrió mi espalda y me estremecí con un nuevo orgasmo y mi vagina dejo salir un rico chorro de fluido.

Raúl comenzó a frotar mi ano a la vez que chupaba un pezón, lo mordía y lo jalaba como si quisiese arrancarlo.  Luis había llevado sus manos a mi otra teta, la apretaba con sus manos, sujetando el pezón entre sus labios y con su lengua la frotaba en forma circular, hacia arriba y hacia abajo. Mi vagina seguía latiendo y chorreando y sentía como mi ano se dilataba en el roce de los dedos de Raúl. Solté sus cabezas, y tome sus erectos penes para masturbarlos, los tenían muy duros y calientes. Deje de masturbarlos un momento, para apretarlos sintiendo sus troncos muy venosos latiendo en mis manos, lo que me me hacía sentir más arrecha y excitada, pensando en poder hacer y sentir todo lo que imaginaba.  Seguí masturbándolos con furia y lujuria.

Viendo que si seguía iban a acabar en mis manos, deje de masturbarlos y tome sus cabezas para separarlos de mis tetas; tome el rostro de Raúl con mis dos manos, pase mi lengua por sus labios, y luego de darle una nalgada le di un empujón para dejarlo tendido en la cama. Me volteé hacia Luis, lo tomé por las caderas apretándolo junto a mi cuerpo, el contacto de mis tetas con su pecho acelerado y sentir su pene latir rozando mi vagina fue una sensación que me hizo suspirar, le di un beso largo y profundo metiendo mi lengua en su boca y dejando que me la chupara, al tiempo que puse una de sus manos en mi vagina. Él magistralmente frotó mi clítoris y luego me metió 2 dedos, a lo que no pude contenerme y otro vez lanzando un gemido de desahogo sentí como mi coño se hizo aguas en sus dedos.  Tomé su mano y sacando mi lengua, lleve sus dedos a mi boca, y mirando a Raúl me chupe los dedos de Luis impregnados de mis fluidos.  Mi sabor me encantaba y hacer eso frente a Raúl me hacía sentir más cachonda y no aguantaba el deseo de ser penetrada sin piedad.

Me volteé a la cama dando espalda a Luis,  colocándome sobre las piernas de Raúl en cuatro como una perra en celo, dejando mi espalda muy arqueada y mi culo muy alto a la vista de Luis.  Avanzaba sobre Raúl, rozando mis tetas con sus piernas y al llegar al nivel de su pene, me dispuse a lamer su rosado y grueso glande, pase mi lengua por su cabeza como si fuera un bombón. Cuando metí su cabeza en mi boca para chupárselo, Raúl con sus manos tomo mi cabeza y la empujó fuerte, casi me ahoga por no estar preparada, quedando todo su pene en mi boca que sentí como llegó a mi garganta.   Como pude respire y comencé a mover mi cabeza para follarme su pene con la boca. Él mientras me follaba la boca, con una de mis manos frotaba mi clítoris, estaba muy caliente y muy húmeda, y quería sentir sus pollas dentro de mí; necesitaba ser cogida, quería tenerlos a ambos dentro de mi culo y mi coño, así que haciendo algo de fuerza para vencer las manos de Raúl, saque su caliente, grueso y delicioso pene de mi boca saboreando su dulce y delicioso líquido preseminal, siguiendo mi recorrido, manteniendo mi culo en alto a la vista de Luis.

Luis se masturbaba sin dejar de ver mi culo.  Me acomodé sobre Raúl y mientras con una mano acomodaba su verga justo a la entrada de mi vagina, empecé a moverme en círculos, masajeando la punta de su pene con mi vagina que estaba muy húmeda.  Me sentía muy puta, y no imagino la desesperación y el deseo de Luis viendo todo parado al borde de la cama, estando en esa posición le dije a Raúl al oído pero en un tono que Luis también escuchara, que estaba lista para que me follaran, para que me cogieran duro; que estaba tan arrecha que necesitaba que me quitaran lo perra.  Baje de golpe mi cadera para que entrará finalmente toda su polla y fue una explosión de placer tan grande que ambos gemimos al mismo tiempo.  Apoyando mis brazos sobre el pecho de Raúl, moví mi cintura en círculos, luego adelante y atrás muy rápido pero asegurándome no se saliera, estaba muy caliente, lo tenía todo dentro y quería sentirlo contra mis paredes vaginales.   Luego tomándolo de las manos para apoyarme, me puse de cuclillas y comencé a moverme hacia arriba y hacia abajo, a darle sentones, en las subidas quedaba casi todo su pene fuera, apenas quedaba dentro de mí su cabeza, en las bajadas lo hacía tan fuerte que sentía como sus pelotas me golpeaban y rebotaban, Raúl se adaptó a mi ritmo, comenzó a subir y bajar su pelvis, me apretó las manos, cuando yo subía el trataba de bajar y cuando yo bajaba el subía fuerte, para darme más duro.  Me estremecí de una forma que no pude controlar y un chorro de fluido salió de mi vagina, había tenido un riquísimo orgasmo, sintiendo su pene latiendo y temiendo fuera a acabar deje de moverme, sin que su pene se saliera volví a colocarme de rodillas, y pedí a Luis que me acercara un tubo de lubricante en mi nochero. Lo buscó y se paró a mi lado; lo tome colocando un poco en mis dedos índice y medio y los pase por mi ano, y embadurno la verga bien dura y rica de Luis, y con mis 2 manos la empecé a masajear.

Solté el pene de Luis y me acomode para que mis tetas quedarán al nivel de la boca de Raúl, y le pedí que me las chupara y me las mordiera; él obediente enseguida me las apretó con sus dos manos, con una mano se dedicó a apretar, estirar y torcer uno de mis pezones, y el otro pezón lo metió en su boca, lo apretó con sus dientes y lo frotaba con la lengua, de ratos dejaba de frotarla para morderlo con la punta de sus dientes, lo que ponía en éxtasis.  Sentía mi vagina goteando y latiendo alrededor del pene de Raúl que también latía y lo sentía cada vez más grueso.  En esta posición mi cadera estaba arqueada y mi culo bien levantado, sentía como latía mi ano, y dirigiéndome a Luis, le dije que estaba lista, que era suya.  Luis que ya estaba detrás de mí, se arrodillo detrás de mí, me tomó por las caderas, coloco su grueso y lubricado glande sobre mi ano, y haciendo presión lo fue metiendo lentamente, la sensación de sentir su gruesa cabeza latiendo y amoldándose en la medida que mi ano se dilataba, fue muy placentera, porque también sentía la presión que se generaba por tener el pene de Raúl en mi vagina; además que Raúl seguía chupando mis pezones y apretando mis tetas.  Me sentía muy puta.  Les grité que me lo metieran todo.  Luis se aferró con más fuerza a mis caderas y como tomando impulso, movió sus caderas más fuerte y sentí como todo su pene entró completamente en mi culo, provocándome un nuevo orgasmo que me hizo temblar.

Una vez estuvo todo la verga de Luis dentro de mi culo, comencé a moverme hacia adelante y hacia atrás lentamente para asegurar no se saliera ninguna de las dos pollas, quería sentir sus dos penes moverse al mismo tiempo dentro de mi antes de darles libertad de movimiento, estaba tan cachonda que no los veía como padre e hijo, sino como dos hombres a los que me quería coger.  Era una mujer madura disfrutando de dos fabulosas pollas, y solo quería ser rellenada por todos mis agujeros.  Luis comenzó a darme nalgadas, me daba con la mano abierta y muy duro, diciéndome una y otra vez que era una puta.

Luis tomó mis nalgas las apretó y comenzó a moverse lentamente hacia adelante y hacia atrás, aun cuando Raúl no se movía, las embestidas de Luis, hacían que el pene de Raúl también se moviera en mi vagina.  Era tan rica la sensación y tanto el placer que sentía que no sé cómo describirlo, mi ano y mi vagina latían por sus ricos penes, mis tetas y pezones endurecidas en la boca de Raúl, se sentía como si electricidad recorriera mi espalda y mi vientre, tenía la piel erizada de las sensaciones y los orgasmos que se venían uno tras otro, no pudiendo aguantar más, me incline para meter mi cara junto a la de Raúl, a quien le chupe la oreja y mordía los hombros mientras Luis me reventada el culo.

Luis con una mano me agarro del cabello y lo tiro hacia él, como si se tratara de las riendas de un caballo, con la otra me apretó una nalga, y comenzó a embestirme con fuerza, en cada embestida sentía como todo su dura y gruesa verga entraba toda en mi culo.  Su pene comenzó a latir con más fuerza y rapidez, y de lo apretado que estaba mi culo pude sentir como su cabeza se ponía más gruesa.  Le pedí que se corriera en mi espalda.  Luis, soltó mi cabello, me apretó más duro la nalga, me voltee, y pude ver como con su otra mano se pajeaba, enseguida salió un chorro de rica y caliente leche que me llegó casi a la nuca, sentí como bajaba por mi espalda al tiempo que, uno tras otro, varios chorros de leche caían sobre distintas parte de mi espalda, y los últimos cayeron directo entre mis nalgas.

Sin cambiar mi posición para que no se me saliera el pene de Raúl de la vagina, como pude una mano la pase por mi espalda y tomé lo que pude de la leche de Luis, la lleve a mi boca y me chupe los dedos ante la mirada cachonda de Raúl, sentí como su pene empezó a latir más rápido dentro de mí, repetí la operación con la otra mano, pero esta vez volteándome un poco más, me chupe los dedos mirando a Luis que se sentado todo sudoroso al borde de la cama, me guiñaba un ojo y me decía que era la mejor.

Me volteé hacia Raúl y le dije que ahora quería todo su semen. Sin dejarme hacer nada y sorprendiéndome otra vez, me apretó con sus piernas y me dio vuelta, quedando el sobre mí, me levanto las piernas para colocarlas sobre sus hombros y apoyándose en la cama comenzó a culiarme muy rico.  Esa posición hacía que la penetración fuera muy profunda, lo hacía muy rico alternando rápido con lento pero duro, y de a ratos dejando todo su pene dentro, se movía como haciendo círculos, sentirme en esa posición completamente dominada por mi esposo me generó mucho morbo y mucho placer.  Mi vientre comenzó a vibrar al rico ritmo de otro orgasmo y de las embestidas de Raúl, quien ya estaba por correrse también, porque su pene comenzó a latir con más intensidad, bajo mis piernas y en la típica posición de misionero comenzó a follarme más rápidamente.  Se acercó a mi para besarme, me chupo los labios, y mientras lo hacía sentí cuando saco su pene y explotó disparando sus chorros de leche sobre mi vientre, se levantó para pajearse y acabar por completo terminando sobre mi vagina, pase mi mano por mi vientre recogiendo toda la leche, la vi y la lleve también a mi boca como hice con la de Luis; saque la lengua me pase la mano doblando la punta de la lengua quedando toda la leche en mi lengua y de un sorbo me la trague toda.  Me acerque a Raúl le pase la lengua por el tronco y le di una chupada, succionando con todas mis fuerzas para dejarlo limpio y seco.

Quería ser follada por mi esposo y por el hijo de mi esposo a la vez.  Halando a Luis lo acosté sobre el piso y trepándome en su tremenda polla lo empecé a cabalgar.  Le hice señas a Raúl que se ubicara tras de mí. Entendiéndome coloca su polla rozando mi esfínter suavemente, lo que me hizo estremecer al sentirla a punto de meterse en mi agujero más estrecho. Pero en ese momento, a pesar de lo que le suplicaba en mi hermosa locura, pidiéndole que me la introdujera, desvió su polla hacia mi coño. Las dos pollas llegaron a chocar y solo quería que entrasen juntas. Raúl contuvo sus deseos y se apartó un poco al ver como su hijo mugía y temblando  soltaba todo su semen dentro  de mí. Tanto semen expulsó, que rebosaba por los labios de mi raja enardecida, palpitante todavía. Exhausto, mi hijastro se derrumbó en la cama. Entonces le rogué a mi marido que siguiera él.  Le pedí que me la metiera lo más dentro posible; y que disfrutara del semen de su hijo que era un buen lubricante. Ven aquí, le dije, verás qué cuánto me ha echado.. Échamelo tú también, necesito más, le dije, mientras me recostaba en la cama y abriendo completamente mis piernas, lo invitaba a que me penetrara.

Raúl no lo dudó ni un segundo, y empujando clavó su polla. Cada embestida desbordaba mis sensaciones por todo mi cuerpo. Su boca envolvía la mía con sus besos inigualables, mientras sus manos apretaban mis tetas. Su polla me parecía más grande que nunca, y quería que me lo diera todo, arrecha pensando en lo que me ha hecho su hijo y cuánto me ha gustado. Notó mis contracciones en su polla. Se corrió abundantemente dentro de mí. Por más que en otras ocasiones presencié su gozo y lujuria al follarme, no podía compararlo a la cara que tenía ahora, mezclando su esperma con el que ya le había echado su hijo. Dos polvos juntos, con los mismos genes para mí.

Chorreando semen por mis muslos, me arrodillé y empecé a mamar sus pollas turnándome entre la una y la otra, deseosa que lograran de nuevo su máximo esplendor porque quería ser follada doblemente. Pronto esas dos vergas estaban como una tranca, levantándose orgullosas al ritmo de las mamadas que les daba.  Luis cogiéndome de la cabeza, me follaba con furia, insertándome su verga en mi garganta, provocándome arcadas que podía contener.  Su polla me penetraba lubricada por la baba que salía de mí, mientras con una de mis manos masturbaba la verga de mi marido, que con lujuria observaba a su hijo follándome la boca. Con un empujón me la clavó toda y quedé con mis labios pagados contra su pubis; Luis apretándome no me soltaba quedándose quieto mientras su verga inundaba mi garganta.  Tuve que empujarlo para separarme porque ya sentía que me ahogaba. Su polla salió acompañada de abundante baba.  Dale pa, te toca, dijo. Me giré a Raúl y engullí su polla.  Imitando a su hijo, me cogió de la cabeza y empezó a bombearme, aunque sin tanta violencia, solo con la certeza y la paciencia de ir ganando terreno en mi garganta, hasta tenerla completamente adentro.  Que sensación maravillosa. Se retiró mientras nos ojos se conectaban trasmitiendo la lujuria que nos embargaba.

Luis sentado en la cama, seguía acariciando su polla, que continuaba como un mástil.  Trepándome sobre él, lo empecé a cabalgar sintiendo como su verga se acomodaba completamente en mi vagina cada vez que bajaba sobre él. Con sus manos masajeaba mis tetas, chupándolas y mordiendo mis pezones, que aunque me dolía me enloquecía.  Raúl queriendo terminar lo que quería hacer antes, y aprovechando mi posición, insertó su polla en mi coño compitiendo con la de su hijo.  Las dos vergas se sincronizaron para penetrar mi vagina que estaba completamente expandida.  Me sentía completamente arrecha con esas dos pollas que me saturaban con placer y con lujuria. Un temblor persistente les avisó del orgasmo que me recorrió, mientras seguían bombeando sin pausar las embestidas que me enloquecían, y que renovaban mis fuerzas para seguir cabalgando a Luis.  Raúl sacó su polla, y con lo lubricada que estaba por mis fluidos, la insertó en mi ano, que se dilató para permitir su ansioso ingreso. Con el glande insertado se quedó quieto un momento mientras mi esfínter se acomodaba al pene invasor, y luego empezó a clavármela acompasándose con mis movimientos sobre su hijo. Así estuvimos en ese ir y venir, que nos tenia a los tres sudorosos; mientras los testículos de Raúl me golpeaban presurosos con cada embestida. Sentía mi ano completamente dilatado, y como mis intestinos cubrían la polla de Raúl acogiéndola en cada penetrada. Luis estaba concentrado en morderme y chuparme mis pezones; mordiéndoles con la punta de los dientes, con tal fuerza que me dolía sobremanera, pero no quería que lo dejara de hacer.  Sentir el dolor en el pezón que ocupaba y en mi ano, me transportaba a un nivel de goce que realmente disfrutaba.   Raúl sacó su polla de mi culo, siendo reemplazado por la verga de Luis, que levantando mi cuerpo un poco con sus brazos, le daba espacio para moverse penetrando mi ano con furia.  Raúl embadurno su polla con aceite y ubicándose de nuevo tras mío, busco el espacio para insertar su polla junto con la de su hijo en mi ano; que se dilató aún más para recibir simultáneamente dichos monstruos.  Y ahí estaban los dos, padre e hijo, sincronizados bombeando en el culo de su puta.  Así me sentía, una puta. Así quería ser, una puta; para dejarme llevar por mis emociones y disfrutar de la culeada que me daban.  Luis empezó a gemir con furia, mientras Raúl me penetraba firmemente pero en silencio.  Fui yo la que grité con un nuevo orgasmo, lo que desató que mis dos machos, se vinieran descargando profusamente su semen dentro de mi culo.  Sentía como su leche quemaba mis tripas, y como saturaban mi intestino.  Raúl lo sacó, y siguió masturbándose.  Me bajé de Luis, y me acomodé arrodillada en el piso, para darle una mamada a Raúl, mientras sentía como el semen brotaba de mi ano y se regaba por mis muslos.  Luis parándose junto a su padre, me ofreció igualmente su verga, que engullí turnándome con la de su padre.  Mientras chupaba una masturbaba la otra.  Ambos resultaron ser lecheros, porque pronto soltaron nuevas descargas de semen que prácticamente cubrieron mi rostro, cayéndome en el cabello y en mis tetas.  Que delicia sentir su esperma cayendo sobre mí, tragándome lo que caía en la boca. Al terminar sus descargas, chupe cada polla hasta extraer la última gota de semen que quería para mí.  Exhausta, no me quise duchar, quería que todo ese semen que brotaba por mi ano, por mi coño, sobre mis tetas, sobre mi rostro, me cubriera mientras se iba secando.  Sería el recuerdo hasta el día siguiente de una noche, que como toda una zorra, gocé del sexo con mi marido y con mi hijastro.  Me dormí feliz, pensando que aún faltaba una semana para disfrutar a mis dos hombres…

835 Lecturas/10 febrero, 2026/0 Comentarios/por Relator0817
Etiquetas: amigos, anal, confesiones, madura, mayor, mayores, sexo, vacaciones
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