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Incestos en Familia, Sexo con Madur@s, Voyeur / Exhibicionismo

Recordando esa Semana en donde resistí al pene de mi Hijo

Hace 13 años pensé que podría superar el deseo….

Mis amores, no saben lo que significa para mí leer cada uno de sus comentarios. Esta entrada, que es tan personal, tan del origen de todo, me ha traído de vuelta a cada uno de ustedes. A lxs que llevan trece años, a las que llegaron ayer, a los jóvenes que se asoman con curiosidad, a los que preguntan, a los que solo leen en silencio… gracias.

El Edén no sería lo que es sin esta tribu. Sin sus palabras, sus preguntas, su calor. A veces me preguntan si me canso de escribir. Y la respuesta es no. Porque cada vez que publico, ustedes me devuelven con creces todo lo que doy.

Los quiero. Los leo. Los llevo en el corazón.

______________

El silencio que me enseñó a escuchar

Publicado Por Elena 🌿


Querida tribu, queridas almas que caminan conmigo:

Hoy quiero hacer un viaje hacia atrás. De esos que duelen un poquito, pero que sanan cuando los comparto. Porque a veces, para entender dónde estamos, hay que mirar dónde estuvimos a punto de quedarnos.

Hace trece años, cuando Leo tenía apenas 5 años y este blog era solo un susurro en la inmensidad de internet, yo viví la semana más larga de mi vida. Una semana que cambió todo.

Había pasado algo hermoso entre Leo y yo. De esos momentos que una madre guarda en el cofre del pecho. Pero mi cabeza, esa cabeza llena de ruidos del mundo, del «qué dirán», de «esto no es normal», empezó a meterse donde no la llamaban.

«Te estás pasando.»

«Esto ya no es solo amor.»

«¿Hasta dónde querés llegar?»

Esa vocecita. Esa maldita vocecita que nos susurra todas nuestras inseguridades. Apareció una noche, mientras Leo dormía acurrucado contra mí, y no se fue más.

Tomé una decisión drástica: apagaría la computadora. Dejaría de escribir. Dejaría de compartir. Dejaría de ser la Elena del blog para ser solo la mamá de Leo. Tal vez, pensaba, si dejaba de contarlo, las cosas volverían a ser «normales». Tal vez el problema era ponerle palabras. Tal vez el problema eran ustedes.

Perdón. Hoy puedo decirles: perdón por haberlas culpado. No eran ustedes. Era yo. Era mi miedo a ser demasiado feliz.

Los nueve días que cambiaron todo

No fueron nueve días de silencio cualquiera. Fueron nueve días de caminar por el desierto sintiendo que me había equivocado de camino.

Los primeros días fueron… raros. Como si me faltara un brazo. Leo me miraba extrañado cuando pasaba horas sin prender la computadora. «¿No escribís, mami?», preguntaba. Y yo le decía que mamá necesitaba descansar los ojos.

Él, con esa sabiduría de los niños que no necesitan explicaciones, asintió y me abrazó. «Yo cuido tu corazón», dijo. Todavía lloro cuando lo recuerdo.

Los juegos siguieron, claro. No podía dejar de tocarlo, de abrazarlo, de besarlo. Eso era más fuerte que yo. Pero algo había cambiado. Mis manos ya no bajaban tanto. Los besos se quedaban en la mejilla, en la frente, en la cabeza. Las siestas eran solo siestas.

Recuerdo una tarde especialmente. Leo gateaba en el patio, completamente desnudo. Su piquito, como siempre al atardecer, se había puesto firme. No por nada. Solo porque los niños son así: pura vida, pura energía, pura presencia.

Yo lo miré desde el banco. Sentí el tirón en el vientre. La humedad. Las ganas de levantarme, de ir a buscarlo, de jugar como siempre jugábamos.

Pero no lo hice.

Me quedé sentada, mirándolo correr, sintiendo mi propio cuerpo pedirme algo que yo no estaba dispuesta a darle. Y en ese «no», en esa pausa, pasó algo increíble: no pasó nada. El mundo no se terminó. Leo siguió corriendo, feliz, ajeno a mi lucha interna. Y yo, por primera vez en meses, respiré hondo.

Pero al quinto día, sentada en ese mismo banco, mientras Leo perseguía una mariposa (siempre mariposas, siempre esa búsqueda de lo que vuela), sentí algo que no había anticipado: un vacío enorme.

No era nostalgia de los juegos. No era deseo insatisfecho. Era otra cosa. Era la certeza de que lo que estaba viviendo, esa belleza, ese amor tan enorme, si no lo compartía, se volvía… chico. Diminuto. Como un tesoro escondido que nadie puede admirar.

Y entendí, en ese momento, que el blog no era mi perdición. Era mi salvación.

Porque necesitaba que alguien supiera lo hermosa que era mi vida. Necesitaba que otras madres, en otras casas, en otras soledades, leyeran mis palabras y dijeran: «yo también». Necesitaba no estar sola.

Esa noche, mientras Leo dormía, prendí la computadora.

La pantalla iluminó mi cara en la oscuridad. Y ahí estaban. Docenas de mensajes. Mujeres preguntando por mí, preocupadas, diciéndome que mis palabras las sostenían. Una de ellas, María, había escrito:

«Tus crónicas me sostienen. Me hacen sentir menos sola.»

Lloré. Lloré como no lloraba desde que nació Leo. Porque alguien, en algún lado, me necesitaba. Porque no estaba sola. Porque nunca lo había estado.

Escribí esa noche. Una entrada corta, temblorosa, donde pedía perdón por mi ausencia y prometía volver. Y cuando apagué la computadora y me acosté al lado de Leo, supe que había tomado la decisión correcta.

A la mañana siguiente, Leo despertó antes que yo. Estaba sentado a mis pies, saltando suavemente en la cama, cantando esa canción de la lagartija que tanto le gustaba. El sol le marcaba la silueta. Estaba desnudo. Y su piquito, como siempre al despertar, estaba firme, moviéndose con cada rebote.

Abrí los ojos y lo vi. Y esta vez no dudé.

—Vení —susurré, con la voz ronca de sueño—. Juguemos.

Y jugamos. Como siempre. Como nunca. Como si esos nueve días de silencio hubieran sido solo un paréntesis para recordarnos por qué empezamos.

Después, cuando él volvió a dormirse, feliz y agotado, yo escribí la entrada que me trajo de vuelta a ustedes.

Trece años después, puedo decirles con certeza:

El silencio no es malo. A veces es necesario. Pero el silencio prolongado, el que nace del miedo, el que nos hace esconder lo que somos… ese silencio es veneno.

Ustedes, mis hermanas de camino, no son el problema. Son la solución. Son el espejo donde miro mi reflejo y veo que no soy un monstruo. Soy una madre. Una madre que ama. Una madre que juega. Una madre que cuenta.

Hoy, con Leo convertido en ese hombre joven y hermoso que ya conocen, y con Lara iluminando nuestros días con su frescura, miro atrás y agradezco esa semana de silencio. Porque sin ella, no habría entendido que el Edén no es un lugar físico. Es esta red de almas que tejemos cada día, cada entrada, cada comentario.

Gracias por estar. Gracias por esperarme. Gracias por enseñarme que el amor más grande es el que se comparte.

Con todo mi corazón,
Elena. 💖🌿

__________________________________________________

Pitoinsaciable, qué nombre, jajaja. Me alegra que mis hijos te alegren el día. Son luz pura, los dos. Gracias por estar siempre al otro lado, celebrando con nosotros. Un beso. 😘

RicardoTorres, qué lindo leerte. Esa fogosidad que mencionás es pura vida, pura juventud. No la reprimas, pero tampoco la dejes desbocada. Buscá espacios de verdad, con respeto, con personas que entiendan que el deseo es hermoso pero necesita cauce. Y seguí leyendo, seguí preguntándote, seguí creciendo. Un abrazo enorme, trailero lindo. 🚛💨

Xhicojoveen, qué emoción leerte. Los jóvenes como vos son el futuro. Entender el cuerpo, el deseo, el afecto sin culpas… es el camino. Gracias por animarte a decirlo. Acá estoy para lo que necesites, desde el respeto y el cariño. Un abrazo fuerte. 🌟

Luis3, gracias por estar siempre, por ese apoyo silencioso pero constante. Gente como vos es la que sostiene este espacio. Te quiero. 💪💖

Marito997, gracias a vos por leerme con el corazón abierto. Si mis palabras pueden ayudar aunque sea un poquito, ya valió la pena todo. Un abrazo grande. 🤗

Regueton, mi amor, el blog es mi jardín público. Aquí planto mis historias y las riego con sus comentarios. Lo demás… queda en la intimidad del verdadero Edén. Un misterio. Pero quién sabe, quizás algún día escriba sobre cómo se siente al recibir esos mensajes privados llenos de… confidencias ardientes. Mientras tanto, sigamos regando este jardín. 😉🌿

Invisible, qué atento siempre a los detalles. Sí, los años pasan pero las esencias quedan. Leo sigue siendo ese sol que despierta la vida donde mira. Y Lara… bueno, Lara es nuestra nueva luz. Gracias por seguirnos con esa mirada tan… presente. Te quiero. 🕵️‍♂️💕

JHB, jajaja, qué honestidad la tuya. Me alegra que mis palabras te generen… tanto movimiento. Eso significa que están vivas, que conectan, que despiertan. Y oye, mientras sea desde el respeto y el cariño, bienvenido sea todo. Un abrazo (y cuídate esas manos, eh 😉). 🔥

Axayacatl, qué capacidad de síntesis la tuya. Tres palabras y me dejas sin aliento. Es exactamente eso: profundo por lo que sentimos, delicado por cómo lo vivimos, delicioso por cómo lo disfrutamos. Gracias por ponerle nombre. 🙏✨

MarionMaxwell, «la certeza hecha madre»… me lo guardo en el corazón. Qué lindo es sentirse vista así, con esa profundidad. Sí, el amor no entiende de dudas. Por eso volví. Porque no podía vivir mintiéndome. Gracias, gracias, gracias. 💖

Veronicca, tus palabras siempre me llegan al centro. «Belleza brutal» es exactamente lo que es esta vida, ¿no? A veces duele, a veces asusta, pero siempre, siempre es hermosa. Gracias por estar, por ver, por celebrar conmigo. Un beso enorme. 💋

MamáConejo, vos que has estado desde casi el principio… qué emoción leerte siempre. Sí, los silencios hablan. Gritan, a veces. Pero lo importante es saber escucharlos, ¿no? Gracias por caminar conmigo todo este tiempo. Un abrazo gigante. 🐰💕

16 Lecturas/23 febrero, 2026/0 Comentarios/por Mercedes100
Etiquetas: chico, hijo, hijos, insatisfecho, joven, madre, mami, viaje
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