Recuerdos de mi niñez (anécdotas varias)
Durante la niñez suceden diversas anécdotas que merece la pena contar……
Durante mi niñez, quizás fui demasiado ingenua o inocente y no fue hasta más tarde cuando empecé a darme cuenta del poder que teníamos las mujeres, ya desde niñas incluso, sobre los hombres y como algunas, a lo largo de la vida supieron explotar esa atracción, y otras simplemente no fueron lo suficientemente listas como para sacarle partido a eso. El caso es que yo no sé muy bien en que grupo ponerme, ya que me dediqué a disfrutar de lo que me venía sin pensar en otras cosas.
Así que en mis primeros años, cuando iba a casa de mis abuelos , me gustaba sentarme sobre las piernas de mi abuelo, como nos gusta hacer a todas a esas edades, y él se ponía a acariciarme las piernas, o mi barriga por debajo de la ropa, dándome besitos….., yo me sentía a muy a gusto y me dejaba hacer, sin darle más importancia.
Pero en ocasiones, esas caricias se hacían más atrevidas y sus dedos se metían debajo de mis braguitas, buscando con sus besos mi boca, y yo sentía muy rico cuando su lengua entraba dentro de ella haciéndome sentir una especie de cosquillas mezcladas con esas primeras sensaciones placenteras que me hacían estremecer. Yo no pensaba que fuera algo malo y dejaba que él siguiera haciéndolo abriendo también mis piernas para facilitar esos toqueteos con sus dedos.
El caso, es que me di cuenta de que esos besos más atrevidos y esas caricias, las hacía cuando estábamos solos o no podía vernos nadie, aunque estuvieran por ahí cerca, por lo que empecé a asumir que esas cosas debían hacerse en la intimidad y ocultándose de los demás, sintiendo por primera vez los nervios de hacer algo que a la vez era muy placentero, pero que debíamos cuidarnos de que no nos viera nadie por temor a ser reprendida o castigada, siendo por primera vez consciente de uno de los grandes tabús de nuestra sociedad; la relación entre el placer y el pecado.
Quizás por eso, empezó a crearse esa complicidad entre mi abuelo y yo, sabiendo los dos cuando podíamos hacer ciertas cosas y cuando no y como estas acciones iban haciéndose cada vez más explicitas y más buscadas por los dos, pero siempre con la obsesión de no ser vista por los demás, y como según iba pasando el tiempo, tomábamos mayores riesgos para hacerlas, incluso cuando había gente en el salón con nosotros, y yo sentada encima de él, me ponía una manta por encima o cualquier otra cosa para taparme y que los demás no vieran como el me metía la mano por debajo y como con sus dedos acariciaba mi vagina, pasándolos repetidamente por mi rajita, hasta que se me mojaba completamente consiguiendo arrancar mis primeros orgasmos, manifestados con algún gemido que a veces llamaba la atención de mi abuela o mi madre que me preguntaban si me pasaba algo y yo las contestaba que nada, aunque mi cara estuviera toda roja como un tomate.
Con el paso del tiempo, nuestro deseo lógicamente fue aumentando, y debido a mi inexperiencia, yo me dejaba guiar por los pasos más atrevidos que él iba dando, como cuando empezó a sacarse su pene del pantalón y llevaba mi mano a él, todo ello oculto a la vista de los demás , lo que me hacía sentir muy nerviosa y excitada con ese trozo de carne duro y caliente que palpitaba en mi mano como si tuviera vida propia, y que él me hacía mover hacia arriba y abajo hasta que mi abuelo acababa corriéndose, mojando mi mano y mi ropa con su semen, lo que nos obligaba a quedarnos allí hasta que para que no se dieran cuenta de lo que había pasado. Cuando podía, me levantaba para ir a limpiarme y si se notaba alguna mancha en mi falda, echarle agua y poner cualquier excusa si me la veía mi madre.
Es quizás en estos momentos, cuando surge ese chiste, en el que un niño le enseña el pene erecto, a su amiguita, todo orgulloso, y ésta, cansada ya de que todos se lo enseñen, le contesta lo que le dijo su mamá un día, que con su rajita, ella podría tener todos los que quisiera como el suyo, encerrando este chiste toda la filosofía de la vida, de lo que es el sexo entre hombres y mujeres.
En esa época, también era habitual, que cuando iba con mis amigas al kiosco a comprar golosinas, el señor que lo atendía me mandara pasar dentro del mostrador para que eligiera yo las que quería, lo que él aprovechaba para poner sus manos por detrás, debajo de mi falda, tocándome le culo durante un rato, pero yo ya sabía que cuando pasaba eso, siempre me acababa regalando alguna. Cuando lo comentaba con mis amigas, me decían que a ellas les hacía lo mismo y nos reíamos entre nosotras, como diciendo, que tocara todo lo que quisiera si luego nos las iba a dar gratis.
Recuerdo incluso, como en las ocasiones que iba sola, y no había nadie delante, se entretenía más conmigo, tocándome también por delante mientras yo me dejaba sin decir nada, pero esta vez con el temor de que alguien pudiera entrar y vernos.
Con estas experiencias fuimos aprendiendo lo que decía antes, lo fácil que era para nosotras conseguir cosas, dejándonos acariciar, y llegando incluso a sentir placer con ello, intercambiando experiencias entre nosotras, como cuando una nos dijo que ella iba a un parque donde un señor la daba dinero por dejarse acariciar y acabó convenciéndonos a nosotras que guiadas por la curiosidad, también fuimos allí, para acabar en un rincón apartado viendo como ese señor nos metía el dedo en la vagina y luego lo chupaba quedándose en éxtasis.
Yo iba haciéndome mayor y ya iba dejando de ser esa niña ingenua y atrevida a la vez, y me empezaba a dar cuenta de hasta qué punto podía volver loco a un hombre y hacerle perder la cabeza, e iba siendo más consciente de lo que hacía con mi abuelo, lo que no impidió que fuera progresando hasta convertirme en una experta masturbadora y llegar hasta esa primera felación que hice a mi abuelo, cuando en una de esas veces de las que me llevó al baño, cerró la puerta por dentro y se bajó el pantalón, enseñándomela para que se la tocara como había hecho en otras ocasiones, pero esta vez me indico que me la pusiera en la boca y la lamiera con mi lengua, lo que hice, al principio con dudas, pero luego una atracción irresistible me hizo metérmela completamente en la boca y ayudada por sus indicaciones la hacía entrar y salir saboreando ese glande cada vez más rojo y sabroso.
En un momento dado, él la sacó de mi boca bruscamente y la puso sobre el lavabo expulsando ese líquido blanco que tantas veces me había manchado la ropa durante mis juegos con él, pero yo estaba completamente excitada por lo que acababa de hacer y volví a metérmela en la boca para saborear los restos de semen y las ultimas gotas que le iban saliendo mientras sus dedos me masturbaban para hacerme sentir el orgasmo más intenso que había sentido hasta ese momento.
Sin darme tiempo casi a recuperarme, llamó mi abuela a la puerta y nos preguntó qué estábamos haciendo ahí dentro y no sé cómo hice para que al abrir no se diera cuenta de nada, diciendo cualquier tontería para salir del paso, aunque se quedó mirando a mi abuelo con una cara extraña, mezcla de enojo y resignación, quizás adivinando lo que allí había pasado, o porque siendo consciente de la enfermedad de mi abuelo, de lo poco que le quedaría ya de vida, ya que poco tiempo después moriría, decidió consentirle esos pequeños vicios que seguramente ella conocería hace tiempo.
Fueron unos años en los que mis tetas crecieron de repente y mi culo se volvió más prominente, cuando empecé a notar en casa como mi padre se fijaba en mí, pareciendo volverse loco de repente, ya que hasta ese momento, no me había hecho mucho caso, pero de repente, pasó a estar todo el día encima de mí, persiguiéndome a todos lados, aprovechando cualquier momento para meter su mano por mi escote para tocarme los pechos o sobarme todo lo que podía, lo que me llegaba a agobiar, porque volví a sentir ese temor de que en esta ocasión, mi madre pudiera vernos.
Yo intentaba evitar esas situaciones, por miedo sobre todo, pero una vez que empezaba, ya no podía resistirme, al sentir ese cosquilleo que había descubierto con mi abuelo, pero ahora, por la edad, mucho más intenso, y aunque la forma de actuar de mi padre fuera más brusca que la de mi abuelo, también yo sentía que necesitaba más, entregarme ya totalmente al sexo de una forma más adulta.
Por eso, en una de esas veces en la que estábamos los dos en el sofá viendo la televisión, él se puso a acariciarme las piernas, metiendo su mano descaradamente entre ellas, por lo que yo, instintivamente, las abrí totalmente para él y sus dedos se abrieron paso entre mis bragas, apartándolas a un lado para tocarme todo el coño completamente empapado, y dejé que metiera sus dedos, que al moverlos en mi interior arrancaron mis primeros gemidos, sin que me importara que mi madre estuviera en la cocina preparando la cena, así que debido a mi excitación, tomé yo la iniciativa, ya turbada por el placer, y abrí su pantalón para agarrarle su polla tiesa como un palo, carnosa y reluciente el glande por los primeros jugos que ya destilaba, incluso antes de ponerme a sobársela.
Esa visión me volvía loca y mi calentura me hizo perder todo el miedo para empezar a chupársela ante la sorprendida expresión de la cara de mi padre, que quizás no esperara tanto atrevimiento por mi parte, pero él había estado calentando ese horno que ahora había explotado buscando ya una satisfacción total.
Puede que él me viera demasiado lanzada y quiso frenarme, pero no pudo evitar antes correrse en mi boca, y yo intenté tragarme todo lo más posible el abundante semen que salía, para no dejar restos que pudieran manchar mi ropa, como me pasaba con mi abuelo.
La voz de mi madre llamándonos a cenar nos devolvió a la realidad, y aunque yo seguía con la calentura sin desahogar, tuvimos que dejarlo y aparentar delante de mi madre que no había pasado nada, aunque la situación se fue haciendo más difícil para los dos.
Después de aquello, los dos nos dimos cuenta de que ya no había vuelta atrás y aunque temerosos de dar el siguiente paso, nuestro deseo era mayor y a la noche siguiente, después de pasarnos el día mirándonos de forma distinta a como se miran un padre y una hija, cuando la vecina de enfrente llamó a mi madre para ir a su casa a que la ayudara con una receta, yo estaba estudiando en mi habitación y él entró para tocarme como otras veces y como vimos que tardaba en volver mi madre, nuestros juegos preliminares nos tenían excitadísimos, por lo que acabamos desnudándonos y tumbándonos en la cama.
En ese momento, sentí por primera vez el peso del cuerpo de un hombre sobre mi cuerpo, y cuando su pene entró en mi vagina y comenzó un rítmico mete-saca, la sentí arder por dentro, viniéndome el placer más grande que había sentido hasta ahora, culminando mis agitados jadeos con un orgásmico grito que él trato de acallar tapándome la boca, sacando inmediatamente su polla de mi coño para echarme su semen en la parte exterior de mi vagina sobre mi incipiente vello púbico.
Por suerte, mi madre no había regresado todavía de la casa de la vecina y pudimos arreglarnos para que todo estuviera en orden, pero al fin esa noche iba a dormir por primera vez como una mujer después de haber hecho algo que sólo unas pocas de mis amigas habían hecho ya, mientras las demás soñaban con ese momento.
Al día siguiente, ya estaba esperando ansiosa el próximo encuentro y como alguien que empieza a hacer algo que le gusta mucho, no quiere parar de hacerlo, sobre todo a mi edad, en la que todo me parecía poco, lo que fue provocando que cada vez tomáramos más riesgos, e incluso hice venir a mi padre alguna noche a mi habitación, con la excusa de que no podía dormir, y solo después de sus “atenciones” caía en un profundo sueño.
Todo esto quizás empezó a agobiar un poco a mi padre, que con mayor responsabilidad que yo, veía que en cualquier momento mi madre podría descubrirnos e incluso dejarme embarazada en las ocasiones que no se ponía el condón, pero yo estaba ya tan enviciada por ese placer que dominaba mi voluntad que no pensaba en esos peligros y había dejado ya de tener esos miedos de mi niñez.
Y lógicamente pasó lo que tenía que acabar pasando. Una noche que había venido mi padre a mi habitación, en el momento que estaba sobre mí follándome, quizás alertada por mis gemidos cada vez más fuertes, apareció mi madre en la puerta diciendo:
—Dios mío, ¿Qué le estás haciendo a la niña? Eres un …… —Dedicándole una sucesión de insultos interminable—. ¿Y tú no dices nada, dejando que te la meta? Claro, si esto ya me lo temía yo, tantos secretitos y risitas. Ahora mismo quiero que te vayas de casa —le dijo a mi padre—, y tú, menuda zorra estás hecha, contigo ya hablaré, no vas a volver a ver a tu padre en tu vida, si no quieres que le denuncie.
—Mamá, no es su culpa, era yo la que quería. No le eches.
—Eso ya lo sé yo, que fuiste tú la que le provocaste, que en cuanto os empieza a picar el coño, queréis una verga a toda costa. Ya sé que a muchas otras les pasó esto también y ya me estaban avisando las amigas que anduviera con ojo, pero no quería verlo; tú al fin y al cabo eres una niña y no te aguantas, pero él es tu padre y tenía que haberte parado, como hacen otros cuando se les echan encima sus hijas, aunque también es verdad que hay otros, que si tienen tres, acaban haciéndolo con las tres.
Y de esta forma acabó la fiesta en mi casa, pero lógicamente, yo no iba a parar, y ya me encargué de buscar fuera de casa lo que necesitaba, pero eso es otra historia.
Durante esos años de la niñez, suceden bastantes anécdotas que quizás en ese momento no le damos la importancia que tienen y es de mayores, cuando nos da morbo recordarlas y pensamos en como pudieron suceder esas cosas, que en ocasiones comentamos entre las amigas pasados los años, cuando no es demasiado vergonzoso para nosotras.
Durante esos años de Colegio es cuando se hacen nuevas amigas y se crean unos lazos especiales que suelen durar en el tiempo, y entre las cosas típicas que se hacían, era ir alguna vez a dormir en casa de las amigas o venían ellas a nuestra casa. En una ocasión, mi amiga Lucía se empeñó en que fuera a dormir a su casa un fin de semana y mis padres me dejaron.
Después de que su madre nos hiciera la cena, cuando acabamos de cenar nos fuimos a la habitación para acostarnos y cuando estábamos poniéndonos el pijama entró su padre en la habitación sin avisar, para preguntarnos si necesitábamos algo, pero mi amiga le grito:
—¡Papáaa!, que estamos desnudas…..
—¡Ah!, perdona hija, no me daba cuenta de que estaba tu amiga, ya me voy.
Yo, al ver a su padre me tapé como pude llena de vergüenza y le pregunté a Lucía:
—Jaja ¿Tú padre siempre entraba en tu habitación sin llamar?
—Si, ya me ha visto desnuda muchas veces. A mí me da igual, pero como estabas tú…. ¿te dio vergüenza?
—Algo, mi padre también me ve desnuda siempre, pero me daba corte que me viera el tuyo.
—Ya, claro. Yo creo que lo hizo adrede, para poder verte, jaja.
—¡Ah! ¿si? Pues bueno, ya me vio….. —le dije yo, resignada.
—A los hombres les gusta vernos desnudas, ya lo sabes….
—Es verdad… A mi padre le encanta cuando me ve así.
Ya metidas en la misma cama, que compartíamos, empezamos a hablar de chicos y nos pusimos un poco excitadas por lo que nos contábamos. Entonces, Lucía me preguntó que si me estaba tocando y tuve que reconocérselo, pero ella me dijo que a ella se le había puesto también muy húmeda su vagina y que le enseñara la mía a ver como estaba. Me bajé las bragas, abrí las piernas y se la enseñé.
Ella me dijo:
—¡Jo!, la tienes ya abierta como la mía, eso es porque te metes mucho el dedo, ¿a que sí?
—Sí, me toco bastante hace tiempo ya, y a veces me meto cosas….
—Como yo, a veces me meto el mango del cepillo y me vuelvo loca, jaja.
Luego, se quedó mirándome, como no atreviéndose a preguntarme:
—¿A ti también te la toca tu padre?
—Si, muchas veces, como a casi todas supongo —le contesté, sin darle mucha importancia, porque yo creía que eso era algo normal que le pasaba a todas.
—El mío viene muchas noches aquí a estar conmigo, lo que pasa es que hoy no se va a atrever a venir porque estás tú.
—¡Oye!, por mí no hay problema, tú si quieres, puedes decirle que ya me he dormido y que puede venir —le dije, un poco excitada con la idea.
—¡Ah! vale, espera, que se lo voy a decir. Tú quédate ahí como dormida eh!
Mi amiga volvió y se metió en la cama, con la luz apagada. Al poco rato, entró su padre en la habitación y se sentó en la cama al lado de su hija. Con la poca luz que entraba por la ventana pude ver como empezaba a acariciarla, y se sacaba su pene para ponerlo en la mano de su hija. Lucía empezó a gemir cuando su padre se puso a tocarle el coño hasta que parecía que le llegaba el orgasmo, y se quedó relajada, cuando su padre le dijo:
—Lucía, tu amiga es muy guapa.
—Sí, mira, si quieres puedes acariciarla, que está muy dormida y no se da cuenta —le dijo, con atrevimiento, su hija.
La mano de su padre empezó a tocarme los muslos, subiendo la mano por la barriga hasta mis pechos. Yo tenía que hacer esfuerzos por no gemir y que se diera cuenta de que estaba despierta.
Luego, me cambié de posición dejando las piernas abiertas y flexionadas para que pudiera tocarme mejor y su mano empezó a tocarme directamente la vagina, apartando con la otra mano mis bragas, para introducirme los dedos que entraban en mi vagina fácilmente con tanta lubricación, lo que me hizo gemir ligeramente, y le dijo a su hija:
—¡Mmmm! Tu amiga no tiene pelitos todavía, que rico lo tiene….
—Me dijo que su papá también se la tocaba.
—¿Si? No me digas….. ¡Uuufff! No me extraña. Se la comerá toda también….
Lucía se río nerviosa, al ver a su padre tan excitado con su amiga, y así siguió un rato sobándome el coño, mientras yo miraba de reojo como se tocaba la polla delante de mí, hasta que dí un pequeño grito cuando me llegó el orgasmo.
El padre de Lucía se asustó un poco al ver que me había despertado, pero como yo estaba muy excitada, con la mano le agarré la polla y empecé a masturbarle, mientras su hija llevaba la mano a sus testículos para masajeárselos. Ahora el que gemía era su padre, hasta que empezó a derramar toda su leche entre mis manos, y una vez que acabó, nos dijo:
—¡Buuufff!, que bueno…. Ir a lavaros, niñas, que yo me voy ya con tu madre, porque ya llevo mucho tiempo aquí, no se vaya a dar cuenta de donde estoy.
Ante eso que nos dijo, yo le pregunté a Lucía:
—¿Tú madre nunca se entera de que viene tu padre a hacerte estas cosas?
—No sé, creo que no, porque nunca dijo nada.
—Que suerte. A mi me parece que mi madre si sabe algo porque a veces me mira de forma rara y les oigo hablar entre ellos, discutiendo.
—¿Pero también va por la noche a tu cama?
—Alguna vez, pero normalmente es cuando mi madre no está delante.
—¿Se te puso encima alguna vez?
—¿Para follarme….? No, pero tengo ganas de que me la meta.
—¡Uuff! Yo también, como a mi madre, jeje.
Después de lo que había pasado, estábamos muy excitadas y no podíamos dormir, así que seguimos hablando, y yo le pregunté:
—Cuando vino Alejandra a dormir, ¿también la tocó tu padre?
—¡Síii!, menuda guarra…, hasta se la chupó y todo.
—Jaja… Bueno, ella se deja tocar por todos….
En ese tiempo, otra amiga también me contó su historia, que me pareció terriblemente excitante:
Ella era la tercera de 4 hermanos, todos varones, y por falta de espacio en la casa, tenía que dormir con el más pequeño.
En esa edad de curiosidad sexual, enseguida empezó a notar como a su hermano, en muchas ocasiones se le ponía dura y ella jugaba con su pene, moviéndolo arriba y abajo ante la complacencia del chico, que llegaba a alcanzar mucho gusto, aunque todavía no le saliera semen.
En algún momento, él debió de contárselo a sus hermanos, que eran bastante mayores que ellos, y empezó a suceder que en mitad de la noche, apareció el segundo de ellos en la habitación y le dijo al más pequeño que le cambiara la cama, y se metía con su hermana en la cama, para decirle:
—¡Anda!, hazme lo que le haces a Juanito, que dice que se siente muy rico.
Aunque mi amiga se molestó porque su hermano pequeño se fuera de la lengua, empezó a hacérselo, pero al meneársela le gustaba más, porque por su mayor tamaño podía jugar mejor con él, y para su sorpresa, llegó un momento que sintió como su mano se mojaba de algo blanco y se asustó un poco, pero su hermano le dijo que no se preocupara, que eso era porque lo había hecho muy bien, y que a los chicos les salía eso cuando se la tocaban las chicas.
Otra noche, apareció el mayor en la habitación, que también mandó a su hermano pequeño que se cambiara de cama, y cuando mi amiga tuvo su pene en la mano, casi no podía abarcarlo con la mano porque lo encontró muy grueso y la encantaba ver como se descubría su glande al bajarle la piel. Su hermano le dijo que le diera besos y le pasara la lengua, que era muy rico, y ella empezó a hacer sus primeras mamadas, sacándole toda la leche a su hermano con su boca.
Así fueron sucediéndose varias noches, en que recibía la visita de sus hermanos, que eran cada vez más osados para buscar un mayor placer, así que empezaron a metérsela por el coño y el culo, descargándose en ella cada noche.
En una ocasión, su madre descubrió a uno de los hermanos mayores con ella en la cama, y aunque en ese momento, no estaban haciendo nada, ella se imaginó que la andarían tocando por todos lados y les echó una buena reprimenda, sobre todo al chico, al que le preguntó:
—¿Qué estabas haciendo con la niña?
—Nada. Sólo dormía con ella. Mis hermanos también vienen otras veces.
—¿Como que vienen? ¿A dormir contigo? ¡Anda!, no me toméis por tonta… ¡Janet, ¿Se ponen todos a tocarte?
—Si bueno, pero no me hacen daño.
Al confirmar mi padre lo que pasaba, le dijo a su hermano:
—Pero bueno, si es vuestra hermana. Esas cosas hacerlas con las demás niñas. Entre hermanos no se hace.
Y luego le dijo a ella:
—Tus hermanos están mayores ya y voy a tener que llevarte a dormir conmigo.
Cuando su madre se lo contó a su marido, él no le dio importancia y le dijo que eso eran cosas de niños y que muchos lo hacen, pero que de todas formas, hablaría con ellos.
Cuando el papá de mi amiga la encontró sola, empezó a interrogarle sobre lo que hacía con sus hermanos y ella le fue contando todo, porque tenía mucha confianza con él. Su padre, al escuchar todo eso, se puso muy caliente y se sacó el pene para que le demostrara como lo hacía. Los ojos de mi amiga se abrieron asombrados porque nunca había visto una verga tan grande apuntando hacia arriba de la erección que tenía y se entusiasmó pajeándola hasta que el semen de su padre salió con fuerza salpicándola toda la cara y manos y recordando lo que le habían dicho sus hermanos, le dijo:
—Esto es porque te ha gustado mucho, ¿a que sí?
—Jaja, sí, se nota que ya lo sabes hacer muy bien, —y aprovechando la inocencia de su hija, continuó— pero tienes que enseñarme eso que decías que te las metías en la boca.
—Vale, mira como lo hago.
Janet, agarró la verga de su padre, que ya empezaba a bajarle la erección, y al metérsela en la boca, volvió a aumentar su tamaño, ocupándole toda la boca, solamente con la mitad de su tamaño, por lo que le fue más cómodo chupar solo el glande por fuera, hasta que nuevamente un chorro de semen acabó dentro de su boca derramándose entre sus labios.
Mientras, su padre ya le había estado acariciando toda la vagina, comprobando que sus dedos entraban perfectamente dentro de ella, por lo que sospechó que sus hermanos también se la habían metido por allí, lo que ella confirmó ante sus preguntas.
—Mira, el mío es más grande que el de tus hermanos, pero ya tendrás que empezar a acostumbrarte a que te los metan así de grandes, así que vamos a probar, ¿de acuerdo?
—Vale, pero primero me lo chupas bien rico, como hacen ellos antes de meterla.
—Si hija, esto es lo más delicioso que existe. Te voy a dar mucho más gusto que ellos.
Después de provocarle dos orgasmos a la niña con su lengua, puso su pene en la entrada de la vagina y con un leve empujón se la introdujo entera sin la menor queja por parte de ella, por lo que empezó a bombear suavemente, y a causa del tremendo calor que rodeaba su pene en su interior, no pudo aguantar más y aumentó su ritmo dándole con fuerza ante los continuos gemidos de su hija que le pedía continuar sin parar.
Nuevamente, se derramó dentro de ella, alcanzando un gozo como no recordaba en mucho tiempo. Al terminar le pidió que no contara nada de lo que habían hecho y que hablara con su madre para que la perdonara y no la mandara con su tía como le había dicho.
Luego, con su mujer, tuvo la siguiente conversación:
—Ya he hablado con la niña y me dijo que sus hermanos habían llegado a penetrarla.
—¡Por Dios! Menos mal que todavía no ha tenido la menstruación. Tenemos que hacer algo para que no sigan haciéndolo.
—Sí, ya había pensado, como me dijiste, que lo mejor era traerla a dormir con nosotros, así la tendremos vigilada y estaremos más tranquilos por las noches, y por el día ya le echaremos un ojo para que no se le acerquen. Ya hablaré también con sus hermanos para que se busquen una novia, porque ellos están en una edad que lo necesitan y entiende que son hombres y al tener a la niña a mano, se desahogaban con ella.
—Lo entiendo, pero la culpa de todo es tener una casa tan pequeña, que no cabemos ya, y la niña necesita una habitación para ella sola.
—Ya lo sé, cariño, pero no tenemos dinero para ir a otra más grande y tendremos que arreglarnos así. A ver si el mayor empieza a trabajar y se echa una novia, para que se vaya de casa.
—Las vecinas de al lado, ya están grandecitas, a ver si tenemos suerte y se fijan en ellas y dejan un poco tranquila a su hermana —le dijo su mujer, resignada a seguir así.
Como podréis imaginar, los chicos empezaron a tenerlo más fácil con sus vecinas y el papá la tuvo sólo para él, así que en los momentos que se despistaba su mujer, se follaba a su hija siempre que quería para disfrute de los dos.


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