Seda y Sombras 2
La mañana comenzó en el momento en que, antes de abrir los ojos, sentí el frío tenue del aire que se colaba por la ventana mal cerrada, una corriente casi imperceptible que recorría la habitación. Desperté lentamente, con el corazón latiendo despacio..
Tardé unos segundos en recordar dónde estaba. Entonces sentí el peso tibio del cuerpo de mi mamá cerca, su respiración irregular, y el mundo volvió a ordenarse. Casi inmediatamente me llegó el recordatorio de los actos que nos habían unido en un lazo de dolor y vergüenza.
La tela áspera de la sábana rozaba mis piernas. El calor se acumulaba bajo las cobijas, pero no era un calor reconfortante. Era un calor que me recordaba la piel de Eduardo, su aliento en mi cuello, sus manos explorando lugares que nadie antes me había tocado.
Mamá despertó y me vio viéndola. Sonrió, pero fue una sonrisa triste, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Me acarició la cara antes de darme un beso en la frente. Me levantó en sus brazos y me llevó directo a la ducha. Allí, inmersas en nuestra rutina, el vapor comenzó a llenar el pequeño baño, arrastrando consigo el olor a jabón.
Mientras me lavaba, por alguna razón no podía dejar de ver sus pezones oscuros, duros y sensibles. Ella lo notó y me sonrió de nuevo. Mamá me enjabonaba, recorriendo mi cuerpo con la ternura de siempre, pero había algo diferente en su toque. Era más suave, más cuidadoso..
«¿En qué piensas?» me preguntó, y su voz era un susurro que apenas si escuché.
Suspiré, cerrando los ojos. «En nada, mamí». Pero en realidad pensaba en lo que me había contado la noche anterior. En que a mí me había dolido cuando ese hombre me metió esa cosa y ella hablaba de eso como si a ella no le doliera. Recordaba sus palabras, y me preguntaba cómo podía hablar de algo tan horrible con tanta naturalidad.
Luego besó mis labios, «Me amas, ¿verdad?», me preguntó, y en su voz había una súplica, una necesidad de ser amada a pesar de todo.
Cuando salimos del baño, el vapor salió primero, desparramándose por el pasillo estrecho, arrastrando consigo el olor a jabón y humedad. Salimos desnudas y así nos quedamos. Mamá preparó el desayuno en un ritual silencioso, sus movimientos precisos y mecánicos. Yo la observaba, tratando de encontrar en su rostro alguna señal de esperanza, alguna chispa de vida que me dijera que todo estaría bien. Pero sus ojos estaban vacíos, perdidos en un lugar al que yo no podía seguirla.
«Mamá», dije finalmente, rompiendo el silencio. «¿Qué vamos a hacer ahora?»
Ella se detuvo, con una taza de café en la mano, y me miró. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no las dejó caer. «No lo sé, mi amor. Pero lo haremos juntas. Siempre juntas».
Asentí, sabiendo que era una promesa que ambas estábamos decididas a cumplir, sin importar el precio.
El desayuno transcurrió en un silencio pesado, roto solo por el tictac del reloj de la cocina y el sonido de los cubiertos contra los platos. Mamá comía lentamente, como si cada bocado le costará un esfuerzo enorme. Su cabello, aún húmedo, le caía en mechones sobre la cara, y se lo apartaba con gestos distraídos, revelando sus ojos cansados y sus pómulos pronunciados.
«Mamá», dije de nuevo, incapaz de soportar más el silencio. «¿Qué pasó anoche? ¿Por qué te llevaron con ese hombre?»
Ella dejó el tenedor en el plato y me miró, sus ojos llenos de una mezcla de tristeza y resignación. «Anoche… anoche fue solo otro trabajo, Mina, no había llegado muy consciente, lamento habértelo contado de esa manera. Eduardo me llevó a un hotel, y allí me encontré con un cliente nuevo. Era joven. Me hizo cosas, cosas que… cosas que ya te conté».
Hizo una pausa, y vi cómo sus manos temblaban ligeramente. «Pero lo hice por ti, mi amor. Lo hice por nosotras para que tengamos una vida mejor, para que no te falte nada. Aunque a veces siento que todo esto nos está destrozando por dentro».
Me acerqué a ella y la abracé, sintiendo cómo su cuerpo delgado y tembloroso se fundía con el mío. «Mamá, no quiero que hagas esto más. No quiero que te lastimen. Quiero que estemos juntas, solo nosotras».
Ella me acarició el pelo, y su toque era tan suave que casi dolía. «Lo sé, mi vida. Pero a veces no hay otra opción. El mundo es cruel, y nosotras solo somos dos mujeres intentando sobrevivir. Pero te prometo que siempre estaré contigo, pase lo que pase».
Asentí, sintiendo cómo las lágrimas se acumulaban en mis ojos, pero sin dejar que cayeran. Sabía que teníamos que ser fuertes, que teníamos que apoyarnos mutuamente para poder seguir adelante.
El resto del día transcurrió en una especie de neblina. Mamá se vistió y se preparó para salir, su rostro maquillado con una perfección que ocultaba las ojeras y las líneas de tensión. Se puso un vestido negro que realzaba su figura delgada y se calzó unos tacones altos que la hacían parecer aún más frágil.
De nuevo me quedaría con la vecina.
«Tengo que irme, mi amor,», me dijo, dándome un beso en la frente. «Pero volveré pronto. Cuídate, y no olvides que te quiero más que a nada en este mundo».
Asentí, sintiendo cómo mi corazón se encogía en mi pecho. «Te quiero, mamá. Cuídate tú también».
La vi salir por la puerta, y cuando el sonido de sus pasos se desvaneció, me quedé con Doña Carmen, ella debió notar que estaba más callada que en otras ocasiones. Me senté en el sofá, abrazando mis rodillas contra el pecho, y dejé que las lágrimas fluyeran libremente, mojando la tela de mi pijama.
No hicimos nada, simplemente me cocino y yo comí, el resto del día fue indiferente y no merece ser narrado. No sabía cuánto tiempo había pasado cuando escuché el ruido de un motor acercándose. Me asomé por la ventana y vi el mismo coche oscuro aparcando frente a la casa. La puerta se abrió y salió un hombre, su silueta recortada contra la luz del atardecer. Era Eduardo, y su presencia llenaba el aire de una tensión palpable.
Caminó hacia la puerta con pasos decididos, y yo me quedé paralizada, incapaz de moverme. Cuando llamó a la puerta, el sonido resonó en toda la casa, un eco que parecía burlarse de mi inmovilidad.
«Abre, Minita», dijo, su voz profunda y autoritaria. «Sé que estás ahí. Ven a saludar a tu amigo».
Tragué saliva, sintiendo cómo el miedo se enroscaba en mi garganta. la Vecina se acercó a la puerta y la abrió lentamente, encontrándose cara a cara con Eduardo. No se que palabras fueron las que le dijo, no alcance a escucharla, pero Doña carmen me miró, tomó sus cosas y se fue. Eduardo cerró la puerta detrás de él y se acercó a mí. Sus ojos, de un azul frío y penetrante, me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mi pijama y mi cabello desordenado.
«Hola, Eduardo», susurré, incapaz de levantar la voz por encima de un susurro.
Él sonrió, una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. «Hola, Minita. Tu madre no tardara en venir, me voy a quedar contigo un rato porque necesito hablar con ella.
«Está bien», respondí, sintiendo cómo mis manos temblaban a los lados de mi cuerpo. «¿Volverá pronto?».
Eduardo asintió. «Bien. Entonces me prepararé un café mientras tanto. Me gustaría charlar un rato contigo también».
Asentí, incapaz de negarme, y lo guié hasta la cocina. Mientras preparaba el café, podía sentir sus ojos fijos en mí, observando cada uno de mis movimientos. Me temblaban las manos, pero no dije nada.
«Minita», dijo, su voz suave pero con un matiz de amenaza subyacente. «Eres una niña muy obediente. Me alegra ver que así lo seas».
Asentí, sin saber qué decir, y me quedé de pie junto a la mesa, esperando sus siguientes palabras. El silencio se extendió entre nosotros, pesado y opresivo, hasta que finalmente Eduardo lo rompió.
«Sabes, Minita», comenzó, su tono casual pero con un filo de acero. «He estado pensando en ti. En lo especial que eres. Y creo que ha llegado el momento de que cumplas con tu parte del trato».
Lo miré, confundida y asustada. «¿Qué trato? No entiendo».
Él se inclinó hacia delante, su rostro a solo unos centímetros del mío. «El trato de ser una buena niña y hacer lo que se te dice. El trato de ser útil. Y creo que ha llegado el momento de que demuestres cuánto vales».
Sentí cómo el pánico se apoderaba de mí, pero intenté mantener la calma. «Pero… pero mamá no está aquí. Ella siempre está conmigo. No puedo hacer nada sin ella».
Eduardo se rió, una risa baja y cruel. «Oh, Minita. No necesitas a tu madre para esto. Solo necesitas obedecer. Y creo que ya has aprendido bastante bien esa lección, ¿no es así?».
Asentí, sintiendo cómo las lágrimas se acumulaban en mis ojos, pero sin dejar que cayeran. «Sí, Eduardo. Haré lo que digas», dije recordando las palabras de mamá
Él sonrió, satisfecho, y se recostó en la silla, cruzando las piernas con una confianza que me helaba la sangre. «Buena niña. Sabía que podías hacerlo».
Se levantó lentamente, su cuerpo imponente y amenazante. Caminó hacia mí, y cada paso resonaba como un eco de mi propio miedo. Se detuvo frente a mí, y pude oler su colonia, un aroma dulce y empalagoso que me revolvía el estómago.
«Desvístete, Minita», ordenó, su voz firme y autoritaria. «Quiero verte de nuevo».
Mis manos temblaban mientras alcanzaba el dobladillo de mi pijama. Lo levanté lentamente, revelando mis piernas desnudas, y luego lo saqué por encima de mi cabeza. Me quedé allí, de pie, con solo mis braguitas puestas, sintiendo cómo el frío de la cocina me recorría la piel.
Eduardo me observaba, sus ojos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo. «Muy bien, Minita. Ahora las braguitas. Quítatelas».
Tragué saliva, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de mí. Lentamente, deslicé mis dedos bajo la cinturilla de mis braguitas y las bajé, revelando mi cuerpo completamente desnudo. Las dejé caer al suelo y di un paso atrás, intentando cubrirme con mis manos, pero Eduardo me detuvo.
«No, Minita. No te escondas. Eres hermosa. Déjame verte».
Sus manos, grandes y ásperas, se acercaron a mí, y sentí cómo me tocaba, explorando mi cuerpo con una familiaridad que me revolvía el estómago. Sus dedos recorrieron mis brazos, mis hombros, y luego descendieron hasta mi pecho plano.
«Tan suave», murmuró, su voz ronca. «Tan inocente».
Sentí cómo mis piernas comenzaban a temblar, y me apoyé en una de las sillas de la cocina para mantener el equilibrio. Eduardo tomo mi cabeza y la presionó contra su erección, y pude sentir su excitación, dura y insistente, contra mi cara.
«Shh, Minita», susurró. «Solo relájate. Deja que te muestre cuánto te deseo».
Sus manos bajaron por mi espalda, acariciando mi piel, y luego se posaron en mis caderas, apretando con fuerza. Me levantó ligeramente, colocándome sobre la encimera, y se posicionó entre mis piernas, separándolas con sus rodillas.
«Eduardo, por favor», susurré, mi voz apenas audible. «No quiero…».
Él me silenció con un beso, sus labios forzando los míos, y sentí cómo su lengua invadía mi boca. Sus manos exploraban mi cuerpo, tocando, apretando, y yo me sentía atrapada, incapaz de moverme o escapar.
«Shh, Minita», murmuró de nuevo, sus labios moviéndose a mi cuello. «Solo déjate llevar. Te prometo que será placentero».
Sentí cómo sus dedos se deslizaban entre mis piernas, explorando, y me tensé, intentando cerrarlas, pero él las mantuvo abiertas con sus rodillas. «Relájate, Minita. Solo déjame entrar».
Cerré los ojos con fuerza, intentando bloquear la realidad, no me di cuenta en que momento había liberado su miembro. Fue tarde cuando lo sentí, duro y caliente presionando contra mí, y luego, con un empujón, Eduardo entró, llenándome por completo. Grité, un sonido de dolor y miedo, pero él me silenció con otro beso, sus caderas comenzando a moverse, entrando y saliendo de mí con embestidas profundas y rítmicas.
«Nooo, por favor», supliqué, mis lágrimas cayendo libremente. «Duele. Por favor, para».
Pero él no escuchaba, perdido en su propio placer, sus movimientos cada vez más rápidos y desesperados. Sentí cómo mi cuerpo se tensaba, el dolor y la humillación abrumándome, y me dejé llevar, dejando que las lágrimas fluyeran libremente, mojando mis mejillas y cayendo.
Finalmente, con un gruñido, Eduardo se tensó, su cuerpo convulsionando mientras alcanzaba su clímax. Se quedó allí, dentro de mí, durante unos largos momentos, antes de retirarse lentamente, dejando un vacío doloroso en su lugar.
Me sostuvo en la encimera, incapaz de moverme, mi cuerpo dolorido y mi mente en blanco. Eduardo me bajó, dejándome en el suelo, luego se abrochó el cinturón, y me miró con una sonrisa satisfecha.
«Buena niña, Minita», dijo, su voz suave. «Sabía que podías hacerlo, ahora vamos a esperar a tu madre juntos, no te vistas, no lo necesitas».
Y con eso, se dio la vuelta y salió de la cocina, dejándome sola, desnuda y con más dolor en mi vagina que la primera vez.
Caminé detrás de él, sollozando, con pasos pequeños y vacilantes. Mi cuerpo, tan pequeño en comparación con el suyo, se movía con una lentitud agonizante. Cada paso era una tortura, el dolor entre mis piernas palpitaba con cada movimiento. Mis pies descalzos tocaban el suelo frío, y el contraste con el calor de la cocina me hizo estremecer.
Eduardo se dirigió a la sala de estar, su presencia imponente llenando el espacio. Se sentó en el sofá, cruzando las piernas con una confianza que me helaba la sangre. Me quedé de pie frente a él, con la cabeza gacha, incapaz de mirarlo a los ojos.
«Ven aquí, Minita», ordenó, su voz firme y autoritaria. «Siéntate a mi lado».
Me acerqué lentamente, cada paso un esfuerzo monumental. Me senté en el borde del sofá, lo más lejos posible de él, pero Eduardo me atrajo hacia sí, su brazo rodeando mi pecho con facilidad. Sentí su mano, grande y áspera, acariciando mi espalda, y me tensé, intentando alejarme, pero su agarre era firme.
«Relájate, Minita», murmuró, su aliento caliente en mi oreja. «Todo estará bien. Solo necesito que te quedes aquí conmigo hasta que tu madre regrese».
Asentí, incapaz de hablar. Me quedé allí, sentada a su lado, con la cabeza gacha, mientras él continuaba acariciando mi espalda, sus dedos trazando patrones sin sentido en mi piel.
El tiempo pasaba lentamente, cada segundo una eternidad. Podía escuchar el tictac del reloj en la pared, un eco constante de mi propia agonía. Eduardo no decía nada, solo se quedaba allí, acariciándome, su presencia era una amenaza silenciosa.
Finalmente, escuché un taconeo que fácilmente identifique. Mis ojos se llenaron de nuevas lágrimas, una mezcla de alivio y miedo. Mamá estaba aquí, pero ¿qué pasaría ahora?
La puerta de entrada se abrió, se detuvo en la entrada de la sala, su rostro pálido y sus ojos llenos de preocupación al vernos a Eduardo y a mí en el sofá.
«Mamá», susurré, mi voz apenas audible, pero llena de una súplica desesperada.
Ella miró a Eduardo, sus ojos llenos de una mezcla de miedo y resignación. «Eduardo, ¿qué has hecho?», preguntó, su voz temblorosa.
Él sonrió, una sonrisa cruel y satisfecha. «Solo le mostré a Minita cuánto la valoro. Ahora, ¿por qué no te unes a nosotros? Tenemos mucho de qué hablar».
Mamá asintió, con movimientos lentos y mecánicos, y se acercó al sofá. Se sentó al otro lado de Eduardo, sus manos temblaban ligeramente. Me miró, y en sus ojos vi un reflejo de mi propio dolor y humillación.
«Mamá», susurré de nuevo, intentando alcanzar su mano, pero Eduardo me detuvo, su agarre firme y posesivo.
«Shh, Minita», murmuró. «Todo estará bien. Solo relájate y disfruta del momento. Tu madre y yo tenemos mucho que discutir».
Y con eso, comenzó a acariciar mi cabello, sus dedos enredándose en mis mechones, mientras mamá se quedaba allí, atrapada en su propia red de dolor y resignación.
«¿Cómo te fue con el doctor Vargas esta noche?», preguntó Eduardo, su voz casual, como si estuviera conversando sobre el clima. «Espero que te haya tratado bien. Tiene manos hábiles para la cirugía, y dicen que para otras cosas también».
Mamá no apartó la vista de mí, pero su labio inferior tembló. «Fue… un cliente normal, Eduardo. No hay nada que contar». Su voz era un hilo tenue, casi inaudible.
«Ah, ¿normal?», insistió él, con una sonrisa que se curvó lentamente. «Escuché que le gusta jugar a ser médico. Que pide que sus pacientes se acuesten en la camilla y las examina con sus… instrumentos. ¿Te hizo una revisión completa? ¿Te abrió de piernas y te exploró con sus dedos? Cuento que te pagó bien por la consulta».
Vi cómo el rostro de mi madre se descoloraba aún más, si eso era posible. Sus ojos se llenaron de una humillación tan profunda que parecía física. Asintió sin decir nada, una movida casi imperceptible de su cabeza.
«Bien, muy bien», continuó Eduardo, su tono satisfactorio. «Siempre es bueno tener clientes con… aficiones específicas. Mantiene las cosas interesantes». Dejó de acariciarme y su mano descendió por mi espalda hasta posarse en mi colita, apretando la carne con posesividad. «Pero mientras tú jugabas a ser la enfermera, yo me ocupaba de nuestra pequeña Minita».
Mamá finalmente levantó la vista y lo miró, un pánico silencioso en sus ojos.
«Ha sido una niña muy buena», dijo Eduardo, y mientras hablaba, su otra mano se deslizó hasta mi entrepierna. Separó mis piernas con mucha facilidad, y sus dedos toparon con mi carne hinchada y dolorida. «La he iniciado. Yo soy tu dueño, debí haber sido el primer hombre. Ya no es una niña, es una mujer ahora, bueno una mujer pequeñita». Me pinchó suavemente con la uña y yo sollocé «No te preocupes por ella, por el dolor o por la sangre. Le pagaré como a la putita que es. Una buena suma por su primera lección».
La palabra «putita» colgó en el aire como un veneno. Vi cómo los ojos de mi madre se abrían de par en par, lágrimas nuevas brotando y cayendo silenciosamente por sus mejillas. Eduardo, entonces, con un movimiento fluido, me alzó de su regazo y me sentó sobre sus muslos, de frente a mi madre. Mis piernas quedaron abiertas, mi pequeña vagina expuesta y enrojecida, con mis labios hinchados y aún brillantes por el líquido que él había dejado dentro de mí.
«Véla, mírala bien», ordenó Eduardo a mi madre, su voz un susurro autoritario. «Mira lo bien que la he preparado para ti. Mira cómo la he marcado».
Mi madre me miró, y su rostro se contorsionó en una máscara de agonía. Sus ojos se fijaron en mi entrepierna, en el maltrato evidente, en el rastro blanco y pegajoso que comenzaba a deslizarse lentamente por mi interior y a asomarse por mi entrada. Su respiración se cortó en un jadeo.
«Está sucia, Minita», dijo Eduardo, su voz ahora suave, casi tierna. «Tienes que estar siempre limpia para tus clientes». Me apretó contra él, impidiéndome siquiera intentar cerrar las piernas. «Mamá te va a limpiar ahora. Es su trabajo. Enséñale cómo se cuida a una de las nuestras».
Levantó una mano y señaló mi entrepierna, luego a mi madre. «Límpiala. Con tu lengua. Sácalo todo. No quiero que quede ni una gota del pago que le he hecho».
Mi madre me miró, sus ojos suplicantes, buscando en mi rostro una forma de escapar a esa orden. Pero no había escape. Su cuerpo se movió con la lentitud de una autómata, deslizándose del sofá hasta arrodillarse en el suelo frente a nosotros. Su rostro estaba a la altura de mis piernas. Cerró los ojos un instante, y cuando los abrió, toda la luz se había apagado de ellos. Se inclinó hacia adelante, y sentí el calor de su aliento contra mi piel dolorida. Luego, sentí la humedad y la textura áspera de su lengua, lamiéndome por dentro, con un cuidado y una precisión que me hicieron sentir aún más ardor.


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