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Incestos en Familia

Tormenta y Tensiones Familiares

Abby siempre había tenido la habilidad de llenar un cuarto con su energía. No necesitaba hablar demasiado, siempre hacía que los demás giraran hacia ella. Iván lo notó esa mañana, cuando la encontró en la cocina canturreando mientras buscaba golosinas en la alacena..

—¿Qué cantas?—murmuró él.
—nada, jeje —respondió Abby, sonriéndole.

Elena observaba desde el pasillo, en silencio. No interfería; le bastaba con ver cómo su hija interactuaba con su padre.

A lo largo de los días, Abby y su padre comenzaron a compartir rutinas torpes: paseos al supermercado, tardes en las que ella lo convencía de jugar cosas en la casa, silencios en el jardín donde se quedaban mirando el cielo. Iván, con su rigidez de soldado, parecía incomodado por esa espontaneidad, pero nunca la rechazaba del todo.

La tormenta comenzó al caer la tarde. El viento sacudía los árboles de la urbanización, y las luces se apagaron de golpe en todo el chalet. Elena se refugió en su habitación, molesta por la incomodidad, mientras Abby bajaba las escaleras con una linterna en la mano.

Encontró a su padre sentado en el sofá, inmóvil, la mirada clavada en la ventana. El destello intermitente de los relámpagos iluminaba su rostro tenso.

—Solo es una tormenta —dijo el, intentando sonar tranquilo.
—No. —La voz de Abby era grave, quebrada—. Estoy asustada Papá… —susurró, acercándose.

Abby dio un paso más.

—Papá, abrazame —ordenó, firme, conteniendo el temblor de su voz.

Abby se sentó a su lado, todavía temblando. No dijo nada más. Solo permaneció allí.

Elena fingió molestia, fingió cansancio. Pero en realidad se había ocultado en la habitación que debía compartir con Ivan. Desde una rendija junto a la puerta entreabierta, alcanzaba a ver fragmentos del salón.

Los observó durante la tormenta. Vio a Iván rígido y a su hija acercarse con esa ingenuidad peligrosa que tanto detestaba. Vio cómo Abby pedía un abrazo, cómo lo sostenía. Vio, sobre todo, cómo Iván cedía.

Sintió un calor amargo subirle al pecho, algo parecido a los celos. Iván era suyo, había fingido ser la esposa fiel. Y ahora, esa hija —esa criatura que siempre había sido un estorbo— se convertía en el bálsamo que la desplazaba.

No lo voy a permitir.

Su mente funcionaba como un tablero de ajedrez: cada movimiento de Abby era un ataque a su posición. Cada sonrisa, cada rutina torpe con Iván, era una pieza ganada. Y ahora, ese abrazo era jaque.

No podía irrumpir en el salón. No podía interrumpir la escena, porque hacerlo sería mostrar su debilidad. Prefirió quedarse en su escondite, alimentando el odio en silencio. Una psicópata no grita: calcula. Una psicópata sabe esperar.

 

Desde la rendija, Elena lo veía todo. La linterna, abandonada en la mesa, proyectaba un haz oblicuo que rozaba apenas el contorno de los dos cuerpos. Cada relámpago los bañaba de blanco durante un instante, congelando la escena como una fotografía indecente: Iván y Abby pegados, sus sombras fundidas contra el sofá.

Abby se acomodó en su hombro. La tela fina de su blusa se arrugaba contra la chaqueta de él. Su respiración levantaba y bajaba el pecho de forma irregular, rozando el costado de Iván con cada exhalación. Era un roce ínfimo, inocente…

Iván se quedó inmóvil, los labios apretados, como si un gesto de más pudiera delatarlo. Pero los ojos de Elena captaron la traición: ese parpadeo lento, ese instante en que él inhaló hondo, aspirando el olor a jabón mezclado con el dulzor de su perfume infantil.

Abby levantó la cabeza apenas, y la linterna dejó ver el brillo húmedo en sus labios. Los ojos oscuros se clavaron en él, fijos, esperando algo. El relámpago siguiente iluminó la curva de su mejilla, la sombra en el cuello donde un mechón de cabello se había pegado por la humedad.

Elena se mordió la lengua. Sintió cómo la sangre le golpeaba en las sienes. Desde su escondite, el cuadro tenía la textura de una traición lenta, erótica. El brazo de Iván ya no era rígido: se había relajado alrededor de la cintura de Abby, su mano descansaba en la tela de su pantalón ligero, demasiado arriba para ser paternal, demasiado firme para ser inocente.

Elena contuvo un jadeo. La respiración entrecortada de Abby se escuchaba hasta el pasillo, como un animal pequeño buscando calor. La niña apretó un poco más el abrazo, y esa presión dibujó las formas de su cuerpo contra el torso endurecido de Iván.

La tormenta rugía afuera, pero lo que vibraba dentro era el silencio. Elena lo miraba todo, como si se tratara de un espectáculo perverso montado solo para ella: su hija apoyada contra su marido, la piel casi tocándose bajo la ropa.

 

Abby se movió lentamente, como si buscara más comodidad, y el gesto partió la escena en dos. Se deslizó un poco hacia adelante y, sin pedir permiso, dejó que su cuerpo se recostara en las piernas de Iván.

La linterna quedó apuntando hacia el techo, y la sala entera se llenó de sombras alargadas. Desde la rendija, Elena lo vveía todo. Iván tragó saliva. Sus manos permanecieron suspendidas en el aire, dudosas, como si no supieran dónde reposar. Abby giró el rostro, apoyándolo en el muslo de él, y el contacto fue tan directo que lo obligó a contener la respiración.

—Gracias papá —murmuró, con voz baja, casi ronca.

Elena vio cómo la espalda de su marido se arqueaba un poco, crispada por el esfuerzo de no reaccionar. Pero sus dedos lo traicionaron: cayeron, al fin, sobre la tela ligera del pantalón de Abby. Primero apenas un roce, como si buscara apartar un pliegue de la ropa… después, una presión breve, demasiado lenta para ser un accidente.

El relámpago iluminó la escena de nuevo. Abby no se movió; al contrario, cerró los ojos, ladeando apenas la cabeza, como si se abandonara por completo a ese contacto. La blusa se deslizó un poco hacia arriba y dejó a la vista un fragmento de piel clara, brillante por la humedad del aire.

Elena, clavada en la rendija, sintió un temblor recorrerle el cuerpo. No era solo celos. Era el vértigo de presenciar lo prohibido, lo que aún no se consumaba pero ya estaba escrito en el roce. Era mirar un borde peligroso y saber que tarde o temprano iban a cruzarlo.

 

Iván no se movía, pero su cuerpo lo delataba. Abby estaba recostada con la cabeza en sus piernas, y cada vez que acomodaba el peso, su mejilla rozaba el grosor de su muslo. La tela del pantalón marcaba demasiado la forma debajo: la verga endurecida, tensa, atrapada entre la rigidez y la vergüenza.

Elena lo vio, y casi se le escapó un gemido de furia. Ahí estaba, en plena sala: su marido excitado, la hija recostada justo encima, respirando tranquila, como si lo inocente del gesto anulara la evidencia que crecía bajo la ropa.

Abby suspiró. Movió una pierna para estirarse y, sin proponérselo, dejó que su cadera girara, que el borde de su culito quedara insinuado contra el respaldo del sofá. La tela ligera de su pantalón dibujaba cada curva, y la linterna, al temblar sobre la mesa, parecía empeñada en iluminar justo ese contorno.

Iván cerró los ojos un segundo, conteniendo el aire en los pulmones. Su mano descansaba sobre el vientre de Abby, apenas apoyada, como si fuera un gesto de consuelo. Pero Elena, desde la rendija, lo vio con claridad: los dedos se abrían demasiado, el pulgar acariciaba de más, rozando la blusa con un movimiento mínimo, lento, casi imperceptible.

 

Elena apretó los labios contra la madera de la puerta. Sus ojos no parpadeaban; no podía perderse ni un detalle de lo que ocurría en el sofá.

Su marido estaba rígido, sí, pero su cuerpo lo traicionaba con una claridad pornográfica. La verga marcaba la tela del pantalón, tiesa, palpitante bajo el rostro confiado de su hija. Abby parecía no darse cuenta, o era demasiado inocente ante eso. Lo cierto era que allí estaba: una niña pequeña, recostada sobre las piernas de un hombre endurecido, que además era su padre, provocando sin saber lo que pasaba debajo.

“Perra”, pensó Elena, sintiendo cómo el insulto le ardía en la lengua. Una parte de ella quería irrumpir en la sala, arrancarla de un tirón, gritarle en la cara. Pero otra, más oscura, la mantenía pegada a la rendija, excitada en su furia. La escena tenía el sabor de un espectáculo secreto: el culo redondito de Abby al girar en el sofá, la presión de la mano de Iván que ya no estaba quieta, el leve movimiento de sus dedos tanteando el vientre, subiendo apenas, probando terreno.

Ese calor de verga rígida bajo su cabeza, esa mano que se deslizaba con lentitud.

Elena sintió un latigazo en el pecho. Era el momento exacto en que una relación se quebraba en dos, cuando lo familiar se convertía en algo erótico, cuando las miradas ya no eran inocentes, cuando el roce dejaba de fingir.

Elena no podía apartar los ojos de la rendija, pero al mismo tiempo, lo que veía ya no bastaba. La realidad era tibia comparada con lo que su mente desataba. Su respiración se volvió jadeo.

Imaginó a Iván inclinándose más, dejando que su mano bajara por fin, no solo sobre el vientre, sino hasta colarse debajo de la blusa de Abby. Vio, en su fantasía, cómo sus dedos se deslizaban por esa piel suave, palpando despacio, tanteando el borde de un pecho inexistente.

En su cabeza, Iván hablaba, con esa voz grave que tanto la excitaba:

—No te muevas… —ordenaba, ronco—. Déjame tocarte, hijita.

Abby, en la visión de Elena, cerraba los ojos y arqueaba el cuerpo, levantando el culo apenas, como si ofreciera todo sin entender del todo qué pedía. Elena sintió un escalofrío.

Imaginó entonces el siguiente paso: la mano de Iván abandonando el vientre y bajando, despacio, hasta rozar la vagina de su hija. La verga de él palpitando bajo el pantalón, reclamando atención, y ella respondiendo con una caricia torpe, tímida primero, descarada después.

—Sí… así… tócame bien —oía Elena en su mente, tan claro que casi creyó escucharlo salir del salón.

La escena la atravesaba como un cuchillo. Su marido recibiendo caricias de otra, su hija obediente jugando con su verga como si fuera un juguete nuevo, y ella, escondida, empapándose entre las piernas mientras la rabia y el morbo la devoraban.

 

Elena supo, con un temblor en el pecho, que lo que estaba viendo no era aún real. Pero también supo que si se quedaba callada, si dejaba que siguieran solos, tarde o temprano la fantasía se volvería verdad. Y esa certeza la excitaba más de lo que podía soportar.

Elena ya no respiraba, jadeaba. Sus labios se habían humedecido contra la madera de la puerta, y sus muslos se apretaban con violencia. Su imaginación lo había invadido todo: en su mente, Abby ya no era una niña temblorosa en busca de consuelo, sino una puta obediente, arrodillada entre las piernas de Iván.

La veía con la boca abierta, los labios húmedos, avanzando lento hasta engullir esa verga que le había dado la vida. Veía cómo Iván la tomaba del cabello y la guiaba, cómo la obligaba a hundirse más, y la oía hablar, decir con voz ronca, dura:

—Eso… trágatela toda, hija… quiero verte con mi verga hasta la garganta.

Elena gimió bajito. En su fantasía, Abby obedecía, las lágrimas saltándole de los ojos mientras succionaba, e Iván gemía con la cara desencajada, jadeando cada vez que la cabeza subía y bajaba. Ella, oculta, lo absorbía todo como un espectáculo hecho a su medida: su hija con la boca llena, el culo arqueado, la saliva corriendo por la barbilla, y su marido gruñendo satisfecho.

Elena sintió que estaba a punto de correrse ahí mismo, sola, sin tocarse más que con la fricción de su propio cuerpo contra la puerta. El calor le subía por el vientre, la garganta se le cerraba de deseo. Estaba en el borde, en el filo, cuando de pronto la realidad irrumpió y quebró la imagen como un relámpago.

—Papi… —la voz de Abby, temblorosa, salió del salón—. ¿Por qué está tan duro… lo que presiona bajo mi cabeza?

 

El silencio fue absoluto. La tormenta rugió afuera, pero adentro todo se detuvo. Elena abrió los ojos, de golpe consciente de que lo que hasta ese instante había sido solo fantasía podía estar a punto de volverse carne.

Iván se quedó helado, como si el rayo que iluminó el salón le hubiera atravesado la piel. El rostro de Abby seguía apoyado en sus piernas, demasiado cerca, demasiado encima. Ella lo miraba desde abajo, con los ojos grandes, serios, esperando respuesta.

—Eso… —tragó saliva, la voz quebrada—. Eso es porque eres hermosa.

Elena se llevó una mano a la boca para no gemir. ¡Lo había dicho! No había excusas. Había convertido la erección en confesión.

Abby ladeó la cabeza, y al hacerlo su mejilla se deslizó aún más contra el bulto. La presión arrancó un suspiro torpe de Iván.

—¿Te duele? —preguntó ella, apenas un hilo de voz.

Iván cerró los ojos, derrotado.
—Sí… me duele un poco.

Elena se apretó contra la puerta, húmeda, el corazón latiéndole como un tambor. La escena no era ya su fantasía: era realidad cruda, avanzando paso a paso hacia el límite.

—¿Qué es?… —Abby titubeó, la voz rota por la timidez y la curiosidad

Iván rió bajo, nervioso, pero sus palabras fueron claras:
—Es mi verga, hija. Se pone así porque me enciendes. Porque quiero tocarte.

Elena ahogó un jadeo. El silencio del salón se había llenado con la obscenidad de esa palabra, con la confesión desnuda. Ella lo había imaginado, sí, pero oírlo era distinto: era un puñetazo de realidad que la excitaba y la enloquecía.

Abby mordió su labio inferior. Sus dedos se movieron, casi sin querer, sobre el muslo de Iván, a centímetros del bulto.
—¿Y… quieres que yo lo toque…?

—Quiero que lo explores —respondió él, ronco, con un temblor que era deseo y miedo a la vez—. Quiero que sientas lo que me provocas.

 

Iván inclinó la cabeza hacia ella, como si quisiera hablarle al oído, pero la tormenta afuera rugía y lo obligaba a subir su tono.

—No deberías provocarme así… —murmuró, aunque su voz sonaba más rendida que autoritaria.

Abby lo miró desde abajo
—¿Te provoco? —susurró.

Iván soltó un resoplido corto, casi una risa amarga.
—Lo sabes, hija… lo sabes.

Elena sentía el aire cortarse en tajos. No había dudas: su marido estaba dejándose arrastrar. Y cuando lo vio mover la mano, cuando vio cómo sus dedos se deslizaban con descaro sobre la curva de las caderas de Abby, entendió que la línea estaba rota.

Él tanteó primero sobre la tela ligera del pantalón, como probando el terreno, hasta que la yema de sus dedos encontró el borde, la entrada. Despacio, con una lentitud cargada de tensión, la mano se coló por debajo.

Elena contuvo un grito: no había nada más que piel. Su sobrina no llevaba ropa interior.

Iván quedó petrificado por un segundo, como si lo hubiera sorprendido un secreto. Y luego dejó escapar un jadeo ronco:
—Dios… no llevas nada…

Abby se estremeció bajo su toque, pegando la frente a su muslo como si buscara refugio en él.
—¿Está mal? —preguntó, casi infantil, pero con un dejo de picardía que se notaba incluso en la oscuridad.

Iván apretó con la palma entera, abarcando la carne suave.
—Está… demasiado bien —respondió, dejando que las palabras cargaran con toda la obscenidad de lo que hacía—. Tienes un culo delicioso.

Elena, desde su escondite, sintió que el corazón se le iba a romper. No era un sueño. No era una proyección. Él lo decía. Él la tocaba. Y sin embargo, en medio de su furia, lo único que hizo fue hundir la mano entre sus piernas, incapaz de resistir la excitación de verlos al borde, de escuchar esa confesión en bruto.

 

El salón estaba en silencio salvo por el crujido de la tormenta y la respiración entrecortada de los tres: uno tocando, otra temblando, y una tercera devorando la escena como un animal encerrado.

15 Lecturas/20 febrero, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: culito, culo, hija, padre, puta, sobrina, vagina, verga
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