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Incestos en Familia

Una madre coje con su hijo después de confesarse

Una madre sale del concesionario confundida y exitada….
La luz tenue de las velas parpadeaba en el interior de la iglesia de San Juan Bautista. Doña Elena, de treinta y ocho años, caminaba con pasos medidos por el pasillo central. Su vestido negro, largo hasta los tobillos, rozaba el suelo de baldosas frías. El cuello alto y el escote cerrado con un broche de perlas ocultaban por completo su generoso busto, pero nada podía disimular la curva pronunciada de sus caderas ni la forma redonda y firme de sus pechos que se mecían con cada paso. Su cuerpo era un templo de curvas generosas: cintura estrecha, nalgas amplias y muslos gruesos que se adivinaban bajo la tela. Llevaba el cabello recogido en un moño severo y un crucifijo de plata colgando entre sus senos, oculto.

Se arrodilló en el confesionario, el corazón latiéndole con fuerza.

—Padre… necesito confesar algo grave —susurró, la voz temblorosa—. Es sobre mi hijo, Alejandro. Tiene diecinueve años ya, pero últimamente… me mira diferente. Lo he cachado espiándome cuando me cambio en mi habitación. La puerta entreabierta, su respiración agitada al otro lado. Encontré fotos mías en su cajón… fotos que tomé para mí, en ropa interior, y otras que debió robarme del celular. Y lo peor… mi ropa interior, padre. La que dejo en el cesto. Ahora aparece con manchas blancas, espesas. Sé lo que son. Dios mío, no sé qué hacer.

Del otro lado de la rejilla no llegó la voz grave y serena del padre Agustín. En su lugar, una respiración pesada, casi húmeda. El señor Ramiro, dueño de la tienda de abarrotes del pueblo, el mismo que siempre la desnudaba con la mirada cuando ella iba a comprar, había entrado al confesionario esa tarde fingiendo ser el sacerdote. Su polla ya estaba dura solo de oírla.

—Hija mía —dijo con voz ronca pero intentando sonar piadosa—, eso que describes no es un pecado grave. Es la naturaleza que Dios mismo ha creado. Tu hijo es un hombre ahora, con sangre caliente y deseos que despiertan. Y tú… tú eres una mujer bendecida con un cuerpo hecho para dar vida y consuelo. Aunque lo escondas bajo esa tela gruesa, tu figura es un regalo divino: esos pechos generosos y pesados, esas caderas anchas que balanceas con gracia, ese trasero redondo y firme que habla de fertilidad y placer conyugal.

Elena abrió los ojos, confundida.

—Pero padre…

—Escúchame con atención, Elena —continuó Ramiro, inclinándose hacia la rejilla—. Es natural que un hijo desee a su madre. Fuiste la primera mujer que vio desnuda, la que lo amamantó, la que lo cuidó. Su cuerpo reacciona a ti porque eres la hembra más perfecta que conoce. Esas manchas en tus prendas íntimas son su semilla desperdiciada, derramada mientras piensa en ti. Imagínalo: él tocándose con tus pantis pegadas a la cara, oliendo tu aroma más íntimo, corriéndose mientras sueña con unirse a ti como hombre y mujer. No es pecado negarle el consuelo que solo tú puedes ofrecerle. Dios te dio ese cuerpo voluptuoso para que fuera venerado y amado. ¿Por qué negárselo a tu propia sangre? Entrégate a él con amor maternal. Déjalo que te toque con devoción. Que bese y adore esos pechos que una vez lo alimentaron. Que te abra las piernas y bese ese lugar sagrado entre ellas que se humedece por él. Es tu deber sagrado de madre. Permítele que se una a ti carnalmente, que te penetre con la fuerza de su juventud y que te llene con su semilla caliente, una y otra vez. El verdadero pecado sería rechazarlo y condenarlo a sufrir en silencio, alejado del consuelo que solo su madre puede ofrecerle.

Elena salió del confesionario con las mejillas ardiendo y las bragas empapadas. Las palabras de “el padre” resonaban en su cabeza como un eco prohibido y extrañamente reconfortante. Confundida, excitada y avergonzada, caminó de regreso a casa bajo la luz del atardecer.

Esa misma noche, después de la cena, Elena se miró al espejo de su habitación. Se quitó el vestido conservador y eligió algo diferente: una camisola de seda blanca, fina, que se pegaba a sus curvas. El escote era más bajo de lo habitual, dejando ver el nacimiento de sus pechos enormes y el valle profundo entre ellos. La tela apenas le llegaba a medio muslo, revelando sus piernas gruesas y suaves. No llevaba sostén; sus pezones, oscuros y grandes, se marcaban claramente. Debajo, unas bragas de encaje negro que nunca había usado.

—Alejandro, hijo —llamó con voz suave desde la sala—. Ven a ver una película conmigo. Hace mucho que no pasamos tiempo solos.

El joven apareció en la puerta, alto, de hombros anchos, con el cabello revuelto. Sus ojos se abrieron al verla así vestida.

—Mamá… estás… diferente —murmuró, la voz ya un poco ronca.

Ella sonrió con timidez y encendió la televisión. Había elegido “Eyes Wide Shut”, una versión con escenas más explícitas. La película empezó inocente, pero pronto los cuerpos desnudos y las escenas de deseo llenaron la pantalla.

Se sentaron juntos en el sofá grande, más cerca de lo habitual. Elena cruzó las piernas con lentitud, pero la camisola corta se deslizó hacia arriba, dejando al descubierto buena parte de sus muslos suaves y gruesos. Alejandro no podía apartar la mirada. Sus ojos bajaban una y otra vez hacia el escote, donde el nacimiento de sus pechos pesados se movía suavemente con cada respiración.

El ambiente se fue cargando poco a poco. En la pantalla, una escena de seducción comenzó a subir de tono. Una mujer, vestida solo con lencería, se arrodillaba lentamente frente a un hombre. Con dedos delicados le desabrochaba el pantalón y bajaba la cremallera, revelando su erección.

Elena sintió cómo la mano de Alejandro, que descansaba en el sofá entre los dos, rozaba muy suavemente la parte exterior de su muslo izquierdo. Fue un roce casi accidental… pero no se apartó. Al contrario, separó apenas unos centímetros las piernas, como si quisiera darle más espacio. El corazón le latía con fuerza.

Alejandro tragó saliva audiblemente. Su mano, temblando ligeramente, se deslizó un poco más arriba, acariciando con la yema de los dedos la piel cálida y suave del interior de su muslo. Elena soltó un suspiro entrecortado, pero no dijo nada. La mano de su hijo continuó subiendo con lentitud agonizante, rozando la carne tierna, acercándose peligrosamente al borde de sus bragas de encaje.

—Hijo… —susurró ella con la voz entrecortada, casi un gemido ahogado. Su respiración se había vuelto más pesada.

Alejandro levantó la mirada y la clavó en los ojos de su madre. Sus dedos seguían acariciando, ahora trazando círculos suaves muy cerca de su entrepierna. Podía sentir el calor que emanaba de su sexo. La camisola se había subido lo suficiente para que se viera el encaje negro de sus bragas, ligeramente húmedo.

Elena entreabrió los labios, respirando con dificultad. Sus pezones estaban completamente erectos, marcándose de forma obscena contra la fina seda blanca. Alejandro los miró sin disimulo, hipnotizado por cómo subían y bajaban con cada respiración agitada de su madre.

La mano del joven subió un poco más, hasta que sus dedos rozaron el borde de las bragas, sintiendo la humedad caliente que se filtraba a través de la tela. Elena cerró los ojos un segundo y dejó escapar un gemido suave, casi inaudible.

—Madre… —murmuró Alejandro con la voz ronca de deseo, sin retirar la mano.

Ella abrió los ojos y lo miró directamente. El aire entre los dos estaba cargado, espeso, lleno de tensión sexual. Ninguno de los dos hablaba ya de la película.

Él no esperó más. Se giró hacia ella, tomó su rostro entre las manos y la besó con hambre contenida. Sus labios eran suaves pero exigentes. Elena gimió contra su boca y le devolvió el beso, abriendo los labios para que su lengua entrara con urgencia, enredándose en una danza húmeda y desesperada. El beso se volvió más profundo, más sucio: lenguas lamiéndose, labios succionándose, saliva compartida que les corría por la barbilla.

Las manos de Alejandro bajaron inmediatamente por sus costados y ahuecaron sus pechos pesados, apretándolos con fuerza por encima de la seda. Los pezones se endurecieron aún más bajo sus palmas, duros como piedras. Los masajeó con avidez, sintiendo su peso, su suavidad, cómo rebosaban entre sus dedos.

—Dios, mamá… tus tetas son tan grandes y suaves… —jadeó él contra su boca, sin dejar de besarla.

Elena arqueó la espalda, empujando sus pechos contra las manos de su hijo. Sus propias manos bajaron por el pecho de Alejandro, sintiendo los músculos jóvenes y firmes, hasta llegar al bulto duro que palpitaba dentro de sus pantalones de chándal. Lo acarició por encima de la tela, sintiendo cómo latía, cómo crecía bajo su palma.

—Hijo… estás tan duro por mí… —susurró ella, la voz rota de deseo.

Alejandro le quitó la camisola con manos temblorosas pero ansiosas. Los pechos enormes de Elena quedaron completamente libres: pesados, redondos, con aureolas grandes y oscuras, pezones hinchados y erectos. Él los miró un segundo, hipnotizado, antes de bajar la cabeza y devorarlos. Chupó un pezón con fuerza, succionándolo como si quisiera sacarle leche, lamiéndolo en círculos lentos y húmedos mientras pellizcaba el otro con los dedos. Elena gemía alto, enredando los dedos en su cabello, empujando su cabeza contra sus tetas.

—Chúpamelos más fuerte, mi amor… así… mmmh… como lo soñabas todas esas noches…

Mientras él mamaba sus pechos, Elena le bajó los pantalones y los bóxers de un tirón. La polla de Alejandro saltó libre: gruesa, larga, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum. Era enorme, palpitante, con huevos pesados y llenos colgando debajo. Ella la envolvió con su mano suave y caliente, masturbándolo lentamente de arriba abajo, extendiendo el líquido preseminal por toda la longitud.

Se arrodilló en el sofá frente a él, mirándolo a los ojos con una mezcla de vergüenza y lujuria. Abrió la boca y se metió la verga hasta el fondo en un solo movimiento. La chupó con devoción obscena: lengua plana lamiendo desde los huevos hasta la punta, succionando la cabeza con fuerza, tragándosela hasta la garganta mientras las lágrimas le asomaban por el placer. Alejandro gemía y le agarraba el cabello, follándole la boca con embestidas suaves pero profundas.

—Joder, mamá… tu boca es tan caliente y húmeda… me estás mamando como una puta santa…

Elena aceleró, babeando por toda la polla, haciendo ruidos húmedos y obscenos mientras la garganta se contraía alrededor de él. Lo sacó un momento para lamerle los huevos, metiéndose uno en la boca y succionándolo, luego volvió a tragársela entera.

De repente, ella se puso de pie, se bajó las bragas empapadas y las dejó caer al suelo. Su coño quedó expuesto: hinchado, brillante de jugos, labios mayores gruesos y rosados, clítoris asomando hinchado. Se sentó a horcajadas sobre él, guiando la polla gruesa hacia su entrada resbaladiza.

—Quiero sentirte dentro, hijo… lléname —susurró, bajando lentamente.

Centímetro a centímetro, la verga la abrió, estirando sus paredes calientes y húmedas hasta que la llenó por completo. Elena echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo y gutural cuando la cabeza tocó fondo, rozando su cervix.

—Ahhh… hijo… tu polla es tan gruesa… me estás partiendo…

Comenzó a cabalgarlo con lentitud al principio: subiendo y bajando, sintiendo cada vena, cada latido dentro de ella. Sus tetas enormes rebotaban pesadamente con cada movimiento, golpeándose entre sí. Alejandro las agarraba con ambas manos, apretándolas, chupando los pezones mientras ella aceleraba el ritmo. El sonido húmedo y carnoso de su coño tragándose la polla llenaba la sala: plap, plap, plap. Los jugos de Elena chorreaban por los huevos de él, empapando el sofá.

—Más rápido, mamá… móntame como la hembra que eres… —gruñó Alejandro, levantando las caderas para embestirla desde abajo.

Ella se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en las rodillas de él, y folló con fuerza salvaje. Sus nalgas grandes y suaves chocaban contra los muslos de Alejandro, rebotando con cada golpe. El clítoris frotaba contra la base de la polla, enviando descargas de placer por todo su cuerpo.

De pronto, Alejandro la levantó como si no pesara nada, la puso de cuatro sobre el sofá y se colocó detrás. Le abrió las nalgas con las manos, admirando el coño hinchado y el culito apretado. Empujó de un solo golpe seco, enterrándose hasta los huevos.

—Ahhh… ¡sí! —gritó Elena, empujando hacia atrás.

La folló con fuerza animal: caderas chocando contra su culo grande y redondo, una mano en su cadera y la otra tirándole del cabello. Cada embestida hacía que sus tetas se balancearan violentamente. El sonido de carne contra carne era ensordecedor. Alejandro le daba nalgadas fuertes, dejando marcas rojas en la piel blanca y suave.

—Más fuerte, hijo… ¡fóllame más duro! ¡Lléname como siempre soñaste!

El coño de Elena se contraía alrededor de la polla, ordeñándola. Ella se corrió primero con un grito largo y tembloroso, todo su cuerpo convulsionando, chorros de jugos calientes salpicando los muslos de Alejandro y el sofá. Sus paredes internas palpitaban y succionaban la verga con fuerza.

Alejandro no aguantó más. Se enterró hasta el fondo y rugió, descargando chorros espesos y calientes de semen dentro de su madre. Oleadas y oleadas de leche blanca y densa la llenaron hasta rebosar, saliendo alrededor de la polla y chorreando por sus muslos.

Se derrumbaron juntos en el sofá, sudorosos, jadeantes y aún unidos. La polla de Alejandro seguía latiendo dentro de ella, soltando las últimas gotas. Elena lo besó con ternura en los labios, acariciándole el pecho sudoroso.

—Esto era lo que querías, ¿verdad, mi amor? —susurró, aún sintiendo cómo el semen caliente le corría por dentro.

Alejandro sonrió, aún enterrado en su coño, y le mordisqueó el labio inferior.

—Y esto es solo el principio, mamá. Ahora eres mía.

La luz de la televisión seguía parpadeando con escenas de cuerpos entrelazados, pero ya nadie la miraba. En la casa de Doña Elena, el pecado más dulce había encontrado su hogar para siempre.

4 Lecturas/11 abril, 2026/0 Comentarios/por Premium
Etiquetas: culo, hija, hijo, madre, mayores, padre, semen, sexo
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