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Incestos en Familia, Lesbiana, Orgias

Una mañana fuera de lugar

Daniel estaba hecho para ese tipo de mañanas..

Se despertó tarde, con la cabeza pesada y la sensación conocida de haber tomado una mala decisión, aunque esta vez no fuera exactamente así. El sol se filtraba por la persiana, dibujando sombras en su torso marcado por años de trabajo manual en el taller de su padre. Sus ojos cafés apenas podían abrirse del todo.

El taller ya no existía como antes. Seguía en pie, sí, pero vacío de la presencia que le daba sentido. Nadie volvió a ocupar ese lugar de la misma forma desde que él dejó de estar. Algunos decían que fue cuestión de tiempo; otros, que era inevitable. En la casa, su ausencia nunca se nombraba directamente. Se había convertido en una especie de norma silenciosa: no preguntar, no recordar en voz alta, no señalar el hueco evidente en la estructura de todo.

Daniel había aprendido ahí más que un oficio. Había aprendido a sostener peso sin hacer ruido, a repetir gestos hasta que el cuerpo los volviera automáticos, a no esperar explicaciones. Pero también había aprendido que ciertas cosas desaparecen sin cerrar del todo, dejando detrás una forma incompleta que otros terminan intentando llenar, cada uno a su manera.

Se llevó una mano al rostro, arrastrando el cansancio. Por un instante, pensó en bajar al taller, como hacía antes, por pura inercia. Luego recordó que ya no había nadie allí para corregirle la postura, ni para decirle cuándo detenerse. Solo quedaban las herramientas, alineadas como si todavía esperaran instrucciones que ya no iban a llegar. Aun así, una leve sonrisa le rozó la boca, breve y casi imperceptible, más cercana al reflejo de un hábito que a la alegría: el eco de una voz que ya no estaba, pero que su cuerpo todavía parecía reconocer.

Entonces lo recordó.

Lucía.

Se incorporó de golpe, como si el nombre tuviera peso propio. La sábana resbaló, dejando ver la línea definida de su cuerpo y la erección evidente bajo la tela fina del pijama. No era solo que ella estuviera en la casa. Era todo lo que eso implicaba. Daniel, con más de treinta años y suficiente historia a cuestas, sabía que había cruzado una línea difícil de justificar. Ella, en cambio, apenas comenzaba a comprender cómo funcionaba el mundo fuera del lugar donde había pasado toda su vida.

Un golpe seco en la puerta lo sacó de sus pensamientos.

—Daniel —la voz de Elena no esperó respuesta—. Ya está despierta.

Él cerró los ojos un segundo, como si eso pudiera aplazar lo inevitable.

—¿Y? —respondió, aún recostado, con la voz áspera.

La puerta se abrió apenas lo suficiente para que su madre asomara el rostro. No entró del todo. Nunca lo hacía cuando venía a decir algo incómodo.

—La trajiste tú —dijo, sin rodeos—. Ocúpate.

Daniel se incorporó apoyándose en los codos.

—No es un objeto, mamá.

—Entonces compórtate como si no lo fuera —replicó ella, cruzándose de brazos—. Está en la cocina. No ha tocado nada. No sabe qué hacer.

Hubo una pausa breve. Elena lo observó con una mezcla de juicio y cautela.

—¿Sabes siquiera qué estás haciendo?

Daniel desvió la mirada.

—Sí.

—No parece.

El silencio se estiró entre los dos. Finalmente, Elena suspiró.

—No voy a discutirlo ahora. Pero esto… —hizo un gesto vago hacia el resto de la casa— no es un juego.

—Nunca dije que lo fuera.

Ella asintió, como si no terminara de creerle.

—Baja. Antes de que empiece a pensar que también aquí tiene que esperar permiso para existir.

Cerró la puerta sin añadir nada más.

Daniel se quedó unos segundos inmóvil, mirando al techo. Luego se pasó una mano por el rostro y dejó caer las piernas fuera de la cama.

Mientras él dudaba si bajar o no, Lucía no sabía muy bien dónde estaba. El lugar le resultaba extraño: demasiado grande, demasiado silencioso. Miró sus manos, como si necesitara comprobar que todo era real.

Nadie vino a decirle qué hacer.

Eso era nuevo.

Caminó despacio sin hacer ruido.

Daniel llegó a la cocina y en un principio la ignoró, se colocó de espaldas a ella, sirviéndose un vaso de agua. Se giró y sus ojos cafés se encontraron con los de ella.

Ninguno dijo nada.

Daniel dejó el vaso sobre la encimera. Caminó hacia ella con una lentitud deliberada, su torso desnudo brillando bajo la luz tenue de la mañana. Se detuvo a centímetros de su cuerpo, tan cerca que Lucía podía sentir el calor que emanaba de él, así como ese aroma singular que siempre lo acompañaba, una mezcla de madera húmeda y especias que se impregnaba en el aire a su alrededor. Levantó una mano y acarició su mejilla, desplazándose luego hacia su cuello, donde sus dedos encontraron el pulso acelerado de ella. Cuando Daniel inclinó la cabeza, sus cejas pobladas se contrajeron ligeramente, sombreando sus intensos ojos. Con un gesto firme y dominante, llevó sus dedos hasta los labios de Lucía, presionándolos ligeramente para que los abriera. Ella obedeció, y él introdujo sus dedos en su boca, un acto simbólico de sumisión y control que hizo que el corazón de Lucía latiera aún más rápido, anticipando lo que vendría a continuación.

Mientras tanto, en el umbral de la cocina, una de enormes tetas se asomó brevemente. Sus ojos se posaron en la escena íntima entre Daniel y Lucía por un instante antes de que, sin hacer ruido, diera media vuelta y regresara por las escaleras, desapareciendo de nuevo en la planta superior como si no hubiera presenciado nada.

Lucía susurraba algo inentendible para Daniel

Él bajó su cabeza y sus labios encontraron los de ella en un beso que comenzó suave pero pronto se convirtió en hambriento, desesperado. Sus manos exploraron su cuerpo, descubriendo cada curva, cada respuesta que ella le ofrecía sin reservas. La levantó sin esfuerzo y la sentó sobre la encimera fría, abriendo sus piernas con un movimiento firme para acomodarse entre ellas.

Lucía sintió la enorme verga presionando contra ella, incluso a través de la fina tela de su camisón y de la propia del pantalón de pijama de Daniel. Daniel deslizó sus manos por sus muslos, subiendo lentamente hasta el borde de la prenda. Sus ojos se encontraron de nuevo mientras la desvestía, revelando su piel pálida bajo la luz matutina.

Se inclinó y sus labios recorrieron su cuello, su clavícula, descendiendo por su pecho hasta encontrar un pezón duro que tomó entre sus dientes con suavidad. Lucía arqueó la espalda, un gemido escapó de sus labios. Sus manos se enredaron en el cabello oscuro de él, presionando contra él. Podía sentir la extrema dureza en la verga de Daniel, aún confinada dentro de su pantalón de pijama, presionando contra su muslo.

Daniel se arrodilló frente a ella, sus ojos cafés oscureciendo de deseo mientras contemplaba su intimidad, puesto que no llevaba ropa interior. Sin previo aviso, su lengua encontró su clítoris, trazando círculos lentos que la hicieron temblar. Lucía cerró los ojos, perdiéndose en las sensaciones que él provocaba en ella, construyendo una ola de placer que crecía con cada movimiento.

Cuando sintió que estaba a punto de llegar al límite, Daniel se levantó y la miró directamente a los ojos mientras se liberaba de su pijama. Su miembro, grueso y erecto, se alzaba entre ellos, una promesa de lo que estaba por venir. Lucía lo miró sin miedo, solo con un deseo que reflejaba el suyo.

Se inclinó hacia ella, penetrándola lentamente, permitiéndole sentir cada centímetro de su tamaño. Lucía inspiró profundamente, adaptándose a él, sus manos aferrándose a sus hombros mientras comenzaba a moverse dentro de ella. El ritmo de sus embestidas hacía que sus pechos pequeños y apenas formados se balancearan con cada movimiento, un espectáculo que Daniel no perdía de vista. Ella observaba su rostro, la tensión de su mandíbula, y no supo si era placer o una forma de reclamo. En su mundo anterior, los cuerpos eran territorios vedados. Aquí, sentía que su cuerpo era un mapa que otros leían, pero que ella aún no sabía descifrar. Cada embestida era más profunda que la anterior, más firme, llevándolos ambos hacia un abismo de placer.

Los sonidos de su encuentro llenaron la cocina: sus gemidos, el golpeteo rítmico de sus cuerpos, el jadeo de Daniel en su oído. Lucía envolvió sus piernas alrededor de su cintura, permitiéndole entrar aún más profundo, más cerca de ese punto que la haría estallar.

Cuando el orgasmo la sacudió, fue con una intensidad que nunca antes había experimentado. Daniel siguió moviéndose, prolongando su placer hasta que él también alcanzó su clímax con un rugido ahogado contra su cuello, su semen caliente y viscoso llenando su interior en pulsos profundos. La sensación de él liberándose dentro de ella la hizo estremecerse, prolongando su propio orgasmo en oleadas que la dejaron temblorosa y saciada.

Permanecieron así por varios minutos, sus cuerpos aún unidos, sus respiraciones volviendo gradualmente a la normalidad. Finalmente, Daniel se separó de ella y la ayudó a bajar de la encimera, su semen resbalando por sus muslos en un recordatorio íntimo de lo que acababan de compartir.

La madre de Daniel llegó inmediatamente después, se sirvió un café como si fuera una mañana cualquiera. Se detuvo apenas un segundo mientras miraba a Lucía completamente desnuda, notando el brillo de satisfacción en su rostro y el rastro de Daniel en sus piernas. No dijo nada raro, pero su mirada fue suficiente: estaba evaluando.

—Buenos días —dijo Lucía, sin pensar demasiado.

—Buenos días —respondió Elena, midiendo cada palabra.

El silencio que siguió fue incómodo, pero Lucía no lo notó de la misma forma. Se acercó a la mesa, tocó una silla antes de sentarse, como comprobando que podía hacerlo. Miró la taza, el pan, los cubiertos. Todo le parecía interesante, pero su mente estaba aún perdida en las sensaciones recientes, en el recuerdo del cuerpo de Daniel contra el suyo y en la intimidad de su liberación compartida.

Daniel se quedó quieto al ver la escena: Lucía sentada como si nada, su madre frente a ella, el aire cargado.

—Se levantó temprano —dijo él, intentando sonar normal.

—Perdón —respondió ella.

Daniel asintió, sin saber bien qué decir. Se acercó y tomó una taza de café.

—Puedes levantarte a la hora que quieras —dijo al final.

Poco a poco, el resto de la familia fue apareciendo. Saludos cortos, miradas largas. Nadie hacía preguntas directas, pero todas estaban ahí, flotando. Alguien ocupó la silla junto a la ventana; otra, al fondo, permanecía vacía.

—¿Y Clara? —murmuró uno de los hermanos, sin mirar a nadie en particular.

—No ha bajado —respondió otro, encogiéndose de hombros—. Ya sabes cómo es.

Hubo un silencio breve, incómodo, como si todos entendieran más de lo que estaban dispuestos a decir en voz alta.

—Últimamente está… —empezó uno, pero se detuvo, buscando una palabra que no sonara a acusación.

—No está comiendo bien —completó alguien más, en voz baja—. Ayer casi no tocó el plato.

Daniel no intervino. Dio un sorbo a su café.

Lucía, sin embargo, hablaba cuando quería. Decía lo que pensaba, preguntaba lo que no entendía.

—¿Por qué no hablan mucho? —dijo en un momento, mirando a los hermanos de Daniel, con una sonrisa apenas ensayada, como si intentara que la pregunta sonara ligera y no una forma torpe de llenar el silencio.

—No hay mucho de qué hablar —respondió uno de ellos, seco.

—Ok —dijo Lucía, encogiéndose de hombros.

Nadie mencionó la silla vacía otra vez, pero seguía allí, como si también estuviera esperando.

El ruido de las tazas fue lo único que llenó el espacio durante unos segundos más. Luego, uno de los hermanos de Daniel se levantó sin apuro y dejó el pan sobre la mesa con un gesto breve.

—Andrés sigue dormido, supongo —dijo.

—Está arriba —respondió Elena sin mirarlo—. No lo molestes.

Nadie insistió.

Lucía siguió con la mirada el movimiento de las manos, el ir y venir de los platos. No parecía incómoda. Solo atenta. Como si cada gesto tuviera una lógica que todavía no terminaba de descifrar.

—¿Siempre comen juntos? —preguntó.

—Casi siempre —respondió el otro hermano, sin levantar mucho la vista.

Daniel apoyó la taza con más fuerza de la necesaria.

—Ellos son Mateo y Julián. Mateo tiene treinta y cuatro, Julián veintiocho.

Mateo hizo un leve gesto con la cabeza. Julián apenas levantó la mano, como si no quisiera interrumpir nada más de lo necesario.

—Daniel tiene treinta y dos —añadió Elena, ahora sí mirando a Lucía—. Yo tengo cincuenta y ocho.

Lucía asintió.

—Yo no sé cuántos años tengo exactamente —dijo después, sin carga, como si fuera un dato menor.

El silencio volvió, esta vez más corto, pero más denso.

Daniel bajó la mirada. Mateo dejó de mover la cuchara. Julián apoyó los codos en la mesa y entrelazó las manos, quieto. Elena no miraba a Lucía, sino a sus hijos. Su gesto no era de reproche, sino de evaluación, como si midiera el peso de una nueva pieza en un tablero del que solo ella conocía todas las reglas. La vulnerabilidad de Lucía no era una debilidad, sino una moneda de cambio en esa cocina.

—Eso no importa ahora —dijo Elena, con un tono que no buscaba consolar ni corregir, solo cerrar el tema.

Lucía aceptó la respuesta sin cuestionarla.

Desde el piso de arriba se escucharon pasos. Firmes, sin prisa. Nadie habló mientras descendían.

Andrés apareció en la entrada de la cocina ajustándose la manga de la camisa. Era mayor que Daniel, eso se notaba sin necesidad de que nadie lo dijera. Se detuvo un segundo, su mano derecha descansando con familiaridad sobre su entrepierna, sosteniendo el bulto de su miembro con un gesto casual y posesivo, como si asegurara su lugar en el mundo antes de sentarse. Luego avanzó hasta una silla vacía.

—Llegaste —dijo Mateo

—Sí.

Andrés miró a Lucía apenas un instante.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

—Sí —respondió Lucía.

Andrés asintió y pidió una taza. Su madre se la acercó.

Daniel no dijo nada.

—Hoy tengo trabajo —comentó Andrés, mirando a nadie en particular—. Vuelvo en la tarde.

—Está bien —respondió Elena.

Julián se levantó casi de inmediato, recogiendo su plato.

—Yo también voy —dijo.

Mateo no se movió, pero dejó de comer.

Tras el desayuno, cuando todos se han ido excepto Mateo, Lucía decide explorar la casa, no se molesta en vestirse, parece sentirse perfectamente cómoda con su desnudes. Sube las escaleras con curiosidad, entrando en habitaciones sin permiso. Mateo la observa desde abajo, su expresión indescifrable.

Lucía camina hasta llegar a una puerta al final del pasillo. Al abrirla, descubrió una habitación amplia con una cama enorme en el centro. Elena, la madre de Daniel, estaba allí, completamente desnuda, con las piernas abiertas mientras una mujer rubia que Lucía no había visto antes le realizaba sexo oral, su lengua moviéndose con una destreza experta entre los pliegues de Elena. Daniel estaba arrodillado detrás de la rubia, penetrándola con movimientos rítmicos y profundos, sus manos agarrando firmemente sus caderas mientras empujaba con un ritmo implacable. La rubia gemía contra Elena, sus sonidos de placer vibrando a través de su cuerpo, lo que hacía que Elena arqueara la espalda y se aferrara a las sábanas con una intensidad desesperada.

Los gemidos y jadeos llenaban la habitación, mezclándose con el olor a sudor y el sonido húmedo de la carne golpeando contra la carne. La escena era una sinfonía de lujuria, donde cada movimiento y sonido contribuía a una atmósfera de deseo desenfrenado. Lucía, paralizada en la puerta, observaba con una mezcla de fascinación y horror, su mente luchando por procesar la intensidad de lo que presenciaba.

Lucía se quedó parada en la entrada, observando sin miedo. Elena la notó y le hizo una seña para que se acercara.

—Únete a nosotros —susurró Elena, separando las piernas más para mostrar su sexo húmedo—. Nadie aquí juzga.

Lucía caminó lentamente hacia la cama, sintiendo cómo las miradas se posaban en su cuerpo desnudo. Mateo, que había seguido sus pasos, entró en la habitación y se acercó a ella por detrás, sus manos recorriendo su espalda hasta llegar a sus nalgas, que apretó con firmeza.

Lucía no perdía de vista el cabello dorado que caía en cascada sobre los muslos de Elena mientras bajaba esa mujer la cabeza, su lengua rosada extendiéndose para trazar delicados círculos alrededor del clítoris hinchado de Elena. Elena jadeó, arqueando la espalda mientras la lengua de la rubia se aplanaba contra sus pliegues, lamiendo hacia arriba con movimientos lentos y deliberados.

Daniel continuó su embestida rítmica, agarrando las caderas de Elena con las manos mientras penetraba más profundamente con cada embestida. La lengua de la rubia se movía con experta precisión, rozando rápidamente el sensible clítoris de Elena antes de adentrarse en su interior, sus labios cerrándose alrededor de la entrada de Elena para succionar suavemente. Los gemidos de Elena se hicieron más fuertes, su cuerpo temblaba entre las sensaciones duales del grueso miembro de Daniel estirándola desde atrás y la talentosa boca de la rubia estimulándola desde el frente.

Lucía observaba, hipnotizada, cómo la rubia aumentaba el ritmo, su lengua danzando en intrincados patrones mientras los movimientos de Daniel se volvían más urgentes. La habitación se llenó con los húmedos sonidos de la carne contra la carne y el suave murmullo de la boca de la rubia contra el sexo brillante de Elena. Elena gritó, su cuerpo convulsionando mientras oleadas de placer la inundaban, sus dedos enredados en el cabello de la rubia para acercarla más.

Mateo presionó contra Lucía por detrás, su erección presionando contra su espalda baja mientras sus manos recorrían su cuerpo, una acariciando su pecho mientras la otra se deslizaba por su vientre para excitar sus pliegues. Lucía se inclinó hacia su tacto, sin apartar la vista de la escena erótica que tenían ante sí.

—Siempre hay sitio para uno más en esta familia —dijo Mateo, su voz baja y cargada de deseo.

Daniel se giró y sonrió al ver a su hermano detrás de Lucía. Se retiró de la rubia y se acercó a Lucía, besándola mientras Mateo la estimulaba desde atrás. Lucía sintió cómo la guiaban hacia la cama, donde Elena ya la esperaba con las piernas abiertas.

Sin decir palabra, Lucía se arrodilló entre las piernas de Elena y comenzó a explorarla con su lengua, imitando lo que había visto momentos antes. Mientras lo hacía, sintió cómo Mateo la penetraba por detrás con un movimiento lento pero profundo, un ritmo que la obligaba a mover su propia boca contra Elena al compás de sus embestidas. Daniel se colocó frente a ella, ofreciendo su miembro erecto a los labios de la rubia, que lo recibió con una familiaridad que desconcertó a Lucía. Desde su posición, Lucía veía cómo el glande de Daniel desaparecía entre los labios carnosos de la mujer, sus mejillas se abombaban al máximo, tensas y estiradas hasta el límite por el grosor desproporcionado que forzaba su boca. La rubia parecía que apenas podía contener la enorme verga, sus comisuras temblaban bajo la presión, y con cada embestida de Daniel, un pequeño lagrimeo escapaba de sus ojos, no de dolor, sino del puro esfuerzo de acoger semejante tamaño. El sonido ahogado de la rubia, mezclado con los pequeños jadeos por la falta de aire, se unía al jadeo de Elena y al golpeteo de Mateo contra ella, creando una sinfonía de placer en la que Lucía era a la vez instrumento y espectadora, sintiendo cómo el mundo que creía estar aprendiendo se volvía mucho más complejo y exigente.

Lucía perdió la noción del tiempo, sumergida en un mar de sensaciones, respondiendo a cada estímulo con un instinto que no sabía que poseía.

Cuando el orgasmo la sacudió de nuevo, fue con tal intensidad que gritó contra el sexo de Elena, quien a su vez alcanzó su clímax con un gemido ahogado. Lucía se sorprendió con los jugos femeninos que habían empapado su boca y buscó retirarse, sintiendo cómo la verga de Mateo se salía de ella con un chasquido húmedo. Mientras tanto, Daniel, con una ferocidad brutal, había forzado la boca de la rubia a tomar cada centímetro de su verga, penetrándola profundamente con embestidas rápidas y duras. La rubia, con lágrimas en los ojos y saliva escurriéndose por su barbilla, luchaba por respirar mientras Daniel gruñía con cada empuje, su orgasmo explotando en su boca en un chorro caliente y viscoso. Cuando finalmente se retiró, un hilo de semen le escurría de los labios, mezclado con la saliva.

Lucía, salió a prisa de la habitación, se sentía extraña.

Se detuvo en el pasillo, con el corazón desbocado y una confusión que no sabía nombrar. Recordó lo que Daniel le había dicho la noche anterior, mientras la llevaba en su coche: «En mi casa, las cosas son diferentes. Aquí no hay puertas cerradas, ni secretos. Todos nos pertenecemos y complacer a los demás es la forma más pura de amor».  Se apoyó contra la pared, sintiendo cómo sus piernas temblaban, y se preguntó si esto era lo que Daniel llamaba «amor».

Junto a esa habitación estaba otra. Lucía entró en lo que parecía ser el cuarto de Andrés. Es más grande, más oscuro. Mientras examina unos libros en la estantería, la puerta se cierra de golpe. Se gira y encuentra a Mateo allí, su cuerpo bloqueando la única salida.

—No deberías estar aquí —dice Mateo, su voz baja y peligrosa.

Lucía retrocede, sus ojos llenos de una confusión que se parece más a la curiosidad que al miedo. Mateo avanza lentamente, y ella observa sus movimientos con la misma atención con que observaba los gestos en la cocina, como si intentara descifrar un código que aún no comprende.

—¿Te gusta explorar lo que no es tuyo? —susurra Mateo, su mano rozando el brazo de Lucía. La sonrisa de Mateo no tenía calor. Era la misma sonrisa que Daniel le había dedicado en la cocina, pero despojada de cualquier pretensión de ternura; una expresión que, en esa casa, parecía aprenderse antes incluso que las palabras, bajo la mirada constante de Elena, que había hecho de los límites algo difuso y nunca del todo seguro. (En los rincones de la casa, donde los pasos de los niños de Mateo, de siete y cinco años, resonaban con una inocencia que contrastaba con la tensión adulta, su presencia era un recordatorio constante de las vidas entrelazadas y las responsabilidades compartidas.) Era la sonrisa de alguien que entiende que la libertad y el poder son, en el fondo, la misma cosa vista desde ángulos opuestos. Ella intentó apartarse, pero él la atrapa por la muñeca con fuerza. Su otra mano sube por su cuello, apretando justo lo suficiente para cortarle el aliento.

—Daniel me dijo que eres una pequeña puta insaciable —dice Mateo, su voz un susurro venenoso en su oído—. Aquí todas las mujeres bonitas terminan siendo putas baratas para nuestro disfrute, como si estuviéramos en el set de un porno. Y hace un momento, me has dejado con ganas, ¿sabes? Quiero coger bien duro y probar esa boquita pequeña para ver si puedes manejar lo que tengo para ti.

—Me duele —logra decir Lucía, su voz temblorosa.

Mateo la empuja contra la pared, su cuerpo pesado sobre ella. Sus manos se posan en los pechos de Lucía, apretando con violencia mientras sus labios se posan en los de ella en un beso forzado, lleno de dientes y saliva.

—Vas a aprender lo que pasa cuando metes la nariz donde no debes, así como lo aprendió mi hermana —gruñe contra su boca.

Lucía intenta luchar, pero Mateo es demasiado fuerte. La gira violentamente, empujándola contra la cama. Caen juntos, él sobre ella. En ese momento, un niño de siete años, uno de los hijos de Mateo, entra en la habitación, sus ojos grandes y curiosos, sin comprender del todo la escena que presencian. Mateo ni siquiera se detiene, su atención fija en su acto de dominación.

Mateo se abre los pantalones, sacando su miembro ya erecto. Sin preparación, sin consideración, penetra a Lucía con un movimiento brutal que la hace gritar. Él tapa su boca con su mano, siguiendo sus embestidas con una fuerza excesiva.

—Callate —ordena, su voz llena de desprecio—. A nadie le importa lo que te pase aquí.
Lucía cierra los ojos, las lágrimas corriendo por sus mejillas mientras Mateo continúa violándola, cada movimiento más violento que el anterior. Siente cómo su cuerpo se rinde, cómo su mente se desconecta del horror que está viviendo.

Cuando finalmente termina, Mateo se levanta, arreglándose los pantalones como si nada hubiera pasado. Mira a Lucía tirada en la cama temblando.

—Papá… —murmura el niño, su voz apenas audible.

Mateo lo mira bruscamente, aunque mantiene a Lucía inmovilizada bajo su peso.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Mateo con aspereza—. Vuelve a tu cuarto.

El niño no se mueve, simplemente sigue observando con inocencia. Mateo suspira frustrado, su atención está dividida entre Lucía y su hijo. Se levanta abruptamente, dejando a Lucía temblando en la cama.

—Te dije que volvieras a tu cuarto —repite, esta vez con más autoridad mientras termina de arreglarse los pantalones.

Camina hacia el niño, lo toma de la mano y lo saca de la habitación. Antes de cerrar la puerta, Mateo mira a Lucía una última vez.

—Ahora ya sabes —dice antes de desaparecer en el pasillo con su hijo.

Lucía no se movió. El aire entraba por la puerta, frío, igual que el de la cocina aquella mañana. Por primera vez, entendió. No había una diferencia de naturaleza entre el beso de Daniel y la violencia de Mateo. Solo una diferencia de intensidad. Ambos eran actos de posesión. Y en una casa donde todos se pertenecen, la posesión es la única forma de amor que se permite.

Se incorporó lentamente, sintiendo cada músculo dolorido, cada fibra de su ser aún vibrando por la intensidad de lo que acababa de experimentar. La humedad entre sus piernas era un testimonio de su cuerpo, que, a pesar del dolor y la violencia, había respondido de una manera que la confundía. Daniel le había explicado una vez que si se humedece es porque su cuerpo disfruta, y esa confusión la atormentaba. ¿Cómo podía su cuerpo traicionarla así, respondiendo a algo que su mente rechazaba con tanto fervor?

Lucía se levantó de la cama, sus pasos inseguros mientras se dirigía a la puerta. Al salir del cuarto de Andrés, vio un reloj en el corredor que marcaba poco más del mediodía. El tiempo parecía haberse detenido en esa casa, donde cada minuto estaba cargado de una intensidad que la abrumaba. Recordó que había dejado la prenda sedosa que Daniel le había prestado la noche anterior en la cocina, y decidió volver allí

Al entrar en la cocina, Lucía tomó la prenda y la sostuvo entre sus manos.

Mientras estaba allí, tratando de ordenar sus pensamientos, escuchó pasos detrás de ella. Se giró y vio a Elena entrando en la cocina, su presencia imponente y evaluadora. Lucía se sintió pequeña, vulnerable.

—Lucía —dijo Elena, su voz firme y controlada—, necesito hablar contigo.

Lucía asintió, incapaz de encontrar su voz. Elena se acercó y tomó asiento en la mesa, indicándole a Lucía que hiciera lo mismo. La niña obedeció, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza en su pecho.

—Esta casa es un lugar especial —comenzó Elena, sus ojos fijos en Lucía—. Aquí, las reglas son diferentes. Lo que has visto, lo que has vivido, es parte de nuestra forma de ser. No hay juicios, solo aceptación y entrega.

Lucía escuchaba, tratando de comprender las palabras de Elena, pero su mente estaba nublada por la confusión y el dolor.

—Daniel te trajo aquí porque confía en ti —continuó Elena—. Pero también porque sabe que aquí encontrarás una forma de ser que nunca has conocido. Una forma de amor que va más allá de lo convencional.

Lucía pensó en Daniel, en la forma en que la había tratado, en la ternura y el deseo que había visto en sus ojos. Comparó eso con la ferocidad de Mateo, con la violencia que había experimentado, y se sintió perdida.

—Pero… —comenzó Lucía, su voz temblorosa—, ¿cómo puedo entender esto? ¿Cómo puedo aceptar algo que duele tanto?

Elena sonrió, una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

—El dolor y el placer a menudo van de la mano, Lucía. Es una lección que todos aquí hemos aprendido. Y tú también lo harás. Con el tiempo, entenderás que lo que te parece dolor ahora, puede convertirse en placer. Es solo cuestión de perspectiva y aceptación.

Lucía asintió, aunque no estaba segura de comprender del todo. Elena se levantó y se acercó a ella, colocando una mano en su hombro.

—Recuerda, Lucía —dijo en voz baja—, en esta casa, todos nos pertenecemos. Y eso incluye a ti, ahora.

Con esas palabras, Elena salió de la cocina, dejando a Lucía sola con sus pensamientos. La niña se quedó allí, sosteniendo la prenda sedosa, sintiendo cómo su mente luchaba por procesar todo lo que había vivido y escuchado. Y aunque el camino por delante parecía oscuro y lleno de incertidumbres, también sentía una chispa de curiosidad, una necesidad de explorar y entender este nuevo mundo en el que se encontraba.

Lucía se levantó y decidió explorar más de la casa, buscando respuestas en cada rincón. Mientras caminaba por los pasillos, recordó las palabras de Daniel, la promesa de un amor diferente, de una forma de ser que nunca había conocido. No lo vio de inmediato. Estaba apoyado en el marco de la puerta de la habitación donde lo había visto antes, observándola sin interrumpir, como si midiera cada uno de sus movimientos.

—Te vas a perder —dijo al fin, con un tono más suave de lo habitual.

Lucía se detuvo. Dudó antes de girarse hacia él. Hubo un silencio breve. Él dio un paso hacia ella, cerrando la distancia hasta que sus cuerpos casi se tocaban. Sin previo aviso, inclinó la cabeza y la besó, un beso lento y posesivo que robó el aire a Lucía. Cuando se separó, la miró fijamente y, con una intensidad que la heló, le pasó la lengua lentamente por la mejilla, desde la mandíbula hasta la sien, marcándola con su saliva.

—Ven —añadió, su voz ahora un murmullo bajo y grave—. Vamos a salir un rato.

Lucía frunció ligeramente el ceño, todavía aturdida por el contacto húmedo y dominante en su piel.

—¿Salir?

—Sí —respondió él—. No tienes por qué quedarte aquí todo el tiempo.

Ella lo observó, como si tratara de identificar si aquello también tenía reglas ocultas.

—¿A dónde?

Daniel dudó apenas un segundo.

—Hay un lugar cerca —dijo—. Creo que te va a gustar.

Lucía no respondió de inmediato.

—¿Por qué?

Él la miró, esta vez sin desviar la vista.

—Porque te gusta leer.

Otra pausa. Más corta esta vez.

—Es una librería —añadió—. Tranquila. Nadie te va a decir qué hacer.

Lucía bajó la mirada un instante, procesando.

Luego asintió.

Daniel se apartó para dejarle espacio y la llevó a que se bañara. Ella lo siguió, manteniendo una distancia prudente, pero constante.

Al pasar junto a la puerta del baño, Lucía lanzó una última mirada hacia él. No dijo nada.

12 Lecturas/11 abril, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: hermana, hermano, hermanos, hijo, madre, mayor, padre, sexo
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