• Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (1 votos)
Cargando...
Incestos en Familia

Viridiana

Una voluptuosa adolescente queda al cargo de su tío preferido durante un fin de semana que ninguno de los dos podrá olvidar..

  • ¿Cómo es eso de que tus hijas no están en casa?

  • Pues eso… que no están.

  • Pero… ¿cómo es posible?

  • Ya sabes, cosas de tu hermana. Apareció sin avisar, como es su costumbre, y se las llevó de vacaciones a Ibiza durante unos días.

  • ¡A Ibiza! ¡Qué suerte!

  • Cállate, Viridiana. Deja hablar a los mayores. ¿Y lo hizo así, sin avisar?

  • Ya la conoces. Olvido es un verso suelto; para ella el concepto de previsión no existe. Va donde le sale del… —Gabriel estuvo a punto de decir una palabra malsonante, pero la presencia de su sobrina lo frenó.

  • … del coño — concluyó la frase el cuñado, bastante molesto por el imprevisto—. Y ahora… ¿qué hacemos con la niña? Viajamos a Londres en dos horas.

Gabriel suspiró. Su excuñado era la persona más insoportable y egoísta del mundo, incluso más que Olvido, su hermana y, por tanto, su exmujer. Además, era poco previsor: ni siquiera le había avisado de que tendría que hacerse cargo de su sobrina aquel fin de semana. Confiaba en que Gabriel se ocuparía de ella, ya que apenas salía de casa.

  • A mí Viridiana no me molesta. Puede quedarse conmigo cuanto quiera. Solo espero que no se aburra en una casa tan grande con un tipo tan poco divertido como yo.

  • ¡No digas eso, tito! ¡Eres genial! —Rió la joven.

  • ¿En serio? ¿De verdad no te molesta?

  • Cuñado, hablas de Viri como si fuera un bebé y ya no lo es —dijo Gabriel, evitando lanzar una mirada furibunda al cuerpo de su sobrina—. Es estupendo que pueda hacerme compañía.

Estaba claro que Viridiana ya no era la bebita llorona que cabalgaba sobre las rodillas de Gabriel a modo de caballo, con los mocos cayendo de su nariz. Unos meses mayor que Camila, su primogénita, el cuerpo de Viridiana ya experimentaba los cambios hormonales que todavía no afectaban a su hija. Su sobrina había heredado los rasgos de su familia paterna: cabello negro azabache, ondulado sin llegar a rizado; nariz ligeramente grande y ojos oscuros en los que era fácil perderse. Todo el mundo decía que la semejanza entre Olvido y su sobrina era mucho mayor que la que esta tenía con sus propias hijas, aunque, para ser justos, su exmujer era bastante menos bonita que la adolescente que lo miraba con aire resignado.

Según el criterio de Gabriel, el rostro de Viridiana era menos agraciado que el de su hija; sin embargo, en lo que respecta únicamente al cuerpo, la diferencia a su favor era espectacular.

Viridiana era más de todo: pechos más voluminosos, caderas más marcadas, piernas más largas, trasero mejor perfilado… En definitiva, más de todo.

Cuando paseaban por el parque, Viri parecía la hermana mayor de Camila, o incluso su niñera. De no conocerlas, nadie en su sano juicio habría dicho que apenas las separaban unos meses de edad, ni que el cuerpo espectacular de Viridiana correspondiera a una chica de dieciocho años, o incluso más.

Hacía tiempo que Gabriel había notado que su sobrina atraía las miradas de hombres y mujeres, aunque por motivos distintos: lascivas las de ellos, envidiosas las de ellas. Él mismo se alegraba la vista de vez en cuando mirándole el trasero, y no eran pocas las noches en las que, revisando las fotos de sus hijas con ella, se recreaba en los meloncitos erectos de Viri emergiendo mojada de su piscina. Y eso que las fotografías en top less que le pasó el imbécil de su cuñado eran del principio del verano. Bien entrado agosto, las tetas de la jovencita se le antojaban todavía más grandes que entonces.

  • Sí. Ya sé que no es una bebita. Nadie mejor que yo lo sabe. Pronto tendré que ir espantando moscones, ya lo verás.

  • ¡Porfi, papi! ¡Deja que me quede con tito Gaby! —Chilló la joven, dando saltitos.

Viridiana estaba tan eufórica y los pechos le botaban tanto que parecían querer salírseles del ceñido top.

Toda aquella aura de mujer fatal, de lolita devoradora de hombres, de oscuro objeto del deseo que manaba de las turgentes curvas de Viridiana se difuminaba como por arte de magia en cuanto abría la boca. Mentalmente seguía siendo una chiquilla, muchísimo más inmadura que Camila, que era en realidad la que llevaba la voz cantante cuando las dos estaban juntas.

Gabriel estaba seguro de que, en cuanto Viridiana fuera consciente del tremendo poder con el que la madre naturaleza la había obsequiado, sería una auténtica arma de destrucción masiva, aunque de momento, disparase con balas de fogueo. Le llamaba la atención verla jugar, tirada sobre el césped, inmensamente feliz con las muñecas de Tamara, la menor de sus hijas, o pugnando con su prima pequeña por una simple chuchería, o incluso llorando a lágrima viva cuando sus papás no le concedían algún capricho infantiloide, impropio de su edad.

Por otra parte, Gabriel no comprendía el empeño de sus cuñados en que Viridiana aparentase algo que mentalmente distaba mucho de ser. Insistían en vestirla igual que las chicas mayores con físico parecido: mucho top, mucho tirantito, mucha minifalda e incluso algo de tacón y maquillaje, cuando en realidad tenía la firme convicción de que su sobrina era la chavala más feliz del mundo en zapatillas, shorts vaqueros y camisetas del Atlético de Madrid.

Como muestra del desfase de sus progenitores con la realidad, a Gabriel le bastaba observar la vestimenta que Viridiana traía aquella soleada mañana de sábado. Teóricamente se trataba de un simple traslado desde su casa hasta la de sus primas, pero parecía más bien ir preparada para hacer la calle o, en el mejor de los casos, asistir a una despedida de soltera salvaje y desenfrenada.

La minifalda de tonos crudos que vestía Viridiana parecía de lo más incómoda, ya que tendía a subírsele cuando caminaba hasta unos límites que rozaban lo indecente. El top rosa palabra de honor que debía cubrir sus pechos tampoco le iba a la zaga en cuanto a confort, puesto que, si bien no dejaba ver más que el inicio del canal formado por los rotundos senos de la joven, parecía incapaz de contener tanto volumen mamario y tanta energía pectoral, y se bajaba constantemente, dejando al aire una porción considerable del sostén de tirantes que ocultaba.

En poco más de diez minutos hablando con su cuñado, este ya había perdido la cuenta de las veces que Viridiana se había recolocado la prenda. Las sandalias de suela de esparto parecían cómodas, de no ser por el excesivo tacón, que elevaba su ya considerable estatura varios centímetros por encima de la de sus progenitores, casi a la altura de la barbilla del propio Gabriel.

Pero lo que de verdad afeaba el conjunto, lo que de verdad resultaba grotesco a criterio de Gabriel en una preciosa adolescente como ella, era el maquillaje.

El anfitrión no era de esos papás retrógrados que aíslan a sus niñas del mundo, manteniéndolas en una jaula de oro con la esperanza de que no crezcan, ni mucho menos. Más bien, todo lo contrario. Animaba a Camila, su primogénita, a arreglarse cuando salía a la calle, visitaba la casa de alguna amiga o iba a clases de kárate. Incluso la intrépida Tamara ya hacía sus pinitos con la coquetería, dando brillo a sus labios, y a él no le parecía mal en absoluto.

Lo de Viridiana aquel día era, a todas luces, desproporcionado y fuera de lugar. Esos tonos fucsia en los labios, esa sombra de ojos excesivamente marcada y esos pómulos extremadamente definidos eran más propios de una vieja prostituta de bar de carretera que de una chica de su edad, un sábado a las diez de la mañana.

Rememorando los insultos de Tamara hacia su hermana semanas antes, en verdad Viridiana sí parecía una puta, aunque sabía de buena tinta que era la inocencia personificada.

  • Bueno, pues entonces todo arreglado. El martes por la mañana volvemos. Es una suerte que trabajes desde casa, cuñado, aunque no sé cómo puedes concentrarte con tanto alboroto. Cualquier día de estos se va a caer uno de esos puentes que construyes.

  • Sí, sí. Una suerte. Y yo no los construyo, solo hago cálculos de la estructura interna.

  • Vale. Lo que sea que hagas. No es relevante.

  • “Yo al menos trabajo y no hago como tú, que vives del dinero de la familia de tu mujer” —pensó Gabriel para sí.

  • Un beso, mi vida. Haz caso a tito Gaby en todo. ¿Entendido?

  • Sí, mami.

  • Y sobre todo, no te acuestes muy tarde. Y no olvides la crema para el acné.

  • Y cómetelo todo. Que estás flaca como un silbido. —Dijo el padre, lanzando una palmada que impactó en el culo de su hija, y sin apartar la mano de ahí, preguntó a Gabriel con socarronería—: ¿A que tengo la hija más buenorra del mundo, cuñado?

  • ¡Papá!

  • Bueno, adiós, princesa. Hasta el martes, arquitecto. Cuídamela bien y aléjala de los moscones, no vaya a ser que le quiten el precinto antes de hora.

  • ¡PAPÁ!

  • ¡Te he dicho mil veces que soy ingeniero de estructuras, no arquitecto!

  • Me la suda, perdedoorrr.

  • Hasta la vista, mi vida.

  • “Bye”, papis.

Cuando estuvieron a solas, Gabriel respiró aliviado.

  • Papá es insoportable a veces.

  • Lo sé.

Él sonrió.

  • En realidad, es un gilipollas. Eso es lo que es tu papá.

  • ¡Jí, jí, jí! Pues sí.

  • Instálate en la habitación de Camila si te apetece. Ya sabes dónde está.

  • Vale.

  • No esperaba que vinieras, así que no tengo mucha comida. Había pensado ir al centro comercial de compras. ¿Qué te parece?

  • ¡Genial, tito Gaby!

  • Puedes cambiarte de ropa si quieres. Estás preciosa, aunque no pareces muy cómoda… con eso tan ceñido.

La chiquilla se lo pensó.

  • No, no. Estoy bien así.

  • Como tú quieras.

Gabriel dudó antes de proseguir.

  • Yo… yo quería pedirte un favor antes de irnos, Viri.

  • Dime, tito… haré lo que sea.

  • Por supuesto que puedes ir vestida como quieras, pero… ¿me harías el favor de quitarte todo eso que llevas en la cara? No te ofendas, pero personalmente pienso que te sienta como el culo. Eres muy bonita, no necesitas todo ese estucado postizo como tu madre o tu tía.

La chica rió la ocurrencia.

  • Por supuesto, tito. Es papá el que insiste en que me maquille así.

  • Todavía sigue con eso de la academia de modelaje, ¿no?

  • Sep. Lunes, miércoles y viernes… pero no empezamos de nuevo hasta el mes que viene, cuando comience el curso.

  • Entiendo.

Gabriel ya hacía tiempo que había dejado de intentar comprender a su ex cuñado. Por un lado, quería alejar a los moscones que revoloteaban cada vez más cerca de su ojito derecho, y por otro, la exhibía a todas horas, haciéndola vestir de ese modo tan explícito y, no contento con eso, inscribiéndola en una agencia de modelos juvenil.

Minutos más tarde, tío y sobrina caminaban del brazo por uno de los pasillos centrales del mayor centro comercial de la ciudad. Viridiana estaba encantada, ya que era normalmente su papá el que se encargaba de la compra y rara vez dejaba que lo acompañase para alejarla de miradas lascivas.

La joven siempre había sido muy afectuosa con Gabriel, ya que era el único tío que se preocupó por su bienestar desde muy niña. Ni siquiera la separación de este con Olvido, su tía carnal, había hecho disminuir sus sentimientos hacia él. Eso sin contar que Camila, además de su prima, era su mejor amiga, pese a que estudiaban en cursos distintos.

  • ¿Ves? Así estás mucho más guapa —dijo Gabriel al ver el reflejo de ambos en un espejo—. Podríamos pasar por pareja y todo.

La chiquilla se ruborizó al tiempo que pegó su busto al brazo de su maduro acompañante.

La apreciación de Gabriel no era para nada gratuita. El cambio a mejor en el aspecto de Viridiana era evidente. De su antiguo maquillaje solo quedaba el tinte de sus labios sonrosados, que, liberados del resto de aderezos, incluso le resultaban agradables y de buen gusto.

  • Estoy orgulloso de tener una sobrina tan bonita. Todo el mundo te mira. Sé que no te gusta mucho que te lo digan, pero eres verdaderamente hermosa, Viri — le dijo Gabriel con toda sinceridad.

  • Gracias, tito. Si lo dices tú no pasa nada, sé que eres buena persona.

En efecto, a la chica no le gustaba que el resto del mundo hiciera comentarios sobre su físico. Los cambios en su cuerpo se estaban produciendo a una velocidad vertiginosa y le costaba mucho ir asimilándolos. Con todo, no parecía molesta al ser su tío predilecto el que le dedicaba los piropos.

  • ¿Qué hay que comprar?

  • Ah… pues antes de ir a por comida, necesito una cámara de fotos nueva. La que tengo es de cuando nació Tami y ya está muy cascada. Con decirte que la numeración de las fotos va con números romanos, ya te lo he dicho todo.

Viridiana no entendió el chiste, pero rió entusiasmada.

  • Ven. Te llevaré donde papá compra las suyas.

  • ¿Las suyas? ¿Cuántas tiene?

  • Uhm… no sé. Muchas. Cada dos por tres se compra una nueva.

  • A tu papá le gusta mucho hacer fotos, ¿verdad? —preguntó Gabriel, volviendo a recordar las fotos en su piscina particular que le envió su ex cuñado.

  • S… sí. Mucho —repuso ella con rapidez—. Mira, tito. Ahí es.

Gabriel había pasado mil veces por delante de aquella tienda especializada y solo aquel día descubrió la cantidad de cosas que guardaba en su interior. No era primerizo, pero tampoco un profesional, así que se dejó asesorar por el dependiente y por la propia Viridiana, que se destapó como una auténtica experta en un montón de aspectos técnicos desconocidos para su tío.

  • Nos quedamos esta —dijo la muchacha cuando encontró lo que buscaba—.

  • Buena elección, señorita.

Gabriel tomó la cámara y apuntó a la joven.

  • Viri, sonríeeee.

La chiquilla, al sentirse apuntada por el objetivo, adoptó una pose perfecta de manera natural. Cruzó los brazos, alzó así levemente los senos con la palma de las manos, entornó los labios, dejando a la vista su sensual diastema, y miró fijamente a la cámara, con su larga melena oscura cayendo a un lado de la cara. La expresión de Viridiana pasó, en un abrir y cerrar de ojos, de una jovial adolescente a una sensual lolita.

Tanto el encargado de la tienda como Gabriel captaron el cambio al instante. Al chaval se le cayó el móvil al suelo y el tío no acertó a pulsar el botón de disparo.

  • Vaya tela… —murmuró el jovenzuelo, verbalizando el pensamiento que ambos hombres compartían.

Gabriel entró en shock durante unos milisegundos. Al otro le costó bastante más reponerse.

Viridiana también se ruborizó cuando fue consciente de lo que había provocado. Le costaba un mundo asimilar el efecto que su cuerpo ejercía sobre los demás.

  • ¿Po… por qué no compras también una cámara de vídeo, tito? Es guay  – preguntó la joven, retornando a su versión más inocente.

  • Sí. Póngame también una de esas.

  • ¿Cu… cuál quiere?

  • La que sea, la mejor, la más cara; me da igual. Me la llevo ya.

El muchacho invirtió mucho más tiempo del normal en envolver los paquetes. Inclusive, se equivocó un par de veces en la cuenta, y es que no podía quitar ojo a la muchacha. Viridiana no se estuvo quieta ni un momento en la tienda: anduvo de aquí para allá dando saltitos; se agachó en busca de algo, realzando la rotundidad de su trasero; se contoneó de manera sensual entre los estantes, e incluso les enseñó un par de veces el escote a ambos, recostándose distraída sobre el mostrador.

Gabriel alucinaba con ella. Mientras volvían a la galería comercial, contemplaba sus evoluciones de aquí para allá calentando al personal tanto o más que al dependiente de la tienda. Estaba seguro al cien por cien que no lo hacía a propósito, que era del todo inocente, que en realidad no era más que una jovencita inconsciente del poder de sus curvas ni del efecto demoledor que producían en el resto del mundo que la rodeaba.

Tío y sobrina invirtieron el resto de la mañana en realizar la compra semanal de alimentos. Gabriel se dejó asesorar por ella, comprando todo tipo de chucherías y dulces, algo vetado para sus hijas por orden directa de Olvido. Tuvo que ponerse serio para comprar, según él, «comida de verdad».

Entre golosina y golosina, él aprovechaba su reciente adquisición para lanzarle foto tras foto a Viridiana. Ella posaba para su tío con una soltura y profesionalidad tales que muchos de los otros clientes llegaron a pensar que estaban haciendo una especie de reportaje comercial del establecimiento, en lugar de la compra semanal.

Tras el almuerzo en un restaurante de comida rápida, tomaron postre en una heladería.

  • ¡Qué cámara más chula te has comprado, tito! Hace unas fotos estupendas —dijo Viridiana, revisando las fotografías una tras otra mientras chupaba la pajita de un batido sorbete.

  • Todo es mérito de la modelo. Se te da muy bien.

  • Papi insiste en que siga en la agencia y eso, pero a mí no me apetece. Me da vergüenza. No soy tan guapa.

Gabriel descubrió un par de gotas de helado derretido bajando a través del mentón de la adolescente. No llegó a tiempo de detenerlas antes que cayesen a su escote, así que tuvo que recogerlas del inicio de sus tetas con el dedo antes de que comenzaran a realizar un vertiginoso viaje a través del canal formado entre ellas. Después, se llevó el dedo a la boca, lamió el néctar y los dos siguieron hablando como si nada. Fue un acto reflejo, repetido a lo largo de los años un millón de veces, que no tuvo mayor trascendencia para ninguno de los dos.

Viridiana era un auténtico desastre con las manchas y, desde que era un bebé, resultaba milagroso que su ropa terminara la jornada limpia de marcas de comida, bebida o cualquier otro pringue. Era habitual que el resto de su familia estuviera alerta ante cualquier circunstancia que amenazara la integridad de sus vestidos, y más desde que sus turgentes senos formaban un verdadero parachoques a la altura del pecho, convirtiéndolos en dianas para toda clase de sustancias pegajosas. Las tetas de Viri eran imanes que atraían todo, y no solo las miradas de los hombres.

  • ¡Joderrrr!

  • ¡Qué cabrón!

  • ¡¿Tendrá suerte ese hijo de puta?! ¡Vaya hembra!

  • ¡Si podría ser su hija!

Gabriel giró la cabeza y descubrió en la mesa cercana a tres jovenzuelos de broma peligrosa, con más metal en la cara que la ferretería de El Corte Inglés, y a uno de ellos haciéndoles fotos con el móvil.

A Viridiana le cambió la cara y ocultó su escote. Su incomodidad era evidente. Gabriel hizo ademán de incorporarse de su asiento.

  • Tranquilo, tito. No pasa nada —dijo la joven, intentando quitar hierro al asunto.

  • Sí, eso… tito —dijo uno de los muchachos en tono jocoso.

  • No pasa naaaa… papitooo —apuntó otro.

  • Ji, ji, ji… —rió el tercero.

El más escuálido de los muchachos dejó de reírse cuando un gigantón de casi uno noventa y fornida espalda se plantó frente a él con cara de pocos amigos. La imponente presencia de Gabriel tuvo el mismo efecto con el resto de los muchachos: enmudecieron de repente.

  • ¡Ey, amigo… no te enfades!

  • No… no pasa nada, ¿vale?

  • Es sólo cachondeo…

  • ¡Bórrala!

  • ¿A… a qué te refieres, tío?

  • A la puta foto esa, ¡bórrala!

  • No sé de qué me hablas.

  • ¿Quieres que lo haga yo? —preguntó Gabriel, muy enojado—. También puedo meterte el puto móvil por el culo; tal vez eso te guste.

El chaval se lo pensó mejor y plegó velas. Obedeció a toda prisa.

  • No, no… ya la borro, ya.

  • Vámonos, cariño. Ya me están empezando a tocar los cojones estos gilipollas.

  • Como quieras… tito.

Gabriel ayudó a la muchacha a incorporarse y se dirigieron a la salida del establecimiento. Al pasar junto a la mesa de los chicos, él la cogió por el talle y, como queriendo marcar territorio, le palpó la parte superior de la cadera. El trío se abstuvo de hacer comentario alguno.

Cuando la dispar pareja volvió a la galería comercial, comenzaron a reírse.

  • ¡Titoooo, has vuelto a hacerlo! Igual que cuando era pequeña.

  • ¿Has visto la cara de acojone que tenían?

  • Sí, como los niños en el parque cuando alguno se metía conmigo. Huían aterrados al verte. La verdad es que a veces das un poco de miedo.

  • Siempre serás mi sobrina preferida, Viri. Siempre cuidaré de ti y, por nada del mundo, te haría daño.

  • Lo sé — repuso la joven, besándole en la mejilla—.

Lejos de aquellos indeseables, el adulto hizo ademán de soltar a la muchacha, pero esta se lo impidió, colocándole la mano de nuevo en su cadera.

Anduvieron así, como si fuesen una pareja de enamorados, aunque pronto volvió a aflorar la adolescente que yacía dentro de Viridiana.

  • ¡Qué top tan bonito! – Exclamó pegando su nariz al cristal de un escaparate.

  • ¿Lo dices en serio? Yo creí que no te agradaba mucho ese tipo de ropa.

  • Bueno eso era antes… ahora sí que me gusta un poco.

  • Vaya – dijo Gabriel, besándola en la frente -. Supongo que es normal que tus preferencias vayan cambiando conforme creces.

  • ¿No te parece bonito?

  • Sí – reconoció el adulto -. Es precioso.

En realidad, la fina prenda de seda granate le resultaba excesivamente escotada; aun así, la jornada estaba siendo tan agradable que se abstuvo por completo de expresar su opinión. No quería dar la impresión de ser un viejo retrógrado.

  •  Si lo quieres, te lo compro.

  •  ¿Lo dices en serio, tito? ¡Hazlo, porfi!

Cuando la joven salió del probador, a Gabriel casi le dio un infarto. La prenda se ceñía a su espectacular cuerpo como si estuviera hecha a medida.

  •  Estás preciosa, Viri.

La chica notó cierta rigidez en el cumplido; algo en la expresión de su tío le indicaba que la prenda no era de su agrado.

  • ¿Qué pasa? ¿No te gusta? ¿Me hace gorda?

  • No, por Dios, no es eso, pero…

  • ¿Pero…?

  • No es cosa tuya, tu cuerpo es perfecto, y ese top te queda de muerte…

  • ¡Dilo ya, tito! ¡Me mueroooo!

  • Es más fuerte que yo, es una manía que tengo…

  • ¡Pero diloooooo!

  • Odio esto.

  • ¿Qué?

  • Que se vean los tirantes. Sé que es la moda y todo eso, aunque no logro acostumbrarme. Me da apuro decírselo a Camila, porque siempre me dice que estoy en su contra; es que no puedo con ellos: quedan horrorosos a la vista, según mi humilde criterio, claro.

Viridiana rió.

  • ¿Es eso? ¿Los tirantes? ¿ese es el problema?

  • Oye Viri. No hagas caso de lo que yo te diga. Te queda genial… de verdad.

  • Ahora vuelvo, tito.

  • Pero, ¿a dónde vas?

La adolescente se introdujo de nuevo en el probador. No tardó ni un minuto en salir con una sonrisa de oreja a oreja.

  • Toma, guarda esto en la bolsa, tito. No lo pierdas, es nuevo.

Gabriel se vio de repente con el sujetador de Viridiana en la mano. A su lado, los sostenes de Camila parecían de juguete y, al contrario que estos, apenas tenían relleno. Después miró a la chica y alucinó.

  • ¿Así te gusta más?

El adulto babeó literalmente al observar a su sobrina. No encontró calificativo alguno que pudiese describir con justicia el efecto de la prenda directamente sobre el cuerpo escultural de la adolescente.

  • Es… increíble.- Acertó a balbucear.

Viridiana estaba radiante, voluptuosa y sensual a más no poder. El incipiente canal que dejaba a la vista el sostén se había convertido, como por arte de magia, en un soberano escote y, de repente, en la punta de los senos, antes romos, habían surgido un par de prominencias en forma de pezones cuya silueta era perfectamente distinguible a través de la etérea prenda.

  • Venga. ¿A qué esperas a hacerme una foto, tío?

  • Se… será mejor que esperemos a salir fuera. Si alguien nos pilla aquí, nos monta un escándalo.

  • ¡Porfi! Aquí no hay nadie. Estamos solos tú y yo.

Gabriel dudó. El escote de la jovencita era una buena razón para arriesgarse.

  • Está bien. Tú ganas.

Él se deshizo de los paquetes todo lo rápido que pudo. Enarboló la cámara y comenzó a lanzar una ráfaga de fotos a Viridiana. Estaba muy nervioso tanto por el peligro inherente a ser descubierto como por las evoluciones de su sobrina. Ella volvió a mostrar su lado más salvaje y libidinoso, que llegó a su máxima expresión cuando, poco a poco, fue bajándose la sensual prenda agrandando de este modo el escote más y más.

  • Esto no está permitido en la agencia, aunque sé que alguna de las chicas lo hacen en insta…

A Gabriel le pareció distinguir el inicio de las aréolas de la joven, justo en el momento que escuchó voces acercándose. Tuvo el tiempo justo para lanzar la cámara en una bolsa y tapar el abultamiento de su miembro viril con otra. Viridiana, por su parte, buscó refugio en el probador lo más rápido que pudo.

  • Usted no puede estar aquí —le dijo a Gabriel la responsable de la tienda, con voz ronca y gesto severo.

  • ¿Por qué?

  • Este es el probador de las señoras. Lo pone bien claro en la entrada.

Gabriel se puso lívido. Sinceramente no creía que estuviese haciendo algo indebido.

  • ¡Ya está! ¿Qué tal me queda… papá?

La mujer examinó a Viridiana de los pies a la cabeza.

  • Per… perfecto, cariño.

  • ¿Es… su hija?

  • S… sí. ¿Por qué? —mintió Gabriel de la manera más convincente que pudo, dadas las circunstancias.

  • En ese caso, haré la vista gorda, pero en lo sucesivo absténgase de pasar a este lado del probador, por favor. He estado a punto de llamar a seguridad.

  • Claro. Por supuesto. No lo sabía. Perdone.

Gabriel pagó el importe de la prenda con su tarjeta de crédito y ambos abandonaron la tienda atropelladamente, bajo la inquisitoria mirada de la encargada.

  • ¡Estás loca!

  • ¡He estado a punto de mearme de miedo, tito!

  • ¿Desde cuándo eres tan mala?

  • Casi me muero de vergüenza. Yo creo que nos ha visto.

  • Tal vez. En cualquier caso, mejor larguémonos de aquí, no vaya a ser que cambie de opinión y llame a seguridad.

Se alejaron del lugar a toda velocidad, sin echar la vista atrás. Sólo cuando se sintieron seguros volvieron a reducir el paso. La gente con la que se cruzaban no comprendía el motivo de tanta risa y jolgorio de la singular pareja.

  • ¿Nos vamos a casa, Viri? Se hace tarde.

  • Lo que quieras, tito. – Respondió la joven, colocando de nuevo la mano del adulto en su cadera, aunque algo más abajo que la vez anterior, casi donde la espalda pierde su casto nombre.

Ya estaban a escasos metros de la entrada de las escaleras mecánicas que les llevarían al aparcamiento cuando, animado por la calidez del comienzo del trasero de Viridiana, Gabriel se detuvo frente a la última tienda de la galería.

La adolescente acompañó la mirada de su tío y descubrió en el escaparate un conjunto de lencería azul oscuro de aire juvenil. No era el típico conjunto abigarrado, con liguero a juego y medias de seda, sino algo mucho más funcional y moderno: una braga tanga de reducidas dimensiones y un “bralette” de apertura frontal, plagados ambos de abundantes transparencias, aunque no en lugares realmente comprometidos.

  • Con eso también estarías muy sexy. Te haría miles de fotos con eso puesto… y aún más sin él.

Nada más pronunciar aquellas palabras, el hombre fue consciente de la barbaridad que le había dicho a la joven, con el agravante de que además se trataba de su propia sobrina. No sólo era soez y rastrero, sino algo totalmente impropio de él. Se alteró bastante e intentó arreglar su tremenda metida de pata.

  • Lo… lo siento, Viri. No debí decir algo así. No sé en qué estaba pensando…

  • No pasa nada, tito. A mí también me encanta ese conjunto.

La chiquilla pegó su voluptuoso cuerpo al de su tío, mostrándole una espectacular panorámica de su delantera.

  • ¿Por qué no me lo compras, porfi?

  • Lo… lo haría muy a gusto Viri, pero si se entera tu padre… me mata – contestó él haciendo verdaderos esfuerzos por mirar a la chavala a los ojos y no a sus tetas -.

Viridiana se tomó su tiempo, y tras colocar las manos de su tío directamente sobre su culo, preguntó en tono meloso:

  • ¿Y… por qué tendría que saberlo, tito? Yo no le contaré nada.

Gabriel le pareció vislumbrar por unos instantes en Viridiana un fulgor de deseo hacia él. Fue sólo un instante, un milisegundo, no más que un suspiro, ya que de inmediato volvió a regalarle esa mirada cándida y pura que lo desarmaba.

El adulto estaba confuso con ella, Viridiana pasaba de ser una niña buena a una pícara lolita y viceversa en cuestión de segundos. La excitación le nublaba el buen juicio, no tenía nada claro cuál de las dos facetas de su sobrina era la real y cuál la inventada. Lo que sí sabía es que tenía uno de los mejores culos que había sobado en su vida.

*****

El potente BMW volaba literalmente por la carretera de la sierra, de vuelta al hogar de la familia Arregui. Conducir con una mano por aquellas sinuosas vías no era sencillo, pero Gabriel, por nada del mundo, hubiera apartado su mano de la pierna de su sobrina.

La chica no decía nada, se dejaba acariciar la parte interna del muslo y la rodilla, embelesada una vez más con sus propias fotografías.

  • Eres muy bueno haciendo fotos, tito. Mucho mejor que papá.

El conductor estaba abducido por el suave tacto de la piel de su sobrina, que le recordó mucho al de su hija Camila. Dudó si ir un poco más allá con ella. Algo le decía que su acompañante no iba a inmutarse en el caso de que él decidiera llegar a su zona roja o bucear bajo su recién estrenado top.

Gabriel no quiso arriesgarse a volver a meter la pata, aunque sospechaba con fundamento que Viridiana estaba dispuesta a ir mucho más allá de simplemente ejercer como su modelo. El fin de semana era largo y no era cuestión de precipitar las cosas, así que optó por centrarse en la carretera. Con la excusa de un cambio de marcha, dejó de tocarla. La dureza de su paquete lo hacía aconsejable. Conducir erecto no le pareció algo seguro, podrían haber acabado en cualquier cuneta.

  • El gilipollas te hace muchas fotos, ¿no?

  • ¡No le llames así! Cualquier día de estos lo haré yo también cuando esté delante y me ganaré un buen castigo.

  • Contesta.

  • El gilipollas las hace todo el tiempo – suspiró la muchacha con resignación, arreglándose el cabello -. Desde que me levanto hasta que me acuesto. Tooodo el día haciéndome fotos.

  • Pero a ti no te molesta. Me refiero a que te gusta posar, ¿no es cierto?

  • Sí, pero es que se pone un poco pesado. No me deja vivir. Me agota.

  • Je, je, je. No será para tanto.

  • Te lo juro, a veces es agobiante.

  • Joder Viri, lo dices como si te hiciese fotos hasta en la ducha…

El hombre volvió a maldecir su incontinencia verbal. Estaba tan excitado que cada cosa que decía empeoraba la anterior. Aun así, esperó una aclaración que no se produjo, y eso no le ayudó precisamente a tranquilizarse. Viridiana permaneció callada, manipulando la cámara, con los pies desnudos sobre el salpicadero. Gabriel jamás supo si aquella ausencia de contestación se debía a que su sobrina no le había escuchado o a que no había querido abordar el asunto.

Gabriel decidió morderse la lengua. Le costó un mundo no seguir indagando; no obstante, no quería volver a cagarla.

Al llegar al chalet, el ambiente se relajó. Después de recoger los paquetes de la compra, prepararon los dos juntos la cena. Tomaron “comida de verdad”, como decía el adulto, y recordaron mil y una anécdotas vividas, ya fuesen de ellos dos solos o junto con sus primas. Viridiana estaba preciosa, charlando por los codos con su gracioso pijama de dos piezas rosa, que dejaba a la vista la planicie de su ombligo. Los pechos se le marcaban más aún si cabe que el resto del día, pero lo que de verdad resaltaba más así vestida era sin duda su trasero. Gabriel aprovechaba cualquier distracción de la chiquilla para darse un festín visual con él.

Tras la cena, siguieron compartiendo las tareas domésticas. Mientras él enjuagaba la vajilla, ella la iba colocando en el electrodoméstico. Al rellenar la parte inferior, Viridiana se contorsionó de tal manera que el pantaloncito se le incrustó en la raja de sus glúteos. Él miró la inserción de forma tan descarada que hasta ella se dio cuenta de la maniobra:

  • Tito… ¡me estás mirando el culo!

  • ¿Yo? ¡Qué va…!

  • ¡Que sííí! ¡Que te he pillado!

  • Yo…, yo…

  • No seas tonto… no pasa nada. No me molesta que tú me mires, eres mi tito preferido – rió la chiquilla, dándole un beso en la mejilla -.

El hombre no dejaba de aclarar el mismo plato una y otra vez, analizando las palabras de su sobrina.

  • ¿Quieres… quieres que me lo ponga, tío Gaby? – Preguntó la joven, una vez hubo terminado su tarea.

  • A qué te refieres.

  • A eso tan bonito que me has comprado. He arruinado mi pijama. Mira…

Una vez más, el problema crónico de la muchacha con las manchas en la ropa se hizo evidente. Algo del agua del aclarado se había derramado sobre su busto, dejando la prenda que lo cubría casi completamente transparente. No sólo podía distinguirse a través de ella la prominencia de sus pezones, sino también las areolas que los acompañaban. No eran muy grandes en relación al tamaño de los pechos de Viridiana, aunque sí muy oscuras y bien perfiladas. Gabriel ya lo sabía, gracias a las fotos en top less que le había pasado el papá de la muchacha.

Por suerte, Gabriel ya había terminado con su tarea. De no haber sido así, cualquier objeto que hubiese tenido entre las manos habría caído irremisiblemente al suelo.

Él abrió la boca, sin embargo, una vez más, el ímpetu juvenil de Viridiana se le adelantó:

  • ¡O mejor aún, te puedo hacer un pase como hacen las modelos! Hasta podemos estrenar la cámara de vídeo mientras haces las fotos. Grabaremos una especie de “making off”, ¿qué me dices?

Gabriel contestó lo único que un hombre heterosexual con la verga dura como el acero hubiera podido hacer ante semejante ofrecimiento por parte de una lolita empitonada con una camisa adherida a su cuerpo.

  • Si… insistes…

  • ¡Síííí! – chilló la adolescente, con el consiguiente movimiento de sus mamas-. ¡Muchas gracias, tío! Papá dice que lo hago muy bien. Te encantará. Lo haremos en el Salón de Juegos, que hay más sitio.

La chica se acercó a su tío, se colgó de su cuello y le dio una andanada de piquitos en los labios. Era un gesto común e inocente en la familia de su mujer, que Gabriel había adoptado no sin esfuerzo. Le molestaba bastante que su cuñado estuviese todo el tiempo besuqueando a sus hijas.

La acción de Viridiana en otras ocasiones hubiese carecido de consecuencias, esta vez supuso un espaldarazo definitivo para consolidar la erección del adulto: el pene de él y el ombligo de ella se rozaron, separados solamente por la tela de un pantalón de pijama masculino. No se trató de un rozamiento fugaz, sino vehemente y prolongado. Cuando los cuerpos se separaron, la verga de Gabriel estaba en todo su apogeo. En esa ocasión, fue la adolescente quien se recreó la vista con el físico de su tío, y ella quien se sonrojó por el efecto que había provocado en él.

Gabriel era un hombre chapado a la antigua. En cualquier otra circunstancia, el ingeniero se hubiera sentido incómodo presentándose de aquel ante una adolescente semi desnuda, pero estaba realmente a gusto con su sobrina; por eso no hizo nada por cubrirse.

  • Tito, espérame en el Salón de Juegos y sírvete algo para beber, que yo ahora voy.

  • ¿Tú quieres algo?

  • Uhmm… vale. A veces papá me da un poquito de ron con cola sin que mamá se entere. Dice que así poso mejor y que, con los ojos brillantes, salgo más bonita en las fotos.

  • Entiendo. Ron con cola para la niña.

Viridiana hizo una mueca de descontento.

  • ¿De verdad crees que todavía soy una niña, tío?

Gabriel ni tan siquiera dudó al contestar:

  • En absoluto. Para mí eres toda una mujer, Viridiana.

Sólo con escuchar eso, a la joven le cambió el ánimo.

  • Espérame allí y prepáralo todo. Ah, y no olvides la cámara de vídeo… ni la de fotossss.

  • Tranquila, yo me encargo.

Una vez puesto en faena, no todo le fue tan sencillo. Con la bebida no hubo problema; en cambio, al llegar al equipo de grabación, el adulto se atascó.

  • ¡Viri, Viriiii! – Gritó buscando ayuda, desesperado.

La jovencita apareció bajo el dintel de la puerta muy alterada. Con tan solo una minúscula toalla, que a duras penas tapaba las partes pudorosas de su sensual anatomía, preguntó:

  • ¿Qué sucede?

  • Esta cámara está rota.

  • ¿Pero qué dices? ¿Cómo va a estar rota si es nueva?

  • Pues será nueva y todo lo que tú quieras, pero no va: está rota.

  • ¡Uff…! ¡Pero mira que eres bobo! Déjame a mí.

Viridiana manipuló el aparato de vídeo con soltura. Al hacerlo, la toalla se movía de manera caprichosa, amenazando con romper el delicado equilibrio que había entre ella y el cuerpo que cubría. En más de una ocasión, llegó a escapársele una teta íntegramente. La joven intentaba quitarle importancia al suceso, cubriéndose de inmediato; no obstante, estaba claro que su nerviosismo aumentaba, y la proximidad de Gabriel no ayudaba.

El adulto dejó a un lado su excitación, y actuó como ese ser protector que siempre había cuidado de su única sobrina.

  • Debiste usar una toalla más grande.

  • N… no las encontré.

  • Las hemos cambiado de sitio. Ahora vuelvo, ¿vale?

Ella asintió, algo más calmada.

Cuando Gabriel volvió a la estancia, ya casi todo estaba listo. El Salón de Juegos era un espacio diáfano en el ático de la vivienda donde se hacía de todo: un cajón desastre en el que prácticamente pasaban el día. Sus hijas hacían sus tareas, jugaban, tomaban la merienda y, además, la familia al completo veía películas sentada frente a la enorme pantalla de plasma que cubría una de las paredes.

  • Toma.

  • Gracias, tito.

El hombre tuvo la cortesía de voltearse antes de que la joven hiciera el cambio de toallas.

  • Ya.

  • Mejor así, ¿no?

  • Eres un cielo, tito.

La toalla era, efectivamente, más grande, pero todavía dejaba ver una buena proporción de la anatomía de Viridiana. Le cubría el busto, pero andaba corta de bajos.

  • Ta… tal vez la mesa de billar moleste un poco.

  • ¡Qué va! Precisamente había pensado en usarla de pasarela. No te importa, ¿verdad?

  • ¿Vas a llevar zapatos?

  • Nop.

  • Pues entonces, de acuerdo.

  • Está bien. Ahora tienes que echarme una mano, tito. Necesito una escalera para subirme. Coloca ahí ese taburete y a su lado la mesa donde Tamara juega con su slime.

  • A la orden… mi señora.

  • ¡Titoooo! No te rías de mí.

  • ¿Mi señorita? ¿Mejor así? – Dijo él, acariciándole la cara.

  • Naa… mejor princesa, como siempre.

  • Como quieras… princesa.

 Viridiana tembló. Luego, como queriendo darse ánimos, observó la televisión.

  • Seguro que pueden conectarse por bluetooth.

  • ¿Qué?

  • La tele y la cámara. Papá las conecta sin cables, así se puede ir viendo cómo queda el vídeo.

  • ¿El gilipollas también te hace vídeos?

  • Últimamente más que fotos.

Gabriel contuvo sus locas ganas de hacerle una pregunta tan clave como indiscreta:

  • “¿También en la ducha?” – Pensó.

Pronto olvidó al estúpido de su cuñado. Tenía otras prioridades, contemplar el conjunto azul sobre el espectacular cuerpo de Viridiana, por ejemplo.

  • Supongo que se puede, pero no tengo ni idea de esas cosas.

  • Tito, eres un analfabeto tecnológico.

  • ¡Oye, niña, no te pases! Sois vosotras las que sabéis mucho, demasiado diría yo.

  • Se toca aquí… y ahora el mando de la tele…

  • ¡Me vuelvo viejo! Yo ni siquiera pude poner la cámara en marcha.

  • Naa. No estás viejo, tito. Yo… yo te veo en plena forma.

Gabriel no supo a qué se refería la muchacha exactamente: si a su estado físico en general o al de su verga en particular.

  • Y ya… ¿lo ves? Estaba chupado.

  • Además de hermosa, inteligente. ¿Te quieres casar conmigo?

  • Titooo… no seas tonto.

Viridiana se tomó unos segundos antes de preguntar:

  • ¿Podríamos casarnos?

  • Técnicamente… sí, en cuanto cumplas los dieciocho.

La joven se acaloró. Salió del trance e inspeccionó la habitación en busca de algo.

  • La cámara debería estar ahí, mirando un poco para abajo, para que el encuadre sea bueno y se vea todo el tapete.

Ni corta ni perezosa, empujó uno de los sillones contra la librería y se subió al respaldo sin tener la precaución de que, al hacerlo de ese modo, la parte inferior de la toalla quedaba por debajo de los ojos de su tío.

Con la ayuda de dos libros, Viridiana ajustó el objetivo hasta obtener el ángulo adecuado. Ni siquiera se dio cuenta de que le estaba mostrando a su tío Gabriel buena parte de su culo y una porción de sus genitales.

  • ¿Cómo lo ves?
  • Pe… perfecto. – Tartamudeó Gabriel, tragando saliva.

  • ¡Tíooooo! No seas malo – protestó la joven al descubrir su falta, cubriéndose mal que bien el trasero. – Me refiero a la tele.

  • Ah. Sí, claro. La tele. Perfecto, todo perfecto.

  • ¡Eres un cerdo, como los chicos de mi clase que miran bajo mi falda! – Protestó la chica, muerta de risa.

Y desde su posición privilegiada, lanzó un directo que impactó en el hombro de su tío.

  • ¡Au! ¡Joder, ¿y yo qué he hecho?!

  • Mirar donde no debías.

  • ¿Yo? Si has sido tú la que me has puesto todo eso ahí… delante de la cara… todo depiladito… ¿Qué podía hacer yo?

  • ¿Darte la vuelta? ¿Cerrar los ojos?

  • Y entonces… ¿cómo iba a saber si la cámara estaba bien colocada?

  • ¡Ay… eres igual que papá! ¡Un cochino!

Gabriel ya no pudo contener más su curiosidad. Aun a costa de fastidiarlo todo, preguntó:

  • ¿Te ha hecho fotos… desnuda?

  • Necesito el ron con cola que me has preparado, tito. ¿Dónde está?

  • Por… por supuesto, aquí lo tienes.

Un silencio incómodo se adueñó del Salón de Juegos. Viridiana permanecía sentada, contemplando con la cabeza baja cómo los cubitos de hielo de su bebida alcohólica daban vueltas en el interior de su vaso. El adulto no insistió, sabedor de que, en casi todas las ocasiones, el que calla otorga. Su opinión respecto a su cuñado empeoraba por momentos, aunque él no era nadie para juzgarlo.

La joven apuró el combinado, secándose una lágrima que afeaba su mejilla de la forma más discreta que pudo.

  • ¡Vamos allá!

  • Viri… no es necesario seguir con esto…

  • ¡Que sí, que sí!

La joven se incorporó, resuelta a continuar.

  • Ahora dame un minuto y espérame aquí. ¿Sabrás preparar la cámara de fotos, no? – Preguntó.

  • Entiendo que sí – dijo él, haciéndose con el artefacto.

Apunto estaba de desaparecer de nuevo tras la puerta del Salón de Juegos cuando se despojó de la toalla, dejando a la vista de su tío el paraíso en la tierra que era su trasero.

  • No te duermas, tito – dijo de forma burlesca, girando la cabeza –, que me ha contado un pajarito que en eso también eres bueno mientras ves la tele.

  • Ya verás cuando pille a tu prima… se va a enterar.

Al girarse sin pensar, ella olvidó cubrirse, circunstancia que él aprovechó para lanzarle una primera fotografía a traición.

  • ¡Titoooo! ¡Todavía no estoy lista! – Protestó ella, cubriéndose mal que bien sus atributos –. Eres muy malo.

Pero pronto, la sonrisa iluminó su cara y dejó de taparse.

  • Vuelvo en un minuto.

Gabriel no podía quitar ojo de la fotografía robada. La joven todavía estaba más atractiva que posando; el cuerpo de su sobrina era soberbio. El comportamiento de su cuñado le parecía repulsivo, aunque en cierta forma comprensible: tener una lolita así en casa era una bomba de relojería.

Viridiana apareció de nuevo en la sala. Gabriel identificó de inmediato su propio albornoz y torció ligeramente el gesto. El atuendo no le pareció lo más erótico del mundo, aunque hizo de tripas corazón y enarboló la cámara de fotos con rapidez.

  • ¡Todavía no, Titoooo!

  • ¿Qué sucede ahora?

  • Es que sale mejor con un poco de música. En la academia lo hacemos así… una se motiva más.

  • Ah… comprendo.

  • Cuando yo te avise, le das al “rec” de la cámara y después a este botón del teléfono. A este… no a este otro, que te conozco y eres capaz de llamar a mi papá sin querer.

  • Viri… tú crees que soy tonto, ¿verdad?

  • No tito, para nada. Torpe, eso es lo que eres… un torpe adorable.

  • ¡Oyeeee! – Protestó él lanzándole un cachete al trasero.

  • ¡Au!

  • Pe… perdona Viri. No… no he querido pegarte…

El hombre temió que de nuevo su poco tacto echase a perder toda la magia surgida entre él y su sobrina.

  • ¡No pasa nada, tito! Me parece divertido que me azotes.

Y tras dejar de nuevo a su tío boquiabierto por la revelación con respecto a sus gustos sexuales, ocupó su lugar en el pasillo.

  • ¿Estás listo?

  • S… sí.

  • Pues, dale a la cámara.

  • Ya.

  • Ahora, al móvil…

  • Vale.

“Esto vamo’ a arrancarlo con altura

El dembow lo canto con hondura

Dicen una estrella, una figura

De Héctor aprendí la sabrosura

Nunca viste una joya tan pura…”

Gabriel miró aterrado el celular. No había peor canción para elevar su libido que esa. La detestaba, no podía con ella, la oía hasta en la sopa, la tenía trabada en la cabeza. Estaba a punto de protestar por la elección de su sobrina cuando Viridiana hizo acto de presencia. La rebelión se sofocó de repente, en cuanto vio a la lolita semi desnuda atravesando el dintel.

Él hubiera estado dispuesto a firmar una tregua; un armisticio; una rendición incondicional; la donación en vida de todos sus órganos… lo que hiciera falta, le daba lo mismo: sólo tenía ojos para ella. Viridiana era de por sí una de las criaturas más sensuales que Gabriel había tenido el gusto de conocer en la faz de la tierra, y la vestimenta elegida no hacía más que resaltar sus ya de por sí generosos atributos.

Al ritmo machacón de la música, hizo de nuevo su aparición la versión más inocente de la chica. Canturreando la canción, anduvo ligera hasta la mesa de billar, llevando en la mano el peluche favorito de su prima Tamara. No tuvo problemas para subir. Las escaleras improvisadas no eran muy seguras, pero, gracias a su agilidad adolescente y a las ganas locas de seguir adelante, logró hacer cima sin mayor novedad.

  • ¿Estás listo, tito?

  • S… sí.

  • ¡Pues daleee!

Viri cerró los ojos un momento y experimentó una de esas transformaciones instantáneas que tanto descolocaban a su tío. Dejó de ser la buena doctora Jekyll y se transformó en la sensual señorita Hyde. Envalentonada por el alcohol, se la veía tremendamente segura de sí misma.

Gabriel alucinaba con ella. Estaba muy claro que las clases habían resultado efectivas, se movía de manera fluida sobre el minúsculo escenario. Las poses no eran eróticas, pero tampoco inocentes.

La joven, metida en faena, conocía los trucos para potenciar su ya de por sí privilegiado cuerpo y los utilizaba con soltura, de manera natural, aunque sin forzar las cosas ni llegar a lo obsceno. Guiños, sonrisas, coqueteos… besitos a cámara acompañados de ligeros tocamientos en su anatomía con el juguete de su prima que, lejos de resultar pornográficos, eran de lo más sugerentes y a la vez divertidos.

Al ritmo de la música, se fue contoneando delante de un Gabriel que lo fotografió todo. Al principio, él se centró en el conjunto, luego inmortalizó los más íntimos detalles lo mejor que pudo dadas las circunstancias: el tanga incrustado en el culo, el pezón erecto tras la florecita azul del brallete, la rajita del sexo disimulada por la gasa…

Gabriel comprobó en sus carnes lo dificultoso que resulta manejar una cámara de fotos con el cipote a punto de reventar.

Saltaba a la vista que Viridiana disfrutaba del momento. Su cara, su escote y su eterna sonrisa también fueron inmortalizados por decenas de fotos, incluso después de que el horrible sonido esputado por el móvil cesó. En un momento dado, ella se arrodilló sobre el tapete verde y comenzó a evolucionar a cuatro patas. Con su larga melena cayendo sobre su cara y su manera felina de actuar, a Gabriel le pareció una joven pantera en plena cacería.

Las posturas de Viridiana maximizaron hasta casi el infinito su ya de por sí voluptuoso cuerpo, proporcionando al adulto una inmejorable panorámica de su trasero. Él no se inhibió en absoluto, fotografió con vehemencia el hilito de tela azulada que se incrustaba entre los glúteos, e inclusive vislumbró los albores del agujero trasero de la lolita, ese que tal fina prenda no lograba tapar.

Pero lo que de verdad terminó de matar a Gabriel fue la espectacular manera con la que el pequeño tanga se adhería a los labios vaginales de la joven. Apenas daba para ocultar el clítoris y el agujerito delantero. Buena parte de los genitales de la ninfa quedaban a merced del objetivo gracias a la humedad de la braguita, que le impedía alcanzar la totalidad de su ya de por sí exigua extensión.

Gabriel desconocía si dicha lubricación se debía a la ducha o a causas naturales. A él le daba lo mismo: el hecho cierto era que varias veces, durante el ir y venir de su sobrina, pudo fotografiar de manera nítida su sexo íntegro.

  • ¿Qué tal lo hago?, ¿te gusta, tito? – Preguntó la joven, precisamente durante uno de esos breves lapsos de tiempo en los que su anatomía íntima se presentaba más expuesta al objetivo.

  • Has… has nacido para esto, Viri – Fue lo único que él acertó a decir, mientras fotografiaba de manera furtiva el depilado coño de la adolescente-.

Halagada por el piropo, la joven modelo se arrodilló frente a su tío. Colocó el osito entre sus senos y preguntó con cierta ansiedad y mucho rubor:

  • ¿Estás listo para continuar?

  • S…sí. – Contestó a duras penas el adulto.

Viridiana dejó caer los tirantes del brallete lentamente. Intentó ocultar sus pechos con el peluche, era como querer tapar el sol con un dedo. Jugó un par de minutos con el osezno, y cuando se sintió más cómoda, lo hizo caer, dejando a la vista de Gabriel su espectacular delantera. Entre risas, lamió la pata del oso a modo de mamada, pero lo hizo con tanta gracia que en ningún momento resultó obsceno o sucio.

Gabriel le hizo fotos tanto de la felación simulada como de las tetas, y ella, pese al rubor que poblaba sus mejillas, se las ofreció estirando su busto, alzándolas con las manos para facilitarle la tarea a su tío.

  • ¿Me las pellizco? A papá le gusta que lo haga.

Aquella fue su manera de responder a la pregunta que su tío le había formulado minutos antes. Una vez satisfecha su curiosidad malsana, Gabriel intentó soslayar el asunto para no entristecer a la jovencita.

  • ¿Te gusta hacerlo? A pellizcarte los pezones, me refiero…

  • Yo… yo haré todo lo que me pidas, tito.

Gabriel manchó la ropa interior al escuchar esa declaración de intenciones. Su polla clamaba por salir y arrasarlo todo. Una vez más, él se contuvo, aunque cada vez le resultaba más difícil mantener la compostura.

  • Lo que quiero decir es que en la academia nos enseñan a que es el fotógrafo el que ordena y la modelo la que obedece – se apresuró a aclarar la jovencita ante lo ambiguo de sus palabras.

  • Está bien -apuntó el tío, tragando saliva -. Pellízcatelos con suavidad…

Viridiana cerró los ojos, tiró la cabeza hacia atrás y de rodillas, con las piernas abiertas, jugueteó con sus pezones.

  • ¡Ahg! – Protestó cuando ella misma atrapó uno de sus puntiagudos apéndices con las uñas.

Tanto disfrutó con el castigo auto infligido que, al poco, ronroneaba como una gatita. Gabriel se explayó, inmortalizando cada centímetro cuadrado de la delantera de su sobrina. De repente, y sin previo aviso, entre foto y foto, ella cerró de golpe las piernas atrapando al osito entre ellas.

  • ¡Date la vuelta, tito!

  • ¿Qué pasa?, ¿qué sucede?

  • Nada. Tú date la vuelta, que me da vergüenza. No seas malo.

  • ¿Vergüenza? Bueno… vale, vale.

Viridiana no tardó un suspiro en decir:

  • Ya puedes mirar, tito.

Gabriel sudaba como un cerdo, y cuando se volvió, todavía lo hizo más. Viridiana seguía arrodillada y con las piernas abiertas, pero con un ligero matiz con respecto a lo anterior: el peluche de Tamara ocultaba su sexo y el tanga húmedo pendía de su boca entreabierta.

El calor que irradiaba la lolita era capaz de derretir el hielo de los polos por completo.

  • Venga, tito… las fotos, ¿a qué esperas? – balbuceó con la prenda en la boca, ante la inacción de un Gabriel patidifuso.

Después la modelo apartó el juguete, mostró su sexo lo más que le permitió su lozana anatomía, llevó la mano a su entrepierna y comenzó a volar.

Dejando a un lado su vergüenza, Viridiana se masturbó delante de su tío como si estuviera sola, de la misma forma que lo hacía en la intimidad de su cuarto o en la privacidad de su bañera.

Joven, pero conocedora de su cuerpo, se acarició al son que le resultó más placentero, variando el ritmo y la intensidad de sus tocamientos íntimos. Enajenada del resto del mundo, combinó las ligeras inserciones digitales entre sus labios vaginales con roces más acelerados en su clítoris mientras, con su otra mano, practicaba ese oscuro hábito adquirido gracias a las indicaciones de su papá fotógrafo que consistía en tirar de sus pétreos pezones y retorcerlos con fuerza para darse gusto.

Progresivamente la chica se frotó con más vehemencia, buscó el aire que le faltaba y la prenda que atrapaba en su boca cayó a un lado.

  • ¿El… gilipollas te ordena que hagas esto cuando posas para él? – Preguntó por fin el adulto.

La adolescente se acarició los labios vaginales, los separó unos milímetros y del agujerito apenas dilatado, cayó un borbotón de flujo hasta el tapete.

  • ¡Sí! – Musitó la lolita, meciendo sus curvas al ritmo que se masturbaba.

Tras varias instantáneas a la zona roja de la modelo, a Gabriel le fue imposible continuar con su labor de reportero gráfico. Lo que estaba contemplando era algo mágico y no era el momento de hacer fotos sino de disfrutar. Había visto decenas, centenas, tal vez miles de películas pornográficas donde mujeres de todo tipo se masturbaban de manera explícita y obscena delante de la cámara, pero aquello era otra cosa, estaba a otro nivel.

Viridiana se tocaba de manera natural, nada grotesca, casi inocente, y el resultado era una escena infinitamente más sensual y morbosa a cualquiera que hubiese presenciado en su vida.

El sexo de la adolescente emitía un leve chapoteo conforme los dedos iban y venían por su sexo. El borboteo acompañaba al concierto de jadeos, suspiros y otros sonidos guturales que emitía la garganta de la ninfa. Y por si esto fuera poco y para enardecer la libido de Gabriel, el olor que manaba de la zona genital de la lolita no tenía nada de inocente. Hormona pura procedente de una hembra deseosa de sexo; a él se le antojó como el más sensual y atrayente de los perfumes.

El adulto se acercó tanto al cuerpo de su sobrina para oler su jugo que pudo distinguir cada rincón de su vulva, incluidos dos graciosos lunares justo en el inicio de la zona rosada, anegada en ese momento por un barniz untuoso y brillante.

Ebrio de deseo, se desnudó lentamente, para después trepar hasta lo alto de la mesa de billar de su Cuarto de Juegos. Con sumo cuidado, se aproximó a Viridiana, colocándose sobre ella en clara posición de ataque. Ella seguía a lo suyo, consolando la calentura de su cuerpo. No obstante cuando se percató de la presencia de su tío, dejó de tocarse. Después de un instante de duda, se abrió por completo, dejando expedito el camino de su sexo al que iba a ser su primer amante.

  • No… no me hagas daño, tito – suplicó la joven -, no lo he hecho nunca…

Gabriel tenía serias dudas al respecto al verla posar de esa manera tan resuelta, aunque al ver la expresión del rostro de su sobrina, postrada sobre el tapete, asustada y nerviosa, aceptó la posibilidad de que tal vez el imbécil de su cuñado sólo había violado la intimidad de su propia hija mediante la cámara pero que había respetado su himen.

  • ¿Eres virgen, Viri?

La adolescente asintió, nerviosa y excitada a partes iguales.

  • Tranquila – dijo él y dándole un beso en la frente abandonó su posición de ataque -. Confía en mí.

  • Vale, tito.

No fue una retirada sino una tregua. El adulto quería tomarse su tiempo antes de penetrar a la adolescente. La besó en los labios, lamió su cuello y succionó sus pezones con gracia. Después, fue descendiendo por su vientre y bebió el néctar que brotaba de su sexo como lo haría un enamorado.

Viridiana abrió los ojos de par en par al notar la lengua de su tío recorriendo su intimidad para después cerrarlos de inmediato, como temiendo disfrutar. Le resultó imposible no gritar, su tío era todo un experto; no había podido elegir mejor a su primer amante.

Gabriel le regaló a su sobrina una comida de coño lenta, pausada y profunda, mientras ella se estremecía de gusto al ritmo que él marcaba. No volvió a colocarse sobre ella hasta estar seguro de que la lubricación de su sexo era la adecuada. Entonces y sólo entonces, la hizo suya. Con suma delicadeza, agarró su verga y la metió un poquito dentro del coñito virginal. No fue rudo pero sí firme. Si bien al principio la vagina de la joven aceptó la cabeza del intruso, enseguida surgieron problemas, conforme los centímetros de verga inserta comenzaron a aumentar.

  • ¡Au!

  • ¿Todo bien?

  • S…si. Sigue.

  • ¿Seguro?

  • ¡Sí!

Gabriel sonrió al ver el rostro desencajado de su sobrina. Su predisposición al sexo era total, estaba tanto o más caliente que él.

El soberbio cuerpo de Viridiana podía estar más desarrollado exteriormente, pero su interior era angosto y ceñido como correspondía a su condición de novicia; oprimía al extremo del intruso con considerable firmeza. Aun así, él no dudó, Gabriel tenía un precinto que rasgar, de acuerdo con el desafortunado vocabulario de su ex cuñado en relación al himen de su propia hija.

Tras una serie de cuidadosos bombeos superficiales, el veterano amante determinó que había llegado el momento. Deslizando sus manos hasta los glúteos de Viridiana, los abrió con firmeza y entró sin demora donde nadie lo había hecho antes.

La joven exhaló un ronco quejido al sentirse llena. Aunque no fue propiamente un chillido, manifestó su dolor dejando la marca de sus uñas en la espalda de su primer amante. Después, su boca buscó la de su tío, y cuando el encuentro se produjo, las lenguas comenzaron a enroscarse con ansia.

Paulatinamente, Gabriel incrementó el ritmo del movimiento de sus caderas. El inicial bamboleo se tornó en una suave monta, para después transformarse en un trote alegre, que se volvió galope cuando el hombre perdió los papeles, dejó de pensar en la integridad física de la potrilla, y buscó su propio placer. A la entrepierna de Viridiana no le pareció mala idea ya que, conforme él la iba taladrando, la joven se iba abriendo de piernas más y más. Aun con todo, Gabriel se folló a su sobrina de manera relativamente suave, hubiese preferido morir antes de traumarla durante su primera vez.

La mesa de billar crujió, pero aguantó estoicamente toda la intensa sesión de sexo.

La vagina de Viridiana era una fiesta. A decir verdad, la rotura de su himen apenas le había reportado dolor, y en cambio la follada consiguiente la colmó de sensaciones tan placenteras que hicieron que la punzada y el escozor inicial no pasasen de la mera anécdota. Incluso pareció molesta cuando Gabriel paró de clavársela, dejando un boquete enorme en su sexo, del que brotaban flujos genitales de naturaleza variada.

  • ¡Gírate y date la vuelta! – Le ordenó su tío.

  • ¿Qué?

Viridiana no entendía en un principio las razones de su tío para dejarla en mitad de la faena.

  • Colócate a cuatro patas… y mira a la cámara.

  • ¡Ah! ¡Sí, sí!

De inmediato entendió la potrilla las intenciones del adulto, estaba tan a gusto con la polla de su tío dentro que había olvidado la presencia de la cámara. Prácticamente saltó sobre la mesa tapizada de verde, se puso en la posición adecuada, relajó su cadera, y esperó con los ojos fijos en el objetivo que, curioso y vigilante, no dejaba de grabarles desde hacía un buen rato

La espera fue breve, el cipote de Gabriel ya se sabía el camino del coño de la chica, y entró en él como una espada en su vaina. Viridiana lo sintió muy adentro, la nueva postura era incluso más placentera que la primera.

  • ¡Joder! – exclamó encantada, olvidando sus modales de colegio de monjas.

  • ¿Qué pasa?

  • Es… es mucho mejor así… – dijo la jovencita, y sin esperar la indicación del adulto, se ensartó la polla por sí misma lo más profundo que pudo.

Gabriel, mucho más experto en la materia, sonrió. Pensó en poner de su parte pero optó por lanzar un sonoro mandoble al trasero de su sobrina, nada más. No fue violento ni mucho menos, aunque lo suficientemente contundente como para que Viridiana captase el mensaje.

La adolescente incrementó el ritmo de la clavada. Sus generosos senos se movían libremente mientras su vagina se inmolaba. Prácticamente Gabriel no hizo nada, fue ella la que, guiada por su instinto, se movió libremente sobre la mesa para darse placer.

Sólo al final, cuando ya estaba a punto de explotar, el hombre utilizó sus manos para atraer hacia sí el trasero de la joven, empalándola por completo. Tras varias secas arremetidas, eyaculó en lo más profundo del vientre de su sobrina, entre bufidos y jadeos.

Tras el clímax, permanecieron ambos amantes postrados sobre el tapete, mirando a ningún sitio, recobrando el pulso con dificultad.

  • ¿Qué tal he estado? – Preguntó Viridiana ingenuamente, reconfortada por el dulce abrazo de su tío.

  • ¡Increíble! – Contestó él sin la menor duda, besando a la jovencita en la frente.

  • Bueno… – prosiguió la joven, jugueteando con los pelitos que adornaban el pecho de su tío – … supongo que el gilipollas ya no tendrá que preocuparse por mi precinto…

  • ¡Uhm! No sé, no sé. Tal vez todavía quede algo de él ahí adentro…

  • ¿En serio? – preguntó ella ingenuamente.

  • ¡Naaa! – rió Gabriel, alucinado por la candidez de su sobrina – pero de todos modos, voy a asegurarme de que no quede ni rastro de él.

Viridiana no entendió la doble intención de su tío hasta que de nuevo lo tuvo encima.

  • ¡No, noooo! – rió la chica, golpeándole en el pecho tímidamente-. ¡Eres muy malo, tito!

  • ¿No quieres que lo elimine del todo?

  • No – repuso la jovencita, haciendo una mueca -.

Pero a la vez que su boca decía una cosa, sus piernas se abrían de nuevo, contradiciéndola. Podría decirse que ni la una ni las otras no volvieron a cerrarse durante el resto del fin de semana, Gabriel se encargó de ello.

*****

  • ¿Y qué tal por Londres, cuñado?

  • Un auténtico coñazo. Todo carísimo y no hacía más que llover y llover.

  • Vaya, siento escuchar eso.

  • Bueno, es lo que hay. ¿Y qué tal vosotros? ¿Qué tal se ha portado mi niña?

  • Tu hija es un auténtico cielo y se ha portado estupendamente.

  • Y los moscones, ¿la has mantenido alejada de ellos?

  • ¡Papaaaa!

  • ¡Que sí, pesado! Además, apenas hemos salido de la casa…

Gabriel sonrió. Había estado a punto de decir “cama” en lugar de “casa”. Le había impartido un máster intensivo de sexo a su sobrina. Si había entrado virgen a su casa, sabía latín a su partida.

Viridiana se había destapado, y nunca mejor dicho, como una alumna aplicada, obediente, y con unas ganas locas por aprender. Le quedaban muchos detalles por pulir, pero su mareante cuerpo tenía mucho potencial. Chupaba, lamía y follaba con la misma soltura y gracia con la que posaba.

El adulto se quedó con las ganas de estrenar su trasero, sin embargo no era cuestión de apabullarla desde el primer día. Por fortuna, sus cuñados eran culo de mal asiento y solían viajar al menos una vez al mes, con lo que meterle la polla por el orto era sólo cuestión de semanas. Lo que tenía muy claro es que sus hijas visitarían a sus abuelos maternos bastante más a menudo que antes, cada vez que Viridiana fuese a su casa.

  • ¡Hombre, yo te dije que cuidases su precinto pero no que la convirtieses en una monja de clausura!

  • ¡Papáaaaa, joooo!

  • Puedes estar tranquilo, he cuidado de ella como lo hago con cualquiera de mis hijas.

  • ¡Oh! – Exclamó Viridiana impresionada al escuchar aquello.

La maleta que la joven sostenía en su mano cayó al piso, abriéndose y desparramando sobre él toda su ropa.

  • -Pero hijaaaaa… ¡Eres un desastre! – Gruñó su papá, ayudándola a recogerlo todo.

Gabriel ya no sonreía. Estaba descompuesto y de nuevo se maldijo a sí mismo: su incontinencia verbal le había jugado otra vez una mala pasada. Había querido fanfarronear delante de su cuñado.

En realidad, lo único que había conseguido era desvelar a su sobrina el secreto mejor guardado de su familia.

10 Lecturas/25 marzo, 2026/0 Comentarios/por kamataruk
Etiquetas: amigos, colegio, hermana, maduro, mayor, mayores, sexo, vacaciones
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
Tuve sexo con mi madre borracha.
DOS MATRIMONIOS Y UN SEMENTAL
CONFESIONES DE UNA MARICOTA (1)
El mino nuevo del carwash
PERDIDOS (CAP 25) MAMÁ SECUESTRADA Y VIOLADA (Segunda parte)
PRIMERA FOLLADA CON MAMA
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.418)
  • Dominación Hombres (4.357)
  • Dominación Mujeres (3.193)
  • Fantasías / Parodias (3.540)
  • Fetichismo (2.885)
  • Gays (22.634)
  • Heterosexual (8.652)
  • Incestos en Familia (18.908)
  • Infidelidad (4.630)
  • Intercambios / Trios (3.233)
  • Lesbiana (1.188)
  • Masturbacion Femenina (1.059)
  • Masturbacion Masculina (2.023)
  • Orgias (2.157)
  • Sado Bondage Hombre (469)
  • Sado Bondage Mujer (197)
  • Sexo con Madur@s (4.540)
  • Sexo Virtual (273)
  • Travestis / Transexuales (2.508)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.640)
  • Zoofilia Hombre (2.276)
  • Zoofilia Mujer (1.691)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba