Jessica su primer pene negro
Jessica es una mujer casada que quiere experimentar un toro negro, al tener autorización de su esposo.
Hola mucho gusta le quiero contar mi historia, me llamo jessica, por calenturienta me case a los 17 años con mi novio de la prepa, el es muy buen hombre pero tenemos un problemita… los dos somos muy cachondos y siempre andamos con la mente sucia.
Ayer estabamos viendo una peli porno de negros bien dotados mientras comiamos helado en la cama. De repente me volteo y le digo: «amor… y si contratamos a uno de esos para que me folle?» Se me quedo viendo con los ojos brillando y me dice: «en serio quieres probar una verga negra? Yo solo pense que era fantasia mia…»
El corazón me latía tan fuerte que casi no escuchaba mis propios pensamientos. Con las mejillas ardiendo, me acomodé sobre sus piernas, sintiendo cómo su erección presionaba contra mi trasero a través del short que llevaba. «No es fantasía», susurré mientras jugueteaba con el borde de mi top, dejando ver un poco más de lo necesario. «Quiero sentir uno así… dentro de mí. Ver cómo te pones mirando mientras me dan duro contra la pared».
No es que no me guste el pene de mi esposo es tiene un buen tamaño de 17cm grueso y me hace venirme bastante, pero siempre me ha gustado morbosear con vergas más grandes y sobre todo negras.
Me bajé de sus piernas y me puse de rodillas frente a él, desabrochando su short lentamente mientras mantenía el contacto visual. «Imagínate», le dije con voz ronca mientras su polla saltaba libre, ya completamente dura, «ver cómo me abren con esa cosa enorme… cómo gimo cuando apenas cabe». Le tomé con ambas manos y di una larga lamida desde la base hasta la punta, saboreando el precum. «Podríamos buscar alguien mañana mismo», susurré contra su piel, sintiendo cómo temblaba bajo mis labios.
«Y que recibo yo a cambio» dijo mi esposo mientras me tomaba del cabello y me jalaba hacia su verga, haciendo que se me llenara la boca con su miembro. Tragué saliva antes de responder, sintiendo cómo mi propia humedad empapaba la tanga que llevaba puesta. «Te dejo ver todo», murmuré entre besos húmedos a lo largo de su eje, «y después… te limpio con mi boca». La mano que tenía en mi nuca apretó con fuerza cuando pronuncié esas últimas palabras, y supe que había ganado.
Al día siguiente, mientras preparaba el desayuno con sólo un delantal puesto (como solía hacer los sábados), sentí sus manos rodear mi cintura desde atrás, era mi esposo que como todo los dias esta caliente por solo verme, me susuro en el oido «en la noche te llevo a un club te te va gustar»
El delantal se movió peligrosamente cuando giré para enfrentarlo, sintiendo el aire fresco contra mis pezones erectos. «¿Qué clase de club?» pregunté, fingiendo inocencia mientras deslizaba un dedo por su pecho sudoroso. Su sonrisa fue tan lasciva como la presión de sus manos en mis caderas, apretándome contra el evidente bulto en su pantalón. «Uno donde las espositas traviesas como tú…» susurró mientras mordía mi hombro, «…pueden probar menúes nuevos».
El espejo del baño empañado reflejaba mi silueta mientras me aplicaba una capa extra de rímel, las pestañas espesas y oscuras como dos alas de murciélago. «¿Así o más puta?» pregunté en voz alta, girando para mostrarle el conjunto negro de encaje que apenas cubría mis pezones y el tanga que desaparecía entre mis nalgas. Mi esposo, apoyado en el marco de la puerta con una cerveza en mano, tragó visiblemente. «Perfecta», murmuró mientras su mirada recorría cada centímetro de mi piel brillante bajo la luz neón.
El taxi nos dejó frente a un edificio discreto en el barrio industrial, la fachada de concreto sin ventanas sólo interrumpida por una puerta negra con un gorila de brazos cruzados. Mi tacón de aguja se hundió en el asfalto cuando bajé, sintiendo cómo las miradas de los transeúntes se pegaban a mis piernas desnudas. «Aquí es donde los sueños cochinos se hacen realidad, cariño», susurró mi esposo al oído mientras su mano descendía para pellizcarme un cachete. El portero nos dejó pasar con un guiño, y la música techno nos envolvió al instante, golpeando en el pecho como un segundo latido.
Me sorprendi del lugar, muchas luces, y en fondo se alcanzaba a ver un pasillo con vsrias puestar, al llegar fuimos a una mesa y no perdi el tiempo para bailar y llamar la antencion, a todo momento se me acercaban hombres y me invitaban a bailar, pero yo sabia a que venia y los rechazaba con una sonrisa.
Al cabo de unas horas de bailar y tomarme unos tragos, un hombre alto y musculoso color oscuro se acerco a mi esposo y le ofrecio algo, yo simulando no verlos me acomode el escote y baje las cintas de mi vestido dejando ver mis pechos pequeños pero firmes, al voltear vi que mi esposo le daba algo al hombre y este se dirigio hacia mi con una sonrisa maliciosa. «¿Bailas?» me dijo con voz gruesa mientras su mano enorme descendia hacia mi cintura. Asenti sin decir palabra, sintiendo como su calor me envolvia al ritmo de la musica. Su pelvis se pegaba a mi trasero con cada movimiento, y yo dejaba que mis manos exploraran sus biceps duros como piedra.
Mi esposo solo me observaba desde su lugar, con unos ojos de orgullo y deseo que nunca antes le había visto. El hombre negro—mucho más alto que yo—me tomó de la cintura con una mano y con la otra levantó mi pierna, envolviéndola alrededor de su cadera como si fuera natural. «¿Te gusta esto, princesa?» susurró contra mi cuello mientras su gruesa erección presionaba contra mi tanga. No necesité responder; el gemido que salió de mis labios fue suficiente.
El ritmo de la música se aceleró, y con ella, sus movimientos. Sus manos recorrían mi cuerpo como si ya me conocieran, deteniéndose en mis caderas para apretarme contra él con más fuerza. Sentía cómo la tela de mi vestido se levantaba poco a poco, dejando al descubierto más piel, más de lo que había mostrado en público alguna vez. Cuando miré hacia mi esposo, tenía la cerveza suspendida a medio camino de su boca, completamente hipnotizado.
Estuvimos bailando y platicando como por 20 minutos, hasta que el negro me dijo «quieres algo más privado», volteé a ver a mi esposo y me hizo señas de que si. Asentí con la cabeza y nos dirigimos hacia un pasillo donde había varias puertas.
Al entrar a la habitación mi corazón latía tan fuerte que casi podía escucharlo, detrás de nosotros estaba entrando mi esposo y se sento en el sofa crusando las piernas, el negro me volteo hacia el y me empujo contra la pared con tanta fuerza que el cuadro de un barco se cayó al suelo. Su aliento caliente recorrió mi cuello mientras sus manos enormes deslizaban las tiras de mi vestido hasta dejarlas colgando en mis codos. «Te voy a romper, putita», gruñó contra mi piel mientras sus dedos hundían en la carne de mis caderas como si fuera masa.
El primer contacto de su boca en mis pezones me hizo arquear la espalda, chocando contra el espejo que cubría toda la pared. Entre jadeos, alcancé a ver el reflejo de mi esposo inclinándose hacia adelante, la mano ahuecando la protuberancia en su pantalón mientras nos observaba. El negro me giró bruscamente, pegando mi vientre contra la pared fría mientras sus rodillas separaban las mías. Sentí el roce de su jeans contra mis nalgas, seguido del sonido metálico de un cinturón siendo desabrochado con urgencia.
Cuando su verga me golpeó por primera vez, un gemido ronco escapó de mi garganta. Era más gruesa que cualquier cosa que hubiera sentido, la piel oscura brillando bajo las luces rojas del cuarto mientras él la frotaba entre mis labios ya empapados. «Mírala», le ordenó a mi esposo mientras me agarraba de las caderas, «mira cómo tu mujercita abre las nalgas para mí». El sonido de su voz vibró en mi columna cuando finalmente empujó hacia adentro, llenándome de un solo movimiento que me hizo ver estrellas.
El dolor inicial se mezcló con un placer tan intenso que mis rodillas casi cedieron. Sus manos me sostenían contra la pared mientras comenzaba a moverse, cada embestida más profunda que la anterior. Mis uñas arañaron la superficie fría del espejo, dejando marcas húmedas que desaparecían tan rápido como aparecían. «Dios, es enorme,» gemí, sintiendo cómo cada pulgada de él estiraba mis límites.
Desde el sofá, escuché el roce de la tela cuando mi esposo finalmente se desabotonó los pantalones. Sus ojos no me abandonaban ni por un segundo, y en el reflejo borroso del espejo, vi cómo su mano se cerraba alrededor de su propia erección, moviéndose al mismo ritmo salvaje que el negro marcaba contra mis caderas. «Así, dale duro,» le animó mi esposo con voz ronca, y el negro respondió con una carcajada gutural antes de agarrarme de los brazos y voltearme bruscamente para enfrentarlo.
Ahora podía verlo todo—su torso sudoroso, los músculos tensándose con cada movimiento, la forma en que sus ojos oscuros devoraban cada sacudida de mis pechos. Me levantó como si no pesara nada, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura antes de empujarme contra la pared de nuevo. Esta vez, sin advertencia, me hundió hasta el fondo con una embestida que me hizo gritar. «Grita mas fuerte» que todos escuchen lo puta que eres,
Me tiro en la cama y me abrio las piernas dejando ver como mi pequeña vagina se comia un tronco negro como si fuera nada, mientras mi esposo se masturbaba viendonos y grabando todo con el celular. «Mira como te gusta, zorrita», gruñó el negro mientras sus manos agarraban mis muslos con fuerza, separándolos aún más. Cada embestida suya sacaba un sonido húmedo de mi cuerpo, mezclado con mis gemidos cortos y agudos.
El espejo del techo reflejaba la escena completa—mi piel pálida contrastando violentamente contra la suya, mi pelo revuelto como un halo oscuro sobre las sábanas arrugadas. Sentí sus dedos en mi clítoris, frotando círculos rápidos que me hicieron arquearme como un arco. «No… no puedo…», balbuceé, pero él solo rio y aumentó el ritmo, sus caderas chocando contra las mías con una fuerza que hacía temblar la cama.
Sentia como sus testiculos golpeaban mi trasero, con cada golpe de su verga sentia que mi mente quedaba en blanco, los gemidos salian de mi garganta sin pensar, el negro jadeaba sobre mi cuello mientras sus manos me sujetaban fuerte para darme mas duro. Desde el sofa escuche como mi esposo se masturbaba mas rapido mientras nos veia.
El negro me volteo de nuevo, esta vez quedando de espaldas sobre la cama, el se paro al borde y levanto mis piernas sobre sus hombros. «Abre bien puta» gruño mientras se acomodaba y sin previo aviso hundio su miembro de nuevo en mi, esta vez mas profundo que antes. Grite como nunca, mis uñas se clavaron en las sabanas mientras sentia como su grosor estiraba mis limites.
«Eso es, gritale a todo el club lo puta que eres» dijo mi esposo mientras se levantaba del sofa y se acercaba, su verga erecta en mano. El negro no disminuia el ritmo, cada embestida hacia que mi cuerpo rebotara sobre el colchon. De pronto senti como era levantada como una muñeca de trapo, mis piernas temblorosas colgando en el aire mientras el negro me sostenia contra su pecho sudoroso, sentia como su verga llegaba a lo mas prfundo de mi ser mientras mis brazos se enredaban en su cuello para no caer.
Sentia que me iva partir en dos, el hombre me ensartada su vergota dentro de mi, mis piernas al aire y yo gritando de placer mientras mi esposo se masturbaba mirando y grabando todo con el celular. El negro gruñía contra mi cuello, sus dientes mordiendo mi piel cada vez que hundía su miembro hasta el fondo. «Mira cómo te gusta, blanca», jadeó mientras una de sus manos descendía para agarrarme de la garganta, no con fuerza, pero suficiente para hacerme sentir dominada. Mis ojos se fueron hacia mi esposo, viendo cómo su mano se movía frenéticamente sobre su propia verga, sus labios entreabiertos en un gemido silencioso.
El ritmo se volvió caótico, ya no era un vaivén medido sino embestidas brutales que hacían que mi cuerpo se sacudiera como un muñeco. Cada vez que el negro me empujaba su miembro, podía escuchar el ruido húmedo de nuestros cuerpos chocando, mezclado con mis gritos que ya no podía controlar. «Dios, Dios, Dios—», repetía como un mantra, mis uñas clavándose en sus hombros mientras sentía cómo algo se tensaba en mi vientre, una presión que crecía con cada empujón. El negro lo sintió también, porque su respiración se volvió más entrecortada, sus gruñidos más guturales. «Vas a venirte, puta?», preguntó con voz áspera, y yo solo pude asentir frenéticamente, demasiado perdida en la sensación para articular palabras.
Fue entonces cuando mi esposo se acercó, su verga erecta y brillante de precum en la mano. Sin decir una palabra, el negro me bajó bruscamente de su agarre y me arrodillé frente a mi esposo, abriendo la boca instintivamente. Mientras el negro continuaba empujando desde atrás, yo me tragaba la verga de mi marido, sintiendo cómo el sabor salado llenaba mi boca. Era una imagen grotesca y perfecta—mi cuerpo siendo utilizado por ambos hombres, mi boca llena, mi vagina estirada hasta el límite. El negro agarro mis caderas con más fuerza y aceleró el ritmo, sus golpes haciéndome tambalear hacia adelante y hacia atrás sobre la verga de mi esposo.
Senti como mi vientre se llenaba de la misma forma sentia como me venia dentro el negro gruñendo como un animal salvaje, sus manos apretando mis caderas como tenazas mientras descargaba en oleadas calientes que me hacian temblar. Mi boca se llenó del sabor salado de mi esposo justo cuando él también gemía, su semilla brotando en chorros que apenas podía contener, tragando rápido mientras los dos hombres usaban mi cuerpo como su juguete.
El negro se apartó primero, su respiración aún pesada mientras su miembro, ahora flácido pero brillante de nuestros fluidos mezclados, se deslizaba fuera de mí con un sonido húmedo que me hizo ruborizarme. Mi cuerpo cayó hacia adelante, agotado, solo para ser sostenido por mi esposo, cuyas manos temblorosas me acomodaron sobre el borde de la cama. «Mírate», murmuró con voz ronca mientras pasaba un dedo por mis muslos empapados, mostrándome el líquido blanco que goteaba de mí. «Tan llena de él…».
El negro se vistió rápidamente, arrojándome un paño húmedo que aterrizó sobre mi vientre. «Buena puta», dijo con una sonrisa que mostraba todos sus dientes blancos, antes de desaparecer por la puerta sin más ceremonia. El silencio que dejó fue repentino, solo roto por los jadeos de mi esposo y los míos propios.
Mi vagina la sentía llena, queria que toda esa leche caliente se mantenga dentro de mi, me acosté boca arriba con las piernas en alto apoyadas en la pared, mientras mi esposo me miraba con ojos oscuros de lujuria. «No te muevas», ordenó mientras se acercaba con el celular todavía grabando, enfocando la cámara en donde su semen y el del negro se mezclaban al salir de mí. El flash del teléfono iluminó mi piel pegajosa, capturando cada detalle obsceno.
Desde el suelo, donde mi vestido negro yace arrugado como un pellejo vacío, sonó mi teléfono. Era el negro, había guardado su número bajo el nombre «Tyson». El mensaje decía sólo dos palabras: *Hasta pronto.* Mi esposo leyó la pantalla antes de que pudiera reaccionar, y en lugar de molestia, una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. «Le gustaste», murmuró mientras sus dedos manchados de mi propio lubricante trazaban círculos perezosos en mi muslo interno.
El camino a casa fue un silencio cargado, mis tacones colgando de mis dedos mientras cojeaba levemente, sintiendo aún el peso de Tyson en cada paso. El taxista disimulaba miradas por el retrovisor, hacia mis piernas desnudas y mi pelo revuelto. Mi esposo lo notó y, en lugar de enojarse, deslizó una mano bajo mi minifalda para acariciar mi pubis hinchado, sus dedos encontrando todavía humedad. «Te queda bien», susurró contra mi oreja mientras el conductor ajustaba el espejo con mano temblorosa.
Aun sentia toda la leche del hombre dentro de mi, me fui directo al baño, apenas cerré la puerta y me apoyé contra el lavabo, el espejo reflejaba mi rostro congestionado, el rímel corrido y los labios hinchados. Las luces fluorescentes hacían brillar las marcas de mordiscos en mis hombros, moretones violáceos que contarían la historia mejor que cualquier palabra.
El agua fría del grifo me hizo estremecer al limpiarme entre las piernas, el líquido blanco mezclándose con el agua antes de desaparecer por el desagüe. Cada roce de la toalla enviaba pequeñas descargas de placer residual a través de mi cuerpo exhausto. Desde la puerta, escuché el sonido de la cremallera de los pantalones de mi esposo bajando. «No terminamos», murmuró mientras sus manos me agarraban de las caderas, girándome bruscamente hacia él.
Su erección todavía estaba roja e hinchada, la piel tensa y brillante. No hubo preliminares esta vez—me levantó sobre el lavabo y entró en mí con un solo movimiento que me hizo arquear la espalda contra el espejo empañado. «Te vi», jadeó contra mi cuello mientras comenzaba a moverse, cada embestida empujándome contra la superficie fría, «te vi cómo te abriste para él como una puta barata».
«Tuviste suficiente o quieres mas?» Me dijo mientras me cojia en el baño, sus manos marcando mi piel donde Tyson me habia dejado moretones. El espejo a mis espaldas reflejaba nuestra imagen distorsionada—su cuerpo sudoroso pegado al mio, mis piernas enroscadas alrededor de su cintura como enredaderas, el maquillaje corrido dandome aspecto de farsante. «Quiero mas,» jadee, clavando las unas en sus hombros cuando aumento el ritmo, sintiendo como su verga rozaba zonas sensibles que Tyson habia dejado hipersensibles.
Nos derrumbamos en la cama matrimonial, las sabanas todavia arrugadas de la mañana, impregnadas ahora del olor a sexo sudado y loción barata de motel. Mi esposo me volteó boca abajo sin ceremonia, sus manos separando mis nalgas doloridas para observar el rojizo alrededor de mi ano. «La próxima que utilizen este agujero tambien».
Estabamos en la cama cuando llego un mensaje de Tyson, me mndo un video de como me cogio y yo gritaba como loca pidiendo mas. Mi esposo lo vio y se puso como bestia, me agarro de las piernas y me abrio como un libro, metiendose de golpe mientras gruñia: «Quien te hace venir mas, el o yo?».
Las palabras se atragantaron en mi garganta cuando sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, frotando en círculos rápidos mientras su verga me llenaba por detrás. El video seguía reproduciéndose en el teléfono abandonado a un lado de la almohada, mis propios gemidos de horas antes mezclándose con los nuevos. «Contesta!», ordenó dándome una palmada en la nalga que resonó en la habitación.
«El» le repondi, mientras llego otro mensaje que decia que si kos podíamos ver el proximo fin de semana . Mi esposo rio bajo y me volteo a ver, sus ojos brillando con esa mezcla de celos y excitación que tanto me encendía. «Te voy a castigar por esa respuesta,» murmuró mientras me agarraba de las muñecas y las inmovilizaba contra la almohada, su cuerpo pesado sobre el mío como un yunque de deseo.
El video seguía reproduciéndose en el teléfono cerca de mi cabeza, mis propios gemidos sincronizándose extrañamente con los que escapaban ahora de mis labios. Sentí sus dientes clavándose en mi hombro, marcándome de nuevo justo al lado de donde Tyson había dejado su huella. «Míralo,» me ordenó mientras giraba mi cabeza bruscamente hacia la pantalla, «mírate cómo te gusta, puta.» En la grabación, mis ojos aparecían vidriosos, mi boca abierta en un grito silencioso mientras mi cuerpo se sacudía bajo los embates del negro.
Mi esposo agaro mi teléfono y le repondio que «si pero que llevara a otro amigo», mientras gruñia en mi oido «quiero verte empalada con dos negros». El sonido del mensaje enviándose coincidió con una embestida particularmente brutal que me hizo gritar, mis caderas levantándose del colchón como si buscaran más.
Las sábanas se habían enredado alrededor de mis tobillos, restringiendo mis movimientos hasta el punto donde solo podía arquearme hacia atrás, tomando cada empujón con gemidos entrecortados. «¿Te imaginas?», susurró mi esposo mientras deslizaba una mano bajo mi vientre para encontrarme empapada otra vez, «dos vergas negras rompiéndote al mismo tiempo». Sus palabras me hicieron contraerme alrededor de él involuntariamente, un nuevo orgasmo sorpresa sacudiéndome como una descarga eléctrica.
Imaginar ahora 2 vergar estirandome hasta casi romperme me moje mas de lo que ya estaba, mis gemidos se hicieron mas altos y mis ojos se fueron al techo cuando senti el orgasmo mas fuerte de mi vida, todo mi cuerpo se sacudio como si me hubieran dado corriente.
Mi esposo se bajo de mi y se acomodo a mi lado, tomando el telefono para responderle a Tyson. «La puta dice que si, pero quiere que lleves a tu amigo mas grande.» Sentí cómo el aire frío de la habitación rozaba mi piel húmeda, los músculos de mis muslos todavía temblorosos. «Dios…», murmuré, arrastrando las palabras mientras intentaba recuperar el aliento. Mi esposo giró hacia mí, sus ojos oscuros escaneando cada centímetro de mi cuerpo destrozado. «Te queda bien», susurró mientras su dedo trazaba un camino desde mi cuello hasta el lugar donde nuestros fluidos se mezclaban entre mis piernas.
Esto será historia de otro dia, no se imaginara como me dejaron.


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