Mi madre y mi nuevo amigo
mi madre se sintió atraída por mi nuevo amigo y se volvió su puta.
Me llamo Braulio. Tengo 19 años y vivo con mis padres. Mi papá se llama Carlos, es abogado y siempre anda con sus trajes planchaditos, de esos que ni se entera de lo que pasa en casa. Vivo en una zona privada, soy hijo único, soy gordo, uso anteojos y soy adicto a las películas de fantasía, a los videojuegos y al anime. Incluso veo hentai… pero eso sí, a escondidas.
Mi mamá… Mónica, uff, esa sí que es otra historia. Aunque solo tiene 38 años, tiene un cuerpo muy delicioso. Siempre he fantaseado con ella, e incluso me gusta espiarla cuando nada en la piscina de la casa usando unos bikinis que dejan poco a la imaginación. Es de estatura media, pero con unas curvas que no perdonan: un trasero respingón, como dos pelotas bien apretadas que se nota hasta cuando usa vestidos holgados. Tiene la cintura fina, de esas que se le marca aunque esté sentada, pero enseguida se le abren las caderas anchas, como si fueran hechas para cargar hijos (aunque solo soy yo). Sus piernas son torneadas, de piel blanca que se le ve exquisita incluso con las medias de nailon que usa para trabajar.
Pero lo que más me mata son sus tetas: grandes, firmes, paradas como si fueran de silicona, pero naturales, ¡claro que sí! Tiene el pelo negro ondulado que le llega a los hombros, y sus ojos cafés oscuros, grandes y almendrados, que te miran como si supieran todos tus secretos, especialmente cuando te pilla viéndole el cuerpo sin querer… como a mí me ha pasado más de una vez.
Una tarde, estaba sentado en el andén frente a mi casa, mordiéndome las uñas mientras miraba el reloj por enésima vez. El paquete urgente de figuras de un anime de superhéroes se retrasaba, y ya llevaba 20 minutos ahí, con el sol pegándome en la nuca. Fue cuando escuché una voz:
—Oye, ¿en serio te gusta esa serie? —dijo un chico delgado, con playera de manga corta que dejaba ver sus brazos marcados. Señalaba mi camiseta del protagonista, medio desteñida por tantas lavadas.
—Ah… sí. Es… es mi favorita —respondí, ajustándome los anteojos.
Se sentó a mi lado, aunque yo ni le había ofrecido espacio.
—Me llamo Esteban —dijo, dándome la mano.
Y ahí comenzamos a hablar de la serie. Fue la primera vez que conversaba con alguien de forma tan natural, sin sentir que me juzgaban por ser gordo o por mis gustos. Estábamos en eso cuando llegó el repartidor. Me entregó la caja, y al abrirla, saqué una figura:
—¿Mira? Es una edición limitada de la serie… —dije, orgulloso, pero al levantar la vista, él ya se paraba.
—Oye, ¿quieres pasar a ver el resto? Tengo más… —solté de golpe, como si no pudiera controlar mi boca.
—Me encantaría, pero voy tarde a entrenar —respondió. Intercambiamos contactos, y desde ese día empezamos a ser buenos amigos. Incluso hablábamos por mensajes sobre la serie, y fue ahí que me contó que practicaba natación y participaba en eventos.
Un dia, le dije:
—En mi casa hay piscina. Podrías venir a nadar y de paso ver mi colección completa.
Aceptó. Ese día, mi papá se fue a jugar pádel con sus conocidos, y solo estábamos mi mamá y yo. Cuando Esteban llegó, ella ya estaba en la piscina, como era su costumbre. Pasamos por el borde del agua para entrar a la casa, y ahí estaba ella: con un bikini blanco que apenas cubría sus pezones y su entrepierna.
El agua resbalaba por su piel blanca como si fuera miel, colándose entre los valles de sus tetas, que rebotaban duro y firme con cada movimiento. El top del bikini era tan ajustado que, al mojarse, se volvió transparente, dejando ver los pezones y erectos, como dos cerezas que luchaban por salirse de la tela. Las tiras laterales del bikini bottom eran tan delgadas que casi desaparecían entre sus nalgas, y el triángulo frontal apenas tapaba el bulto suave de su pubis, con un hilo que se enterraba en su rajita cada vez que caminaba.
Esteban la saludó:
—¡Hola! Buen día, es un placer. Soy Esteban.
Mi mamá salió de la piscina, el agua goteando por sus muslos torneados.
—Hola, ¿eres amigo de mi hijo? —preguntó, sorprendida.
—Sí, nos conocimos hace poco, pero nos llevamos bien. La verdad, lo considero un amigo —respondió Esteban, sin quitarle los ojos de encima.
Yo, parado ahí, sentí un nudo en el estómago. ¿Por qué la mira así? Pero al mismo tiempo… Me alegró que dijera que éramos amigos. Nadie había dicho eso antes.
Mamá sonrió, ajustándose el bikini mojado. Sus dedos se deslizaron por los laterales del top, subiendo un poco la tela para tapar lo que ya todos habíamos visto.
—Qué bueno que Braulio tenga compañía. Hace mucho que no lo veo tan… animado.
Y mientras ella se alejaba hacia un camastro, el agua seguía escurriéndose por sus nalgas.
Noté que Esteban no dejó de mirarle el trasero, incluso cuando ya estaba dentro de la casa.
—Tu mamá es… genial —murmuró, dándome un codazo.
—Sí… es modista —respondí, incómodo, pero también orgulloso.
Entramos, y por primera vez en mi vida, no me sentí solo. Aunque, mientras mostraba mis figuras a Esteban, no podía dejar de pensar en cómo el agua se le escurría por las tetas a mi mamá… y en que él también lo había visto.
Carajo, pensé, ajustándome los anteojos para ocultar mi erección. ¿Por qué esto me excita tanto?
Después de enseñarle mi colección, Esteban se puso su traje de baño y yo hice lo mismo. Al bajar a la piscina, mi mamá seguía recostada en el camastro, pero al vernos, se levantó de un salto.
—¡Wow, Esteban! Se ve que eres muy atlético —dijo, acercándose a él. Sus ojos recorrieron su torso, y sin previo aviso, su mano derecha se posó sobre el pecho de Esteban, deslizándose despacio hacia abajo hasta su abdomen marcado.
—¿En serio? Practico natación competitiva… por eso el cuerpo —respondió él, sonriendo con esa confianza que yo nunca tendría.
—¡Cuéntame más! —exclamó mamá, sin quitarle la mano de encima.
Yo, parado al borde de la piscina, me sentí invisible. Mis antojos se empañaron mientras los veía hablar tan cerca, sus cuerpos casi rozándose. De repente, mamá se lanzó al agua:
—¡Venga, Esteban! Enséñame cómo se nada como los campeones.
Él saltó detrás de ella, y al sumergirse, sus brazos rodearon su cintura para «corregir su postura». Pero no se detuvo ahí: sus manos bajaron, rozando sus nalgas bajo el agua, mientras ella reía como si fuera normal.
—Así… relaja el cuerpo, Mónica —murmuró Esteban, su boca cerca de su oreja, pero sus manos ya estaban en sus muslos, subiendo y bajando como si exploraran.
Yo, paralizado en el borde. Esteban la giró para «enseñarle el estilo libre».
Carajo, pensé, mi polla dura como piedra contra el traje de baño. ¿Por qué él sí puede tocarla y yo solo soy un simple espectador? Pensé.
De pronto, mamá me miró. —¿Vas a quedarte ahí, Braulio? ¡Entra a nadar! —gritó
Me lancé al agua, pero el frío no apagó mi excitación. Bajo la superficie, vi cómo Esteban seguía acariciando a mamá, sus dedos deslizándose entre sus piernas, y ella dejándolo hacer.
Me quedé ahí, en la esquina de la piscina, viendo cómo mi mamá salía del agua solo para sentarse en la orilla, lo devoraba con la mirada.
—Hey, tu mamá es muy divertida —me dijo Esteban al pasar junto a mí.
Seguimos nadando un rato, pero ya no era lo mismo. Yo solo miraba, como siempre, mientras ellos se reían, se lanzaban agua, se rozaban sin vergüenza. Hasta que Esteban salió, diciendo que se hacía tarde. Mi mamá corrió a buscarle una toalla, sus tetas rebotando libres bajo el top mojado, y cuando él subió a cambiarse, ella se recostó otra vez en el camastro, mordiéndose el labio inferior como si estuviera pensando en algo sucio.
Cuando Esteban bajó, ya vestido, mi mamá se levantó de un salto:
—Espera, Esteban… pásame tu contacto —dijo, tomando su celular de una mesa con una sonrisa que nunca le había visto.
Él sonrió, mientras intercambiaban mensajes, ella le abrazó, sus tetas aplastándose contra su pecho atlético, y le dio un beso en la mejilla.
—Cuando gustes, esta es tu casa. Ven más seguido, ¿vale? —dijo.
—Claro, trataré de venir cuando pueda —respondió él, guiñándole un ojo antes de irse.
Yo lo acompañé a la puerta, pero en el camino:
—Oye, amigo… tu mamá sí que es … —dijo, moviendo las cejas, pero no terminó la frase y se fue sonriendo.
Al volver, mi mamá seguía en el camastro,
—¿Oye Esteban es un chico genial, no crees? —preguntó, sin mirarme.
—Sí… es muy… atlético —logré decir, ajustándome los anteojos para que no viera cómo mi mirada se clavaba en su cuerpo.
De pronto, se giró hacia mí:
—¿Sabes? Me recordó mucho a un novio que tuve a tu edad. Juguetón, divertido con mucho potencial.
—¿Potencial? —tragué saliva, sintiendo que mi polla se hinchaba otra vez.
—Sí —sonrió, acercándose—. Algún día lo entenderás. dijo
Sus dedos rozaron mi brazo, y por un segundo, pensé que iba a abrazarme. Pero en vez de eso caminó hacia la casa.
Subí a mi habitación, mi traje de baño ajustado por la erección, y apenas cerré la puerta, me lancé a la cama. Mis manos temblorosas bajaron el elástico, y mientras me masturbaba pensaba y me imaginaba follando a mi mamá mientras Esteban nos miraba, cuando terminé pensé ¿Por qué no fui yo quien la tocó? ¿Por qué no fui yo quien la hizo reír así?.
Los días siguientes, mi mamá no dejó de mirar el celular ni un segundo. Incluso cuando mi papá estaba sentado frente a ella en la cena, sus dedos volaban por la pantalla, escribiendo con esa sonrisa rara.
Lo que más me jodió —pero al mismo tiempo me excitó— fue ver cómo se tomaba fotos y se las mandaba a Esteban. Si estábamos en el supermercado, se paraba frente al espejo de los probadores y clic, ahí iba una selfie con su mejor ángulo. Si estaba en la piscina, se agachaba, asegurándose de que la cámara captará hasta el último centímetro de su trasero.
Una noche, mientras cenábamos, mi papá le preguntó:
—¿Quién te tiene tan entretenida, Mónica?
Ella ni siquiera levantó la vista:
—Es del taller de modistería… cotizaciones, ya sabes.
Pero yo sabía. Sabía que era Esteban.
Al día siguiente, recibí un mensaje suyo:
—¡Oye, amigo! Ya va a salir la película de la serie que nos gusta. ¿Vamos?
Tomé mi celular y respondí, emocionado:
—¡Sí! Ya la vi en cartelera. ¿Vamos el sábado? pregunte
—Claro, te veo ahí. respondió Esteban
El sábado, ya listo para salir, llegó el golpe:
—Amigo, lo siento, no podré ir. Me salieron otros planes. Pero ve tú y tráeme algún souvenir.
Me quedé ahí, parado frente al espejo, mi camiseta de anime recién planchada, sintiéndome como el gordo de siempre al que nadie toma en serio. Aún así, fui solo. Compré figuras, posters, incluso un llavero para él, como si eso pudiera compensar que no estuviera ahí. Al salir, di una vuelta por el centro comercial, comí solo en un restaurante, y cuando regresé a casa, ya era de noche.
El carro de mi papá no estaba. debió haber salido con algún conocido, pensé. Al acercarme a la piscina, vi las copas de vino sobre la mesa, la botella abierta, y unas toallas arrugadas tiradas en el suelo, como si alguien hubiera estado ahí…
Cuando entré al recibidor, choqué de frente con Esteban, que salía apurado.
—¡Hola, Braulio! —dijo, frotándose la frente donde nos golpeamos.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, ajustándome los anteojos.
—A nada… solo vine de paso. Quería verte, ya sabes, me sentí mal por no ir al cine —respondió, pero sus ojos no me miraban a mí.
Fue entonces cuando la vi: mi mamá bajando las escaleras, solo con una toalla cubriéndole el cuerpo, el pelo mojado pegado a sus hombros.
—Hijo, ¿cómo te fue? —preguntó, pero su voz temblaba.
—Bien… estuvo bien —murmuré, notando cómo sus dedos jugueteaban con el borde de la toalla, como si estuviera nerviosa.
Esteban, incómodo, se despidió:
—Bueno, amigo, debo irme. Te escribo luego.
—Oye, ten —dije, dándole el souvenir que le había comprado—. Es para ti.
Él lo tomó sin mirarlo.
—Gracias, amigo.
Cuando cerró la puerta, mi mamá y yo nos quedamos solos. El aire olía a su perfume, ese que usa solo los días especiales, ella se marchó a su habitación.
Me subí deprisa a mi habitación tambien, pero antes pasé al baño. El piso estaba mojado, las paredes empapadas, el espejo aún empañado como si alguien se hubiera duchado ahí hace minutos. Estaba orinando cuando mis ojos se clavaron en el lavamanos: una caja de condones abierta, medio escondida detrás del jabón. ¿Qué mierda?
Bajé la mirada al bote de basura. Dos condones usados, arrugados, con restos de líquido pegados a la goma. ¿Mi papá y ella? Traté de convencerme: Sí, seguro fue mi papá. Él se bañó se follo a mi mamá y luego se marchó por eso no estaba su carro….
Mis manos temblaron al agarrar el borde del lavamanos. El espejo empañado reflejaba mi cara, mis antojos empañados por el vapor. ¿Fue Esteban? ¿Aquí? ¿En este baño?
Recordé cómo mi mamá bajó las escaleras solo con la toalla, cómo Esteban salió nervioso, cómo las toallas en la piscina estaban arrugadas. No fue mi papá. Fue él. Fue ella. Fue aquí.
—No… no puede ser —murmuré, pero mi mano ya estaba bajando la bragueta. No me importó Mis dedos rodearon mi erección, frotando rápido ¿Como la follo? ¿En qué posición? Cada pregunta me hacía mover la mano más rápido, hasta que el semen salpicó el piso mojado, mezclados con el agua del suelo.
Pasó una semana. Ni Esteban me escribió, ni yo a él. Pero ella y él sí. Mi mamá no soltaba el celular ni para comer. Una tarde, mientras ella se duchaba, entré a su habitación como un ladrón. Su celular estaba sobre la cama, la pantalla encendida abrí los mensajes y vi el chat de Estaban donde vi varias fotos de ella, fotos de sus dedos metidos en su rajita, mojada, abierta y un video: 3 segundos donde se veía su mano masturbándose, gimiendo.
Pero lo que me dejó helado fueron los mensajes:
Esteban: «¿Cuándo me dejas probarte otra vez?»
Mamá: «Cuando quieras, papi. Sabes que estoy para ti. Solo ven cuando no esté mi esposo ni Braulio.»
Esteban: «Tu esposo no es problema. Por Braulio tampoco.»
Mamá: «El viernes mi esposo sale de la ciudad. me vas a tener para ti todo el fin de semana.»
—Carajo… —dije con rabia. ¿»Por Braulio tampoco es problema»? ¿Acaso creían que yo era invisible? ¿Que no me daría cuenta de que ella se abría para él como una puta barata?
De pronto, escuché el agua de la ducha detenerse. Dejé el celular donde estaba y salí corriendo, pero al salir de la habitación, ella ya estaba ahí, envuelta en una bata, mirándome.
—¿Buscabas algo, Braulio? —preguntó, con su voz suave.
—N-no… solo… —balbuceé.
—¿Sabes? —se acercó, su mano rozando mi brazo—. A veces es mejor no meterse donde no te llaman.
Pero antes de que pudiera responder, su dedo índice se clavó en mi pecho, empujándome a un lado.
—Vete a tu habitación, hijo —dijo, y cerró la puerta.
El viernes.
Mi papá salió temprano, como siempre. Yo fingí que había ido al colegio, pero en vez de eso, me quedé escondido en el garaje, con mi celular en mano. A las 2 PM, escuché el timbre.
Desde lejos, vi cómo mi mamá lo recibía en la puerta, vestida solo con un vestido corto, sus tetas rebotando libres sin sostén.
—¡Llegaste temprano! —exclamó, riendo, mientras él la empujaba contra la pared, sus manos ya bajo su falda.
—No aguantaba más —dijo Esteban, su boca en su cuello.
—¿Y Braulio? —preguntó, sin dejar de tocarla.
—En el colegio —respondió mamá, sus dedos desabrochándole el pantalón. sacando su polla dura, y ahí, frente a mí, la hizo arrodillarse.
vi cómo sus labios se cerraban alrededor de su verga, cómo sus tetas rebotaban mientras él la agarraba del pelo. ¿Así es como lo hacen? ¿Así es como ella se entrega él? pensé.
Ella siguió chupando el pene de Esteban, sin detenerse, sus movimientos constantes de cabeza subiendo y bajando como si fuera su trabajo. Sus dedos se clavaron en sus caderas, intensificando las chupadas, mientras gemía:
—¡Dámelo, papi! ¡Quiero saborearte en mi boca!
Y entonces, Esteban la tomó de los cabellos, empujando su polla hasta el fondo, hasta que ella tosió al sacársela, pero al instante volvió a tragarla, más rápido, más profundo, como si necesitara probarlo todo.
—¡Trágatelo, puta! —dijo él, sus caderas empujando sin piedad, y cuando se corrió, ella no se apartó. Sus mejillas se hinchaban con cada chorrazo, sus ojos cerrados, tragando como si fuera miel.
Cuando terminó, se levantó, su boca brillando por el semen, y tomó a Esteban de la mano:
—Ven, vamos adentro… esto merece un brindis.
Entraron al recibidor, donde ella sacó una botella de vino y dos copas, mientras esteban dejaba una mochila que traía en el suelo. Brindaron, sus risas llenando la casa vacía, hasta que mamá dijo:
—Deja, voy por los condones.
Pero Esteban la detuvo, agarrándola de la cintura:
—No. Quiero hacértelo a pelo. Sin nada.
Ella rio, sus dedos jugueteando con el borde de su vestido:
—Sabes que no podemos, papi… ¿qué vas a hacer si me preñas?
Él sonrió, apretando sus nalgas:
—Esa es la idea.
—¿Cómo? ¿Eres un travieso? —preguntó, pero su voz no sonaba enojada. Al contrario.
—Bueno… no estaría nada mal —susurró, riendo como una adolescente, yo solo escuchando, deseando ser yo quien la penetrara.
Me quedé en las sombras, mi mano ya dentro del pantalón, masturbándome.
Vi cómo ella comenzó a desvestir a Esteban, sus dedos desabrochando cada botón de su camisa, mientras él hacía lo mismo con su vestido. La tela cayó al suelo, ella desnuda, sus tetas firmes rebotando libres, su rajita mojada brillando bajo la luz del recibidor; él desnudo, su polla dura como una barra de acero, apuntando directo a su entrepierna.
Se besaron como si el mundo se fuera a acabar, sus lenguas chocando, sus manos recorriéndose sin prisa. Pero lo que más me mató fue ver cómo ella masajeaba su polla, subiendo y bajando, como si fuera su juguete favorito.
—¿Te gusta cómo se siente, papi? —dijo, mordiéndose el labio mientras él la empujaba contra la barra.
—Mejor cuando esté dentro de ti —dijo Esteban, abriendo sus nalgas de ella como si fueran un libro, él bajó la cabeza, chupó y lamió la vagina de ella
—¡Sí, papi! ¡Cómeme el coño entero! ¡No pares! —gritó ella, sus manos agarrando el borde de la barra. Sus piernas temblaban, y cuando él metió dos dedos en su coño entrando y saliendo rápidamente, ella se corrió, pegando un grito en seco mientras tenía espasmos expulsando chorros al suelo.
— ¡Me vine, me vine! —jadeaba diciendo, pero Esteban no se detuvo. Siguió chupando, hasta que ella, jadeante, lo empujó:
—¡Penétrame! ¡Quiero sentirte dentro!
Él se incorporó, su polla goteando, y la penetró de un solo empujón.
—¡Qué rico se siente tu pene dentro de mí, papi! —gritó ella, sus nalgas chocando contra las de él, el sonido de sus cuerpos clap-clap-clap llenando la casa.
—¡Sí, sí! ¡Así, mi niño! —gemía, sus manos agarrando la barra, mientras él la azotaba, cada empujón más fuerte, más profundo.
Pero de pronto, se la sacó.
—Chúpamela otra vez —ordenó, y ella, sin dudarlo, se arrodilló. Su boca se cerró alrededor de su polla, hasta que él la empujó hacia el sofá.
—Acuéstate —dijo Esteban, su voz de mando, y ella obedeció, abriendo las piernas como si fuera su dueño.
Él se acostó a su lado, de lado, y ella abrió más sus piernas, ofreciéndose como si fuera suya. De un empujón, se la metió por detrás, follando de cuchara, sus nalgas chocando contra sus caderas.
—¡Papi! ¡Quiero sentirte más profundo! —gimió, sus manos agarrando el brazo de Esteban, mientras él presionaba sus tetas.
Después de unos minutos ella se levantó de un salto, y frente a él, se subió sobre su polla, tomándola con una mano y guiándola dentro de sí misma.
El culo de mi mamá subiendo y bajando rápido, rebotando como si fuera una puta profesional. Sus tetas saltaban libres, sus pezones erectos, y Esteban, con las manos en sus nalgas, mientras ella subía y bajaba fuerte y más rápido.
—¡Gime, puta! ¡Gime como una hembra en celo! —ordenó, y ella obedeció, sus gritos llenando la sala:
—¡Sí! ¡Sí! ¡Más, papi, más!
Pero lo que más me excitó fue ver Esteban ponía en 4 a mi mamá sobre el sofá y comenzó a embestirla brutalmente con intensidad y fuerza, su coño se abría con cada embestida, el semen de Esteban escurría de la vagina de mi mamá bajando por sus muslos cuando él se corrió dentro de ella.
—¿Te gustó, puta? —preguntó Esteban, su voz agitada, y ella asintió—. Sí… pero quiero más.
La vi levantarse, tomar su copa de vino medio vacía, y jalar a Esteban de la mano hacia su habitación. Cerraron la puerta con llave, pero yo, como un maldito pervertido, me arrastré hasta el pasillo y me puse a escuchar detrás de la puerta. Al principio, solo escuché risas y susurros que no entendía: «¿En serio tu esposo no sospecha?», «Braulio es tan inocente…». Carajo, ¿hablaban de mí?
Pero una hora después, los susurros se convirtieron en gemidos. La cama empezó a golpear contra la pared, thump-thump-thump, como un metrónomo de puta. Imaginé cómo Esteban la azotaba, cómo ella abría las piernas para que él entrara más profundo, cómo sus tetas rebotaban mientras él la penetraba por detrás.
—¡Sí, papi! ¡Más fuerte! —gritó ella, y la cama golpeó más rápido. Carajo, ¿cómo no se cansa?
Pero luego de un tiempo llegó el silencio, escuché pasos acercándose a la puerta. Me escondí en mi habitación, apenas cerrando la puerta cuando la luz del pasillo se encendió. Ella salió desnuda, sus tetas firmes balanceándose, su coño mojado, con fluidos aun en sus muslos. En la mano llevaba su bikini amarillo con puntos negros, el mismo que usaba en la piscina.
—Preferiría que nos metiéramos desnudos a nadar —dijo Esteban, saliendo detrás de ella tomando su mochila sacó su traje de baño.
—No, papi… y si Braulio llega, ¿qué le decimos si nos ve desnudos? —respondió ella, recogiendo la ropa tirada en el suelo: su vestido, sus bragas etc.
Ella se puso el bikini, ajustando el top para que sus tetas se vieran más grandes, mientras Esteban se ponía su traje de baño.
—¿Lista? —preguntó él, dándole un azote en el trasero.
—Lista —río ella, y ambos se lanzaron a la piscina.
Para no causar sospechas, regresé al garaje y salí por ahí, simulando que acababa de llegar. Los vi a los dos nadando en la piscina como si nada.
—¡Hola, hijo! Llegaste temprano —dijo mi mamá, pero su voz tembló un poco.
—Te lo dije, podría llegar en cualquier momento —le susurró a Esteban, bajito, pero yo la escuché.
Esteban me saludó:
—¡Hola, amigo! Perdón si no te avisé, pero como no pude ir a practicar, le pedí a tu mamá si me dejaba venir a nadar aquí.
Hipócritas, pensé, mis ojos clavados en el bikini amarillo de mi mamá, —O… hola —logré decir, pero mi voz sonó rara, como si estuviera ahogándome. Mis antojos se empañaron, y en vez de saludarlos bien, me fui a mi habitación.
Esa noche, mi mamá dijo que se quedaría a dormir conmigo. Ya de madrugada, no podía dormir. El celular de Esteban se encendió, iluminando su cara. Escribió algo rápido, se levantó en silencio, pero dejó la puerta abierta.
Lo vi caminar hacia la habitación de mis padres. Tocó suavemente, y mi mamá abrió en camisón, el pelo despeinado, los pezones erectos bajo la tela.
—¿Ya está bien dormido? —preguntó ella.
—Sí —respondió Esteban, entrando y cerrando la puerta.
No pasó mucho tiempo. Los golpes de la cama contra la pared volvieron, thump-thump-thump, más fuertes que antes. Los gemidos de mi mamá llenaron el pasillo:
—¡Sí, papi! ¡Más fuerte!, pero esta vez no me masturbé. Me quedé ahí, escuchando, odiándome por no poder dormir.
Cuando terminaron, el silencio fue peor. ¿Qué estarían haciendo ahora? ¿Se estaría limpiando el semen de las piernas? ¿O estaría Esteban besándola como si fuera su novia?
A la mañana siguiente, bajé con el cuerpo cansado, pero ahí estaba ella: sentada en el sofá, tomando café como si nada hubiera pasado.
—¡Hola, hijo! ¿Cómo dormiste? —preguntó, pero sus ojos evitaron los míos.
—Bien… ¿y Esteban? —dije, forzando una sonrisa.
—Se fue temprano, hijo. Tenía práctica de natación —respondió, pero su voz sonó falsa, como si repitiera un guión.
Los encuentros no terminaron ahí. No fueron los únicos. incluso mi mamá empezó a ir a la casa de Esteban y había noches que no llegaba a casa en especial cuando mi papá salía de viaje.


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