Otra noche libre (1)
Mi marido salió a una ciudad cercana para dejar instalada a una cuadrilla a cargo de su amigo Pedro y estaría fuera dos días con una noche, los cuales aproveché desde muy temprano, además de la noche anterior en que ambos me atendieron muy bien..
La cuadrilla no trabajaría allí, sino en una hondonada cercana, o tajo, por donde pasaba un río. Un lugar paradisíaco, según dijo. Lo malo para ellos (pero bueno para mí) es que no había señal telefónica, por lo que aproveché para preguntarle a mis dos amantes si podríamos pasarla juntos la noche del lunes, y accedieron a pasar por mí desde la mañana. Por si eso fuera poco, también mi novia Dalita, la esposa de Pedro, se iría desde el domingo para estar con su tía enferma unos días.
Ante ese panorama, y como al menos una vez al mes, Pedro, Dalita, Ramón y yo pasamos un fin de semana juntos, decidimos encamamos desde el viernes en la noche los cuatro para la despedida.
El viernes en la mañana, cuando Pedro pasó por mi marido, dejó a Dalita en mi casa y nos advirtieron que saldríamos a comer cuando ellos regresaran de trabajar.
–Hoy no necesitarán hacer de comer, mejor caliéntenos la cena… –dijo Pedro al salir con Ramón y cerrar la puerta.
Dalita y yo sonreímos y tomándonos de la mano nos en caminamos a la recámara donde aún estaban las cobijas y sábanas revueltas.
–¡Qué bien! ¡Estuvo atareada la noche y muy rico el amanecer…! –exclamó Dalita al mirar los pelos y la humedad en la sábana–. Yo también traigo bien mucho atole para compartirte –dijo, al quitarme la bata (lo único que yo traía puesto).
Me besó y yo comencé a desvestirla. Cuando ambas estuvimos desnudas, la abracé para restregar mi pecho en sus chichotas y nos besamos con mucha calentura. Sin más comunicación que los deseos, nos acostamos para saborear el líquido marital que esa noche habíamos guardado en la vagina.
Las lenguas de cada una recorrían la panocha de la otra por fuera y por dentro, y las manos magreaban las nalgas… Fue casi media hora de cariños y lengüetazos hasta dejar limpias las corvas. Luego pasamos a las tijeritas y al consolador de dos puntas Descansamos de frente, mirándonos a los ojos y respirando el aliento de la amada.
–Puta, eres muy linda y tu panochita sabe darnos caricias tiernas con su peluche… –me susurró Dalita besándome la nariz.
–También tus chiches saben acariciar el cuerpo de quienes te queremos, mi amor… –le contesté cerrando los ojos para dormir un buen rato abrazadas.
Más tarde, cuando desperté, me subí en ella para apachurrar su tetamen con el mío y moví mis hombros para acariciar su pecho con mis tetas. La besé y ella me correspondió.
–Dame pepa, Mar. Siéntate en mi cara y hazte una paja en mi rostro para saborear tus jugos –me pidió y gustosa la obedecí.
Me puse en cuclillas sobre su cara, me tomé de la cabecera de la cama y le di el tratamiento que acostumbro a darle a mi amante Bernabé cuando estoy muy arrecha. Al poco tiempo comencé a venirme abundantemente y su rostro quedó bañado por mis jugos. Cuando resbalé mi cuerpo hacia abajo para descansar, vi su cara sonriente, con los ojos cerrados y sus pestañas y cejas con mis excreciones de amor. Le lamí amorosamente toda la cara, saboreando mi néctar. “Bésame…”, pidió sin abrir los ojos, para que le convidara todo lo que no tomó cuando yo estaba sobre ella. Cuando terminé, nos metimos a bañar.
Resbalamos nuestros cariños con jabón, mi pelambre lo usé como estropajo para dejar muy limpia de las orejas y la cara a mi novia. Ella hizo lo mismo que yo, pero tiene la pepa rasurada y su clítoris recorrió mi cara con mucho deleite al coro de nuestros quejidos, más cuando lo capturé con mi boca y sus cuatro labios besaron a los míos. Especial limpieza recibieron mis nalgas y su lengua se abrió paso en mi esfínter. “Te amo porque eres tan puta como yo contigo” le decía yo con dulzura y ella metió sus dedos en mi raja sin sacar la punta de su lengua de mi ano, ¡Agh… puta…!, insistí y sus dedos entraron profundamente en mi vagina y su lengua avanzó un poco más en el interior de mi recto. Nos secamos y con las toallas nos fuimos a acostar al patio para sumar el calor tibio del astro rey a nuestra calentura. Abrazadas volvimos a dormir hasta que el sol nos picó y regresamos a la sala.
Hice café y mientras lo tomamos, Dalita sacó un cigarro de su bolsa; lo traía envuelto en una servilleta de papel y estaba muy ajado, además de que en la punta el papel estaba retorcido. Prendió su cigarro en la llama de la estufa. El olor me dejó claro que era mariguana. Le dio una gran fumada y se recostó en el sillón. Recordé la vez en que Bernabé, a petición de Dalita, le dio un churro de los que Teya había dejado en el buró del estudio.
–Fuma, mi amor, es muy rico… –dijo a la segunda jalada que le dio al canuto y me negué.
–¿De dónde lo sacaste? –pregunté preocupada.
–Me los proporciona Fermín, ¿te acuerdas de él? –preguntó sobándose la pepa.
–¡Claro que me acuerdo! Nos lo tiramos en año nuevo –contesté y también me acaricié la panocha–, ¡estuvo riquísimo! Pero, ¿a qué hora puedes verlo?
–De vez en cuando, cuando Pedro se sale a echarse unas chelas y jugar dominó con los vecinos. Como regresa tarde, yo tengo tiempo para ir a la casa de Fermín. Le hablo por teléfono y llego por los pitillos, claro que le pago con “cuerpomático y carné”. ¡Ganancia doble para mí! Nos echamos un carrujo antes de pagarle y todo nos sale muy caliente. ¡Es muy rico cuando coges pacheca! –explicó y me acordé de que Tita dice lo mismo.
Le conté a Dalita de mi amiga y las guarradas que hace ella cuando está fumada. Dalita se reía y carcajeaba de las aventuras que Tita nos contaba en el foro de SST y en el chat.
–¡Ja, ja, ja… esa amiga tuya ha de ser muy puta! Ella sí sabe coger donde se echa a varios simultáneamente estando bien grifa… Vamos a hacer un 69 –pidió al apagar la colilla en el cenicero.
Nos fuimos a la recámara a saborear nuestras rajas, muy húmedas por imaginarnos las aventuras de mi amiga Tita, las cuales repetía Dalita de manera incoherente y arrastrando las palabras. Dalita se quedó dormida al poco rato de chuparnos. Me levanté y fui a abrir las ventanas para que se saliera el olor de la yerba. Tomé el cenicero, eché las cenizas a la basura y lo lavé. Me fui otra vez a la cama para descansar mamándole las chichotas a mi novia, quien, sin despertar, me acariciaba la cabeza y la espalda. Dormimos otra vez y despertamos para vestirnos y estar listas para cuando llegaran nuestros maridos.
–¿Comemos algo antes de que lleguen los machos? Tengo mucha hambre –manifestó Dalita.
–Espérate, ya mero llegan y comeremos, y si aún te quedas con hambre, nos los comeremos a ellos, hay que dejarlos secos… –le dije en alusión a que debíamos coger mucho para dejarlos satisfechos.
–Sí, aunque a ti te tocarán 24 horas más de diversión con ellos solos. Exprímelos porque son tan putos que se cogerán a otras cuando estén afuera. ¡No lo aguantaría yo! –me dijo muy angustiada.
–¿Crees que van a encontrar unas tetas y unas nalgas mejores que las que tienen aquí? Mírate en el espejo –le dije jalándola de las tetas para voltearla hacia la luna del peinador.
–¡Ay, mana, tengo muy rojos los ojos! –dijo al mirarse la cara.
–Ahorita te paso el colirio para que te pongas unas gotas y no se te note tanto la enyerbada que te pusiste –le ordené.
Dalita tuvo otros momentos de relajación y euforia alternados con los que yo tuve que ayudarle. Cuando ellos llegaron, salimos de la mano de nuestro respectivo consorte a comer. A Dalita ya se le habían pasado casi todos los efectos de la mariguana, salvo el hambre pues pidió y consumió bastantes platillos.
Al llegar a la casa, comenzamos a tomar. Yo sólo vino blanco y los demás, cubas bien cargadas. Pusimos música y comenzamos a bailar. Los tragos fueron acelerando la libido y disminuyendo el raciocinio.
–¡Qué se encueren las viejas dándonos estriptis! –exigió Pedro, poniéndome a mí de pie.
–¡También queremos ver a los machos moviendo sus nalgas y huevos! –gritó Dalita lanzando a mi marido al centro de la improvisada pista.
La cosa se puso muy caliente al quitarnos la ropa al ritmo de la música; y ya encuerados, nos revolcamos riquísimo en la alfombra. El punto máximo estuvo cuando cabalgamos al esposo de la otra y quedamos muy mojadas. “¡Ahora los nenes se limpiarán la verga uno al otro, chupándola hasta que no quede gota de leche, y las nenas se darán lengua en la panocha!”, externó Dalita muy borracha. Como si hubiese sido una orden hubo un 69 entre los hombres y otro entre nosotras. Un último trago y trastabillando nos fuimos a la cama. Dormimos abrazándonos sin saber a quien teníamos ni quién nos manoseaba.
El sábado nos levantamos tarde. Después de tomar la leche que hubiesen producido nuestros bueyes, las damitas nos metimos a bañar. Ya vestidas, nos fuimos al mercado cercano a comprar algo para hacer la comida, porque para desayunar ya lo teníamos resuelto: unos chilaquiles muy picosos, acompañados con unas cervezas heladas para curarnos la cruda. Cuando regresamos, nuestros maridos estaban bañados, pero aún desvestidos y nos quitaron la ropa para darnos una cogida cada uno, pero no se pudieron venir, ¡ni mamándoles la verga!
Desayunamos desnudos viendo diversas páginas de los yotuberos mexicanos, españoles y gringos para enterarnos, lo mejor posible, de la guerra iniciada por Israel y los Estados Unidos en contra de Irán. El café lo tomamos en la sala y siguieron unas ricas chupadas de huevos durante casi media hora.
–¡Me gusta chuparte juntas las bolitas! –le decía Dalita a Ramón–. Ven a jugar billar con la lengua, mi amor –le indicó a su marido, inclinándole la cabeza hacia el aparato de mi esposo.
Pedro se puso a mamar junto con su esposa, mientras yo, de rodillas en el piso, me entretenía lamiendo los huevotes de Pedro que me apasionan por su tamaño, aunque no produzcan tanta leche como los de mi marido. Más tarde, Dalita y yo nos pusimos unos delantales para hacer la comida. De vez en cuando los machos se levantaban para abrazarnos por atrás y nos limaban los labios con sus vergas bien paradas que nos untaban de presemen la pepa. A pesar de ser distracciones que hacían más lento el trabajo, también lo alegraban tremendamente y la comida estuvo lista. Las costillas de cerdo horneadas quedaron riquísimas y todo se acabó. Los machos lavaron los trastos.
Comenzamos con la fiesta después que descansamos. Los hombres tomando y nosotras acariciándonos.
–¿Mañana irás a misa, mi amor? Lástima que no pueda acompañarte, mi bus sale muy temprano –se lamentó Dalita en alusión a que mi amante Amador me intercepta antes de entrar al templo y me lleva a su casa para solazarnos con un rapidín.
–No tomes hoy, pues pasará lo mismo que en la mañana: nos levantaremos muy tarde –le pedí, entre beso y beso a mi amada –. No, no saldré el domingo, será el lunes cuando habrá fuga…
–Puta… –me dijo Dalita en voz baja y me acercó una de sus chiches a la boca–. Trágate ésta que me gusta verte mamando con la bocota abierta, como en la mañana en que te metías, con trabajos, un huevo de mi esposo.
–Es que están muy grandes, parecen aguacates, hasta en el color… –dije antes de abrir la boca para mamar a mi novia.
La tarde y noche fue pura cogedera y chupadas. Hubo tríos de los dos tipos. Cuando se trataba de uno MHM, el otro hombre se la jalaba mientras veía para soltarnos el chorro de lefa en la cara a los otros tres, ya saben, de esto último, lo mejor eran las lamidas dadas y recibidas…
Dalita y yo dormimos con los rostros enfrentados, besándonos y con la verga del respectivo marido entrando en la pepa y, a veces, en el culo.
Sonó la alarma y parecía dar la orden de tomar el biberón, cada una en su marido y luego un beso blanco entre nosotras. Dalita y Pedro se arreglaron para que ellos se fueran a la terminal de autobuses y me quedé con mi marido.
Más tarde regresó Pedro, venía caliente y se encueró velozmente. “Voy a chuparte la panocha porque me quedé con ganas por las mamadas que me dio Dalita ahorita que la llevé”, dijo, y yo abrí las piernas para recibirlo. Ramón se acomodó para darme por la boca. Así quedamos dormidos una media hora.
Más tarde, me dieron los dos al mismo tiempo por la panocha. Cuando se desahogaron les pedí que hicieran un 69 para que se limpiaran las vergas, Ellos obedecieron y se quedaron dormidos con el chupón en la boca, me pajeé viéndolos y me levanté para hacer el desayuno.
Al parecer, no les había sido suficiente lo de los días anteriores y todo el domingo me trajeron como su puta, poniéndome como quisieron. Ni siquiera nos vestimos. Claro, yo los ordeñé obligándolos a que me llenaran de semen por todo el cuerpo, era importante quedar bien enlechada. Hasta rusa le tocó a cada uno…
El lunes los mandé juntos a la regadera. Se vistieron y se fueron a trabajar. Yo me vestí, sin bañarme, claro. Tomé un abrigo y salí a donde me esperaban mis garañones, Amador y Bernabé, para pasar 36 horas juntos…


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