Esa fantasía de sentir que mi perro y yo embarazamos a mi esposa
Mi perro, mi esposa y unas copas, que podría salir mal..
La habitación del hotel olía a whisky caro, sudor y sexo. Valeria estaba completamente borracha, desnuda sobre la cama king size, con las piernas abiertas y el coño rojo e hinchado de tanto follar. Su marido, Diego, acababa de correrse dentro de ella por segunda vez esa noche, pero aún no estaba satisfecho. Sobre la alfombra, su gran danés llamado Zeus los miraba con los ojos brillantes y la enorme verga roja ya medio salida del fundillo, goteando líquido preseminal.
—Ven aquí, cabrón —le dijo Diego al perro con voz ronca, mientras acariciaba la cabeza del animal—. Hoy vas a follarte a mi mujer como se merece.
Valeria soltó una risa ebria y excitada, abriendo más las piernas y separando sus labios vaginales con los dedos, mostrando el interior rosado y lleno de semen de su marido.
—Hazlo… quiero que me destroce —suplicó, la voz pastosa por el alcohol—. Quiero sentir esa verga de perro bien adentro.
Diego guió a Zeus hasta la cama. El enorme perro saltó sin dudar, colocando sus patas delanteras a los lados del cuerpo de Valeria. Su verga larga, roja, venosa y con un nudo grueso en la base apuntó directamente al coño chorreante de ella. De un solo empujón brutal, el animal la penetró hasta el fondo.
—¡Aaaahhh! ¡Joder! ¡Qué gruesa! —gritó Valeria, los ojos en blanco. La polla del perro era más larga y más caliente que la de cualquier hombre. Entraba y salía a una velocidad animal, golpeando el fondo de su útero con cada embestida salvaje. El sonido era obsceno: chap-chap-chap húmedo, mezclado con los gruñidos guturales de Zeus y los gemidos descontrolados de Valeria.
Diego se masturbaba lentamente a un lado, viendo cómo la verga roja del perro desaparecía completamente dentro del coño de su esposa, cómo el nudo empezaba a hincharse y golpeaba contra sus labios hinchados.
—Más fuerte, Zeus… rómpela —gruñó Diego.
El perro obedeció instintivamente. Sus caderas se movían como una máquina, follándola con furia primitiva. El nudo ya estaba completamente hinchado y se trabó dentro de Valeria con un “plop” audible. Ella gritó de placer y dolor cuando sintió cómo ese bulto enorme le estiraba las paredes vaginales al límite, presionando directamente contra su punto G y el cuello del útero.
Zeus comenzó a eyacular. Chorros potentes, espesos y calientes de semen canino inundaron el útero de Valeria en cantidades absurdas. Era mucho más semen del que Diego podía producir: litros de leche espesa, blanca y viscosa que llenaba cada rincón de su matriz, mezclándose con el semen humano que ya estaba allí.
Valeria se corrió con violencia, todo el cuerpo convulsionando, el coño contrayéndose alrededor del nudo del perro mientras gritaba obscenidades:
—¡Me está llenando! ¡Siento cómo me inunda… joder, qué caliente!
Cuando el nudo finalmente se desinfló y Zeus se bajó de ella, el coño de Valeria quedó completamente destruido: abierto, rojo, palpitante, y de él brotaba un torrente espeso de semen mezclado, blanco y cremoso, que corría por sus nalgas y manchaba las sábanas.
Diego se acercó, metió tres dedos en ese desastre y los sacó cubiertos de la mezcla, luego se los metió a Valeria en la boca para que los chupara.
—Ahora viene lo mejor… —le susurró al oído, mientras le acariciaba el vientre—. Siente cómo nuestros espermatozoides compiten dentro de ti.
Dentro del cuerpo caliente y ebrio de Valeria, la batalla comenzó.
Millones de espermatozoides de Diego, rápidos y determinados, nadaban desesperadamente desde la vagina hacia el cuello uterino, agitando sus colas con fuerza. Junto a ellos, los espermatozoides de Zeus eran más grandes, más agresivos y mucho más numerosos. Sus cabezas eran más anchas, sus colas más potentes, y se movían como una marea salvaje a través del semen espeso que llenaba el útero.
Los dos tipos de esperma se mezclaban en una orgía microscópica: se rozaban, se empujaban, algunos se enredaban con sus colas mientras ascendían por las trompas de Falopio. El camino era resbaladizo, caliente y lleno de fluidos. Algunos espermatozoides humanos se quedaban atrás, exhaustos, mientras los caninos los adelantaban con brutalidad.
Finalmente llegaron al óvulo de Valeria, que esperaba maduro y brillante en la trompa izquierda.
Primero penetró un espermatozoide de Diego, clavando su cabeza en la zona pelúcida con un último esfuerzo. Inmediatamente detrás, tres espermatozoides de Zeus lo siguieron, abriéndose paso a la fuerza con sus cabezas más grandes. Luego entraron más y más: diez, veinte, cincuenta… una invasión masiva.
Dentro del óvulo, todo era caos y placer biológico. Los espermatozoides de ambos (humano y animal) se agitaban frenéticamente, liberando su material genético, fusionándose con el núcleo del óvulo en una explosión silenciosa. Sus colas seguían moviéndose un rato más, retorciéndose en el citoplasma, hasta que poco a poco fueron desapareciendo, absorbidas completamente.
Uno a uno, los espermatozoides se disolvieron dentro del óvulo. Sus núcleos se fundieron, sus colas se desintegraron y todo rastro de ellos —tanto los de Diego como los de Zeus— desapareció para siempre dentro de esa única célula que ahora comenzaba a dividirse.
Valeria sintió un calor profundo y extraño en el bajo vientre. Se mordió el labio y miró a su marido con los ojos llenos de lujuria.
—Están dentro… todos —susurró—. Los de los dos… desapareciendo dentro de mi óvulo.
Diego sonrió con perversión, metiendo de nuevo los dedos en el coño destrozado y lleno de semen.
—Esta noche te hemos preñado entre los dos, mi puta. Y mañana… repetimos.


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