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Intercambios / Trios, Voyeur / Exhibicionismo

LA PUTA EJECUTIVA

Elizabeth visita a Carlos en su oficina, vestida con falda ajustada, medias negras con ligueros y tacones aguja. Él ordena a su empleado Miguel follarla sobre el escritorio mientras observa y graba, racionalizando el acto como liberación erótica. Ella consiente, excitada por la humillación infiel y .
CAPÍTULO 1: LA PUTA EN LA OFICINA

POV CARLOS

Joder, qué delicia es tener el control absoluto: Elizabeth entra a mi oficina con esa falda ajustada que marca sus curvas maduras, medias negras con ligueros que me ponen la verga dura al instante, y esas zapatillas de tacón aguja que cliquetean en el piso como una invitación a la putería. Es mediodía, la empresa bulle de empleados ajenos a esta mierda tabú, pero yo, el empresario dominante, racionalizo todo como una “exploración consensuada” para fortalecer nuestros lazos, aunque en el fondo es puro morbo de humillación y voyeurismo. Ella viene a “visitarme” como la esposa sumisa que es, pero yo ya planeé el show: voy a hacer que uno de mis trabajadores, ese cabrón joven llamado Miguel, se la coja enfrente de mí sobre mi propio escritorio, grabando todo para el archivo personal.

Todo empezó con un mensaje esta mañana: “Voy a verte, amor”, me escribió ella, y yo respondí: “Vístete como mi puta, con falda, medias y tacones. Prepárate para una lección”. Ahora, la tengo aquí, cerrando la puerta tras de sí, sus tetas maduras tensas bajo la blusa mientras yo llamo a Miguel por el intercomunicador. “Entra, Miguel, y cierra la puerta”, le ordeno cuando llega, un chavo de veintitantos con pinta de oficinista inofensivo. Él entra confundido, pero yo sonrío: “Mira, esta es mi esposa Elizabeth. Hoy vas a follártela sobre mi escritorio, como la zorra que es, mientras yo miro y grabo. Es consensual, cabrón, y si lo haces bien, te subo el sueldo”. Elizabeth se sonroja pero asiente, excitada por el morbo, y Miguel, después de un titubeo, se pone duro visiblemente.

La empujo contra el escritorio, levantándole la falda para exponer sus medias con ligueros y su concha sin bragas, ya mojada. “Ábrete para él, puta”, le gruño, sentándome en mi silla con el teléfono grabando. Miguel se baja los pantalones, su verga tiesa saliendo, y la clava de un empujón en su coño empapado, embistiéndola con fuerza mientras sus tacones aguja raspan el piso. “Dile lo que sientes, Elizabeth”, le ordeno, pajeándome por encima del pantalón. “Me encanta… ser tu puta infiel, Carlos”, gime ella, “que este cabrón me coja frente a ti, sobre tu escritorio”. Él acelera, agarrándola de las caderas, sus bolas chocando contra sus muslos enfundados en medias, y yo observo el contraste: mi oficina ejecutiva, llena de papeles y computadoras, convertida en un antro de infidelidad exhibicionista.

Mi mente da vueltas en bucles de poder: como patriarca, esto es un sistema perfecto, humillando a mi esposa frente a un subordinado para reforzar mi dominación, excitado por el cuckold invertido donde yo dirijo la follada. ¿Por qué me pone tanto verla usada como una perra de oficina? Ella se corre gritando, su coño contrayéndose alrededor de la polla de Miguel, y él la sigue, vaciándose dentro de ella con un gruñido, el semen goteando por sus ligueros. Yo apago la grabación, riendo: “Buen trabajo, putos. Esto queda en el archivo familiar”.

CAPÍTULO 2: EL BONO INESPERADO

POV MIGUEL

Joder, qué pinche locura es esta: entro a la oficina del jefe Carlos pensando que me va a regañar por algún reporte de mierda, y en cambio me encuentro a su esposa Elizabeth, una madurita curvilínea con falda ajustada, medias negras con ligueros que se transparentan y zapatillas de tacón aguja que la hacen verse como una puta de lujo, lista para que yo me la coja sobre su escritorio mientras él mira y graba con el teléfono. La oficina huele a café y papeles, pero ahora se mezcla con el aroma a concha mojada, y yo, un cabrón de veintitantos que solo quería un ascenso, tengo la verga dura como piedra, racionalizando esto como un “bono” raro aunque en el fondo sé que es un morbo jodido de infidelidad y exhibicionismo.

Todo empezó cuando el intercomunicador sonó: “Entra, Miguel, y cierra la puerta”. Yo obedecí, nervioso, y ahí estaba ella, la esposa del jefe, con curvas maduras que me tentaban. Carlos sonrió como el pinche empresario dominante que es: “Mira, esta es Elizabeth. Hoy vas a follártela sobre mi escritorio, como la zorra que es, mientras yo miro. Es consensual, y si lo haces bien, te subo el sueldo”. Dudé un segundo, pensando en mi novia y mi vida normal, pero la excitación me traicionó –¿quién rechaza cogerse a una madurita caliente frente al jefe?– y asentí, bajándome los pantalones mientras ella se recargaba en el escritorio, levantando la falda para exponer su coño sin bragas, enmarcado por esas medias sexys.

La clavé de un empujón, su concha empapada tragándose mi verga tiesa, embistiéndola con fuerza sobre los papeles y la compu, sus tacones raspando el piso mientras gime como una perra. “Dile lo que sientes, puta”, gruñe Carlos, pajeándose desde su silla. Ella balbucea: “Me encanta… ser tu puta infiel, Carlos, que este cabrón me coja frente a ti”. Yo acelero, agarrándola de las caderas, sintiendo los ligueros bajo mis manos, mis bolas chocando contra sus muslos mientras pienso en el poder: soy solo un empleado, pero ahora soy el que humilla a la esposa del jefe, excitado por este cuckold raro donde él dirige y graba. ¿Por qué me pone tanto esta mierda? En mi mente da vueltas la culpa y el placer –soy el chavo de oficina, no un pervertido, pero esto me hace sentir como un macho alfa temporal, follándola hasta que grita su orgasmo, su coño apretándome.

Se contrae alrededor de mi polla, corriéndose fuerte, y yo la sigo, vaciándome dentro de ella con un gruñido, el semen goteando por sus medias. Carlos apaga la grabación, riendo: “Buen trabajo, cabrón”. Yo me subo los pantalones, exhausto, preguntándome si esto me costará el trabajo o me dará más “bonos” tabú.

CAPÍTULO 3: LA ESPOSA HUMILLADA

POV ELIZABETH

Dios mío, qué puta soy por venir a la oficina de Carlos vestida como una zorra: falda ajustada que se sube fácil, medias negras con ligueros que me hacen sentir expuesta, y estas zapatillas de tacón aguja que cliquetean anunciando mi llegada como una invitación a la degradación. Es mediodía, la empresa llena de empleados ajenos a esto, pero yo, la diseñadora madura y sumisa, racionalizo esta infidelidad como una “liberación erótica” para fortalecer nuestros lazos, aunque en el fondo el morbo de ser follada por un extraño frente a mi esposo me moja la concha como nada. Él me ordena que un trabajador, ese chavo Miguel, me coja sobre su escritorio mientras graba, y yo consiento, excitada por la humillación exhibicionista.

Todo empezó con mi mensaje esta mañana: “Voy a verte, amor”, y su respuesta: “Vístete como mi puta, con falda, medias y tacones. Prepárate”. Ahora, entro cerrando la puerta, mis curvas tensas bajo la blusa, y Carlos llama a Miguel. “Vas a follártela sobre mi escritorio, cabrón”, le dice él, y yo asiento, sintiendo el calor subir por mi vientre. Me empujan contra el escritorio, levantándome la falda para exponer mi coño sin bragas, los ligueros tirantes contra mi piel. Miguel se baja los pantalones, su verga tiesa clavándose en mí de un empujón, embistiéndome con fuerza mientras mis tacones raspan el piso y los papeles se desparraman. “Dile lo que sientes, puta”, gruñe Carlos, grabando desde su silla. “Me encanta… ser tu puta infiel, Carlos”, gimo, “que este cabrón me coja frente a ti, sobre tu escritorio”. Él acelera, agarrándome las caderas, sus bolas chocando contra mis muslos enfundados en medias, y yo me abro más, el placer traicionándome en esta oficina cotidiana convertida en antro de tabú.

Mi mente da vueltas en espirales de culpa y excitación: soy la madre de familia, la que diseña ropa decente, pero aquí soy la figura materna degradada, gozando la sodomía mental de ser usada como perra de oficina frente a mi esposo. ¿Por qué me excita tanto esta humillación? ¿Por qué el control de Carlos, el voyeurismo, me hace correrme gritando, mi coño contrayéndose alrededor de la polla de Miguel? Él se vacía dentro de mí, el semen goteando por mis ligueros, y yo me derrumbo jadeando, mirando a Carlos con ojos vidriosos mientras apaga la grabación: “Buen trabajo, puta”. Exhausta, transformada en esta versión mía que ama el tabú.

11 Lecturas/24 enero, 2026/0 Comentarios/por donatienangeles
Etiquetas: exhibicionismo, infidelidad, infiel, madre, madura, orgasmo, puta, semen
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