Mi esposa me viste de mujer
Mi esposa me maquilla y viste de mujer y me convence de salir vestido así a un bar.
El matrimonio de Laura y Andrés llevaba años en una cómoda rutina. Con una situación económica estable, Laura pasaba los días en su casa grande y bien equipada, pero el aburrimiento la consumía. Un día decidió inscribirse en un curso de maquillaje y asesoría de imagen. Le fascinaba la transformación, los colores, las texturas y el poder de cambiar una apariencia por completo.
Al principio practicaba sola frente al espejo o con fotos, pero pronto se dio cuenta de que necesitaba un modelo real y frecuente. Al no contar con nadie a la mano tan seguido, se le ocurrió decirle a su marido que él fuera su conejillo de Indias para practicar todos los días y así ir perfeccionando su técnica.
Una noche, mientras cenaban, le soltó la propuesta a Andrés:
—Andrés, cariño… ¿qué tal si tú eres mi conejillo de Indias? Necesito practicar todos los días. Solo maquillaje, pelucas, ropa… nada más.
Andrés, un hombre atractivo de 38 años, complexión delgada, rostro bien definido, mandíbula marcada y ojos oscuros, soltó una carcajada.
—¿Estás loca? Ni de broma. Soy un hombre, no una muñeca.
Laura no insistió esa noche. En cambio, lo sedujo con una sesión de sexo intensa y prolongada. Lo cabalgó despacio, susurrándole al oído lo mucho que lo deseaba, cómo su cuerpo la volvía loca. Cuando Andrés estaba al borde del orgasmo, ella se detuvo y le murmuró:
—Acepta… y mañana te haré correrte como nunca.
Andrés, jadeando y desesperado, cedió.
—Está bien… pero solo maquillaje y ropa. Nada raro.
Los primeros días fueron incómodos. Laura lo sentaba en el tocador de su habitación, que había convertido en su pequeño estudio. Le aplicaba base, corrector, sombras, delineador, pestañas postizas. Le ponía pelucas largas y onduladas, vestidos ceñidos, tacones. Andrés se quejaba, pero poco a poco se fue acostumbrando. Laura era hábil y paciente. Sus manos suaves le rozaban el cuello, los labios, las mejillas mientras trabajaba.
Con el paso de las semanas, su técnica se volvió magistral. La complexión delgada de Andrés ayudaba: hombros estrechos, cintura marcada, piernas largas. Laura depiló todo su cuerpo, le enseñó a caminar con tacones, a mover las caderas. Cuando se miraba al espejo, Andrés ya no veía a un hombre disfrazado. Veía a “Andrea”: una mujer atractiva, de labios carnosos pintados de rojo intenso, ojos ahumados que miraban con misterio, cabello negro cayendo en ondas sobre sus hombros, un vestido negro ajustado que marcaba unas curvas falsas pero convincentes gracias al corsé y las prótesis de silicona que Laura había comprado.
Una noche, después de una sesión perfecta, Laura sonrió con picardía.
—Mañana quiero hacer la prueba de fuego.
Andrés frunció el ceño, aún con el maquillaje puesto.
—¿Qué carajos es eso?
—Salir un fin de semana por la noche. Vestida como Andrea. Ir a un bar, tomar copas… y ver si la gente realmente cree que eres una mujer hermosa.
—Ni madres —respondió él de inmediato, quitándose la peluca—. Eso ya es demasiado.
Laura se acercó, aún vestida con una bata corta que apenas cubría sus muslos. Se sentó a horcajadas sobre él, rozando su entrepierna con la suya.
—Solo una noche… Si lo haces por mí, te cumpliré cualquier fantasía que quieras. La que sea. Sin límites.
Sus manos bajaron, acariciándole el miembro por encima del pantalón. Lo besó profundamente, mordiéndole el labio inferior. Andrés intentó resistirse, pero el deseo pudo más. Terminó aceptando, excitado y resignado.
Antes de salir de casa el sábado por la noche, Laura se paró frente a él, mirándolo de arriba abajo con una sonrisa traviesa. Andrés ya estaba completamente transformado en Andrea: maquillaje impecable, peluca larga y lisa de color castaño oscuro, vestido rojo ceñido, tacones altos y la vagina de silicona perfectamente colocada.
—Una cosa más, cariño —dijo Laura con voz dulce pero firme—. Toda la noche tienes que caminar, comportarte y actuar como una mujer de verdad. Nada de gestos de hombre, nada de voz gruesa, nada de cruzar las piernas como hombre. Quiero ver si realmente soy buena en lo que hago. Esta noche tú eres Andrea, completamente. ¿Entendido?
Andrés (ahora Andrea) la miró con resignación y soltó un suspiro largo.
—A regañadientes… sí, acepto. Toda la noche seré Andrea.
Laura sonrió satisfecha, le dio un beso suave en los labios pintados y le arregló un mechón de la peluca.
—Buena chica.
Laura se esmeró como nunca en los últimos retoques. Maquillaje impecable: piel de porcelana, contorno perfecto, labios rojos mate, ojos con un smokey eye seductor. Un vestido rojo ceñido que llegaba a medio muslo, escote pronunciado con prótesis de senos de silicona de tamaño natural, medias negras y tacones altos. Debajo, un tanga especial y una vagina de silicona ultra realista que Laura había ajustado con cuidado, pegada con adhesivo médico y disimulada perfectamente. Andrés —ahora Andrea— se miró al espejo y sintió un extraño cosquilleo. Parecía una mujer de 30 y tantos, atractiva y sensual.
Llegaron a un bar elegante pero animado del centro. Tomaron asiento en una mesa alta. Al principio solo ellos dos, riendo nerviosos mientras bebían margaritas. Andrea caminaba con pasos cortos y balanceaba las caderas tal como le había enseñado Laura, hablaba con voz suave y modulada, y cruzaba las piernas con elegancia femenina. Pronto llegaron hombres. Uno invitó una ronda, luego otro. Los halagos llegaron: “Qué guapas están”, “Esos ojos son increíbles”. Andrea se sonrojaba bajo el maquillaje y respondía con risitas tímidas, cumpliendo su promesa.
Después de varias copas, llegaron dos hombres jóvenes, atractivos, de unos 28 años. Uno moreno, alto y de barba cuidada llamado Diego; el otro rubio, con sonrisa fácil y cuerpo atlético llamado Alex. Se acercaron con confianza. La conversación fluyó entre risas, coqueteos y más tragos. Diego se inclinaba hacia Andrea, rozándole el brazo. Alex le susurraba cosas al oído a Laura. El alcohol y la excitación del juego hicieron el resto.
—¿Y si vamos a su casa? —propuso Diego con una sonrisa lobuna—. Tenemos una botella buena y podemos seguir la fiesta más… cómodos.
Laura miró a Andrea con ojos brillantes y aceptó por los dos.
Llegaron a la casa. La sala estaba iluminada solo por luces tenues. La música suave sonaba de fondo. En minutos, las parejas se formaron. Laura besó apasionadamente a Alex contra la pared. Diego se acercó a Andrea, la tomó por la cintura y la besó. Andrea sintió pánico y excitación al mismo tiempo. Los labios del hombre eran firmes, su lengua exploraba con deseo. Diego la empujó suavemente al sofá, sus manos recorriendo el vestido rojo, subiendo por los muslos.
Laura, ya sin blusa, gemía mientras Alex le chupaba los pezones. Miró de reojo a su marido y sonrió con lujuria.
Diego deslizó la mano entre las piernas de Andrea y encontró la vagina de silicona. Sus dedos rozaron la entrada suave y cálida al tacto. No sospechó nada.
—Joder, estás tan mojada… —murmuró contra su cuello.
La penetró con los dedos primero, luego se bajó los pantalones. Andrea, mareada por el alcohol y la adrenalina, abrió las piernas. Sintió la polla dura de Diego empujando contra la silicona, entrando lentamente en la vagina falsa. El realismo era brutal: el hombre gemía de placer, embistiendo con fuerza, creyendo que follaba a una mujer real. Andrea sentía la presión, el roce contra su propio miembro atrapado debajo, y una excitación perversa que nunca había imaginado.
Al lado, Laura cabalgaba a Alex con gemidos fuertes, sus tetas rebotando.
El ambiente se llenó de jadeos, piel contra piel y olor a sexo. El alcohol borraba las inhibiciones. Andrea, con la respiración agitada, volteó la cabeza y vio a su mujer siendo follada. Algo se rompió dentro de él. En un susurro ronco, le dijo a Diego:
—Quiero que me cojas por el culo…
Diego sonrió sorprendido pero excitado. Sacó su polla brillante de la vagina de silicona, le dio la vuelta a Andrea, levantó el vestido rojo y le bajó el tanga. Escupió en su mano, lubricó su miembro y empujó contra el ano apretado de Andrés.
—Relájate, preciosa… —gruñó.
Andrea soltó un gemido ahogado cuando la verga gruesa entró poco a poco en su culo. El dolor inicial se mezcló con un placer intenso y prohibido. Diego comenzó a follarlo con embestidas profundas y rítmicas, sujetándolo por las caderas. Andrea se aferraba al sofá, gimiendo como una mujer, el maquillaje ligeramente corrido por el sudor.
Laura, al verlo, se excitó aún más. Alex la follaba por detrás ahora, pero ella no dejaba de mirar a su marido siendo penetrado.
Los cuatro cuerpos se movían en la sala: Laura gimiendo fuerte mientras Alex la embestía, y Andrea —con el vestido subido, la peluca revuelta y el rostro de mujer contorsionado de placer— recibiendo la polla de Diego en su culo sin piedad.
—Más fuerte… —suplicó Andrea entre jadeos, la voz quebrada.
Diego obedeció, follándolo con fuerza, sus huevos golpeando contra él. Laura alcanzó el orgasmo gritando, y su clímax empujó a los demás. Diego se corrió dentro del culo de Andrea con un gruñido animal, llenándolo de semen caliente. Alex hizo lo mismo dentro de Laura.
Los cuatro quedaron exhaustos en la sala, respiraciones entrecortadas, cuerpos sudorosos y entrelazados.
Laura se acercó a su marido, aún maquillado y con el vestido arrugado, y lo besó suavemente en los labios.
—Mi Andrea perfecta… —susurró—. Mañana puedes pedirme esa fantasía que quieras.
Andrés, aún sintiendo el semen correr por sus muslos y el eco del placer prohibido, solo pudo sonreír débilmente, sabiendo que nada volvería a ser igual.



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