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Intercambios / Trios, Travestis / Transexuales

Mi esposa, yo vestido de mujer en un trío con otro hombre

Una fiesta de cambio de género que terminó en un trío con otro hombre .

La noche que nadie notó
Carlos y Laura eran una pareja envidiable. Él, alto, delgado, con facciones finas, pómulos marcados y labios naturalmente carnosos, parecía hecho para que un buen maquillaje lo transformara en una mujer deslumbrante. Ella, curvilínea, de cabello largo y mirada traviesa, tenía un cuerpo que cualquier hombre desearía.
La invitación a la fiesta de disfraces era clara: las esposas vestidas de hombre, los esposos lo más sexys posible de mujer. Laura se puso un traje negro ajustado, corbata floja y el cabello recogido hacia atrás, luciendo como un joven ejecutivo atractivo y seguro. Carlos, en cambio, se enfundó en un vestido negro corto y ceñido que apenas le cubría los muslos, medias de red, tacones altos, peluca rubia larga y ondulada, y un maquillaje perfecto: labios rojos intensos, ojos ahumados y pestañas postizas. Un push-up con relleno le daba un escote provocativo. Cuando se miró al espejo, incluso él se sorprendió de lo convincente que lucía.
Salieron rumbo a la fiesta, pero después de una hora dando vueltas por carreteras oscuras, se perdieron por completo. El GPS no ayudaba y el salón quedaba en algún lugar remoto. Cansados y con ganas de divertirse, vieron un bar de carretera iluminado con neón: “El Refugio”. Decidieron entrar.
—Vamos a ver si alguien se da cuenta —dijo Laura con una sonrisa pícara, tomándolo del brazo como si fuera su novia.
El bar estaba medio lleno: hombres solos, algunas parejas y música de fondo. Pidieron tragos en la barra. Carlos cruzó las piernas con cuidado, sintiendo cómo el vestido se subía por sus muslos. Varias miradas se posaron en “ella”. Laura, vestida de hombre, pidió whisky y lo bebió con gesto serio, disfrutando del juego.
Al cabo de un rato, Laura se levantó.
—Voy al baño. Espérame aquí, “Carmen” —le dijo guiñándole un ojo, usando el nombre falso que habían elegido.
Pasaron varios minutos. Cuando Laura regresó, Carlos se quedó boquiabierto. Se había quitado el traje de hombre en el auto (donde tenían una maleta de emergencia) y ahora llevaba un vestido rojo corto, escotado, cabello suelto y maquillaje ligero pero sexy. Volvía como mujer.
—No traía otro cambio completo —explicó Carlos, sonrojándose bajo el maquillaje—. Tendré que seguir así toda la noche.
Laura se rio y le dio un beso en los labios rojos.
—Estás demasiado buena. Me encanta.
Las copas siguieron llegando: margaritas, shots de tequila, más whisky. El alcohol les subió rápido. Se reían, bailaban pegados en la pequeña pista, y Laura no paraba de manosearle el culo por debajo del vestido corto.
Entonces apareció él.
Un hombre alto, moreno, de barba bien cuidada y hombros anchos, de unos cuarenta años. Se acercó directamente a Carlos, ignorando casi por completo a Laura al principio.
—Disculpa, no pude evitar mirarte toda la noche —le dijo con voz grave, sonriendo—. Eres la mujer más hermosa de este bar. ¿Puedo invitarte un trago?
Carlos se tensó un segundo, pero Laura intervino rápido, con voz juguetona:
—Claro que sí. Nos llamamos Carmen y Laura. Y estamos abiertos a… divertirnos.
El hombre, que dijo llamarse Diego, se sentó con ellos. Pidió otra ronda. Sus ojos no se despegaban del escote y las piernas de “Carmen”. Coqueteaba abiertamente: le rozaba el brazo, le susurraba al oído lo bien que le quedaba ese vestido, lo suaves que parecían sus labios.
Laura, excitada por el juego y el alcohol, decidió empujarlo más lejos.
—Mi “novia” es un poco tímida —dijo, acariciando el muslo de Carlos por debajo de la mesa—. Pero le encanta que la admiren. ¿Verdad, cariño?
Carlos, con el rostro ardiendo y la polla ya semierecta bajo la tanga, solo asintió. El roce de Diego en su rodilla lo estaba poniendo nervioso… y extrañamente caliente.
Pasaron las horas. Más copas. Diego se volvió más atrevido. En un momento, mientras Laura besaba el cuello de Carlos, Diego se inclinó y lo besó en la boca. Carlos sintió la barba raspar contra su piel suave y los labios fuertes. Fue un beso profundo, con lengua. Laura los miraba con los ojos brillantes de excitación.
—Vamos a un lugar más privado —propuso ella.
Encontraron un motel cercano. Entraron a la habitación entre risas y besos. Diego no perdía tiempo: empujó a “Carmen” contra la pared y la besó con hambre mientras le subía el vestido. Sus manos grandes recorrieron los muslos cubiertos de medias, llegaron a la tanga y sintieron el bulto duro.
—Joder, estás tan cachonda… —murmuró Diego, pensando que era solo la excitación femenina.
Laura se quitó el vestido rojo y se unió. Los tres cayeron en la cama. Diego alternaba besos entre ambos. Le chupó los pezones falsos a Carlos, luego bajó y le quitó la tanga con los dientes. La polla de Carlos, depilada y dura, saltó libre. Diego la miró un segundo, pero entre la penumbra, el alcohol y la pasión, solo sonrió.
—Qué coño tan lindo y depiladito tienes… —dijo, y se la metió a la boca sin dudar.
Carlos gimió fuerte mientras Diego lo chupaba con ganas, pensando que era una mujer muy responsive. Laura, mientras tanto, se sentó en la cara de su marido, frotando su coño mojado contra su boca. Carlos lamía a su esposa mientras otro hombre le devoraba la verga.
Diego se levantó, se quitó los pantalones y sacó una polla gruesa y venosa. Laura la agarró y la guió hacia la boca de Carlos.
—Chúpala, cariño. Hazlo rico.
Carlos, perdido en el morbo y el alcohol, abrió los labios rojos y la recibió. Diego gruñó de placer mientras follaba esa boca pintada.
Después lo pusieron en cuatro. Laura se colocó debajo, besando a su marido y frotando sus cuerpos. Diego se puso un condón (por suerte), lubricó y empujó lentamente contra el culo de Carlos. Este soltó un gemido ahogado cuando lo penetró. Diego pensó que era una mujer muy apretada y que le encantaba cómo gemía.
—Qué rico culo tienes, Carmen… tan estrecho y caliente.
Empezó a follarlo con ritmo, cada vez más fuerte. Carlos sentía la polla gruesa abriéndolo, rozando su próstata con cada embestida, mientras su propia verga se frotaba contra el vientre de Laura. Ella lo besaba y le susurraba al oído:
—Déjate follar, mi amor… estás tan sexy vestida de puta.
El trío se volvió salvaje. Diego follaba a “Carmen” con fuerza, Laura se masturbaba viendo la escena y luego se unió chupando las bolas de Diego mientras este entraba y salía del culo de su marido. Cambiaron posiciones varias veces: Carlos chupando a Diego mientras Laura lo montaba, Diego follándolos a ambos alternadamente.
Al final, Diego no aguantó más. Sacó la polla y se corrió abundantemente sobre las tetas falsas y el rostro maquillado de Carlos, gruñendo de placer. Laura se corrió frotándose contra la pierna de su marido. Carlos, excitadísimo, eyaculó sobre su propio vientre sin que nadie lo tocara.
Diego se dejó caer en la cama, jadeando, satisfecho.
—Joder, qué noche. Ustedes dos son increíbles. Nunca había estado con una pareja tan caliente.
Se vistieron entre besos y risas. Diego nunca sospechó nada. Para él, había follado a una mujer rubia muy sexy y a su novia lesbiana juguetona. Les dio su número y se despidió con un beso largo en los labios de “Carmen”.
De regreso en el auto, ya de madrugada, Laura miró a Carlos, todavía con el maquillaje corrido, el vestido arrugado y el culo adolorido.
—¿Te gustó que te follaran pensando que eras una mujer? —le preguntó con voz ronca.
Carlos, aún ebrio y excitado por el recuerdo, solo sonrió.
—Mucho… y lo peor es que quiero repetirlo.
Laura se rio y le acarició el muslo.
—Entonces la próxima vez te pondremos nombre de puta completo.
Y así terminó la noche que empezó como un simple disfraz y terminó con un trío donde nadie, excepto ellos dos, supo la verdad.

6 Lecturas/2 abril, 2026/0 Comentarios/por Premium
Etiquetas: alcohol, baño, culo, follar, joven, polla, puta, verga
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