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Lesbiana, Voyeur / Exhibicionismo

Patio trasero, patio de juegos

Desde el patio trasero escuché algunas risillas y voces chillonas. Me acerqué a la ventana y vi a dos niñas, de unos once o doce años, que caminaban de un lado al otro y con ganas de explorar su sexualidad.. .
Parte 1
Eran casi las 11 de la mañana, y como estábamos ya en los últimos días de marzo, el clima era muy agradable y hacía mucho sol. Me serví la segunda taza de café del día y abrí todas las ventanas de la casa para ventilar. Y por todas me refiero tanto a las que daban a la calle, como también a las que comunicaban con el patio trasero. Estas últimas no se abrían casi nunca porque, a continuación del pequeño patio, había una calle interna y luego un terreno que terminaba en un paredón. Ese terreno debía ser un pequeño parque compartido, pero nunca se terminó, y muchos aprovechaban esa calle interna para pasar por allí y arrojar todo tipo de basuras y desperdicios. Así es que de allí venían a veces olores insoportable, insectos e incluso se veía a personas que se metían allí a buscar cosas entre la basura, masturbarse y hasta follar. En fin, tanto el patio, como un pequeño cuarto de lavado que estaba junto a la puerta de salida habían quedado sin posibilidad de ser usados, ante semejante situación. Y este era uno de los motivos por los que mi esposa y yo estábamos en pleno proceso de mudanza. Caminaba hacia la habitación, para seguir empacando algunas cosas en cajas cuando desde el patio trasero escuché algunas risillas y voces chillonas. Me acerqué a la ventana y vi a dos niñas, de unos once o doce años, que caminaban de un lado al otro. Se veían bastante mal vestidas, con ropa demasiado grande para sus cuerpos, además de sucias. Una usaba zapatos y la otra zapatillas, pero las dos tenían pantalones deportivos largos y sudaderas. Me quedé mirándolas porque me pareció extraña la forma en que se comportaban. Una de ellas, un poco más alta y de cabellos más claros que la otra, parecía dominar alguna clase de juego, y caminaba de un lado para otro llevando a la otra niña, más morenita, de la mano. Me intrigó que sería aquello que hacían, por lo que me ubiqué mejor, resguardándome de su vista tras una cortina, y seguí mirando. En una de esas idas y venidas, la más alta ubicó a la morenita de modo que la espalda de esta quedó contra el paredón, se acercó y la besó en la boca. Me quedé de una sola pieza, como congelado. -¿Pero esto qué es?-, pensé. El beso duró unos cinco o seis segundos y al apartarse la más alta, la morenita se limpio la boca con el antebrazo derecho. Con amplias sonrisas se dijeron algo e inmediatamente cambiaron posiciones. Esta vez la más alta quedó contra la pared y la morenita se acercó a besarla. No me había dado cuenta hasta ese momento que la más alta llevaba un palito en la mano, algo más fino que un palo de fregona y como de treinta centímetros de largo.
Siguieron con el juego del beso unos tres o cuatro turnos más, y entonces la más alta decidió cambiar: tomó a la morenita por los brazos, la hizo girar y se colocó detrás de ella. La más alta colocó el palito de tal manera que quedó una punta contra su coñito y la otra en el culito de la morenita. Así ubicadas, la más alta comenzó a hacer el inconfundible movimiento del coito, mientras que la morenita se dejaba hacer, volviendo de vez en cuando el rostro hacia su amiga con una gran sonrisa. De nuevo cambiaron, siempre por aparente decisión de la más alta: el palito quedó esta vez entre el coñito de la morenita y el culito de la otra niña. Aunque ambas quedaron casi de espaldas a mí, y no pude ver muchos detalles, era evidente que el movimiento que hacían era muy sexual y en este caso las dos niñas se movían bastante hacia adelante, hacia atrás y hacia los lados.
Parte 2
Mientras veía aquellos juegos me sentía inquieto, como un niño haciendo una travesura, y por supuesto muy alterado por el morbo que me producía la escena. ¿Habría algún otro vecino viendo lo mismo que yo? ¿Quiénes serían esas niñas? ¿Qué otros juegos acostumbrarían jugar? ¿Quién les habría enseñado a hacer eso? Las niñas seguían a lo suyo, como si nadie más existiera. Se turnaban aplicando el palito, a veces coñito con culito, o coñito con coñito, y cada tanto la más alta le daba un lento beso a la morenita que se dejaba llevar sin perder la sonrisa. A lo lejos se oyó el ruido de un vehículo y a los pocos segundos se hizo claro que se trataba de una moto. El sonido era cada vez más fuerte pero reducía su velocidad. Al parecer la moto estaba entrando al callejón y las niñas lo notaron. Arrojaron el palito y corrieron a esconderse detrás de un arbusto bastante alto que se encontraba a unos metros. El hombre que conducía la moto pasó sin verme a mí ni a las niñas y se detuvo un poco más adelante para arrojar una gran bolsa que llevaba entre las piernas.
-¡Ya estamos, más basura!- me dije a mí mismo.
Luego siguió su marcha y desapareció. Yo ya no podía ver a las niñas desde donde estaba, así es que me cambié a la ventana de otra habitación, que aunque estaba más alejada del arbusto donde se habían escondido las niñas, me permitía un mejor ángulo. Si bien la vista no era perfecta, el arbusto que no era otra cosa que maleza creciendo sin control, estaba un tanto reseco y me dejaba adivinar por las siluetas los movimientos que no veía. Ahora, ambas estaban de rodillas en el suelo, una frente e la otra. La más alta le hablaba a la morenita al oído, cubriendo la comunicación con sus manos con el clásico gesto de ‘decir un secreto’. La morenita respondía cada tanto moviendo la cabeza con un sí o un no, y a veces también le ‘decía un secreto’ a su compañera de juegos. De pronto parecieron ponerse de acuerdo en algo y la más alta se bajó los pantalones con ambas manos por delante y le hizo un gesto a la morenita señalándole con la cabeza lo que había dejado a la vista. La morenita se inclinó un poco hacia adelante para inspeccionar más de cerca el coñito que le mostraban, y unos segundos después me pareció que la más alta retiró una de sus manos del pantalón y la acercaba a su coñito mientras arqueaba la espalda y empujaba la pelvis hacia adelante, mostrando todo lo posible. Luego se subió los pantalones y dijo algo con el gesto del secreto. La morenita, a quien yo veía casi completamente encogió los hombros y la más alta alargó las manos hasta el elástico de los pantalones de su amiga estirándolo hacia ella y asomando la cabeza dentro de los pantalones. Estudió el coñito durante un instante y sujetando todavía el elástico con una mano, con la otra empujo a la morenita un poco hacia atrás. Entonces, y sin previo aviso, la más alta metió la mano libre en el coño de la morenita, que en respuesta dio un salto hacia adelante y sacó el culito hacia atrás, alejando a la invasora. La más alta insistió con este juego durante un buen rato, hasta que consiguió que la morenita, ya más acostumbrada a la sensación, se dejara hacer, todavía de rodillas en el suelo e inclinando la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados.
-Vaya-, pensé, -parece que ya le va cogiendo el gustillo-.
Parte 3
Seguían de rodillas, una frente a la otra y una vez más, la más alta tomó la iniciativa. Se bajó los pantalones hasta la mitad del muslo e hizo lo mismo con la morenita. En esta última si noté que los pantalones habían llegado casi al suelo con braguitas y todo, porque en ese momento pude ver el culito de la morenita, redondo y paradito y algo más pálido que su rostro y sus manos. La más alta tomó la mano de la morenita, la llevó hasta su coñito y le indicó como moverla. Puso su propia mano en el coñito de la morenita y al segundo se besaban y tocaban la una a la otra, con algo de torpeza, pero muy concentradas.
-¡TILILILILI!- sonó el teléfono y yo dí un salto hasta el techo. Estaba tan concentrado en el espectáculo que sin saber me ofrecían aquellas niñas que había perdido la noción del tiempo.
-¡TILILILILI!- insistía la campanilla. No quería perderme detalle de qué pasaba ahí fuera pero debía contestar. Podría ser algo referido a la mudanza.
-¿Diga?-respondí. Era mi esposa, que me llamaba como era habitual para saber como estaba y si había tenido alguna novedad de la dichosa mudanza. Me sentía raro, desorientado. Como si hubiese estado en otro mundo durante un rato, o en un sueño de esos muy vívidos, y me hubieran despertado de golpe. Mi esposa notó que algo extraño me pasaba, pero me disculpé diciendo que me había quedado dormido mientras leía en el sofá y que el teléfono me había sobresaltado. No quería ser grosero con ella, pero quería cortar de inmediato para volver a espiar aquellos juegos que ya pasaban de eróticos a claramente sexuales. Ni en mis fantasías más oscuras me había imaginado nunca presenciar algo así. Por fin nos despedimos y corté, corriendo como un rayo hacia la ventana. Lo último que mi esposa me había dicho era que volvería, como siempre, por la tarde, y alguna otra cosa que no tenía ningún interés para mí en ese momento. Ahí estaban ellas, en su mundo. Nuevamente se habían acercado a la pared, lo que me permitía volver a verlas completamente. Ahora, la morenita estaba con la espalda contra la pared y seguía con los pantalones a la mitad del muslo. La más alta estaba de rodillas, frente a ella, besándole el coñito. La morenita tenía las piernas separadas y la espalda arqueada hacia atrás, dejando que su amiga le hiciera todo lo que quisiera, o lo que se le ocurriera. Cada tanto, la más alta usaba sus manos para separarle más los muslos, cogerle fuerte las nalgas, para frotar los dos coñitos y hasta me pareció que intentar meter algún dedito. La morenita le respondía acariciando suavemente la cabeza de la más alta y a veces, atraía la boca de su compañera más cerca empujando rítmicamente las caderas hacia adelante. Como siempre, llegó el cambio de turnos. La más alta se puso de pié y pude ver su culito, delgadito y blanco como la leche, pero bonito. Se bajó más los pantalones, hasta las rodillas. Tomó a la morenita por los hombros y la empujó hacia abajo, dejándole la cara a la altura de su coñito, con los pies en el suelo y las rodillas flexionadas. Le tomó la cabeza por detrás de las orejas y empezó un movimiento frenético de coito sobre la cara de la otra niña. Se notaba que apretaba con fuerza porque se le tensaban las nalgas con cada embestida y arqueaba la espalda hacia adelante, como si tratara de follarle la boca a la morenita con su coñito. Por primera vez, la más alta volteó hacia ambos lados, tratando de asegurarse de que nadie las veía. En todo el tiempo, calculé que más de cuarenta minutos, ninguna de las dos había tenido en cuenta que alguien podría pillarlas en sus juegos o que ‘alguien’ lo hubiera visto todo. Por su posición, la morenita parecía que estaba a punto de orinar, con los pantalones en los muslos y las piernas flexionadas. Se sujetaba de los muslos de la más alta para no caerse de culito. Su coñito era bastante abultadito y al menos desde los doce o quince metros que me separaban de ellas, no se veía ningún pelito. Cada unos segundos, la más alta recorría con la mirada a su alrededor, sin parar de frotar su coñito rápidamente contra la cara de su amiguita. Cada vez que miraba hacia mi ubicación, notaba que tenía el rostro rojo como un tomate, la frente le brillaba por el sudor y tenía algunos cabellos pegados a la cara. De pronto la más alta dio un vistazo rápido al lugar donde habían empezado los juegos, se tomó los pantalones y se los subió hasta la cintura. Levantó a la morenita y también le subió los pantalones, la cogió de la mano y la hizo seguirla hasta el claro, casi enfrentado a la primera ventana de mi casa, a la que me pasé enseguida. Sin soltarla, comenzó dar algunos pasos mientras recorría el suelo con la vista, hasta que encontró lo que buscaba: el palito que habían arrojado cuando apareció la moto. Rápidamente se acercó al lugar y lo cogió del suelo.
La más alta no perdió un segundo, y tomando el borde inferior de la sudadera se la subió y la sujetó con la barbilla dejando a la vista su plano y blanco abdomen. Luego se separó el elástico de los pantalones, bajándolos un poco, y sin ningún rastro de dudas, metió el palo en su coñito. Nuevamente me quedé de una sola pieza. No creía que lo hubiese introducido en su vagina, pero estaba seguro que se lo había dejado bien pegado a su coñito. Me pareció una barbaridad. Un palo cogido de la basura, que podría tener astillas o vaya uno a saber qué. La niña se frotaba el palo en el coñito, a veces de adelante hacia atrás, y otras de arriba hacia abajo, apalancándolo en el borde de sus pantalones. La morenita la miraba con curiosidad. La más alta lo noto y se le acercó. Sin decir palabra se bajó los pantalones e hizo lo mismo con la morenita. La empujó contra la pared, le hizo separar la piernas tomándola de un muslo y le acomodó el palo justo debajo del coñito. Ella hizo lo mismo, de manera que quedaron frente a frente, con los coñitos pegaditos y el palo metido entre las piernas de ambas. La más alta empezó a mover la cadera de adelante hacia atrás, y hacia los lados. Sujetaba a la morenita de los hombros, y luego bajó las manos y la tomó de las nalgas. La morenita la abrazó por el cuello, y así siguieron un buen rato, hasta que la más alta se despegó un poco para besar a la morenita. Morbo, asco, curiosidad, preocupación. Por mi cabeza pasaba de todo. ¿Hasta dónde iban a llegar con este juego? Era realmente sucio y peligroso para las dos. Podían lastimarse seriamente, o coger alguna enfermedad. Además, como ya había pensado, ¿quién más podría estar viendo lo mismo? La verdad es que a esta altura sentía algo de culpa por espiarlas, pero ¿y si alguien que hubiese visto todo no tenía los mismos escrúpulos? ¿Podía hacer algo yo? Entonces decidí que debía pararlo, y de ser posible, hablar con ellas, claro, teniendo en cuenta todos los riesgos que eso implicaba. Me asomé a la ventana, viéndolas directamente. En ese momento, la más alta tomó el palo con la mano y comenzó a agitarlo con fuerza. Luego se separó y retiró el palo, tomó a la morenita por el hombro y la hizo voltear dejándola de cara a la pared. Se agacho para ver más de cerca y con una mano le separó una nalga y con la otra acercó el palo al culito de la morenita. Luego ubicó el palo en su coñito y sin soltarlo comenzó, de nuevo, el movimiento de caderas. Estuvieron así un buen rato hasta que la morenita comenzó a voltear y a acercar la mano a la cadera de su amiga, creo que intentando detenerla, pero para nada molesta. Creí que en una de esas miradas hacia atrás, la morenita me vería en la ventana ya que las dos me daban la espalda, pero no fue así. Luego pensé en gritarles algo, pero no era mi intención asustarlas, sino explicarles que podían hacerse daño. La más alta retrocedió unos pasos, sujetando el palo entre sus piernas. Volteó a la morenita de frente hacia ella y de nuevo vi su abultado coñito confirmando que no se veía ni un solo pelito. La más alta se quitó el palo de entre las piernas y se lo llevó al culito ayudándose con la mano libre a separar las nalgas para ubicarlo mejor. Cuando sintió que estaba en el lugar correcto se dio la vuelta, acercando el otro extremo al coñito de de la otra niña. Ahora, las dos estaban de frente a mi ventana y estaba seguro de que pronto alguna de las dos me vería. La morenita se animó a tomar el palo y comenzó a hacer el vaivén contra el culito de la más alta, que estaba ligeramente agachada, con las manos en las rodillas, recibiendo el bombeo. Un momento después, en la misma posición, la más alta movió la cabeza hacia atrás con un suspiro de puro placer, la boca abierta y los ojos entrecerrados. Y me vio. Se quedó petrificada unos segundos y su cara se puso roja. Se separó rápido de la morenita y se apresuró a subirse los pantalones. Fugazmente, pude ver su coñito, muy blanco y sin pelitos, muy plano como su vientre pero con una marcada rajita. La morenita todavía no se había dado cuenta de mi presencia, pero la segunda vez que la más alta me miró, alzó la vista y también me descubrió. Fue todo muy rápido, y a la vez gracioso. La morenita tomó sus pantalones por el borde y comenzó a subirlos, pero sin soltar el palo. Cuando la más alta se dio cuenta, le arrebató el palo y lo tiró, tratando de hacer desaparecer la evidencia. La más alta tomó a la morenita de la mano, y en lugar de caminar hacia la salida del callejón, volvieron a ubicarse detrás del arbusto que las había ocultado antes. Volví a la ventana de mejor ángulo. Las dos estaban agachadas, y se hablaban de nuevo en secreto. Intercambiaron algunas palabras hasta que me pareció que las dos se reían. De a poco, comenzaron a asomarse, buscando mi figura en la primera, pero yo estaba en la otra. Cuando finalmente me encontraron, se quedaron mirando un segundo y aproveché para hacerles un ademán de que se acercaran. Volvieron a ocultarse. Volvieron a mirar. Volví a llamarlas con un gesto de la mano. Finalmente salieron de detrás del arbusto y comenzaron a andar en dirección a la salida del callejón. Caminaban rápido. La morenita miraba todo el tiempo al suelo, sin embargo la más alta me miró varias veces. Justo cuando pasaban delante de mí, les dije con la voz más baja que pude: -Oye, venid un momento, que quiero hablar con vosotras. Que no os de pena, quiero deciros algo, nada más-. La morenita siguió caminando, la más alta me miró y luego volteó a verme varias veces más, hasta que desaparecieron de mi vista. Me quedé bastante perturbado por todo lo que había visto y preocupado por lo que podría pasarle a las niñas. Ya era pasado el mediodía, comí algo y luego me recosté en el sofá. Me quedé dormido sin poder quitarme las imágenes toda aquella escena de la memoria. Desperté cerca de las cuatro y la tarde se había vuelto calurosa. Me acerqué a cerrar las ventanas que daban al patio trasero y allí, frente a mí, estaba la más alta. Sola, recostada sobre el paredón y con las manos cruzadas por detrás de su espalda. Me quedé quieto mientras ella miraba de un lado para el otro. Finalmente alzó la vista, y me vio.
¿Fin?

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28 Lecturas/19 febrero, 2026/0 Comentarios/por Moxe
Etiquetas: amiga, amiguita, cogiendo, follar, heterosexual, masturbacion, vagina, vecino
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