Lucero en el Crepúsculo
Siempre supe que el mundo me veía de dos maneras distintas. En el reflejo del espejo, a mis quince años, por fin empezaba a vislumbrar a la chica que había vivido siempre dentro de mí. Pero el camino seguía siendo un bosque lleno de dudas….
Siempre supe que el mundo me veía de dos maneras distintas. En el reflejo del espejo, a mis quince años, por fin empezaba a vislumbrar a la chica que había vivido siempre dentro de mí. Pero el camino seguía siendo un bosque lleno de dudas.
Hoy llegó el paquete. Lo sostuve entre mis manos como si contuviera semillas de un futuro que por fin podía tocar. Abajo, en la cocina, estaba mamá.
—¿Llegó, Sofía? —preguntó su voz, suave pero cargada de todo lo que hemos hablado.
—Sí, mamá. Llegó.
Subí las escaleras sintiendo el peso leve de la caja. No era solo cartón y pastillas; era el consentimiento que ella firmó después de meses de conversaciones llenas de lágrimas y silencios que hablaban más que las palabras.
—¿Estás segura, mi amor? —me había preguntado una noche, su mano cubriendo la mía sobre la mesa del comedor. En sus ojos no había rechazo, sino un miedo inmenso a que el mundo me hiciera daño.
—Nunca estuve tan segura de nada —le respondí, y mi voz no tembló—. Esto no es algo que elijo, mamá. Es algo que soy.
Papá fue… distinto. Su silencio fue una pared. Una tarde me encontró llorando en el sofá.
—Luis Alberto… —empezó a decir, y ese nombre, ese nombre, me atravesó como un cuchillo frío.
—Sofía —lo interrumpí, levantando la cabeza para mirarlo a los ojos, desafiando la costumbre de toda una vida—. Mi nombre es Sofía.
Él sólo asintió, una vez, con los labios apretados en una línea fina. No dijo que no. No dijo que sí. Se fue dando media vuelta, y su espalda rígida fue su única respuesta. Fue mi hermano Tomás, dos años menor, quien rompió el hielo días después, entrando a mi habitación sin llamar.
—Oye, Sof… ¿esto significa que ahora te voy a tener que prestar más mis remeras?
Su sonrisa torpe, su pregunta sincera, fue el primer puente sólido. Le di un abrazo y sentí cómo algo se desataba dentro de mi pecho.
Al cerrar la puerta de mi habitación, el mundo exterior desapareció. No me desvestí con voracidad, sino con una lentitud ceremonial. Observé mi piel en el espejo, este territorio aún en diálogo con una adolescencia que sentía ajena. Mis ojos bajaron. Allí, entre mis muslos, estaba el último testigo físico de Luis Alberto. Un pene diminuto, tranquilo, que ya no sentía como una declaración de guerra, sino como una reliquia de un viaje que no elegí. Lo toqué, una vez. No con asco, sino con una curiosidad final. Era una parte de mi cuerpo, sí, pero no era mi centro. Mi centro ardía más arriba, donde mis pequeños pechos, mis brotes auténticos, prometían un futuro bajo mi blusa.
No fue el acto físico lo que me hizo temblar al tragar la primera pastilla con un vaso de agua. Fue la intimidad radical de elegirme a mí misma. El sabor a futuro en la lengua.
Me acosté en la cama y coloqué una mano sobre mi pecho, sobre ese principio de curva que era sólo mía. Con la otra, inicié un viaje lento por mi cuerpo. No buscaba un clímax; buscaba un reconocimiento. Acaricié mi vientre, mis costillas, la suavidad nueva de mis flancos. El calor no venía de fuera. Brotaba de un núcleo interno que por fin no me parecía ajeno.
Dejé que mis dedos volvieran, por un instante, a aquel sexo quieto. Lo rodeé. Su pequeñez en mi mano no me hizo sentir menos; me hizo sentir poder. El poder de la elección. La verdadera excitación, húmeda y urgente, latía en mis pezones, que se endurecieron como frutos bajo mis dedos, y en un punto profundo dentro de mi pelvis, un espacio que anhelaba una geografía diferente. Me froté con la base de la mano, imaginando, sintiendo una ola de placer que no venía de allí, sino de mí, de la coherencia. Un suspiro largo, un gemido suave, escapó de mis labios. No fue un estallido, fue una inundación. Una humedad cálida, mínima, no de él, sino de mí, celebró el momento.
Quedé tendida, jadeando, mirando cómo el crepúsculo pintaba de naranja y violeta el sudor en mi piel. Sonreí. No era un final. Era mi amanecer. Yo, Sofía, por fin, empezaba.


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