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Fantasías / Parodias, Orgias

Los niños de la guerra

Los Portugueses invaden España y me enseñan los deleites prohibidos.
El conflicto Luso-Español había saltado como una explosión. Las tiranteces entre los dos gobiernos se habían descontrolado y ahora Portugal había iniciado una ocupación ilegal del terreno español, como otras veces se ha visto en Europa y en oriente medio recientemente.
Las ciudades más cercanas a la frontera lusa habían sido arrasadas en cuestión de semanas. Zamora, Plasencia, Badajoz… todas erradicadas del mapa con la mayor parte de su población civil. Yo por aquel entonces me encontraba trabajando en Mérida como profesor de matemáticas en un colegio privado. Los que podían irse de la ciudad huían hacia el mediterráneo o hacía Francia buscando proteger su vida, pero mi situación era de mucha necesidad y no podía perder el trabajo. Las bombas no tardaron en llegar junto a los tanques y los soldados. El modus operandi era el mismo que en el resto de ciudades, no dejar supervivientes, arrasar con todo.
La nueva normalidad era de todo menos normal. Ir al trabajo se convirtió en pasear por calles destrozadas, con cadáveres y gente agonizando sin que a nadie le importara. Llevábamos cuatro días de bombardeos y el colegio estaba organizando un plan de escape para salvar a los niños que, por diversas circunstancias, no podían escapar del horror de la guerra.
De mi clase quedaban 5 niños, de siete años todos. Ana y Paula, dos gemelas muy traviesas, rubias y preciosas que parecían muñequitas y eran muy conscientes de su belleza pura e infantil. Roberto, un chico bruto y de buen corazón, pesadilla de todos los bullies del cole y defensor de la justicia, vivía en un pueblo cercano que ya había sido arrasado y no tenía familia ya. Vivía con el conserje del colegio, que se apiadó de la pobre criatura. Santiago, un gitanillo bastante gamberro que tenía muy claro que su futuro no pasaba por estudiar, aunque era muy bueno en ciencias y en electrónica. Y por último el pequeño Alberto, un ángel con síndrome de down bastante severo que con mucha lucha del equipo de profesores habíamos conseguido que se integrara con sus compañeros con normalidad.
Dábamos clase como si la guerra que sufríamos no fuera con nosotros. Los niños necesitan rutinas y decidimos que venir a clase era un acto de resistencia y de protección para los niños. Las dábamos en el sótano del colegio, que era un antiguo edificio que antes de colegio fue una institución mental. Los tres niveles de sótano apenas se usaban y apenas se habían reformado cuando se acondicionó el resto del edificio. Daba miedo incluso a los adultos pero disimulábamos y les hacíamos creer que íbamos a vivir muchas aventuras en esos angostos pasillos, llenas de piratas, rufianes y sirenas. Los niños parecían no entender que pasaba a su alrededor, y con eso nos bastaba.
Un día estábamos dando fracciones cuando un gran estruendo sacudió todo el edificio. Los cerdos sin moral estaban atacando el colegio en horario lectivo, con niños dentro. Las primeras bombas sonaron algo lejanas y el temblor era terrorífico pero aguantable. Las siguientes sonaban más fuertes, haciendo temblar toda la pequeña salida que usábamos como clase. Nos quedamos paralizados mientras escuchábamos como los tanques irrumpían en las ruinas del colegio y los soldados empezaban a buscas supervivientes.
Escondí a los niños en un armario habilitado con doble fondo para que esperaran tras la pared. Tenía la responsabilidad total sobre esos niños y los protegería con mi vida.
Salí del aula cerrando la puerta haciendo el mínimo ruido posible. Por el pasillo retumbaban las bombas que caían en edificios cercanos y se escuchaba el motor de los tanques y las pisadas violentas de los soldados portugueses. Gritos, de felicidad y de miedo. Fui corriendo a ver como estaba el grupo de primero de primaria, los niños de 6 años. La puerta del aula estaba abierta y desde dentro se oía un alboroto siniestro. Lo que vi me paró el corazón durante unos segundos.
Tres soldados en uniforme estaban en aquella aula. El primero, un chico jovencísimo y bajito, terminaba de atar a Maite, la profesora de Lengua a su silla. Maite lloraba mientras el soldado la insultaba.
-Zorra, no apartes la mirada, si la apartas te arrancaremos los ojos. Lo vas a ver todo.
Frente a ella los otros dos soldados tenían a cuatro niños desnudos de rodillas en el suelo. Los manitas las tenían atadas a la espalda y lloraban mientras abrían la boca para recibir la polla erecta de los dos soldados, que se turnaban en profanar esas puras bocas de criaturas de apenas seis añitos. Como eran tan pequeños y estaban de rodillas, los soldados flexionaban sus piernas para tener sus rabos a la altura de las caritas llenas de lágrimas. Los soldados no tenían reparo y forzaban esos finos y pequeños labios con violencia. Se miraban entre ellos con sádica satisfacción. Y agarraban la cabeza de un niño que estuviera sin su boquita ocupada para sacar su polla de la boca que andaban violando y meterla en la nueva.
-Por fin un día de diversión. Ya estaba harto de follarme cadáveres.
El que habló era el capitán del pequeño equipo. En ese momento tenía los huevos pegados a la carita de la pequeña Azucena, su polla estaba forzando la pequeña garganta que desde fuera se veía hinchada. Su cuello estaba rojo y parecía a punto de estallar mientras su cuerpecito convulsionaba intentando respirar y expulsar esa polla que le llegaba al esófago. Se la sacó de un golpe. Su polla estaba hinchada y enrojecida del esfuerzo de dilatar ese pequeño hueco que hasta ese momento apenas había tragado más cosas que papilla. Muchos hilos de baba infantil colgaban suspendidos entre los labios de la niña y la polla del soldado. Con gran ira el soldado le dio una fuerte bofetada a la niña, que ya no podía llorar más y se limitaba a intentar coger aire.
Estaba estupefacto cuando vi al tercer soldado, el más jovencito, con diferencia, acercarse a sus colegas mientras se abría la bragueta del uniforme y se sacaba con dificultad una larga polla, durísima, que ya babeaba. Cogió del pelo a Cayetano, un repelente y repipi niño que era el centro de las burlas por lo afeminado que era, y que Roberto siempre defendía. Levantó todo su cuerpecito sujetándolo de los pelos. El niño lloraba desconsolado y sus mejillas estaban ya inundadas de lágrimas. Su cabecita intentaba librarse de la mano que le tenía bien sujeto. Delante de él estaba el rabo del soldado luso. Un chorro de precum caía lento de la punta hacia el suelo. El soldado le cruzó la cara al niño con su mano libre y acto seguido se sujetó la polla, acercándola a la boquita que no dejaba de hacer pucheros de Cayetano. Mientras le introducía el húmedo glande con fuerza, el soldado dijo:
-Menuda pinta de mariconcito tiene este niño ya.
-Los españoles son así, comepollas desde pequeños.
Le contestó el soldado que tenía a su lado y los tres rieron mientras apretaban sus cinturas contra las pequeñas cabezas de los críos. Sus caras estaban rojas del esfuerzo, sus cuerpos temblaban ahogándose, estaba tan en shock que no me di cuenta que tenía a Alberto a mi lado tirándome de la mano.
-Profesor, ¿Qué pasa?
Me dijo sin comprender que pasaba al otro lado de la puerta. Me miraba a mí fijamente como comprendiendo que no debía ver esa escena tan depravada. volví mínimamente en mí y reaccioné cogiendo al crío y llevándomelo sin que los soldados se enterasen. En brazos me lo llevé al aula de al lado, antiguo quirófano donde había una puerta escondida que daba a un pequeño pasillo entre el quirófano y donde se estaba produciendo ese infierno. Desde el pasillo se podía ver el aula donde los soldados violaban a las criaturas mediante un espejo falso. En esa sala hacía muchos años se vigilaba a los enfermos. Ahora estaba haciendo lo mismo yo, con otra clase de enfermos, mucho peores que cualquier paciente que hubiera estado internado.
Con Alberto en mis brazos no podía dejar de ver como dos soldados golpeaban la cara de azucena, cada uno a un lado de la cría. La obligaban a sacar la lengua y la escupían mientras agitaban sus grandes pollas en esa carita llena de lágrimas. Mientras, el soldado joven seguía con Cayetano, que estaba tirado en el suelo boca arriba, con la polla del portugués en sus labios. El soldado le miraba con furia y le decía:
-Di que quieres mi polla.
-Quiero tu polla.
Decía el crío de seis años llorando. Cuando acababa de decirlo su boca era llenada de un golpe seco de la carne de ese pervertido, que se la metía hasta sentir las arcadas del niño.
-Di que quieres mi polla.
Repitió el soldado sacándole la mitad que había entrado. Su polla babeaba inundando la boca del niño, que tenía los labios rojos e irritados del esfuerzo. El niño no podía articular palabra entre toses, arcadas y intentos de respirar cada vez más inútiles. Burbujas de precum se formaban en las comisuras de sus labios. El soldado al ver que no le obedecía le pegó otro bofetón, con todas sus fuerzas de adulto. El niño casi no reaccionó al golpe pero repitió con temor:
-Quiero tu polla.
Acto seguido su boca se abrió al máximo sin poder impedir que el rabo que se estaba comiendo con tanto esfuerzo volviera a embestirle abriéndole la garganta. Su cuello se hinchaba a medida que la dura polla de su violador se metía más y más.
-Dios que gusto da como me rozas con tus dientes de maricón. Gemía el soldado, sin ningún ápice de culpa.
Sus compañeros habían acabado de golpear a Azucena y ahora el capitán la tenía sujeta para mover su cabeza de delante atrás haciendo que toda su polla fuera engullida por la cría. Su compañero tenía a los dos niños restantes con las bocas a cada lado de su polla y el se follaba el huequito que dejaban. Todo esto se lo exhibían a mi compañera Maite y, por consiguiente, también a mi, escondido detrás del espejo. No perdía detalle. Su sadismo y perversión habían pasado de horrorizarme a encandilarme. Había algo en esa violencia sexual ejercida contra criaturas tan pequeñas e indefensas que me estaba calentando. Alberto se había dado la vuelta en mis brazos, y miraba todo eso sin decir palabra. Su carita redondita y blanca de retrasado dejaba ver lo poco que comprendía todo aquello. Su boquita descansaba medio abierta y se le escapaba la baba por la comisura de sus finos labios. Me acorde del precum de Cayetano que burbujeaba en el mismo sitio de su compañero al que estaban violando. Alberto se dio cuenta que lo miraba y giró su cabeza hacia mi, teníamos los ojos casi a la misma altura.
-¿Qué están haciendo? Me preguntó conteniendo el llanto.
Yo volví a mirar hacía los violadores. Se pasaban a los críos como si fuesen juguetes sexuales entre risas e insultos. Sus caras pasaban del disfrute sádico a la diversión entre colegas. Se recreaban en esas mamadas que forzaban a las criaturas, sin culpa, con un goce como nunca antes había visto en ningún hombre.
-Pues… la guerra es dura, Albertito, y muchos soldados enemigos se aprovechan del bando contrario. Esta plenamente documentada la violencia sexual contra mujeres en conflictos bélicos, pero estos hombres parece que prefieren violar niños.
Mi explicación tan aséptica, que había salido de mí casi automáticamente por el shock, con el tono tan peculiar con el que hablaba cuando daba clase, me había calentado. Explicar al pequeño Alberto los crímenes sexuales en tiempos de guerra me había dado mucho morbo. El pequeño miraba esas violadas de boca mientras a mi se me ponía dura con el niño aún en mis brazos.
-¿Violar niños?
Me preguntó mientras tenía la respuesta delante de sus narizes. Esa forma de preguntar tan inocente y a la vez temerosa (de vez en cuando lanzaba algún puchero, afectado por esas imágenes que ningún niño ni ninguna otra persona debían ver) me volvió loco. Con mi polla dura ya no podía pensar con claridad y los soldados me estaban insensibilizado ante el sufrimiento infantil.
-Si, prefieren a los niños que a los adultos.
-¿Por qué? Se limitó a preguntarme inocentemente.
-No lo sé… Nunca he violado a ningún niño.

Coloqué al pequeño retrasadito de siete años delante de mí, bajándole un poco hasta que su culito empezó a rozar mi bulto en el pantalón. Aquel culito lo conocía bien, incluso se lo había limpiado en numerosas ocasiones, pero nunca lo había visto con la forma en la que en ese momento lo veía. Sus caderas eran anchas por culpa de su condición y se le formaban dos nalgas redonditas y blanditas. Empecé a restregar mi polla de arriba a abajo mientras le respondía.
-Violar niños es la cosa más atroz que puede hacer una persona. Verás, los adultos tenemos necesidades que los niños no. La mayor parte de las veces, entre nosotros nos ponemos de acuerdo para poder aliviarnos de esas necesidades.-Mi polla se hinchaba palpitante sintiendo la rajita a través de las telas de los pantalones.-Pero a veces hay gente mala que obliga a otra a aliviarse y contra su voluntad practica el sexo con ella. Eso es una violación y está muy mal. Los hombres muchas veces violan a las mujeres, puede ser en grupo o en solitario. Como ves los penes de los soldados entran en las bocas de tus compañeros. Esa es una forma de violar, pero hay otras. Violar a niños es lo peor que puede hacer una persona, como te digo, y se les puede violar por la boca, a las niñas por la vagina y por el culo, y a los niños por el culo.
Alberto no entendía nada. Mi cuerpo sudaba mientras se movía de arriba abajo pasando el largo de mi polla por su culito. Al estar concentrado en tantos conceptos nuevos no se quejaba. Al otro lado del espejo, el soldado joven estaba de pie y tenía a Cayetano colgando bocabajo, resignado ya a meterse la polla de su violador hasta donde pudiera por la boca. El soldado le lamía el culo mientras. Un 69 hecho con asombrosa facilidad al tener a un cuerpecito tan pequeño para manipular a placer. Me sentí conectado con él al tener al retrasadito levantado igualmente. El capitán de la tropa Estaba enseñando a Estrella, una niña negra preciosa, a hacerle una paja a dos manitas. La niña le miraba con temor mientras lloraba y obedecía las indicaciones del pervertido. El tercer Soldado tenía a Azucena y a otro niño que no conocía follando entre ellos. Con la pistola apuntaba a la cabeza del niño mientras le indicaba como meter su pequeña polla (que estaba dura para mi sorpresa) por la vaginita de su compañera. Ambos lloraban. El niño empujaba su pequeña cadera en posición del misionero mientras la niña se tapaba la cara para huir de aquella pesadilla.
-Muy bien eso fóllate a esta puta, seguro que ya te la pelabas pensando en violarla.
Decía el soldado apoyando la pistola en la sien del niño.
-¿Por el culo?
Me preguntó Alberto. Yo bajé la mirada hacía su culito. Mi pantalón ya estaba húmedo de tanto frote. Mi polla iba a explotar y el contacto de esas tiernas nalguitas me volvía un animal. Llevaba tiempo con la idea en la cabeza pero a la vez me horrorizaban estos pensamientos. Cuando vi el pequeño ano de Cayetano abriéndose con un dedo del soldado todos mis miedos y mis escrúpulos se vinieron abajo.
-Sí, Albertito, querido, a los niños se les puede violar por el culo. Para ellos es muy doloroso pero estoy seguro que para el adulto es como entrar al cielo. -Mientras le hablaba me empecé a bajar los pantalones con una mano. Mis slips apenas podían contener mi polla y estaban pringados de fluidos. Se movía al ritmo de las palpitaciones. -Mira por ejemplo a tu compañero cayetano. A ti te cae muy bien cayetano ¿verdad? Mira como el soldado le mete el dedo. Pues violar es lo mismo pero metiéndole la gran polla que se está metiendo ahora por la boca tu amiguito.
Empecé a bajarle los pantalones. Sus pequeños calzoncillos estaban un poco rotos, su familia tenía pocos recursos. No decía nada el retrasadito por que estaba viendo como el soldado se metía los dedos en la boca e introducía dos en el cerrado culito del niño de seis años. Lo hacía con fuerza, luchando contra la estrechez de ese diminuto culo.
Los dos mirábamos la escena con gran interés mientras yo dejaba caer al suelo los calzoncillos de mi alumno de siete años. Volví a bajar la vista y ahí tenía mi polla descansando en la rajita del crío. La punta de mi verga apuntaba a la espaldita del niño y sus dos nalgas sobresalían a los lados.
-Y ¿Van a violar a cayetano?
Me miró a los ojos con los suyos, enormes, achinados, marrones. Brillaban y temblaban por el miedo. Era la primera vez que le veía la cara desde que ya me había decidido a violarle. Me llenó de morbo y placer. Mientras agachaba un poco la cadera para que la punta de mi polla se metiera entre los dos pequeños glúteos del niño le respondí.
-Seguramente, Albertito, no creo que estos hombres tan malos se contentes con violar las bocas de tus compañeros, seguro que ya están pensando si esas enormes pollas pueden caber en los cuerpecitos tan pequeños de tus compis.
El retrasadito volvió a mirar la orgía de depravación que tenía delante. Parecía que ya se estaba acostumbrando al salvajismo. Sus ojos iban de un soldado a otro y de un niño a otro intentando comprender lo que le había dicho. Pronto iba a comprenderlo.
Sin pensar, le tapé la boca con fuerza, su cabecita se apoyó contra mi pecho.
-Escúchame, Albertito, ahora no puedes hacer ruido, o estos señores nos van a encontrar y nos van a hacer esas horribles cosas que estás viendo. ¿Quieres que te secuestren estos hombre y que no vuelvas a ver a tu familia nunca más?
Veía sus ojitos asustados en el reflejo del espejo falso. Me intentaba mirar pero lo tenía sujeto con mucha fuerza.
-No ¿Verdad? Pues no hagas ningún ruido.
Mientras en la sala contigua continuaba la violación grupal, empujé con fuerza mi polla. Tenía la boca del crío y su cinturita bien sujetas con mis manos. Con todas mis fuerzas hundía su cadera contra mi cuerpo mientras empujaba mi polla en ese ano virginal. Parecía imposible penetrarlo, mi glande se aplastaba contra lo que parecía una fortaleza bien cerrada. Las dificultades que me estaba encontrando me excitaban más aún. Mi polla y mis manos hacían daño al pequeño que ya se agitaba llorando mientras miraba como sus compañeros eran igualmente abusados. Cayetano estaba tirado boca abajo en una mesa con sus piernitas colgando. El soldado joven le comía el culo sin disimulo, metiendo su cara entre las delgadas nalgas del niño. Cayetano tenía el rostro lleno de lagrimas ya secas, pero no lloraba con la lengua del portugués hurgándole el culito. Azucena ya estaba inconsciente con el capitán mordiéndole su pequeña vagina, enrojecida y brillante por la saliva del pervertido. Ni siquiera dando sexo oral abandonaba la humillación y el maltrato. El otro soldado tenia a una niña bocarriba en el suelo aguantando las folladas a su boca y al otro crío con la cabeza en el pecho, pareciera que mordiéndole los pezones al soldado.
Con esa visión delante mía di un golpe seco con mi polla y noté como la carne cedía ante mi polla. El glande se coló de un golpe en el dolorido esfinter de Alberto. Mi alumno de siete años con síndrome de Down, que tanto había ayudado en su vida y tanto cariño le había dado, empezó a intentar gritar con mi mano tapándole la boca. Las lagrimas me la mojaban y sentía el calor de su dolor en ellas. Mi polla era estrangulada por los fuertes esfínteres virgenes e infantiles del niño mientras intentaba meterse mas dentro. Intentaba con todas mis fuerzas no gemir con esa sensación tan gloriosa de ir introduciéndome en el más estrecho de los culitos. Mis metidas lentas pero fuertes estaban dando su resultado. No me retiraba ni un centímetro de su culo para que no me expulsara, por que notaba como su cuerpecito luchaba por sacarme de él. Pero le daba golpecitos hacia delante con mi polla, pequeños y repetidamente. Y así notaba poco a poco como su carnes se abrían a mi paso. Su culito era caliente y estrecho, me hacía cada vez más daño a medida que le metía más de mi polla y le miraba la carita de dolor extremo. Sus manos me agarraban con fuerza el brazo con el que le acallaba unos gritos desesperados. Por suerte los soldados insultaban, reían y gozaban a gritos salvajes y Maite lloraba desconsolada y así no escuchaban ese grito tan penetrante. Ese retrasado nunca había tenido tanto miedo y nunca había sentido tanto dolor en su vida y eso me alimentaba como si me hubiese convertido en una bestia.
Mi polla se clavaba en su culito secamente, quería metérsela entera antes de empezar la follada. No me iba a quedar con las ganas después de lo que había visto, con los soldados dentro de la escuela y nuestro destino sentenciado. Parecía que rasgara su cuerpo con mi polla, notaba como se separaban sus intestinos con gran resistencia y como mi glande se hinchaba para hacer fuerza y dejar espacio para el resto de mi polla. Con seis o siete embestidas secas y fuertes note como su ano se rompía dejaba entrar el resto de mi polla. Notaba los huevos húmedos porque su culito empezó a sangrar. Le estaba dejando las nalgas manchadas de rojo con mi cintura bien pegada a él.
Me apoyé en la pared que había detrás mía dejando que Alberto se acostumbrara a todo el largo y el grosor de mi polla. Estábamos sudando y en la sala se escuchaba los gemidos ahogados con mi mano del crío. El placer no cesaba aún no moviendo mi polla dentro de ese culito. Toda mi polla estaba siendo abrazada por el recto de aquel niño, notaba cada centímetro de mi polla siendo presionado y abrazado con mucha humedad y calor. Mis huevos subían y bajaban trabajando en una corrida que yo estaba impidiendo que se llevase a cabo. Estaba al borde del éxtasis cuando se oyó un grito ensordecedor. Cayetano estaba siendo penetrado por el soldado. Sus manitas agarraban los bordes de la mesa mientras gritaba sin que a nadie le importase. El soldado no hacía por acallar esos gritos, al contrario. Cerraba los ojos recreándose en ellos. sus compañeros pararon momentáneamente para ver como el crío era sodomizado. Las pollas de sus colegas dieron un par de botes al ver como Cayetano intentaba irse de aquella mesa que temblaba con violencia. El soldado le tenía bien empalado con la mitad de su polla enterrada y no cedía ni un centímetro, paralizando al pequeño con una llave militar aplicada en los brazos del crío.
-Venga putita, no llores, que desde que naciste estabas deseando que te dieran polla.
-Mira, Alberto.- Le dije susurrando acercando mi boca a la oreja del retrasadito que tenía empalado.- Mira como a Cayetano también le violan. Vais a recordar este momento toda vuestra vida, este puede que sea tu último día en la tierra y te vas haciendo muy feliz a tu profesor.
Ya había pasado suficiente tiempo para que su cuerpo se acostumbrara a mi polla, así que animado por las súplicas de cayetano, empecé a bombear el culito de Alberto. Seguía con mi mano en su boca y sus gritos me hacían cosquillas en la palma de mi mano. Notaba su lengua recorrerla y notaba su suavidad. Debería ser una delicia violarle la boca también, pensé, pero ya no podía dejar de follarme su culito. Desde luego su culo no estaba preparado para mi polla, por mucho que le había dejado tiempo para ello. Notaba en la punta de mi glande como se cerraban sus intestinos a medida que me retiraba. Volvía a abrírselos en una follada como nunca había gozado antes. Su ano se notaba aguado y dado de si, pero su interior se resistía a comprender que ahora sólo existía para exprimirme la polla. Enterraba mi polla como había visto que disfrutaban esos soldados, sin pudor y sin contención. Pequeñas palmadas se escuchaban por que mis caderas golpeaban secamente las nalguitas enrojecidas del crío. No me preocupaba mucho por que en el aula de al lado ya no sólo cayetano gritaba. La violación al mariconcito había animado al capitán a coger a Azucena y empezar a sentarla en su polla. El solado estaba sentado en una mesa y sujetaba a la niña del cuello y del culo. La miraba fijamente mientras le empezaba a desvirgar el coñito. La niña le tiraba de los pelos mientras lloraba histérica, con una desesperación y dolor que nos embriagaba a todos los hombres que teníamos la suerte de escucharla. Podía ver como la polla gorda del capitán separaba los labios de la niña, como se enrojecían a medida que tragaban polla, como parecía que se iban a desgarrar en cualquier momento. Yo follaba a Albertito con grandes metidas de polla, separaba mi cadera de su cuerpecito colgando y me volvía a hundir en el dándole con mis caderas golpes que sonaban al paraíso. El niño agotado había dejado de chillar, y solo lloraba en silencio. Notaba sus entrañas débiles y más flojas. Mi polla empezaba a hacerse un lugar confortable donde volver cuando quisiera. Se estaba rindiendo el retrasadito ante mis ganas de hacerle mío.
Los dos niños que quedaban por violar seguían follando entre ellos obligados por el tercer soldado. La niña estaba a cuatro patas mientras el niño le metía la pollita diminuta por el culo y el soldado le daba polla por la boca a la cría. Seguía apuntando al niño con su pistola.
-Cuando te estás follando a una putita por el culo, tienes que llamarla puta. Repite conmigo «toma polla, puta».
El niño entre sollozos dijo «toma polla, puta» al ritmo de los movimientos de sus caderas.
-Eso es, mira como insultan mis hermanos a tus amiguitos, ¿lo oyes?
Los otros dos soldados estaban disfrutando de los agujeritos de aquellos niños. Sus pollas salían y entraban enteras del culito de Cayetano y el coño de Azucena. Disfrutaban de ver como sufrían esos niños con sus pollas y de sus bocas salían insultos de todo tipo. Rata, puerca, vasallo barato, putón, mariconcito.
-Insulta a esta puta venga.
Dijo el soldado apuntando con la pistola a la niña a cuatro patas.
-Cerda.
Dijo el niño sin mucho entusiasmo, repitiendo lo que el capitán le estaba llamando a la niña que botaba encima de sus piernas como una muñeca de trapo, por mucha incomodidad que sintiera, su pequeña polla estaba erecta como un roca mientras entraba en su pequeña amiga.
-Eso es, estás aprendiendo muy bien. Tu te vas a venir con nosotros a violar a muchas españolitas.
Reía el soldado mientras metía su polla por la garganta a la niña, sujetándola del cuello para ponerlo en la posición indicada para atravesarle toda la garganta. Su cuello se expandía a medida que el soldado se la follaba y su glande llegaba al esófago. La niña no podía respirar y manoteaba desesperada. El niño seguía dándole por el culo con miedo y sin rastro de placer. El placer era una cosa sólo de adultos.
Mi violación a Alberto era igual de brutal que la de los soldados. Su culo ya se tragaba mi polla de un golpe cuando se la sacaba y se la volvía a meter. El retrasadito aunque consciente ya no mostraba ningún dolor ni ningún miedo. El cansancio se había apoderado de él y solo resistía sin tensar ningún musculo de su cuerpo. Yo le mordía la oreja mientras le metía la polla hasta los huevos. Miraba a mis compañeros de perversión a través del espejo y le decía a mi alumno dónde tenía que fijarse. El chico aunque medio ido si que dirigía la mirada a donde le decía.
-Quien me iba a decir que esta guerra fuera lo mejor que me pasaría. Mira el coñito de Azucena como sangre, ¿Tu crees que está sangrando más su coño o tu culito?
Le dije mientras empezaba a follarle más rápido. Su estrecho y caliente culito de niño estaba haciendo su trabajo y yo me iba a correr. Notaba como poco a poco mis huevos se inflamaban y como la corrida empezaba a hacerse notar como una marea de mar. Lenta pero inflexible. Mis embestidas empezaban a ser endemoniadas y Albertito se espabiló por el inmenso dolor que mi polla le estaba haciendo. Mi mano apenas podía tapar su boca por que mi cuerpo temblaba en oleadas de placer cuando mi polla llegaba a los intestinos del niño.
En el éxtasis no noté como mi violación se imponía a los demás y los soldados pararon su fiesta escuchando atentamente como un niño con síndrome de down estaba siendo sodomizado al otro lado del espejo. El más joven de los soldados con su polla aún dentro del mariconcito Cayetano preguntó.
-¿Quien coño será? Sólo nosotros íbamos a entrar al sótano.
-Vamos a ver.
Dijo el soldado que se estaba follando la garganta de la niña, dejándola medio muerta. Apuntó la pistola al espejo y disparó.
En ese momento yo me di cuenta que la había cagado. Pero ya no me importaba. Notaba los huevos a punto de explotar y los estallaba contra las nalguitas de Albertito. Ahora todos me estaban mirando. Los soldados miraban mis huevos chorreando sangre, Maite me miraba horrorizada y decepcionada, soltando en un susurro «tu también?», los niños violados no entendían que estaba pasando, estaban cansados, sin ganas de conocer a otro violador. Cuando mi polla llegaba hasta el fondo del cuerpecito de ese retrasadito yo me sentía muy lejos de allí. El suelo temblaba y no eran las bombas, mi vista se nublaba a cada golpe de polla que le daba en las tripas del crío. Su culo roto parecía tragarse mi polla con gusto, su cuerpecito se tensaba y relajaba al ritmo de su corazón. Al ver que todos me miraban me permití quitarle la mano de la boca. Quería escuchar sus gritos cuando mi corrida le llenara por dentro. Su cuerpecito rebotaba contra el mío y sus gritos temblaban con los golpes que le daba con la terrible follada que le estaba pegando.
-¿Quién es este?
Preguntó el soldado joven.
-¡Es un profesor del colegio!
Gritó Maite desesperada. Eso pareció divertir a los soldados. Dejaron tirados los cuerpecitos que andaban usando y se acercaron al espejo los tres para ver mejor el espectáculo. La carita redondita de retrasado de Alberto estaba hinchada de llorar, arrugada del dolor, pero conservaba aun la inocencia que otorga el síndrome que padecía. Yo le alzaba hasta la punta de mi polla y le dejaba caer para que vieran como le violaba. Ver que tres pervertidos me estaban viendo violar a un niño fue la gota que colmaba el vaso, y hundiendo la polla hasta el fondo, oyendo como algo dentro del niño se rompía, como su cuerpecito dio un respingo y perdía el conocimiento, me empecé a correr en sus tripas. Mi polla a cada chorro se agrandaba llenando más aún al crío. Notaba su culito flojo y totalmente roto y como me apretaban sus intestinos en la punta de la polla.
La leche se expulsaba a chorros mientras mi cuerpo temblaba entero. Para mi ya no existía ni guerra ni colegio ni soldados pedófilos. Solo estaba con ese retrasadito al que le había roto todo el culo y yo. Al sacar la polla del niño desmayado una gran mezcla de sangre y esperma empezó a chorrearle bajando por sus piernas. Allí estaban los soldados apuntándome con sus armas.
-Deja al niño en el suelo.
Yo deje caer al cuerpecito inconsciente de Alberto sin ningún cuidado. El crio cayó desplomado, quedando su culo en pompa, con todo el agujero tan roto que era incapaz de volver a cerrarse. Los soldados lo vieron con satisfacción.
-Así que el muy cerdo a aprovechado nuestro día libre para violar a un crio.
Dijo riendo el soldado joven, los tres seguían con una erección.
-Identifícate.
Me espetó el capitán totalmente serio.
-Soy Roldán Campos, profesor de este colegio que habéis destruido.
Mi polla seguía chorreando flujos de la follada que caían al cuerpecito de Alberto. No se me había bajado, aunque en ese momento estaba totalmente cagado por lo que me pudiera pasar. Los niños a medio atar detrás de los soldados se refugiaron en las piernas de Maite. Olía a sexo por todos lados. Las pollas de todos los hombres adultos allí echaban precum hambrientas.
-¿Y el niño?
-Es Alberto Punzón, de segundo, tiene siete años y síndrome de down.
-Hostia un retrasado menudo morbo
Dijo el soldado joven.
-Y te lo habías follado anteriormente?
Preguntó el tercer soldado. Ahí me relajé un poco, y procedí a explicarles lo que había pasado. Como les había pillado forzando esas preciosas boquitas y como poco a poco me dejé llevar por el deseo hasta destrozarle el culo a aquella criatura. El soldado joven se masturbaba relajadamente mientras me escuchaba. Los otros dos me miraban con atención mientras sus pollas daban botes de calentura.
-Hemos pervertido a otro español. Son lo peor de la tierra.
Dijo riendo el joven, que no perdía el buen humor.
-Vale, tenemos dos opciones .- Me dijo el capitán.- O te matamos ahora, o te llevamos con nosotros para que nos des información sobre los colegios de la zona.

 

49 Lecturas/19 marzo, 2026/0 Comentarios/por GordMadrid
Etiquetas: amiga, amiguito, colegio, follando, hermanos, mayor, militar, sexo
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