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Sexo con Madur@s

Las pequeñas perritas del director Mendoza

Laura y Teresa, dos hermanitas, son usadas cada tarde por el director de su escuela mientras su madre confía en que él les da clases de regularización.
Marta ajustó la corbatita gris de Laura con cuidado. “Listas para la escuela, mis niñas”, dijo, sonriendo.

La niña, de diez años, se acomodó la falda gris y bajó la mirada hacia sus zapatos negros. Su cabello oscuro y liso caía sobre su espalda, sus labios gruesos y la nariz ancha le daban un aire serio. Teresa, su hermanita de siete años, tiraba de sus largas calcetas blancas, inquieta. Se parecía a su hermana mayor: misma piel morena clara, misma nariz ancha, mismos labios.

“Hoy tienen clase de refuerzo con el director Mendoza”, recordó Marta, mientras revisaba que los uniformes estuvieran impecables. “No se olviden, por favor. Así yo puedo salir un poco más tarde del trabajo.”

Teresa asintió sin decir nada, ajustando la mochila. Laura jugó con la punta de su falda, fingiendo estar en otro lado. Por dentro, ambas sintieron un escalofrío. Sabían que no podían decir nada malo del director. Su madre no tenía idea de lo que en realidad sucedía a esa hora, ni siquiera sospechaba que la sola idea de Mendoza les producía un nudo en el estómago.

“Traten de portarse bien”, dijo Marta desde la puerta, sonriendo otra vez. “Recuerden que yo paso por ustedes después del trabajo.”

“Sí, mamá”, respondieron al unísono, con voces neutras, vacías de la tensión que realmente sentían.

Caminando hacia la escuela, Laura miró la sombra alargada de los edificios. Sus uniformes iguales, sus zapatos negros y sus largas calcetas blancas las hacían parecer casi idénticas. Sus rasgos compartidos —morenas, labios gruesos, narices anchas— a veces confundían a los demás.

Ninguna hablaba de lo que les esperaba. Ninguna podía.

El día transcurrió entre clases y recreos como cualquier otro. Laura y Teresa hicieron sus ejercicios, obedecieron a los profesoras y en el receso se mantuvieron juntas sin llamar la atención. Nadie sospechaba nada; sus uniformes, sus cuadernos y sus gestos eran impecables.

Cuando sonó el timbre final, los pasillos se vaciaron. Marta aún seguía en su trabajo y la escuela quedó silenciosa. Laura apretó el asa de su mochila, Teresa bajó la mirada. Sabían que era hora de dirigirse al despacho del director Mendoza.

Entraron y se sentaron en las sillas frente a su escritorio. Él apenas y levantó la vista, sólo para cerciorarse de su llegada. Laura, la mayor, ajustó su coleta simple —una liga en la base y otra en la punta— mientras Teresa, la pequeña, acomodaba sus dos coletas desde la base, dejando el resto del cabello suelto que caía sobre sus hombros. Se quedaron inmóviles, con las manos sobre las rodillas, rostros neutros, ocultando cualquier señal de inquietud.

Mendoza se levantó. “Quédense aquí. Voy a ver que no haya nadie más en la escuela”, dijo, caminando hacia la puerta.

El silencio se volvió pesado. Cada segundo se alargaba mientras las niñas esperaban, obedientes, sin poder mostrar nada.

Cuando regresó, cerró la puerta con un clic. Su rostro había cambiado: la seriedad desapareció y apareció esa sonrisa horrible, torcida, que solo mostraba cuando estaban a solas. Laura sintió un escalofrío recorrer la espalda; Teresa abrazó su mochila, conteniendo la tensión que no podían revelar. Mendoza volvió a su escritorio, dejando claro, sin palabras, que ahora estaban completamente a su merced.

Segundos después, el hombre alejó su silla del escritorio, golpeó suavemente sus rodillas y comenzó a silbar. Un silbido típico, como si llamara a un perro.

Laura y Teresa se miraron, conteniendo la repugnancia que les provocaba aquel jueguito que Mendoza llevaba meses practicando con ellas. El corazón les latía con fuerza, pero no había palabras; tenían que obedecer.

Al mismo tiempo, sin pensarlo, ambas se inclinaron hacia adelante, cayendo al suelo. Sus manos y rodillas tocaron la alfombra, y empezaron a avanzar, arrastrándose como dos animales hacia él. Como perras.

El silbido continuaba y la pesadilla también. Ellas avanzaban mientras sus ojos se mantenían fijos en él, tratando de no romper la apariencia de sumisión que siempre les exigía. Mendoza siempre les decía que lo vieran a los ojos, que quería ver sus caritas estuviese haciéndoles lo que estuviese haciéndoles. Y ellas habían aprendido a complacerlo.

Laura arrastraba las rodillas primero, manteniendo la espalda recta. Teresa la seguía, respirando con fuerza, las manos tocando la alfombra, los ojos fijos en él.

Mendoza las observaba satisfecho, moviendo apenas la cabeza. Las niñas temblaban, pero no podían mostrarlo. Cada paso las acercaba más a su escritorio, así que el comenzó a acomodarse, abriendo las piernas y desabrochándose el cinturón. Su verga ya estaba endurecida.

Cuando estuvieron frente a él, se detuvieron. Sus cuerpos temblaban, sus manos estaban tensas sobre la alfombra. Mendoza se inclinó ligeramente hacia adelante, la sonrisa aún en el rostro. Ellas esperaban, obligadas a quedarse quietas, sin poder decir nada.

Él acarició sus cabellos, ajustó las coletas, rozó la base de la nuca. Todo con movimientos lentos, controlando sus cuerpos como si fueran objetos.

Luego tocó la mejilla de Laura con los dedos, y el dedo índice se lo metió en la boca, que ella recibió chupándolo. Luego recorrió el rostro de Teresa e hizo lo mismo. Las niñas permanecieron arrodilladas en el suelo.

«¿Cómo han estado mis perritas?» preguntó, su voz suave y amenazante. «¿Todo bien?»

Laura y Teresa se miraron brevemente, luego volvieron a fijar sus ojos en él. «Sí, director Mendoza,» respondió Laura, su voz apenas un susurro. «Todo bien.»

Mendoza asintió, su mano acariciando suavemente la cabeza de Teresa. «Qué bueno. Seguro desean y están ansiosas de verga, ¿verdad?»

Las niñas se quedaron en silencio por un momento, el peso de la situación aplastándolas. Finalmente, Laura habló, su voz temblando. «Sí, director», mintió, asqueada. Pero por otro lado, era cierto que sus cuerpos comenzaban a excitarse involuntariamente.

Mendoza se echó a reír, un sonido cruel y burlón. Se dio un par de palmadas en las piernas, invitándolas a acercarse más. «Entonces, ¿a qué esperan? Vengan, mis perritas. Desnúdenme y liberen mi verga.»

Laura y Teresa se lanzaron hacia él, un poco porque estaban obligadas, pero cada vez más porque sus cuerpos lo deseaban. Sus manos temblorosas trabajaron rápidamente, desabrochando su cinturón, bajando su cremallera, liberando su verga ya endurecida.

Mendoza se recostó en su silla, disfrutando de la vista. «Así, mis perritas. Muéstrenme cuánto me desean.»

El aire en la oficina estaba denso, cargado con el olor a sudor y deseo que se había acumulado durante la tarde. Mendoza estaba completamente expuesto, una visión desenfrenada de masculinidad a solo unos centímetros de la cara de las niñas. Su pene, ya duro y goteando, estaba libre, mientras que su traje y ropa interior estaban completamente enredados en sus tobillos. Los materiales, atrapados por sus zapatos de cuero, le daban un aspecto ridículo y vulnerable, como si estuviera atado de pies a cabeza por su propia ropa. Las niñas observaron la escena con ojos abiertos, el tamaño y la forma de su miembro excitado asombrándolas.

Laura, sintiéndose la mayor y quizás un poco más competente por su edad, extendió la mano temblorosa hacia él. Su dedos índice y pulgar rodearon la base caliente y húmeda. Ella reconoció la urgencia en su propio cuerpo, la necesidad de tenerlo dentro de su boca para aliviar la tensión que había estado construyendo desde hace horas. Con una mueca de determinación, inclinó la cabeza hacia adelante, abriendo sus labios grandes y buscando el primer contacto.

«Ah, ah, ah,» Mendoza cortó el movimiento con una mano firme en la coronilla de Laura. Su voz tenía esa vibra de poder que las hacía temblar. «Deja esta vez a tu hermanita pequeña. No seas golosa.»

Laura se quedó con la boca abierta, el aire helado en sus labios húmedos. Miró la verga ante su cara con una mezcla de frustración y obediencia ciega. Sabía que debía ceder. Tomó aire, retuvo la saliva que ya tenía lista, y se contentó con un paso atrás.

Mendoza se acomodó en la silla, retrayendo los pies y alejando sus rodillas una de otra, pero sus pantalones seguían atorados en los tobillos. «Vamos, Teresa,» susurró, señalando el miembro erecto que ondeaba ante ella.

Teresa, quien parecía haber envejecido diez años en ese instante, se inclinó adelante. Sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y una curiosidad morbosa que no tenía. Su boca pequeña se abrió, preparándose para recibir el miembro que le había causado tanto miedo y placer.

La chiquilla de siete años tomó con sus manos diminutas la enorme verga de Mendoza. La envolvió con ternura, como si fuera un juguete nuevo y delicado. Laura observó cómo la pequeña abría su boca, los labios rojos e hinchados separándose para recibir el miembro húmedo y caliente. Fue una visión de inocencia aplastada. Teresa chupó la punta primero, su lengua pequeña buscando el glande, y luego empujó más hacia adelante.

«Así está bien, perra.», bufó Mendoza.

Mientras Teresa luchaba por tragarlo todo, Laura se deslizó hacia adelante, alineándose con los testículos. Eran dos bolas pesadas, sudorosas, cubiertas por la piel suave y vellosa de su escroto. Su aliento caliente rozó la piel húmeda. Laura besó la base del pene, lamiendo la uretra, y luego bajó más. Sus labios tocaron los testículos.

Mendoza soltó un gemido profundo, su cabeza cayendo hacia atrás mientras la niña más pequeña mamaba con cada vez mayor soltura. Teresa chupó con empeño, sus ojos cerrados, sus mejillas hinchadas por la extensión. Laura miró a su hermana, sintiendo una extraña conexión. Ellas eran perras. Dos perritas compartiendo a su dueño.

La mayor aumentó el ritmo de sus besos en los testículos, lamiendo la piel rugosa e incluso mordiendo suavemente. Mendoza soltó un gruñido de placer, sus piernas temblando, y presionó la cabeza de Teresa contra el abdomen. Laura levantó la vista, viendo el rostro de su hermana siendo obligada a asfixiarse con aquel tronco. Sintió un escalofrío de deseo propio. Ella también quería sentir esa succión, ese calor desbordante, pero tenía que conformarse con seguirle besando las bolas al director.

Mendoza, ya aliviado por la succión de la chiquilla, soltó un sonido gutural que vibró en su pecho. «Cambio,» gruñó, apartando a Teresa con el pie. Laura, obediente, asumió el rol de la menor, abriendo la boca de par en par para recibir el miembro erecto. Metió el glande entre sus labios, tomando la mayor parte de la erección, chupando con urgencia, su lengua moviéndose frenéticamente en la cabeza hinchada. El sabor era salado y viscoso, pero su cuerpo no podía dejar de responder, sus manos aferrándose a sus muslos para no caer.

Mientras Laura dominaba el falo, Teresa la reemplazó en su tarea. Sus pequeñas manos masajearon los testículos pesados y sudorosos, mientras su boca abierta chupaba y mordisqueaba la piel suave del escroto. Lamió la base del pene donde se unía a las bolas, su saliva mezclándose con la de su hermana y el presemen que goteaba constantemente.

Decididas a complacerlo, las niñas se movieron para quitarle la ropa restante. Con dedos torpes pero determinados, lograron desprender los zapatos de Mendoza, dejándolo con los pantalones y los calzoncillos atados en los tobillos. Luego, con un tirón rápido, se deshicieron también de estas prendas e incluso de sus calcetines.

La sensación de estar desnudo frente a las dos niñas, mientras ellas lo servían con devoción, excitó a Mendoza aún más. Laura y Teresa intercambiaron posiciones sin dudarlo. La pequeña de seis años tomó de nuevo el falo en la boca, succionando con fuerza, mientras la de diez añitos se agachaba para besar y lamer los testículos otra vez con su lengua pequeña, masajeándolos con las manos. El escenario era un festín de placer: dos bocas trabajando en sincronía, una tragando la carne caliente y la otra deleitándose con las bolas pesadas y sudorosas. Mendoza gimió, sus ojos se cerraron en éxtasis, alzando la cintura para darles mejor acceso.

Mientras las niñas se turnaban para devorar su virilidad, Mendoza no descansó un segundo. Sus manos recorrieron sus cabelleras, buscando los puntos de agarre. Con Teresa, de siete años, sus dedos cerraron con fuerza sobre las trenzas que ella misma se había hecho desde la base. Él tiró de ellas hacia abajo, forzando la cabeza de la niña hacia abajo, contra su propia voluntad, obligándola a tragar tanto como pudiera, sin permitirle que su garganta se abriera lo suficiente para respirar. Teresa, con los ojos llenos de lágrimas y el cuello estirado, chupó con desesperación, atrapada en una posición forzada de sumisión absoluta.

Cuando le tocó el turno a Laura, la situación no fue diferente. Él tomó la coleta simple de la mayor, sujetándola por la base y el nudo, y la jaló con violencia hacia sí. La niña de diez años no pudo evitar que su rostro se hundiera en su sexo, su nariz presionada contra su peludo vello púbico, y su boca forzada a absorber la gran cabeza hinchada hasta el fondo. Mendoza la mantuvo ahí, sosteniendo sus trenzas como si fueran riendas, impidiendo que se apartara, obligándola a lamer y chupar sin respiro, entregando su garganta entera al placer del hombre.

Ellas continuaron su labor por un tiempo indefinido, intercambiando roles una y otra vez, chupando el pene, besando los huevos, lamiendo la punta del glande, masajeando la base con sus labios de niñas, siguiendo las órdenes de su dueño. Finalmente, Mendoza se paró, jadeando, sintiéndose totalmente satisfecho. «Bien hecho,» susurró, limpiándose el sudor de la frente. «Vengan al sofá.»

Las niñas se levantaron, sus rostros brillaban por la saliva y el esfuerzo, pero sus ojos reflejaban con una mezcla de miedo y deber cumplido. Mendoza se acercó al sofá, desabrochándose la corbata. «Suban,» dijo, señalando el asiento ancho y acolchado. Las chicas se subieron una al lado de la otra, manteniéndose de rodillas sobre la tela. Al ver que Mendoza esperaba algo más, inclinaron el tronco hacia adelante, apoyando los codos en el respaldo, dejando sus caderas expuestas y sus nalgas redonditas y perfectamente formadas a la vista del hombre, listas para recibir el último acto de la clase.

Mendoza aprovechó la posición para alzar sus faldas grises, descubriendo que ambas tenían los mismos calzoncitos blancos de algodón, simples, infantiles y frescos, con un pequeño borde azul en la cintura. El contraste entre sus uniformes escolares y esa prenda tan inocente las hacía lucir extremadamente expuestas. Eran nuevos, su madre se los había comprado ese fin de semana en la plazoleta.

«Vaya, vaya,» dijo él, sonriendo con burla mientras sus ojos recorrían la tela blanca. «Qué lindas las preparó su mami para mí. ¿Sabrá mamita lo rico que chupan pene?»

Laura y Teresa se miraron a los ojos, sintiéndose humilladas por aquel comentario, pero sus cuerpos respondieron con una excitación hiriente. La vergüenza solo aumentó su deseo, y sus cuerpos se removieron ansiosos.

Mendoza no se quedó solo en los comentarios. Sus manos buscaron la cintura de las niñas, deslizando los dedos bajo la tela de sus calzoncitos. Empujó la tela de algodón hacia un lado, dejando sus coños completamente expuestos al aire y a su vista, y luego comenzó a magrearlos con desparpajo.

Sus dedos gordos, cubiertos de saliva y sudor, rozaron sus clítoris hinchados y sus aberturas húmedas. Sus yemas presionaron con fuerza, provocando que las niñas gimieran y arquearan la espalda, ofreciéndose más y más a su torturador y maestro, deseando que las penetrara con sus dedos y, finalmente, con su pene.

«¿Quién quiere verga primero?» preguntó Mendoza, su voz resonando con una mezcla de arrogancia y deseo, llenando el silencio de la habitación.

No hubo palabras de las niñas. Ellas solo movieron sus colitas, de lado a lado, rozando las manos de él, invitándolo a elegir.

Él se inclinó hacia adelante, colocándose tras Teresa, y posó la caliente punta de su verga contra el coño húmedo y abierto de la menor. Era una presión firme, aterrizando directamente sobre la carne hirviente de su entrada.

Teresa se congeló un instante, sus ojos arqueándose hacia atrás. Su coño palpitaba violentamente bajo el contacto, buscando ansioso ser atrapado. Pero entonces el hombre la frustró: «Ahora es turno de la mayorcita.» Así que se apartó de la pequeña, dejando su coño chiquito, húmedo y expuesto al aire, y se dirigió hacia Laura. La niña de diez años estaba pálida, pero sus ojos brillaban con una urgencia desesperada. Apretó los labios, su cuerpo preparándose para la invasión que tanto temía y deseaba.

Él tomó su pene, guiándolo hacia la entrada húmeda entre las nalgas de la mayor de las hermanas. Sin mucho esfuerzo, debido al lubricante natural y a la excitación previa, se deslizó dentro. La penetración fue profunda y directa. Laura soltó un grito ahogado, su cabeza cayendo hacia adelante mientras sentía cómo su interior se abría y envolvía al miembro duro y caliente del director, absorbiéndolo por completo en un acto de sumisión total.

Él embistió con fuerza, una violencia incesante que sacudía todo el cuerpo de Laura. La diferencia de tamaño era grotesca; su miembro parecía llenar por completo el espacio apretado de su pequeño cuerpo, golpeteando contra el útero con cada embestida. Laura gritaba silenciosamente, mientras él agarraba su coleta simple por la base, jalándola hacia sí con cada impulso, obligándola a recibirlo más profundo, arrastrando sus músculos internos con cada paso.

Cuando la satisfacción sobre Laura se agotó, Mendoza se retiró y se acomodó sobre Teresa, a quien no se la metió por completo debido a sus limitaciones fisiológicas. La niña de siete años, con sus dos trenzas largas al lado de la cabeza, fue el nuevo objetivo de su furia sexual. Él agarró las trenzas, usándolas como cuerdas para controlar los movimientos de su pequeña cintura, subiendo y bajando con una brutalidad que sacudía los hombros de la chiquilla. Sus piernas pequeñas se movían en un esfuerzo desesperado para sujetar al monstruo que la poseía.

Una vez que la satisfacción de ambos cuerpos se cumplió, Mendoza se detuvo. Se arrodilló ante ellas y bajó su cabeza, besando primero los labios vaginales hinchados de Laura, lamiendo la entrada húmeda y luego pasando a besar y lamer el ano apretado de la mayor, saboreando la transición entre ambos. Luego, sin moverse de su lugar, se inclinó hacia Teresa, besando su coño y luego su ano, obligando a las niñas a permanecer rígidas, rebotando ligeramente con cada beso de su lengua, entregadas a la extenuante y humillante intimidad de su dueño.

Metió la lengua con insistencia, chupando y lamiendo el ano de una y otra, obligándolas a abrirse para dejarla entrar, mientras las niñas gemían y temblaban, sin poder cerrar bien sus glúteos para escapar de la invasión húmeda y sabrosa.

Entre lengüetadas, él las miró de reojo y sonrió, una sonrisa feroz que hizo temblar a Laura.

—Un día les romperé el culo, chicas —murmuró entre besos, su lengua cazando sus entradas con ferocidad—. Las voy a destrozar por atrás cuando crezcan un poco, aunque yo creo que Laurita ya está lista. Las dejaré rojas y abiertas para siempre.

No hubo respuesta, solo jadeos. Él se levantó, su erección latiendo contra su barriga, y las preparó de nuevo. Primero fue la pequeña. La guió hacia atrás, separando sus nalgas, y la introdujo con un empujón seco y contundente. Teresa soltó un llanto ahogado, sus caderas chocando contra su muslo mientras él se aferraba a sus dos trenzas y las usaba como riendas para moverla a su antojo, llenándola con furia de un solo golpe.

Cuando la pequeña se sintió llena, Mendoza se apartó, dejando a Teresa temblando y goteando, y se dirigió a Laura. La mayor, más grande y más abierta, recibió el propio miembro con un gemido de resignación y deseo. Él se acomodó entre sus piernas, agarrando sus caderas, y comenzó a embestir con un ritmo incansable, golpeando suavemente sus glúteos al retirarse. La diferencia de tamaño era brutal; la verga de Mendoza parecía ganar terreno cada vez más profundo.

Él las folló una y otra vez, intercambiando entre ellas, viendo cómo sus cuerpos respondían, húmedos y rojos, hasta que sintió la sangre bombeando furiosamente en su miembro. La tensión en sus testículos era insoportable, y él siguió embistiendo, sin parar, hasta que el clímax se apoderó de él.

Finalmente, sintiendo que la explosión era inminente, Mendoza se retiró con un movimiento brusco de caderas. Las niñas quedaron vacías y temblando, sus coños usados y expuestos a la luz de la sala.

—¡De rodillas, rápido! —gritó, su voz ronca por el esfuerzo.

Teresa y Laura, con los uniformes desarrapados, se deslizaron al suelo, formando una fila frente a él. Él se acomodó cómodamente, su polla erecta y brillante esperando ser complacida. Con movimientos rápidos y ruidosos, comenzó a frotarse con fuerza, mirándolas a los ojos mientras ellas lo miraban, incapaces de apartar la vista de ese espectáculo de lujuria.

—¡Ahí está su lechita! —murmuró, y soltó un grito gutural.

Una ráfaga de semen salió disparada, bañando sus rostros. Otro chorro cayó sobre sus uniformes grises, manchando la tela perfecta con el blanco espeso. Casi todo terminó en sus bocas, obligándolas a tragar y lamer cada gota que se les cayera fuera de la boca, mientras el resto goteaba por sus barbillas y caía sobre sus blusas.

Él se quedó derritiéndose, sonriendo con una satisfacción salvaje. Se había aprovechado de ellas sin quitarles ni un botón de sus uniformes escolares, sin importarle la suciedad. Se levantó, miró sus calzoncitos blancos en el suelo, y tomó ambos para limpiarse la verga con un movimiento grosero. Luego, los arrojó a la cara de las niñas, dejando las prendas empapadas y manchadas en el suelo.

Mendoza observó el desastre en sus rostros: el blanco espeso brillando en las mejillas de Teresa y pincelando la frente de Laura. El director se reclinó, satisfecho de su trabajo sucio, y señaló con el dedo la mancha que se estaba secando.

—Bésense —ordenó, su voz autoritaria cortando el aire—. Tráguesen cada gota. No quiero ver que se desperdicie ni una gota de mis mecos.

Laura y Teresa se miraron, sus ojos llenos de lágrimas de vergüenza y excitación. Sin decir una palabra, se aproximaron. Sus labios, ahora pegajosos y cubiertos de semen, tocaron con un movimiento torpe. Fue un beso lleno de saliva y el sabor salado y viscoso de Mendoza, una mezcla intrínseca de lo sucio, lo humillante y lo extrañamente íntimo.

Se besaron con pasión, moviendo las cabezas para capturar cada resto del líquido que se le había derramado en la cara, pasándoselo de boca en boca. Teresa sorbó el semen de la comisura de los labios de Laura, y viceversa, limpiándose el rostro mutuamente en un acto de sumisión absoluta.

A pesar de ser hermanas y de que el beso era forzado, Laura sintió un escalofrío recorrer su espalda. Al separarse, mirando a Teresa con los labios hinchados y brillantes, encontraron en el acto algo extrañamente cándido y erótico. El contacto de sus cuerpos, el olor a sexo que ahora emanaban, creaba un vínculo nuevo.

Laura pasó su lengua sobre la mejilla de Teresa, limpiando la mancha que había caído al final, y viceversa, moviéndose con una languidez que sugería más devoción que necesidad. Él se deleitaba viendo a sus «perritas» compartir su esencia, una imagen que grabaría en su mente durante días.

—¡Basta! —gritó él de repente, interrumpiéndolas en medio de un beso profundo.

Ellas se separaron, mirándolo con lágrimas en los ojos y la boca húmeda. Mientras sus respiraciones aún eran agitadas, Laura miró a Teresa y supo que este beso no sería el único. Sería la primera de muchas veces, una costumbre secreta que compartirían a partir de entonces incluso cuando él no estuviera presente.

—Limpiense —dijo, señalando una pequeña caja de toallitas húmedas al lado del sofá—. Ahora.

El ambiente se detuvo. Ya no había excitación, solo la fría humillación. Laura y Teresa, con los uniformes sucios y el sabor a semen en la lengua, tuvieron que bajar de rodillas, buscar las toallitas y limpiar la evidencia de su encuentro en el suelo, sintiéndose como meras herramientas usadas y desechadas por el director.

Buscaron sus calzoncitos entre el desorden en el suelo y los hallaron tirados, manchados de un blanco espeso y pegajosos. Las niñas miraron la tela con profunda consternación, sus rostros arrugados por el asco y la repugnancia al ver qué les había hecho, pero, con la mano temblorosa, se agarraron de la tela sucia y se los vistieron sin protestar.

Cuando ya estaban listas, él las hizo quedarse quietas unos segundos más, disfrutando de la imagen de las dos niñas, uniformes arrugados y cuerpos sudorosos, esperando su permiso. Luego, señaló la puerta.

—Ya pueden largarse, putas asquerosas.

Laura y Teresa se ajustaron el uniforme con movimientos torpes, intentando recuperar su compostura, aunque las faldas estaban arrugadas y el cabello desordenado por los agarres.

Luego, caminaron hacia la puerta sin mirar atrás, sus pasos vacilantes hacia el baño de niñas, donde se terminarían de limpiar y preparar antes de la llegada de su madre.

Había terminado por hoy, pero ambas sabían que la pesadilla continuaría mañana. La escuela era su prisión, y el director Mendoza era su carcelero.

FIN

4 Lecturas/23 marzo, 2026/0 Comentarios/por Felicia Duche
Etiquetas: baño, culo, hermana, hermanita, madre, mayor, semen, sexo
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