Le rompo el culo a mi sobrina mientras su mamá trabaja
Después de la escuela, mi sobrina Sonia se pone muy cachonda y aprovechamos que su madre sale tarde de la oficina.
Pasé por mi sobrina a la escuela, y como siempre, ella saltó del portón con una energía que casi me arrastra. Manejé unos diez minutos a la casa donde vivía con su madre, estacionándome en la acera.
—¡Tío, ven! —me dijo Sonia, tirando de mi brazo con su manita pequeña, empujándome hacia la sala, apenas cruzamos la puerta principal.
—Mi amor, espera —le respondí, frenándola un momento. Aún tenía que cocinarle algo antes de que fuera tarde. Sabía que su mamá estaría trabajando, como siempre, y que no vendría pronto.
Mi hermana era soltera. No había papá en la vida de mi sobrina, y siempre me tocaba a mí recogerla de la escuela, algo que no me molestaba, al contrario, me daba la oportunidad de disfrutarla.
—No, amor, te tengo que cocinar —insistí.
—¡No, tío, no tengo hambre! Anda, ven —respondió, con esa mirada de niña traviesa que me encantaba.
La miré fijamente. A sus siete años, Sonia era tan bonita: su cabello rubio recogido en dos coletitas, aunque el resto del cabello caía libremente sobre su espalda. Su uniforme escolar: camiseta blanca y el short azul que le apretaba el culo redondito. Sus ojitos, pequeños pero brillantes, me miraban con dulzura, como si estuviera deseando convencerme de algo.
—¿No tienes hambre? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—¡No, tío! —me volvió a repetir, esta vez con una mueca exasperada, como si estuviera demasiado deseosa.
Fruncí el ceño con un suspiro, mirando cómo me hacía una cara de ruego. Era una niña tremendamente cachonda, tanto que me superaba constantemente a mí, que tanto me esforcé en convertirla en lo que es ahora.
—¿Y si viene tu mamá? —intenté cambiar de tema, sabiendo que esa sería mi mejor opción para convencerla de comer algo.
—No viene, va a tardar —respondió, y me miró de nuevo, esta vez con una carita pícara—. Si quieres, márcale y pregúntale.
Yo levanté las cejas, sorprendido. Era obvio que ella también quería saber cuánto tiempo teníamos disponible.
—Bueno, deja le marco —dije, sacando el teléfono del bolsillo de mi pantalón.
La niña me miró con expectación, sentada en el sofá, mientras marcaba el número. Al instante, la llamada conectó, y su voz familiar apareció del otro lado.
—Hola, Joaquín, ¿todo bien? —preguntó mi hermana, con ese tono tranquilo que siempre usaba, aunque por su voz se notaba que estaba ocupada en el trabajo.
—Sí, todo tranquilo. Oye, ¿pregunta Sonia si vas a tardar mucho? —le dije, esperando una respuesta clara.
—Sí, un buen rato más —me contestó, como si fuera lo más obvio del mundo—. Tengo que quedarme hasta terminar un par de cosas, pero ya sabes que en cuanto termine, salgo para allá.
—Ah, ok, no hay problema —respondí, mirando hacia el techo y acercándome sin darme cuenta hacia el sofá.
Mientras hablaba con mi hermana, la niña aprovechó mi cercanía para dirigir sus manitas a la bragueta de mi pantalón. Yo bajé la vista, sorprendido, pero no pude evitar quedar perplejo al ver que ella me dirigía esas caritas que tanto le gustaban hacer. Con sus nalgitas descansando en la orilla del sofá, Sonia comenzó a desabrocharme el cinturón y luego comenzó a forcejear con el botón del pantalón; tuve que ayudarle, porque sus manitas no eran tan fuertes, pero en sus ojitos se notaban las ansias por sacarme la verga. Hizo un gesto con la mano, como si estuviera limpiándose el rostro de algo invisible. Yo intentaba mantener la calma, cualquier sonido raro podría alertar a mi hermana, quien seguía hablando del otro lado de la línea.
La niña, viendo mi debilidad, me acercó más jalándose suavemente y me bajó los calzoncillos. Ante ella apareció un conocido amigo suyo: mi tronco, de veinte centímetros, duro como una piedra. Volteó a verme, desde abajo, alzando las cejas, como diciendo: “Voy a chupártela, tío” Y justo en ese momento, abrió grande la boca, casi de forma exagerada, y se tragó mi verga tanto como pudo. Tuve que ponerme la mano en la boca para disimular el suspiro placer que su boquita causaba en mí, temiendo que mi hermana, al otro lado del teléfono, sospechara algo.
—¿Te estás riendo? —preguntó mi hermana, captando mi atención en la llamada.
—Nada —dije, intentando parecer serio—. Aquí, con la pequeña traviesa, está haciendo sus tontadas.
Ella rió brevemente, sin imaginar la realidad. Mientras tanto, la niña siguió tragándose la verga. Comenzó a mover su cabecita, metiéndose y sacándose mi tronco con el vaivén, mirándome con una expresión tan rara que ni siquiera sabía cómo describirla. Su cara, tan inocente pero a la vez completamente lasciva, era demasiado para mí.
Al mismo tiempo, escuché un «dame un minuto» y el sonido de la llamada interrumpida por un breve silencio. Mi hermana, al parecer, había quedado atrapada en un momento más de trabajo y no estaba atenta a la llamada en ese momento.
—¡Tío, la tienes muy dura! —exclamó Sonia de pronto, en voz muy bajita.
—Eres tremenda —le murmuré, tratando de controlarme, pero sin poder evitar tomarla suavemente de la nuca y atraerla hacia mí para atragantarla un poco con mi verga.
La niña había comenzado a toser, como si no pudiera respirar, y no la liberé hasta que no empujó insistentemente mis piernas. Pero no estaba asustada, ni mucho menos, ella sabía que aquello era parte del sexo, y había aprendido a soportarlo cada vez más con la práctica. Empecé a pensar que tal vez esa era la magia de follarse a una niña: su simultánea fragilidad y vigoroso aguante.
Finalmente, la voz de mi hermana volvió a sonar.
—¡Ah, perdón! —dijo, como si acabara de darse cuenta—. Estaba en lo mío. Oye, te dejo para que te ocupes de ella. Te marco luego, ¿vale?
—Está bien, no te preocupes —respondí, mientras observaba a la niña que, de nuevo, se encargaba de chupar mi verga diligentemente. Sabía que la llamada estaba por terminar, y mi mente ya comenzaba a imaginar lo que iba a hacer con ella después, pero entonces, mi hermana siguió hablando.
—Ah, y por cierto, recordé que tengo que pasar por… —hizo una pausa, como si estuviera buscando en su memoria—. ¿Por los papeles de la oficina? Los que te mencioné la otra vez.
Mi estómago se tensó, aunque mi expresión se mantenía neutral. La niña, al ver mi reacción, dejó de mamar un momento y me miró, observándome con curiosidad, como si temiera que su mamá nos hubiera descubierto. Yo la tranquilicé con un gesto, pero ella parecía de todas formas inquieta. Estaba claro que quería que colgara ya.
—Sí, claro —respondí automáticamente, tratando de no mostrar en mi tono lo que realmente pasaba. Mi sobrina, que había vuelto a la faena de mamarme el pene, me miró con esos ojitos brillantes, haciendo muecas involuntarias mientras mi glande entraba y salía de su boca. Aburrida, me sobaba los testículos con la mano izquierda, esperando ansiosa.
Mi hermana no pareció notar el cambio en mi tono, situación que aproveché para terminar de retirar mis pantalones y calzoncillos, que habían estado atorados entre mis pies.
—Eso, y también tengo que hablar con el seguro, que todavía no me han confirmado lo de la casa. Ya sabes cómo es esto… nunca responden a tiempo.
Un leve suspiro escapó de mis labios. Mi sobrina, al escuchar el suspiro, sonrió divertida a pesar de que tenía la boca repleta de mi verga. Pero su madre no sospechó nada.
—Ah, y también me dijeron que tengo que hacer el pago del colegio de la niña. ¿Podrías hacerlo tú cuando tengas un rato? Es que ya sabes cómo son estas cosas. Todo se junta de repente.
La niña me miró fijamente, lamió mi verga desde los testículos y luego, de forma completamente involuntaria, me dio un pequeño lengüetazo sobre la parte más sensible del glande, como si me estuviera instando a que le pidiera a mi hermana que colgara. Carraspeé mi garganta, intentando que mi hermana no lo notara.
—Claro, claro —respondí, mientras pasaba mi mano por el suave cabello de la niña, buscando mantenerla calmada.
Mi hermana, al otro lado de la línea, continuaba sin sospechar que en ese momento su adorada hija ya me estaba besando las bolas.
—Por último, el viernes tengo que ir al centro comercial a hacer unas compras, ¿te acuerdas? —continuó, sin imaginar que Sonia tenía en ese momento mi testículo izquierdo metido en la boca— Necesito que me hagas el favor de ir por unos zapatos para la niña, y si puedes, cómprame unos papeles de oficina también.
En ese momento, mi sobrina se deslizó más abajo y comenzó a dar lengüetazos por debajo de mis huevos, como si quisiera dirigir mi boca a mi culo. Estaba al borde de estallar de placer cuando sentí su fresca boca deambular tan cerca de mi ojete. Aunque me estaba esforzando por mantener la conversación con mi hermana, no pude evitar asomarme para ver la cara de mi sobrina, con sus ojitos cubiertos por completo con mi escroto. La llamada me estaba volviendo loco y el placer me hizo levantar una pierna y colocar el pie sobre el sofá para facilitarle el acceso a mi sobrina. Ella, confiada de que todo el control de la situación estaba en mis manos, siguió insistiendo en lamerme la entrada de mi culo,
—¿Tú crees que puedes ir el sábado? —preguntó mi hermana, ahora con un tono más ligero—. Porque si no, tendré que hacer todo eso yo, y sabes que no tengo tiempo.
Yo trataba de mantener el ritmo de la conversación, pero la sensación de estar perdiendo el control se volvía cada vez más clara. Mi sobrina cruzó la línea y su lengua se endureció para intentar penetrar por mi esfínter.
—Sí, claro —respondí, un poco más distraído de lo habitual—. Déjame ver, y te aviso si puedo hacerlo.
En ese momento, mi hermana hizo una pausa, y fue cuando aproveché el silencio para escuchar los sonidos gluturales de mi sobrina, que ahora ya no podía contener su perversión. Estaba a punto de colgar de la desesperación..
—Bueno, te dejo, luego hablamos, hermano —dijo mi hermana, aparentemente satisfecha de haber dejado todo claro, sin darse cuenta de la escena que estaba ocurriendo en su sala..
Mi sobrina, al fin, salió de entre mis piernas, se puso de pie y acercó su rostro con una gran sonrisa. La besé en la boca en un apasionado intercambio de saliva.
Y así, la calma volvió, mientras mi sobrina volvió a mamarme tranquilamente la verga y luego me chupó los testículos un rato. Yo, por mi parte, solo pude suspirar aliviado, aunque no podía evitar sonreír ante su travesura.
Volví a mirar a mi sobrina, que ya había dejado mis huevos relucientes y me estaba mamando de nuevo la verga. La interrumpí acariciando sus mejillas.
—Tío, ¿me lo vas a hacer por la colita? —me preguntó con esa carita de niña pequeña que me derretía por dentro.
—Otra vez, ¿eh? —dije entre risas. Era la quinta vez que lo hacíamos anal desde que le rompí el culo por primera vez hacía menos de un mes y, por lo visto, ya se estaba volviendo adicta.
—¡Sí, tío! ¡Me encanta! —respondió, con una sonrisa tan grande que era imposible decirle que no.
La levanté en brazos y la cargué, llevándola hacia su recamara como si fuéramos dos recién casados. Mi hermana seguía trabajando sin imaginar que, en su casa, su hermano estaba a punto de follar por el culo a su pequeña y lujuriosa hija de siete años.
Entramos a su cuarto.
La cama era pequeña, casi diminuta, con sábanas rosas de princesas y una montaña de peluches acomodados como si también durmieran allí. Había ositos, unicornios brillantes y muñecas de vestido abombado ocupando más espacio que la almohada.
Las paredes estaban cubiertas de dibujos hechos con crayones: corazones, flores, castillos torcidos y soles con pestañas largas. Un tocadorcito de plástico blanco guardaba cepillos de juguete, ligas de colores y diademas con brillantina. En una esquina, una cocinita rosa y un carrito de muñecas revelaban la diversión de una infancia más temprana.
La alfombra tenía estrellas y el armario estaba lleno de pegatinas con mariposas y letras brillantes.
Todo era pequeño, rosado, suave y delicado.
Sin duda, el cuarto de una niña de siete años.
La lancé contra la cama, y ella rebotó sobre el colchón, soltando un suspiro ahogado. La tela de su camiseta blanca se tensó contra su pecho mientras caía. Yo me lancé como una bestia tras ella. Mi mano, temblorosa de deseo, se clavó en la tela. Sin miramientos, empujé la prenda hacia arriba, arrastrándola sobre su piel húmeda. Los botones hicieron un sonido seco al desabrocharlos. Al soltarla totalmente, la camiseta se amontonó sobre sus hombros, dejando al descubierto su torso pálido y sudoroso, con sus pechitos pequeños y duros apretados contra la tela.
A continuación, mi atención se centró en el short azul que apretaba su cintura y le marcaba el contorno de la entrepierna. Lo bajé con lentitud, rozando sus nalgas calientes y redondas. La tela se deslizó por sus muslos, revelando más piel.
Pero lo que me tenía atontado estaba debajo. Su calzoncito de algodón rosa era simple, barato, de tela gruesa, con un patrón básico de princesas que parecía fuera de lugar ante la cercana presencia de mi verga erecta y desnuda. Sin embargo, ver esos calzoncitos de algodón en sobrina me excitó más que cualquier tanga. La ropa interior infantil en un cuerpo pequeño es lo más excitante que existe.
Los bajé por las caderas, dejando que el algodón cayera sobre sus tobillos. Con ella tumbada boca arriba, el panorama era perfecto. Su coño estaba completamente expuesto, sus labios mayores abiertos como dos diminutas oquedades húmedas y rosadas, goteando ya los jugos de una niña excitada. La humedad de la escuela y mi saliva le cubrían la piel sensible de su entrepierna.
Le aliné las piernas hacia arriba y hacia afuera, abriendo su cuerpo por completo. De inmediato, su ano se puso al descubierto, un orificio pequeño y apretado, rodeado de piel tersa y brillante por el sudor acumulado durante el día en el colegio.
Me incliné sobre ella y comencé a lamer su coño con avidez. El sabor era intenso: una mezcla dulce y salada de su jugo infantil y el sudor de sus piernas. Introduje la lengua en su abertura, chupando cada gota, provocando que ella gimiera y se tensara.
Luego, mi atención se desvió hacia su ano. Le lamí la orilla de esa piel apretada, pasando la lengua por el ano, saboreando la textura y el calor de esa pequeña abertura que pronto sería mía. Me pasé el tiempo entero disfrutando de ese cuerpo, mordiendo suavemente sus labios, lamiendo su esfínter y su coño, delicioso y sudoroso.
De vez en cuando mi boca visitaba sus pechitos, lamí los pequeños pezones duros y fríos, chupándolos con fuerza mientras ella se arqueaba en la cama, jadeando. Mi lengua recorría su piel suave de niña mientras me acercaba a sus labios. La besé con locura, mordiéndole los labios, invadiendo su boca con mi lengua, intercambiando saliva y aire entre nosotros. Sus manos se aferraban a mi pelo, tirando de él mientras yo me la comía a besos.
Luego, volví mi atención a su coño. Se había vuelto más húmedo y caliente después del juego de besos. Chupé todo su sexo, de arriba abajo, bebiendo sus jugos como si fuera mi comida. Mi lengua entreabrió sus labios mayores y se metió en su interior, buscando el clítoris pequeño y sensible, mordiéndolo suavemente mientras ella gimió y se movía.
Después mi boca bajó hacia su ano. Le besé la orilla de esa piel apretada, pasando la lengua por el ano, saboreando la textura y el calor de esa pequeña abertura que pronto sería mía.
Decido, me acomodé con la intención de penetrarla. Miré entre sus piernas abiertas. Su conchita estaba abierta y húmeda, goteando, pero mi pene buscaba algo más intenso, algo más apretado. Le di una palmada en la nalga y le pregunté directamente: «¿Por tu conchita o por tu colita?».
Ella no dudó ni un segundo. Con total entrega, solo levantó los hombros, ofreciéndome todo su cuerpo. «Donde quieras tío», respondió con una voz quejumbrosa.
Sonrió nerviosamente, pero aceptó el reto sin rechistar. «Eres muy puta, Sonia», pensé, excitado por su sumisión. No perdí tiempo. Alineé mi verga de dieciocho centímetros contra ese ano pequeño y apretado, con la cabeza presionando contra su piel.
—Resiste, amor —dije, empujando con fuerza—. Aguanta.
Ella gritó, entornando los ojos, pero no retrocedió. No era fácil. Su ano se resistía, cerrándose como una cerradura imposible de abrir. El tamaño de mi pene era brutal comparado con ella, así que escupí varias veces hacia esa zona para que mi saliva aliviara la situación.
—Aguanta mi amor —gruñí, presionando mi mano sobre su pecho para obligarla a soportarlo—. Suelta, nena… relájate.
Intenté de nuevo. La cabeza de mi pene chocaba violentamente contra su piel, pero no entraba. La presión era insoportable. Ella solo atinaba a sostener sus rodillas para mantener sus piernas bien abiertas y el ojete lo más dilatado posible.
—Ya casi mi amor —dije, poniendo más fuerza en el empuje—. Necesito que aguantes.
Con un último empujón violento, logré abrir esa pequeña puerta. Sintió que su ano se rasgaba bajo la presión del miembro.
—¡Ay amor mío! —susurré — ¡Qué rico se siente mi amor!
Había logrado meter casi la mitad de mi verga dentro de su colita. Era demasiado grande para el ano de una niña de siete años, pero estaba adentro, estirando su piel y provocándole un cada vez más delicioso dolor.
La cabeza de mi verga estaba totalmente dentro, el ano de mi sobrina se tensaba alrededor de mi piel, rozándome con una presión insoportable. Comencé el movimiento lento. Metí casi toda la mitad y la saqué, dejando pasar el borde de su piel sensible solo para meterla de nuevo con suave insistencia. Rasgaba su interior con cada paso, una sensación increíble de calor y fricción.
—Abre más, amor —susurré, presionando mi mano en su ombligo para obligarla a estirarse—. Déjame entrar mejor.
Sentí cómo sus músculos anales se relajaban lentamente, cediendo a mi dominio. Aumenté la velocidad de forma gradual, de «mete y saca» a embestidas más firmes. El sonido de la piel golpeando entre nosotros llenaba la habitación, un sonido sucio y erótico que me excitaba más. El sudor nos cubría, me resbalaba por su espalda.
—¡Más! —gritó ella, arqueando la espalda.
Entonces le agarré el pelo rubio con fuerza y tiré de su cabeza para que mirara cómo mi verga entraba una y otra vez por su dilatado ojete. Luego, casi sin darme cuenta, llevé mi mano a su cuello y apreté un poco, ahogándola ligeramente. Sus ojos brillaban de pasión mientras me miraba.
—¡Mírame! —le exigí con voz ronca.
La chiquilla me obedeció, y nuestros ojos se cruzaron. Los suyos eran tan hermosos; irrepetibles, solo posibles en una criatura de siete años.
—Eres tan puta, Sonia —gruñí entre sus gemidos, golpeando mi cadera contra su culo.
Ella parpadeó, un poco aireada, pero se le dibujó una sonrisa orgullosa y placentera en sus labios. «Sí, soy tu puta, tío», respondió con voz temblorosa, abriendo más sus piernas.
La cama ya no solo crujía, golpeaba con fuerza contra el suelo, pero la excitación nos mantenía en pie. Aumenté la velocidad de las embestidas. Ahora mi verga entraba y salía con fuerza, golpeando su castigado esfínter con un sonido golpeado y sucio.
—¡Más! ¡Más rápido! —gritaba ella, abrazando sus rodillas replegadas para recibirme mejor.
La agarré de la cabeza y la tiré hacia atrás, ahogándola un poco mientras mi pene se hundía en su interior. Luego, bajé la mano a su boca y le metí el dedo medio. Ella lo recibió atenta, chupándolo con lujuria, simulando que estaba mamando mi verga.
—¡Qué puta eres! —le repetí, mirándola con intensidad.
Ella parpadeó, sonrojada y sudorosa, y esta vez respondió alzando los pies y ofreciéndomelos. Me incliné y lamí la planta de sus pies y sus dedos, chupándolos con devoción mientras la follaba con furia.
Así estuvimos otro rato más; disfrutando cada segundo de placer que se sentía como una eternidad. Aunque ahora la follaba con más cuidado, la cama era tan frágil que sentía que en cualquier momento iba a sucumbir por nuestro peso. Pero afortunadamente resistió.
Me detuve por un instante para ver cómo ella, exhausta y con la piel cubierta de sudor, empezaba a bajar las piernas y a girarse lentamente sobre la cama. De un movimiento casi animal, pasó de estar boca arriba a ponerse en cuclillas y luego a apoyar sus manos en la tela de la almohada, levantando su pequeño trasero al aire. Ahí estaba, expuesta y vulnerable, con su ano dilatado y brillante, esperando que la montara de nuevo. Esa postura de cuatro patas la hacía lucir como una perrita en celo, lista para ser dominada.
Me acomodé detrás de ella, mi pene duro y húmedo justo contra su ojete abierto. Le di una palmada en la nalga y me lancé de nuevo sobre ella.
—¡Qué deliciosa perrita! —gruñí, agarrándole los bracitos y jalándolos hacia atrás para acentuar más lo desproporcionado de aquella situación.
Era tan pequeña, pálida y sudorosa, que parecía una muñequita de trapo en mis manos. Sus brazos colgaban sostenidos por mis manos, totalmente rendida, incapaz de resistirse. En ese momento, ella no era más que un simple objeto en el cual descargar mi leche sin piedad, sin preocuparme por si le dolía o no. La trataba como un juguete desechable, un receptáculo para mi placer, moviéndola y penetrándola como si fuera mi propiedad.
Sus ojos vidriosos y la forma en que su pecho subía y bajaba me traían recuerdos intensos. Pensé en su madre presentándomela hace años, siendo apenas una bebé, en cómo sonreía cuando daba sus primeros pasos y pronunciaba sus primeras palabras con inocencia. Recordé también cómo la ausencia de su padre le había generado un vacío imparable, y cómo yo había suplí ese espacio, protegiéndola y cuidándola. Pero en ese instante, ese rol de cuidador se disipaba para dar paso a algo más animal.
Era perfecto. Nada era más justo en este mundo que el que ella recibiera mi verga por sus agujeros. Sonia estaba diseñada para esto, nacida para ser usada y llenada. Era un cuerpecito blandengue, de siete años, nacido para mi y para mi semen.
Empecé a moverme con furia, embriagado por aquellos pensamientos. Mi verga se hundía de golpe en su interior, rozando sus paredes internas con brutalidad.
—¡Eres tan puta! —le grité, sintiendo cómo su ano se apretaba y relajaba a mi ritmo. — ¡Qué rico te siento!
Solté sus brazos. Ella cayó de golpe, con su rostro impactando el colchón; un gemido ahogado. Mis manos ahora la tomaban firmemente de su caderita, alzándola y sosteniéndola para que le fuera imposible huir.
—¡Tíoooo! —seguía gimiendo mi sobrina, cada vez más lento, como si estuviera a punto de desmayarse.
Yo no podía parar, sentía próximo el orgasmo y no estaba dispuesto a correrme de otra forma que no fuera dentro de aquel apretado culito.
No se lo pregunté en ese momento, pero estaba seguro que la chiquilla estaría dispuesta a soportarlo todo con tal de satisfacer aquel deseo mío. Era una buena niña; valiente y apasionadamente entregada. Al menos conmigo.
Mi verga seguía saliendo y entrando hasta la mitad por su apretado culo. Y comencé a sentir la sensación de que pronto me correría.
—Ya casi, mi amor —dije, acomodándome tras ella, alzando más su culito. Ella hizo lo propio incorporándose, de tal manera que sus caderas alzadas me ofrecían su dilatado ojete con más facilidad. — Muy bien mi amor —la felicité.
Una sensación placentera partió desde mi verga y mis testículos, y se trasladó hasta mi cabeza. Me detuve, con todo el tronco clavado hasta donde el recto de mi sobrina era capaz de soportar, y entonces comencé a derramar mi esperma dentro de aquel castigado recto.
Ella gimió. Gimió fuerte, como si el calor de mi leche estuviera provocando un placer inmensurable en sus entrañas. Yo soporté mis últimas fuerzas para mantenerme erguido, moviendo los músculos de mi entrepierna para expulsar toda la leche posible. No quería que se desperdiciara, deseaba derramar cada rastro de semen en aquel precioso culito que tantas alegrías me había regalado ya.
Me quedé así, clavado en ella, disfrutando de las últimas contracciones de su ano apretado que, como si quisiera exprimirme hasta la última gota, se cerraba alrededor de mi verga. La respiración de mi sobrina era agitada, un suspiro largo y cansado que se mezclaba con el mío en el aire denso de la habitación.
Lentamente, me retiré. Un hilo brillante de mi semen escapó de su ojete dilatado, manchando la sábana de princesas. Ella se derrumbó sobre el colchón, con el rostro escondido entre los peluches, sin moverse, como si toda su energía se hubiera evaporado en el clímax.
La habitación volvió a sumergirse en un silencio profundo, solo roto por nuestros jadeos. Los unicornios y los ositos de peluche nos observaban desde la montaña de cojines, testigos mudos de nuestro secreto. El olor a sexo, a sudor y a infancia corrompida impregnaba el aire.
Me acosté a su lado, rodeando su cintura con un brazo. Ella no se resistió; al contrario, se recostó contra mí, buscando el calor de mi cuerpo. Sus ojos estaban cerrados, pero en su rostro no había tristeza ni arrepentimiento, solo una plácida satisfacción.
—Lo logramos, mi amor —susurré al oído, besando su cabello.
Embriagado de placer, atraje a la niña como si fuera una muñequita más y la jalé hacía mí buscando su boca. Nos besamos como dos amantes desesperados. Ella se incorporó con dificultad y se subió sobre mí, sus caderas temblando al alzarse. Sus nalgas, todavía abiertas y pegajosas por el esperma, se alzaban a la altura de mi vientre. Mi verga, aún hinchada, rozaba sus labios vaginales, dilatados y mojados.
Estábamos agotados. Con la niña tumbada sobre mí, acariciaba cariñosamente su cuerpo: su espalda humedecida por el sudor, sus suaves pompitas, sus pechitos apretados contra el mío. Mis dedos se deslizaron entre sus nalgas y comenzaron a juguetear con su ojete, del que ya escapaba copiosamente el semen que había depositado en su recto.
Masajeé su esfínter insistente, forzando mi dedo anular dentro de su ano ya lleno, sintiendo la humedad caliente y viscosa de la mezcla de mierda y leche mientras ella gemía y se contraía sobre mi cuerpo.
Había sido delicioso, como siempre, correrse en el culo de aquella niña, de mi Sonia, de mi amada sobrina.
Entonces miré la hora y sentí el golpe seco de la realidad: era tarde. Demasiado tarde.
Nos levantamos de un salto. Me vestí la camiseta a toda prisa, casi torpemente, mientras ella corría al baño. Cerró la puerta con suavidad, pero no pudo ocultar el nerviosismo en sus movimientos. Su madre no tardaría en llegar. Cada minuto contaba.
Yo tenía la verga manchada de su mierda y mis jugos, así que busqué en el suelo y encontré su calzoncito de princesas. Lo usé para limpiarme lo más posible, frotando con fuerza el glande y el vello, aspirando el olor a sexo y a su cuerpo. Sólo esperaba que no oliera cuando estuviera cerca de su madre.
Bajé las escaleras intentando pensar con claridad. Encontré mis pantalones, calzoncillos y zapatos en la sala. Me vestí.
La comida. No había tiempo para cocinar nada que pareciera creíble. Abrí la alacena y opté por lo más sencillo: palomitas. El olor llenaría la casa, que olía ligeramente a sexo y a sudor infantil, y serviría de coartada. Simularíamos que habíamos estado viendo una película toda la tarde.
Mientras el microondas giraba ruidosamente, pedí una pizza desde una app.
Entonces escuché el sonido de la puerta abriéndose.
Las llaves.
Mi corazón dio un pequeño brinco.
En ese instante bajó Sonia. No se había mojado el cabello —muy astuta— y llevaba puesta su ropa cómoda de casa, una camiseta un poco grande y calcetines desparejados. Bajó los escalones con esa expresión de niña inocente que me volvía loco. Nadie hubiese sospechado que le acababa de llenar el culo de leche hasta el fondo, que su ano todavía estaría ardiendo y goteando mi semen.
Sin que yo dijera nada, tomó el control remoto y puso una película que ya estaba empezada, subiéndole el volumen justo lo suficiente.
Se sentó en el sofá como si llevara horas allí, con una ligera rigidez en su postura que solo yo podía notar.
Me miró de reojo. Sonreía.
Chica lista.
La puerta se abrió del todo.
—¿Ya llegué? —anunció su madre desde la entrada, dejando las llaves tintinear sobre el mueble.
Yo me quedé muy quieto. Sonia ni parpadeó. Sostenía el tazón de palomitas con absoluta concentración, como si la película estuviera en su parte más importante.
—¡Hola, mamá! —dijo ella, sin despegar los ojos de la pantalla.
Su madre apareció en la sala, aún con el bolso colgado al hombro. Observó el escenario: la televisión encendida, las palomitas recién hechas, los cojines desordenados en el sofá.
—¿Y eso? —preguntó, oliendo el aire—. ¿Cine en casa?
—Sí —respondí yo, procurando sonar casual—. Y… ya pedimos una pizza. Debe estar por llegar.
Ella arqueó una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Y eso?
Sonia se encogió de hombros, con expresión inocente.
—Fue idea de los dos —dijo muy seria.
Su madre soltó una risa breve y negó con la cabeza.
—De verdad que es un peligro dejarlos solos.
Lo dijo en tono burlón, pero no pude evitar pensar maliciosamente. Se acercó para darle un beso en la frente a su hija, donde hacía apenas unos minutos había descansado mis testículos mientras la zorrita me lamía el culo. No sospechaba nada, no tenía ni puta idea de que mi semen aún caliente escurría por el culo de su niña en ese preciso instante.
Sonia y yo cruzamos una mirada rápida. Una sonrisa pequeña, perfectamente sincronizada.
FIN


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