Mi primera vez con un usuario de Twitter
Un joven travesti de closed, tras no haber tenido nunca un encuentro con un hombre queda gustando le la verga.
Bajo el Sudor de la Noche
Esa noche el calor de Panamá no estaba solo en el aire, sino en mi sangre. Mientras mi tío y mi primo dormían, yo estaba en mi cama, sumergida en el brillo de la pantalla de mi celular. En X, entre notificaciones y deseos guardados, apareció el mensaje de «Juan». La invitación fue directa, y aunque los nervios me hacían temblar las manos, el deseo de libertad fue más fuerte. «Paso por ti», me dijo, y en ese instante, el interruptor de mi verdadera esencia se encendió.
Me encerré en el baño como quien prepara un santuario. Me entregué a una limpieza profunda, cuidando cada detalle de mi piel morena, preparándome para lo que venía. El ritual de transformación comenzó: me deslicé dentro del body de malla negra, con esas copas de encaje en forma de mariposa que abrazaban mis pechos, y ajusté las medias de malla que subían por mis muslos. Mis glúteos, firmes y pronunciados, quedaron enmarcados por el hilo del body. Me puse los tacones altos, sintiéndome imponente, y encima, el disfraz para el mundo: un suéter ancho y una pijama holgada que ocultaba mi secreto, mientras el toc-toc de mis pasos resonaba como un tambor de guerra en el piso.
Al subirme a su carro, los nervios me hacían mascar chicle con fuerza. Pero cuando la puerta se cerró y estuvimos solos, la timidez se convirtió en fuego. Sin decir mucho, bajé el cierre de su pantalón. Su miembro, ya despierto, se reveló ante mí. Lo probé, recorrí su longitud con la lengua y lo llevé a lo profundo de mi garganta hasta que el placer lo desbordó. «Qué rico me lo hiciste», susurró él, con la voz rota por el deseo.
Al llegar a su apartamento, el miedo a ser reconocida en mi provincia me hizo caminar rápido, pero una vez adentro, la farsa terminó. Fui al baño, me despojé de las ropas anchas y quedé ahí, en lencería, frente a él. Me arrodillé de nuevo, adorando su desnudez mientras él solo conservaba su franela blanca. Cuando me pidió que me levantara, sentí su mirada quemándome la espalda.
Él me guió hasta la cama. Me puse en cuatro, con el rostro hundido en las sábanas y el trasero levantado, ofreciéndole mi verdad. Apartó el hilo del body con una mano y, con la lengua, exploró mi entrada, llevándome directo a las nubes. Fue un éxtasis dulce antes de la tormenta. Sentí sus dedos preparándome, abriendo camino, y luego, con un empuje decidido, su miembro entró por completo en lo más profundo de mi ser.
El dolor del principio se evaporó en segundos, reemplazado por un ritmo de «mete y saca» que me hacía vibrar. Fuimos uno solo en mil poses, entre el roce del encaje negro y el sudor de nuestros cuerpos. Cuando él no pudo más, se vació dentro de mí, en una entrega total que nos dejó agotados. Nos quedamos así, yo boca arriba, sintiendo su peso y su calor, sabiendo que esa noche yo no había sido un secreto, sino una reina.
Después vino el baño, la ropa ancha de nuevo y el regreso a casa bajo el silencio de la madrugada. Ahora, cada vez que suena el celular y veo su nombre, recuerdo que mi cuerpo tiene una historia que solo nosotros conocemos.



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