vivencias de infancia con mami 1
Vivencia que ocurrió en mi infancia a acompañar a mi hermosa madre al trabajo. .
Mi nombre es Camilo, tengo 27 años y he vivido toda mi vida en Madrid. Hoy quiero compartir una experiencia que viví cuando tenía 8 años. Fue un momento que marcó mi infancia y ocurrió mientras estaba con mi madre en el metro de la ciudad.
Karla, mi madre, tenía 30 años en ese momento y poseía una belleza que llamaba la atención sin esfuerzo. Su piel blanca, suave y tersa, parecía iluminarse bajo cualquier luz. Su cabello negro azabache caía perfectamente liso, enmarcando un rostro que era simplemente cautivador: unos ojos marrones grandes y profundos que parecían guardar secretos, una nariz delicada y unos labios carnosos que siempre dibujaban una ligera sonrisa.
Con una estatura de 1.70 m, su cuerpo era una mezcla de curvas perfectas y proporciones que quitaban el aliento. Sus senos, medianos pero firmes, resaltaban de manera sutil pero innegable, y se movían con una naturalidad que llamaba la atención de cualquiera. Sin embargo, lo que realmente atraía todas las miradas era su trasero: redondo, firme, y muy bien formado. Al caminar, su cadera tenía un movimiento hipnótico, dejando a su paso un rastro de susurros y miradas que no podían apartarse de ella.
Era mitad de junio, el primer día de mis vacaciones del colegio. El calor ya se sentía en el aire, típico del inicio del verano madrileño. Mi madre, Karla, trabajaba en una oficina de abogados como secretaria. Aquel día, por un cambio en la rutina, mi padre se había llevado el coche, así que decidimos usar el metro para llegar a su trabajo. El trayecto era desde la estación Sol hasta la estación Tribunal, un recorrido que, para mí, era toda una aventura en ese momento.
Karla, siempre impecable, vestía una falda roja que le llegaba justo por encima de las rodillas, combinada con una blusa blanca ajustada que resaltaba su figura, y un discreto pero sugerente escote rojo que llamaba aún más la atención. Mientras bajábamos las escaleras hacia el andén de Sol, las miradas parecían seguirnos a cada paso. Aunque yo no entendía del todo lo que significaba, era evidente que mi madre no pasaba desapercibida.
El ambiente en el metro era bullicioso, con el sonido metálico de los trenes llegando y el eco de las conversaciones llenando el aire. A medida que avanzábamos hacia el vagón, escuché algunos murmullos y miradas rápidas dirigidas hacia mi madre. Karla, como siempre, mantenía su porte tranquilo y una expresión que combinaba elegancia y desinterés.
Nos colocamos un poco lejos de la puerta de salida, donde aún había suficiente espacio para movernos con comodidad. Detrás de nosotros, solo había cuatro personas: dos chicos que aparentaban tener entre 15 y 16 años, un hombre gordo, de unos 45 años, con una expresión algo desaliñada, y una señora mayor,,que parecía absorta en sus pensamientos. A pesar de ser hora punta, el tren todavía no estaba completamente lleno, lo que nos permitió ubicarnos sin apreturas.
Mientras mi madre, de espaldas a ellos, ajustaba ligeramente su bolso sobre el hombro, noté cómo los dos chicos intercambiaron una mirada rápida y cómplice. Después, sus ojos se posaron descaradamente en mi madre, analizándola de arriba abajo sin ningún tipo de discreción. Sus rostros denotaban asombro y una mezcla de nervios y atrevimiento, como si no pudieran creer lo que estaban viendo.
Dos estaciones más adelante, el tren comenzó a llenarse. El espacio que antes teníamos se redujo considerablemente, y mi madre terminó más cerca de los dos chicos y del hombre gordo que hasta ese momento había lanzado miradas discretas. El ambiente en el vagón era ahora más apretado y caótico, con pasajeros entrando apresuradamente y buscando dónde acomodarse.
Mientras todos intentaban encontrar un poco de espacio, noté cómo uno de los chicos comenzó a moverse sutilmente. Fingiendo buscar algo en su bolso, sacó un cuaderno con movimientos calculados, pero lo que parecía un gesto inocente escondía otra intención. En un instante, aprovechando el vaivén del tren, logró rozar el trasero de mi madre con el cuaderno de manera casi imperceptible. Mi madre, distraída mirando hacia el frente y sujetándose de una barra, no pareció notar lo sucedido, o al menos no reaccionó de inmediato. El chico, intercambió una rápida mirada con su amigo, ambos conteniendo risas nerviosas, como si hubieran logrado una pequeña «hazaña».
El tren continuó su viaje, y los dos chicos, envalentonados por la falta de reacción de mi madre, decidieron probar suerte de nuevo. Esta vez, el que ya la había tocado, movió la mano con un poco más de confianza y, aprovechando el vaivén, le rozó el culo con los dedos. El contacto fue un poco más largo, y el chico, que estaba de pie detrás de ella, pudo sentir la tela de la falda y la suavidad de la carne bajo ella.
Vi cómo la cara del chico se iluminaba y sus ojos se abrían de par en par, como si no pudiera creer lo que acababa de suceder. Su amigo, que estaba observando todo, sonrió ampliamente y asintió con la cabeza.
Karla seguía inmóvil, su mano pálida aferrada a la barra de metal, pero noté un leve temblor en sus nudillos, como si algo en su postura se hubiera quebrado. Los dedos del chico, audaces ahora, trazaron un círculo lento sobre la tela de su falda, siguiendo el contorno de su cadera, mientras su respiración se aceleraba detrás de ella.
El tren frenó bruscamente en Chamberí, y el movimiento hizo que el cuerpo de mi madre se inclinara hacia delante. Fue entonces cuando el segundo chico, el que hasta ahora solo observaba, extendió la mano y apretó con descaro una de sus nalgas, hundiendo los dedos en la carne con una mezcla de torpeza y avidez. El roce fue tan abrupto que Karla dejó escapar un suspiro ahogado, casi inaudible, pero suficiente para que los chicos se miraran con una sonrisa triunfal.
mientras todo esto pasaba el señor gordo que se encontraba atrás de los chicos observaba lo que estaba pasando. cuando el vagón se detuvo en Alonso Martínez, un grupo de turistas empujó hacia nosotros, apretando los cuerpos hasta eliminar cualquier espacio. El hombre aprovechó el caos: su mano gruesa,, se deslizó desde el pasamanos hasta la cintura de mi madre. Al principio, fue un roce casual, apenas un dedo rozando la tela. Pero al notar que Karla no se movía—solo apretaba con fuerza su bolso contra el pecho—, la palma entera se posó en su cadera, mama al parecer esto si le incomodó y se movió de una forma agresiva de tal forma que el hombre la soltó.
Cuando arrancó el tren, sentí cómo una gota de transpiración se deslizaba por mi frente de tan nervioso que estaba. Sin embargo, el desenlace de lo sucedido no lo había imaginado en ningún momento. El hombre gordo me miró, ahora con una sonrisa de complicidad. Y entonces, con la boca abierta, vi cómo su mano de dedos gruesos se movía, como en cámara lenta,. Esos dedos se cerraron en el perfecto orto de mamá. Y para más escándalo, el tipo lo hizo con mucha menor sutileza que los otros dos chicos, que observaban todo con asombro. Incluso pellizcó la nalga con mayor vehemencia con la que lo habían hecho.
Vi, sintiendo repulsión , cómo el gordo sacaba la lengua y se frotaba los labios con ella, humedeciéndolos en el acto, mientras su mano no dejaba de hurgar en el culo de mi madre.
Vi también cómo el cuerpo de mamá parecía comprimirse, pegándose aún más al pasamano del que se sostenía. No obstante, el estallido de ira que temí que llegara, jamás se produjo. Sino que se quedó ahí, quietita, mientras el desconocido le manoseaba el culo a su gusto.
Los dos chicos, al ver la osadía del hombre, se acercaron como hienas olfateando sangre. El más alto, de cejas pobladas y sonrisa torcida, se colocó a un lado de Karla, mientras el otro, más delgado y con gafas, se deslizó detrás de ella, aprovechando el balanceo del vagón.
El de las gafas fue el primero en actuar. Con un movimiento que imitaba al del hombre gordo, deslizó su mano huesuda por el borde de la falda roja, rozando la costura de las medias negras. Karla, ahora atrapada entre los tres cuerpos, apretó los dientes, pero no se apartó. En cambio, su mano libre se aferró con más fuerza al pasamanos, como si intentara transferir el peso de lo que ocurría al metal frío.
El chico alto, envalentonado, decidió explorar otro territorio. Con el pretexto de sujetarse por el tumulto, posó su mano en la cintura de mi madre, y lentamente, como un reptil al sol, ascendió hasta rozar el borde inferior de su seno izquierdo. El contacto fue breve, pero suficiente para que la blusa blanca se arrugara bajo sus dedos. Mi madre inhaló bruscamente, y por primera vez, sus ojos se encontraron con los míos en el reflejo del cristal sucio del vagón. No vi miedo allí, sino algo más inquietante: una chispa de desafío, como si aquello fuera un duelo del que solo ella conocía las reglas.
El hombre gordo, sintiendo la competencia, reclamó su lugar. Con un empujón disimulado, apartó al chico de las gafas y hundió su mano nuevamente en la nalga de Karla, esta vez deslizando un dedo bajo el elástico de sus bragas. El gemido que escapó de mi madre fue sofocado por el estruendo de las ruedas contra los rieles, pero su cuerpo traicionó una respuesta física: un ligero arqueo de espalda, casi imperceptible, que hizo brillar la seda de su blusa con un destello de sudor.
Los chicos, hipnotizados por la reacción, multiplicaron su audacia. El de las gafas, ahora en el otro extremo, se inclinó como para recoger algo del suelo y sopló con suavidad la parte trasera de la rodilla de Karla. Ella se estremeció, y su pierna derecha cedió un instante, haciendo que su trasero se proyectara hacia atrás, directamente contra la entrepierna del hombre gordo. Este, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, gruñó un “Dios…” ahogado que se perdió entre el eco de los altavoces.
El chico alto, no queriendo quedarse atrás, desabrochó sigilosamente el botón superior de su pantalón y rozó su pene incipiente contra el brazo desnudo de Karla. Ella, en un acto que aún hoy me desconcierta, lo agarro y lo apreto con fuerza unos segundos. . El muchacho contuvo la respiración, y por un segundo, el mundo pareció detenerse: los dedos del gordo en su nalga, la respiración del chico de gafas en su muslo, y el pene del chico en su mano.
Cuando el tren frenó en Tribunal, Karla se liberó de la masa humana con la elegancia de una pantera escapando de una jaula. Antes de bajar, sin embargo, se detuvo frente al hombre gordo y ajustó su bolso sobre el hombro con un movimiento exagerado, haciendo que su pecho se alzara y su falda se tensara un instante sobre las curvas. Los tres hombres la miraron fijamente, atrapados en la red de su silencio calculado.
—Vamos, Camilo—dijo, tomándome de la mano con una firmeza que no esperaba—. No llegaremos tarde.
Al subir las escaleras hacia la salida, vi cómo se pasaba la lengua por el labio inferior, dejando un rastro de brillo, y cómo sus dedos temblaban al ajustar la falda. No supe si era rabia, excitación o ambas.
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