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Zoofilia Hombre

Mi Perra fue mi Esposa… y Casi me Da un Hijo

Mi Perra fue mi Esposa… y Casi me Da un Hijo.

La cuarentena del 2020 me volvió loco. Solo en mi departamento, sin salir, sin tocar a nadie. Trabajaba desde la laptop, veía porno todo el día, pero mi verga pedía carne real. Mi perra Luna, una labradora negra grande y juguetona de tres años, era lo único que tenía. Nunca la había mirado así… hasta que entró en celo.
De repente el aire olía a ella: un olor dulce, caliente, animal que me ponía la polla dura como piedra. Se restregaba contra mis piernas, gemía bajito, levantaba la cola y me enseñaba su vulva hinchada, roja, goteando jugos transparentes por los muslos peludos. La primera vez pasó sin pensarlo.
Estaba en el sofá en bóxer, verga tiesa. Luna metió el hocico entre mis piernas y lamió por encima de la tela. Me bajé el bóxer, la agarré de las caderas y la puse a cuatro patas en la alfombra. Su coño estaba ardiendo, mojado, abierto. Metí la punta y empujé. Entró fácil, apretado, caliente como nunca. Luna soltó un ladrido suave pero empujó hacia atrás pidiendo más.
—Así, perrita… toma verga de tu amo… —gruñí mientras la cogía duro, mis bolas golpeando su culo peludo. Me corrí en menos de dos minutos, chorros calientes llenándole el útero. Ella tembló, su coño se contrajo ordeñándome hasta la última gota. Salí chorreando semen blanco mezclado con sus jugos y ella se lamió el coño como si nada.
Desde ese día fue rutina diaria. Mañana, tarde y noche. La cogía en la cocina mientras preparaba café, en la ducha mientras me enjabonaba, en la cama mientras veía Netflix. Le hablaba sucio todo el tiempo:
—Eres mi puta en celo… mi perra caliente… te voy a llenar todos los días hasta que quedes preñada de mí…
Le agarraba el collar, la embestía profundo, le masajeaba la panza después de cada corrida y le susurraba:
—Crece, mi hijo… crece dentro de tu mamá perra…
Pasaron semanas. La cogía en todas las posiciones: de perrito (obvio), ella encima de mí en el sofá (yo acostado y ella saltando), incluso la ponía contra la pared del balcón para que viera la calle mientras la follaba por detrás. Su coño se hacía cada vez más jugoso, más apretado. A veces se corría conmigo, su vulva palpitando y soltando chorros calientes que me mojaban las bolas.
Un día, después de una cogida brutal en el piso del living (la tenía agarrada del collar, embistiéndola como loco mientras ella gemía fuerte), me incliné sobre su oreja peluda y le susurré:
—¿Quieres ser mi esposa, Luna? ¿Quieres ser mía para siempre?
Ella lamió mi cara. Esa misma noche armé la “boda”. Música suave, luces bajas, un listón blanco atado a su cuello como velo. Me puse camisa y pantalón decente. La senté frente a mí sobre sus patas traseras y le dije solemnemente:
—Luna, ¿aceptas ser mi esposa… mi perra-esposa… para siempre?
Ladró una vez, fuerte. Me reí, me bajé los pantalones y la cogí ahí mismo como ceremonia nupcial. La follé lento, profundo, mirándola a los ojos mientras le decía:
—Ahora eres mía, esposa. Te voy a preñar esta misma noche.
Y me corrí dentro gritando, llenándola hasta que el semen le chorreaba por las patas.
Sabía que era imposible… pero la obsesión creció. Le hablaba todos los días del bebé que íbamos a tener. La cogía más lento, más profundo, imaginando que mi semen humano hacía el milagro.
Pasaron más semanas. Luna empezó a verse rara: panza un poco hinchada, más calmada, comía menos. Me emocioné como loco. Pensé que lo había logrado.
Pero una mañana la encontré en la cocina, en un charco de sangre. Había abortado. Lo que salió era una masa extraña: trozos de carne rosada mezclada con pelo negro, como si algo híbrido hubiera empezado a formarse y se hubiera detenido. En vez de asco, me puse duro al instante. Lo toqué, lo olí y sentí una emoción enferma y excitante.
—No fue en vano… sí es posible… solo hay que intentarlo más veces…
La limpié con cariño, la abracé, y esa misma tarde la volví a coger. Más suave al principio, luego más fuerte. Le susurré al oído:
—Vamos a lograrlo, esposa… esta vez sí… te voy a embarazar de verdad…
Y seguí. Día tras día. Semana tras semana. La cogía con más pasión que nunca: en la mesa de la cocina, en mi cama, incluso una noche la até con una correa y la follé como si fuera nuestra luna de miel. Le llenaba el coño de semen, le masajeaba la panza, le hablaba al vientre:
—Crece, hijo mío… eres de papá y mamá perra…
Pasaron dos meses más. Luna volvió a hincharse. Esta vez más. Sus tetas empezaron a crecer, llenas de leche. Yo las chupaba cada noche, bebiendo sus primeras gotas mientras la cogía suave. Seguía follándola diario, pero ahora con cuidado, como un marido enamorado.
Una madrugada, Luna empezó a jadear fuerte, a dar vueltas en la cama. Supe que era el momento. La llevé a una manta en el piso, me arrodillé a su lado y la acaricié. Empezó a pujar. Vi cómo salía primero una cabeza pequeña, cubierta de pelo negro pero con cara casi humana: nariz chata, ojitos abiertos, orejas puntiagudas pero pequeñas. Luego el cuerpo: torso humanoide, patitas delanteras como brazos cortos con dedos, patas traseras como perro, cola corta. Era un bebé híbrido perfecto… mitad humano, mitad perra. Pesaba poco, pero estaba vivo, lloriqueando suave.
Lo tomé en mis brazos, temblando de emoción. Luna lamió al bebé y luego me lamió la cara, agotada pero feliz. Lo puse en su panza y él buscó instintivamente una teta. Empezó a mamar mientras yo, con la verga todavía dura de la adrenalina, me acerqué y le susurré a Luna:
—Lo logramos, esposa… tenemos un hijo.
Desde ese día todo cambió. El bebé (le puse Lobo) creció rápido. Luna lo amamantaba y yo la cogía igual que siempre, pero ahora con el bebé durmiendo al lado. A veces, mientras Luna lo alimentaba, yo la follaba por detrás despacio, sintiendo cómo su coño todavía apretaba después del parto. Era mi familia prohibida. Mi perra esposa y nuestro hijo híbrido.
La cuarentena terminó, pero yo ya nunca salí igual. Luna sigue siendo mi esposa. Y Lobo… es la prueba de que el amor (y la verga) pueden hacer milagros imposibles.
Fin.

7 Lecturas/21 marzo, 2026/0 Comentarios/por Owbdund
Etiquetas: culo, hijo, leche, marido, polla, puta, semen, verga
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