El espectáculo que calentó a Max
Mientras cogíamos nos dimos cuenta que el perro se estaba excitando y lo invitamos a la fiesta .
La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por la luz tenue de la lámpara de noche. Ana estaba completamente desnuda, tumbada boca arriba sobre la cama con las piernas bien abiertas. Su marido, Carlos, la tenía agarrada fuerte de las caderas y la estaba follando con fuerza en misionero. Su verga gruesa, venosa y dura entraba y salía del coño empapado de Ana con golpes profundos y húmedos: plap, plap, plap. Las tetas grandes de ella rebotaban con cada embestida, y sus jugos transparentes chorreaban por el culo hasta mojar las sábanas.
—Joder, qué rico me la estás metiendo… más fuerte —gemía Ana, con la cara roja de placer y los ojos entrecerrados.
Carlos sudaba, con la polla palpitando dentro de ese coño caliente, apretado y chorreante. De pronto sintió una mirada intensa. Giró la cabeza y ahí estaba Max, su pastor alemán grande y negro, sentado al pie de la cama, mirándolos fijamente sin pestañear. Los ojos del perro estaban clavados en el coño abierto y brillante de Ana y en la verga de Carlos entrando y saliendo sin parar.
—Hostia… el perro nos está mirando —murmuró Carlos sin dejar de follarla con ritmo constante.
Ana soltó una risita entre gemidos, arqueando la espalda.
—Pues que mire… sigue cogiéndome, no pares.
Carlos siguió metiéndosela más profundo, pero volvió a mirar al perro. Esta vez notó cómo la punta rosada y brillante del pene de Max empezaba a asomar de su funda, medio erecta y goteando un líquido claro.
—Ana… míralo. Creo que lo estamos calentando con el espectáculo que le estamos dando de gratis —jadeó Carlos con una sonrisa pervertida.
Ana giró la cabeza, vio al perro y soltó una carcajada entrecortada por el placer.
—Cállate y sigue cogiéndome, cabrón.
Pasaron unos minutos. Carlos la taladraba sin piedad, sudando, mientras las tetas de Ana saltaban con cada embestida. Volvió a mirar al perro y se le puso la polla aún más dura: ahora la verga de Max estaba casi completamente fuera de la funda, gruesa, roja, brillante, con el nudo empezando a hincharse en la base y goteando líquido preseminal. El perro jadeaba con fuerza, la lengua larga y babosa colgando, los ojos vidriosos de puro instinto animal.
—Ven aquí, Max… arriba, súbete encima de ella —ordenó Carlos con voz ronca de excitación.
El perro obedeció al instante y saltó sobre la cama. Ana seguía boca arriba, con las piernas abiertas de par en par. Max se colocó entre sus muslos, montándola en posición de misionero. Su cuerpo peludo y caliente se pegó al de ella, las patas delanteras apoyadas a los lados del torso de Ana.
Carlos agarró la verga roja, caliente y goteante del perro y la frotó contra los labios vaginales hinchados y chorreantes de su mujer, haciendo círculos con la punta gruesa y mojada, untándola con sus propios jugos.
—¿Te gusta lo que sientes, eh? —preguntó con voz baja y sucia.
Ana solo gemía, mordiéndose el labio inferior, disfrutando del roce caliente y viscoso de esa verga animal contra su coño palpitante.
—Te pregunté si te gusta…
—Siii… —gimió ella casi sin aliento.
—¿Quieres que te lo meta un poco más?
—Solo la puntita, amor… por favor…
Carlos masturbó un poco más la verga del perro, apretando la base con la mano. Max, excitadísimo, empujó con fuerza instintiva y se clavó entero dentro del coño de Ana hasta el fondo. El nudo empezó a hincharse rápidamente dentro de ella, abriéndola al máximo.
—¡Hostiaaa! ¡Qué grande está! —gritó Ana, abriendo mucho los ojos de placer y sorpresa.
En ese mismo instante, Ana levantó los brazos y abrazó con fuerza el cuello peludo de Max, pegándolo contra sus tetas sudadas. Al mismo tiempo enroscó sus piernas alrededor de la cintura del perro, cruzando los tobillos con fuerza para apretarlo todo lo posible contra su cuerpo. Sus talones se clavaban en el lomo de Max, obligándolo a hundirse aún más profundo dentro de su coño.
—Así… más adentro… —jadeaba ella, completamente entregada, abrazando al perro como si fuera su amante.
El perro empezó a embestirla con fuerza salvaje, follándola como un animal en celo. Su verga roja y gruesa entraba y salía a toda velocidad, el nudo ya completamente hinchado y trabado dentro del coño de Ana, abotonándola. Cada embestida hacía que las tetas de ella se aplastaran contra el pecho peludo del perro y que sus jugos salpicaran por todos lados. Ana gemía y gritaba sin control, sintiendo cómo esa verga animal la llenaba por completo.
Después de varios minutos de follada brutal y salvaje, Max se corrió dentro de Ana con fuertes sacudidas de sus caderas. Chorros calientes y espesos de semen canino inundaron su útero, llenándola hasta rebosar. El nudo seguía trabado varios minutos más, manteniéndolos pegados pelvis contra pelvis. Cuando finalmente se deshinchó y la verga roja, brillante y todavía medio dura salió de golpe del coño abierto de Ana, un río blanco y espeso de semen brotó de su agujero, cayendo en gruesos hilos sobre las sábanas.
Ana temblaba, con el cuerpo sudoroso y el coño palpitando, completamente destrozada de placer.
Carlos, que había estado pajeándose mientras miraba, no esperó más. Se colocó entre las piernas abiertas de su mujer, agarró sus muslos por detrás de las rodillas y los empujó hacia arriba, doblándola casi en dos. La punta gruesa de su polla rozó los labios vaginales hinchados y llenos de semen de Max.
—Ahora me toca a mí, mi puta —gruñó.
De un solo empujón profundo, Carlos le metió toda la verga hasta el fondo, abriéndose paso entre las paredes calientes y resbaladizas del coño de Ana, que ya estaba lleno de la corrida espesa del perro. El sonido fue asquerosamente húmedo: un fuerte chapoteo cuando su polla humana se hundió en esa mezcla viscosa de semen animal y jugos femeninos.
—Joder… está todo lleno de su leche… se siente tan resbaladizo y caliente —jadeó Carlos, empezando a follarla con embestidas fuertes y profundas.
Cada vez que sacaba la verga, salía brillante y blanca, cubierta de la espesa semen de Max. Al volver a meterla, la batía con fuerza dentro del coño de Ana, creando una crema blanca y espumosa que se acumulaba alrededor de los labios vaginales y salpicaba con cada golpe. Plap… plap… plap… El sonido era más mojado, sucio y obsceno que nunca.
Ana gemía como una loca, todavía sensible del orgasmo anterior y de la follada del perro.
—¡Sí! ¡Bátemelo todo adentro! ¡Me encanta sentir cómo lo mezclas! —gritaba, clavándole las uñas en la espalda a su marido.
Carlos la cogía con furia, sudando, mirando cómo sus tetas rebotaban violentamente y cómo su coño tragaba su polla una y otra vez, mezclando las dos leches. Aceleró el ritmo, follándola más duro, más profundo, sintiendo cómo el semen de Max hacía que todo estuviera más lubricado y caliente.
—No aguanto más… —gruñó finalmente.
Con un gemido animal, Carlos se enterró hasta el fondo y explotó dentro de ella. Chorros gruesos y calientes de su propia semen salieron disparados, mezclándose con la corrida del perro dentro del útero de Ana. Se corrió durante largos segundos, vaciándose completamente, llenándola hasta rebosar. Cuando sacó la verga lentamente, un río blanco y espeso de semen mezclado (el suyo y el de Max) brotó del coño abierto y palpitante de Ana, cayendo en gruesos hilos sobre las sábanas.
Ana temblaba, con el cuerpo sudoroso y el coño destrozado de placer.
Carlos se dejó caer a su lado, aún respirando con dificultad. Acarició suavemente el vientre de su mujer con la palma de la mano, recorriendo en círculos lentos esa barriga suave y caliente.
—Ahora tienes adentro la semilla mía y de Max, amor… —le susurró al oído con voz baja y satisfecha, mientras seguía acariciándole el vientre con ternura posesiva—. Dos machos te hemos llenado el coño… ¿te gusta sentir cómo se mezcla todo dentro de ti?
Ana solo pudo gemir suavemente, cerrando los ojos y disfrutando de la caricia en su vientre, sintiendo aún los pulsos calientes de las dos corridas profundas en su interior.


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