Un perro de campeonato
Narro la forma en que mi hermoso perro aprendió a llenarme la raja y el culo como si fuera mi amante.
UN PERRO DE CAMPEONATO
Vivo en un pueblo pequeño, poca gente, todos se conocen y no hay secretos y poca privacidad. Lo sexual es algo difícil, no se habla de ello, menos entre mujeres, te casas y solo así puedes ejercerla.
Soy una mujer joven, buen cuerpo, bajita pero de buena pierna, nalgas redondas y respingadas, senos grandes y una boquita lista para una buena verga.
Además y por si fuera poco tengo un temperamento muy apasionado, me caliento rápido y fácil, hablar de ciertos temas, me prende, ver ciertos objetos de forma fálica, me calienta, mirar la entrepierna de un hombre me enciende, en fín siempre quisiera coger. El punto es que eso está lejos de mí.
En la casa de mis padres los animales son comunes, hay una pequeña granja y tenemos como tres perros, uno de ellos siempre fue muy tímido, los otros dos lo molestaban y ante ello buscaba estar dentro de la casa. Yo lo noté y empecé a apapacharlo más que a los demás, nada del otro mundo, ninguna doble intención, todo bien, perro ama y ya.
La cosa empezó cuando Duque (así se llama el perro) un perro mestizo de buen tamaño, se empezó a sentar cerca de la mesa cuando comíamos en familia, cierto día se cayó algo de comida de mi plato y quedó cerca de él, lo olfateó y se lo comió, luego yo a propósito le tiré más comida y la devoró, mi padre me regañó diciendo que no lo malacostumbrara. Entonces empecé a darle la comida por debajo de la mesa, el gran mantel que la cubría ocultaba la situación. Así seguimos y el perro me seguía y se acercaba más a mí.
Una tarde le tiré comida y mi mano quedó embarrada del guisado, como mi padre volteó a verme yo dejé la mano bajo la mesa, en mis piernas, sentí que Duque tocaba mi mano con su hocico, sacó la lengua y empezó a lamerla, yo traía una falda algo suelta, el perro lamió mi mano y siguió con mi muslo, de pronto sentí su lengua y mi piel se erizó, el calor surgió, en automático metí mi mano entre mis piernas y Duque la siguió, su lengua llegó entre mis piernas y se acercó en serio a mi rajita, la sensación era tan fuerte que no me atreví a más, saque la mano e hice como si nada pasara. Duque ya no hizo nada.
A partir de ese día cada vez le daba más comida primero, luego solo mojaba mi mano de comida y la untaba en mis muslos, el perro lamía cada vez más cerca y más rico, yo empecé primero a buscar pantys más cortas o más flojas para poder moverla y que me tocara. De a poco Duque aprendió a meter su lengua entre mis labios, lamiéndome la vagina, incluso logró levantar mi botoncito y parecía que lo mascaba, yo tenía que fingir cada vez más para que el calor y el color no se notara en mi cara, mi padre me observaba pero parece que no se dio cuenta.
Cierta tarde bajé mi mano a mis piernas y por alguna razón la dejé ahí un momento, Duque fue por mi raja pero encontró en el camino mi mano, comenzó a empujarla hacia adentro, me estaba ayudando a hacerme una pajita, era increíble, de mi raja fluían mis jugos, mismos que Duque con placer devoraba. Seguí dejando la mano abajo pero empezó a notarse y no podía seguir así.
Pasé días pensando que hacer y le llegó una idea, en l a huerta tenemos hortalizas y hay plantas de pepinos, entonces inicié a interesarme en ellos y a “cosecharlos” los recogía, los lavaba y hacía ensaladas, pero, dejaba algunos sin usar y como por error los dejaba en la mesa atrás de una jarra o algún sitio donde no se viera tanto.
Así que un día tomé un pepino, discretamente, lo llené de jugo del guisado, lo bajé a mis piernas y Duque se lanzó a meterlo y sacarlo, primero lo ayudé a dirigirlo, pero de a poco el perro solo aprendió a tomar el pepino con sus dientes y me lo metía en la raja, al principio poco a poco y lentamente pero después más rápido, más duro, el perro sabía como cogerme con el pepino, comprendió cómo me sentía ya que su ritmo se acoplaba al mío, era una tortura estar ahí sentada con el pepino entre mis labios vaginales, soltando jugos y a punto de venirme pero rodeada de gente, ya no era posible seguir así.
Comencé a tratar al perro con más cariño, lo llevaba a mi cuarto, lo dejaba subir a mi cama para que mi familia se acostumbrara y luego puse en marcha mi plan.
Recogí dos pepinos de gran tamaño, los lavé a conciencia y me los llevé debajo de mi almohada. En la casa se acostumbra hacer una siesta después de comer. Cuando estaban durmiendo, cerré la puerta como si yo también durmiera, metí al Duque, me senté al borde de la cama, me quite las bragas y comencé a tocarme con mi mano primero, luego me froté el pepino más grande y llamé al perro, en el acto tomó el pepino y comenzó a metérmelo con un ritmo que me hizo sentir que era una persona y que además me conocía y sabía como hacerme gozar, lo metía y sacaba primero lento y suave, después poco a poco intensificaba el ritmo, dejaba un momento el pepino y usaba su lengua para lamer mi botón, así pasaba cada tarde, yo moría de placer, me venía a mares, era tan intenso que soñaba con Duque y tenía orgasmos nocturnos, pero, había que avanzar. Una tarde Duque me está metiendo un pepinote duro y fresco, y en un momento levanté mis nalgas y su lengua rozó mi culito, el escalofrío me recorrió y de inmediato supe que ese hoyo tenía que ser llenado, tomé un segundo pepino menos grande en una mano, agarré el que tenía Duque en su hocico, lo detuve hasta adentro de mi rajita, moví un poco su hocico y levanté las nalgas lo más que pude, entonces puse el pepino entre mis nalgas, Duque como entendiendo se lanzo hacia mi culito, comenzó a lamerme, era la gloria, luego de un momento de lamidas y ensalivadas, coloqué el pepino entre las nalgas y dándome unas nalgadas lo llamé, el perro comprendió, tomó la verdura entre sus fauces y lo metió, el primer golpe me hizo casi gritar de dolor y ganas, pero me contuve y empecé a gozar, estaba siendo cogida por un perro por mis dos agujeros, pepino en la raja y pepino en el culo, Dios, solo faltaba que me la metiera por la boca, pero por ahí un pepino no era opción, ahí necesitaba una verga de verdad. Pero para eso necesitaba otro plan que espero resolver.
Duque y yo seguimos aprendiendo de vez en vez le hacia una chaqueta para pagarle sus servicios, no voy a decir que me metió su verga y me atoró con su bola porque eso no pasó pero las metidas de pepinos se hicieron una costumbre entre nosotros.
Ahora me siento más calmada, mi temperamento es saciado por mi perro y ambos felices.
Espero que esta historia sea de su agrado.


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