Hera Karlsdottir siempre había escuchado que el deseo debía ocultarse, domarse, disolverse bajo capas de prudencia y vergüenza. Pero el deseo no se dejaba amansar; latía en su pecho, terco, imposible de acallar..Leer más
La primera vez no sonó bien. Mauricio arrancó como siempre, seguro, con un riff que le nacía solo. Carlos tardó en entrar. Cuando lo hizo, las guitarras chocaron. No era desorden: era orgullo. Cada uno marcaba su territorio..Leer más