Sábado de Ecos
No dormí bien. Eso es lo primero que pensé cuando abrí los ojos y vi la luz pálida filtrarse por las cortinas de lino. No dormí bien, pero no por las razones que todos en el colegio asumirían.
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No dormí bien. Eso es lo primero que pensé cuando abrí los ojos y vi la luz pálida filtrarse por las cortinas de lino. No dormí bien, pero no por las razones que todos en el colegio asumirían.
El invierno de 1918 llegó a Leópolis acompañado por el sonido de botas en las calles y banderas recién desplegadas en los balcones. La Gran Guerra había terminado, pero la ciudad —entonces parte del imperio austrohúngaro— se encontraba en el centro de un nuevo conflicto.
Amanda tenía nueve años y vivía en una casa al final de la calle de los Sauces, una vieja construcción de madera con un desván que era su refugio. Sus padres solían decir que tenía una imaginación prodigiosa, capaz de convertir cualquier rincón en un mundo distinto..
No fue el frío de la noche lo que me estremeció, sino ella: una niña de once años. Me la presentaron sin mayor ceremonia, y sentí que algo se encendía..
Mike Fallon caminaba por la acera junto al colegio con las manos en los bolsillos, la cabeza apenas gacha. .
Eco dormía escuchando los crujidos de la madera en la cabaña que nunca dejaban de sonar, como tampoco el murmullo de los pinos que rodeaban la casa. Su madre le decía que esos sonidos eran canciones que lo ayudarían a dormir..
El agua del río corría helada, pero la niña no temblaba. Desde la ventana de la vieja cabaña, yo la observaba. Mi nombre es Rolando, tengo treinta y seis años. Vivo con María, mi esposa de treinta y uno, y nuestra hija de siete..
El amanecer entraba por la ventana pequeña de la casa, filtrado en un resplandor dorado que iluminaba la mesa de madera. Andrés ya estaba allí, encorvado sobre un trozo de pan que partía con manos firmes, mientras el olor del café hervía en el fogón. María Rosa colocaba los platos con esa …..
Porque lo que tienen entre manos —literalmente— no es una historia de amor corriente. Es La contradicción más deliciosa: la progre que se deja poseer por el facho, el enemigo que se vuelve amante, la maternidad que enciende el deseo en lugar de apagarlo..
Todd Scott, hijo del magnate Douglas Scott y heredero de una fortuna infinita, tenía veintitrés años. Aquella mañana, en la terraza de la suite más cara de Palm Beach, empujó con desgano la carpeta de ……
