Trabajo en equipo
Alex y Rubén deben realizar un trabajo en conjunto de forma presencial, pero ocurren más cosas que solo las tareas universitarias@.
Trabajo en equipo
Semana 1: Lo académico
El aula 304 siempre olía a café rancio y aire acondicionado forzado. Rubén estaba en su fila habitual, tercer puesto desde la ventana, tratando de no quedarse dormido mientras la profesora Martínez explicaba algo sobre metodologías cuantitativas que a las 10 de la mañana del martes sonaba a chino mandarín.
—…por lo tanto, para el proyecto final necesitarán formar parejas —dijo la profesora, y eso sí captó la atención de Rubén—. El emparejamiento será aleatorio. No valen cambios.
Un murmullo recorrió el aula. Rubén miró alrededor. A su derecha, dos filas más allá, estaba Alex. El gigante morelo. El tipo que parecía sacado de una porno BBC, con sus 2.33 metros de puro músculo de kickboxing, sentado en una silla que parecía de juguete bajo su cuerpo.
—Rubén Castillo y Alex Herrera —anunció la profesora consultando una hoja.
Rubén suspiró. Genial. El gigante musculoso y moreno que apenas conocía. Habían cruzado algunas palabras en el semestre, lo típico: «¿tienes el apunte?», «¿qué dijo la profe?», «¿a qué hora es el examen?». Compañeros de curso, no amigos.
Alex se acercó después de clase, imponiendo simplemente por existir. Su piel morena contrastaba con la camiseta blanca que llevaba puesta, tensa sobre su pecho musculoso.
—Oye, ¿vives lejos? —preguntó con voz grave pero amigable.
—Más o menos. Como veinte minutos en bus.
—Yo como cuarenta. Mi casa queda en la otra punta. ¿Te molesta si hacemos el trabajo en mi apartamento? Tengo espacio, buen wifi, y mi mamá me dejó solo este mes.
Rubén asintió. Sonaba lógico.
El jueves de esa semana, Rubén esperó en la entrada de la universidad. Hacía un calor de la chingada, treinta y tantos grados, y el sol pegaba directo en el concreto. Llevaba shorts y una camiseta holgada, los lentes resbalándose ligeramente por el sudor de su nariz, y aún así seguía sudando. Su piel blanca se había puesto rojiza bajo el sol implacable.
Escuchó el ronroneo de una moto antes de verla. Alex apareció en su nave: una Honda negra, usada pero cuidada. Se quitó el casco y Rubén tuvo que hacer un esfuerzo por no mirar demasiado. El tipo llevaba una camiseta sin mangas que dejaba ver unos brazos morenos que parecían esculpidos en piedra, y unas pantalonetas deportivas que… bueno, que dejaban poco a la imaginación si uno miraba con atención.
—Sube —dijo Alex, ofreciendo un casco de copiloto.
El trayecto fue ruidoso y caluroso. Rubén se agarró de la cintura de Alex sin opción, sintiendo los músculos de su espalda moverse con cada viraje. La diferencia de estatura era ridícula: cuando se bajaron, Rubén llegaba apenas a los hombros del moreno gigante.
El apartamento de Alex estaba en un cuarto piso sin ascensor. Subieron las escaleras sudando ya, el cuerpo delgado de Rubén empapado, la camiseta pegada a su torso pálido.
—Perdón por el desorden —dijo Alex abriendo la puerta—. Viví solo hace apenas dos meses.
Era un espacio modesto pero limpio. Sala-comedor pequeña, cocina americana, un baño, y una habitación al fondo. Hacía calor, mucho calor. Alex prendió un ventilador que apenas movía el aire caliente.
—¿Quieres agua? ¿Jugo? Tengo cerveza pero no creo que sea buena idea para trabajar —rio, y era una risa genuina, sin malicia.
Trabajaron cuatro horas seguidas. El proyecto era sobre análisis de datos socioeconómicos, aburrido como ver pintura secarse, pero necesario. Alex resultó ser más inteligente de lo que su físico de matón sugería; tenía ideas claras y sabía organizar la información.
—Vale, creo que ya es suficiente por hoy —dijo Alex estirándose, sus brazos subiendo hasta casi tocar el techo—. ¿Te llevo de vuelta?
Esa primera semana transcurrió sin sobresaltos. Lunes y miércoles en la universidad, jueves en casa de Alex. Conversaciones estrictamente académicas, salvo por algún comentario casual sobre el calor, la universidad, o algún p
rofesor idiota. Nada fuera de lo normal.
Semanas 2 y 3: La separación
La segunda semana, Alex tuvo un torneo de kickboxing regional. Estaba ausente de la universidad tres días seguidos. Rubén avanzó con su parte del análisis desde su casa, enviándole mensajes por WhatsApp con capturas de pantalla y dudas puntuales.
La tercera semana fue el turno de Rubén: se enfermó de una gripe brutal que lo dejó en cama cuatro días. Alex le escribió para ver cómo estaba, e incluso ofreció llevarle sopa, pero Rubén declinó. No quería que el gigante lo viera hecho mierda con mocos y ojeras.
Para el jueves de la tercera semana, faltaba poco más de una semana para la entrega. Se encontraron en la universidad y la cosa se veía fea.
—Tenemos que consolidar esto —dijo Alex revisando sus notas, su piel morena brillando bajo el sol de la tarde—. Las partes están bien, pero no cuadran del todo. Necesitamos sentarnos juntos un par de días seguidos.
—El fin de semana —sugirió Rubén—. Sábado y domingo completos.
—No puedo el sábado en la mañana, tengo entrenamiento. Pero podemos empezar el jueves y que te quedes a dormir. Así trabajamos viernes en la noche también, y el fin de semana lo terminamos.
Rubén dudó. Quedarse a dormir…
—Es que el barrio se pone feo de noche —explicó Alex como leyéndole el pensamiento—. No es por ser dramático, pero a las ocho de la noche ya no pasa transporte seguro por aquella zona.
—Está bien —aceptó Rubén—. Quedo en casa el jueves y viernes.
## Jueves: La noche previa
Alex pasó a recogerlo a las cuatro de la tarde. Rubén llevaba una mochila con ropa de cambio, su laptop, y sus apuntes. El calor seguía siendo sofocante. Rubén sudaba profusamente, ajustándose los lentes constantemente mientras esperaba.
—No sé cómo no te has derretido —comentó Rubén subiéndose a la moto, su voz saliendo un poco ahogada por el calor.
—Soy de la costa. Esto es fresco para mí —rio Alex, su piel morena pareciendo no sudar tanto como la de Rubén.
En el apartamento, el ambiente era distinto. No había la presión de la primera semana; ahora había una urgencia real, pero también una familiaridad recién nacida. Se conocían lo suficiente para bromear sin tensión.
Trabajaron hasta las siete de la noche, parando solo para pedir pizza. Luego siguieron hasta las diez, cuando los ojos se les cerraban.
—Película —propuso Alex—. Diez minutos y seguimos.
—Veinte —negoció Rubén.
—Trato.
Pusieron una película de acción. Explosiones, tiroteos, y una escena sexual a los cuarenta minutos. Una pareja en un cuarto de hotel, luces tenues, cuerpos entrelazados. Nada explícito, pero sugerente.
Alex no cambió de canal. Simplemente la vieron. Cuando terminó la escena, Alex estiró los brazos.
—Bueno, a dormir. Mañana terminamos esto.
Durmieron en espacios separados: Alex en su cama, Rubén en un colchón en el piso de la sala
. El ventilador hacía ruido toda la noche.
Viernes: El punto de inflexión
Despertaron tarde, casi el mediodía. Trabajaron con intensidad, pausando solo para almorzar sandwiches. El calor era insoportable. Alex se quitó la camiseta a eso de las tres de la tarde, su torso moreno y definido brillando.
—No te ofendas, pero me estoy asando —dijo—. Puedo ponerme otra cosa si prefieres…
—No seas pendejo, estamos en confianza —respondió Rubén, y se quitó la suya también, su piel blanca contrastando con el moreno de Alex.
Así trabajaron: en pantalonetas nada más, el torso al aire, sudando. Era práctico, nada más. O eso pensaba Rubén hasta que levantaba la vista y veía los músculos de Alex tensarse. El tipo era una estatua viviente.
A las 17:55, Rubén cerró su laptop con un chasquido.
—Listo. Coño, lo logramos.
Alex revisó el documento final, hizo un último ajuste, y lo envió por correo a la profesora.
—Enviado —anunció con una sonrisa triunfal—. Somos unos cracks.
Rubén miró por la ventana. El sol empezaba a bajar, pero aún había luz. Consultó su teléfono: 18:05.
—Debería irme —dijo, aunque no tenía prisa real.
Alex miró por la ventana también, y su expresión cambió.
—Mierda, ya es tarde. Rubén, el barrio se pone del carajo después de las seis. Ya no pasa transporte público seguro, y no voy a dejar que tomes un taxi aquí a esta hora.
—¿Entonces?
—Te quedas. Otra noche. Mañana te llevo a la universidad temprano, y de ahí te vas a tu casa.
Rubén consideró sus opciones. Realmente no tenía sentido arriesgarse.
—Va. Una noche más.
Alex sonrió.
—Chévere. Primero me doy una ducha que estoy hecho mierda. Luego pedimos algo de cena y relajamos de verdad. Mañana es sábado, no hay excusa para madrugar.
Se levantó y se dirigió al baño. Rubén se quedó en la sala, revisando su teléfono, sintiendo el silencio del apartamento. Escuchó el agua correr.
Cinco minutos después, la voz de Alex llegó desde el baño, elevándose sobre el sonido de la ducha:
—¡Oye, Rubén! ¡Se me olvidó la puta toalla! ¿Me la pasas? ¡Está en mi cuarto, colgada en el closet!
Rubén se levantó, un poco incómodo pero razonando que no era gran cosa. Entró al cuarto de Alex, encontró la toalla colgada donde dijo, y caminó hacia el baño.
—Aquí va —dijo, extendiéndola hacia la puerta entreabierta.
La puerta se abrió. No un poco sino toda.
Alex estaba completamente desnudo, el agua goteando de su cuerpo moreno monumental. Rubén tuvo que hacer un esfuerzo consciente por mantener los ojos en el rostro, pero fue imposible: su mirada bajó. La verga de Alex colgaba pesada, semi-erecta ya, gruesa y larga, la piel morena de su miembro contrastando con el tono más oscuro de su ingle, mucho más grande de lo que Rubén había calculado. Veintidós centímetros erectos, había dicho, pero semi-erecta ya imponía.
—Gracias, pana —dijo Alex sin inmutarse, tomando la toalla.
Se secó el pecho despacio, luego los brazos, sin apuro. Rubén debería haberse ido, pero sus pies parecían clavados. Alex finalmente se envolvió la cintura con la toalla, tapando su intimidad, y salió del baño pasando rozando a Rubén, dejándolo con la imagen grabada de ese cuerpo moreno desnudo.
—La dejo aquí —dijo dejando la toalla en una silla—. Voy a cambiarme.
Desapareció en su cuarto. Rubén permaneció inmóvil unos segundos, sintiendo el corazón en la garganta. ¿Qué carajo acababa de pasar?
Se encerró en el baño. Necesitaba una ducha fría, literalmente.
El agua tibia le calmó un poco los nervios. Se enfrio rápidamente, tratando de no pensar en el cuerpo de Alex. Entonces se dio cuenta: se había olvidado su jabón. Y el champú. Realmente se le había olvidado, no estaba en la repisa donde usualmente lo ponía.
—Alex —llamó desde la ducha—. ¡Se me olvidó el jabón! ¿Tienes uno que me prestes?
—¡Sí, hay uno en la repisa de arriba! —respondió Alex desde la sala.
Rubén buscó. No veía nada. El baño estaba iluminado, no había oscuridad, pero el jabón simplemente no estaba en su campo de visión aunque lo había buscado.
—¡No lo veo!
—¡Espera, voy!
Rubén se quedó quieto. Oyó pasos, y la puerta del baño se abrió. Alex entró, y Rubén pudo verlo a través de la cortina semi-transparente. Llevaba puesta solo una pantaloneta negra, ajustada, y nada más. Rubén notó que no llevaba ropa interior debajo de la pantaloneta; la forma de su verga se marcaba claramente contra la tela.
—Está aquí —dijo Alex acercándose a la repisa, tomando un jabón que estaba medio escondido detrás de unos frascos—. Está medio oculto, por eso no lo viste. Esas cosas del baño, ¿viste?
Rubén rio, nervioso.
—Sí, está bien escondido. Gracias, pana.
Alex extendió el jabón por encima de la cortina. Sus dedos rozaron los de Rubén un instante.
—De nada.
Pero no se fue. Se quedó ahí, de pie, a menos de un metro de la ducha.
—¿Qué? —preguntó Rubén, sintiendo algo extraño en el aire.
—Es que… bueno, estás ahí desnudo, y yo aquí, y… mierda, Rubén, ¿sabes cuánto tiempo hace que no me la jalaba con alguien?
Rubén sintió que el calor subía desde sus pies hasta la cara, y no era del agua.
—No… no tenía idea.
—Tres meses. Y tú estás ahí, mojado, y yo estoy aquí con la… —Alex miró hacia abajo. La pantaloneta estaba abultada, la verga creciendo—. Mierda, perdón. Estoy siendo muy directo.
Rubén tragó saliva. El agua seguía cayendo.
—No… no hay problema. Somos adultos.
Alex dio un paso más cerca.
—Es que me gustas, Rubén. Desde que te subiste a mi moto. Eres… diferente. Y tienes un cuerpo que… —suspiró—. Mierda.
Rubén rio, realmente rio.
—Ni que me fueras a bañar —dijo, una invitación velada.
Alex sonrió, lenta y llena de promesas.
—No tengo ningún problema con eso —dijo, y su mano se movió hacia la cortina.
La abrió despacio. El agua salpicó sus pantalonetas, empapándolas al instante. La tela se volvió transparente, adherida a su piel, y Rubén pudo ver claramente la erección completa de Alex. Veintidós centímetros de verga morena, dura, gruesa, con las venas marcadas.
Rubén estaba desnudo, expuesto, y sintió su propia verga endurecerse rápidamente, sus modestos catorce centímetros nada comparados con el monstruo de Alex, pero igual de excitados.
—Ohh —dijo Rubén, la voz saliendo más ronca de lo pretendido—. Dale.
Alex entró a la ducha. El espacio era pequeño para dos, especialmente con un gigante de 2.33 metros. Sus cuerpos se rozaron. El pecho musculoso y moreno de Alex contra la espalda pálida de Rubén, la verga de Alex presionando contra su cintura.
—Mierda —suspiró Alex contra su cuello—. Estás caliente.
—El agua está tibia —bromeó Rubén, temblando.
—No me refiero al agua.
Alex lo giró despacio. Frente a frente, la diferencia de estatura era evidente: Rubén tenía que alzar la vista. El agua caía sobre ambos, empapando aún más la pantaloneta de Alex, que ahora era completamente innecesaria.
—¿Estás seguro? —preguntó Alex, y era una pregunta seria, no retórica—. Porque si sigo, no sé si pueda parar. Te deseo desde hace semanas.
Rubén respondió tomando la mano de Alex y guiándola hacia su propia verga, dura y palpitante.
—Eso responde tu pregunta —dijo.
Alex gruñó y aplastó sus labios contra los de Rubén. El beso fue intenso, sin delicadeza, lenguas enredándose. Alex dominaba el espacio. Una mano enorme se posó en la nuca de Rubén, la otra bajó tomando su verga, acariciándola.
—Más pequeña que la mía —murmuró Alex—, pero perfecta.
—Y tú tienes un arma letal ahí —respondió Rubén, atreviéndose a tocar la verga de Alex a través de la pantaloneta mojada.
Alex gimió.
—Quiero estar dentro de ti. Pero primero necesito prepararte.
Salieron de la ducha, dejando el agua corriendo. Ambos tal como estaban, el cuerpo moreno y musculoso de Alex contrastando con el delgado y pálido de Rubén. Alex tomó una toalla y secó a Rubén con movimientos reverentes.
Rubén, arrodillándose frente a Alex, tomó el elástico de la pantaloneta con los dientes y la bajó despacio, liberando esa verga morena y enorme que saltó libre, casi golpeándole la cara. La pantaloneta cayó al suelo, y Alex quedó completamente desnudo, su cuerpo moreno brillando con gotas de agua.
—Mierda —suspiró Alex viendo a Rubén de rodillas frente a él.
—Vamos a mi cuarto —ordenó Alex—.
Se dirigieron al cuarto. Hubo una limpieza anal preparatoria que Alex realizó con paciencia, usando agua tibia y cuidados, sin detalles escabrosos pero necesaria para lo que vendría.
El cuarto de Alex era pequeño, con una cama de matrimonio que ocupaba la mayor parte del espacio. Había una mesa de noche con un cajón que contenía una botella de lubricante y unos condones.
—Quiero tu culo —proclamo Alex
Las palabras crudas, dichas con esa voz profunda, hicieron que la verga de Rubén, empezara a endurecerse con firmeza.
Alex no le dio mucho tiempo. Lo giró en la cama, haciéndolo quedar a cuatro patas, tomó a Rubén con una pasión salvaje. Lo penetró con su verga de veintidós centímetros, duro y profundo, moviéndose con un ritmo que hacía gemir a Rubén sin control. Sacando casi toda la longitud para volver a entrar con fuerza. Cada embestida hacía que Rubén grite, no de dolor, sino de placer intenso. Alex encontró su ritmo, un ritmo duro, conciso, sin piedad.
La cama chirriaba. Alex tomaba sus caderas con fuerza, usando su cuerpo delgado, follandolo con una urgencia animal.
—¡Joder! —gritó Rubén, agarrando las sábanas.
—Tócate —ordenó Alex—. Quiero sentirte venirte.
Rubén obedeció, masturbándose frenéticamente mientras Alex lo penetraba profundo, golpeando ese punto que hacía ver estrellas.
—Voy a… Alex, voy a…
—Ven —gruñó Alex—. Ven para mí.
Rubén se vino con un grito ronco, su verga pulsando en su mano, descargando sobre las sábanas. Su ano se contrajo alrededor de la verga de Alex, y eso fue demasiado.
—¡Mierda, me vengo! —rugió Alex, embistiendo una última vez, profundo, quedándose quieto mientras pulsaba dentro del condón, llenándolo.
Colapsaron. Alex se re
tiró, se deshizo del condón, y se acostó junto a Rubén.
—Eso fue… —empezó Rubén, sin aliento.
—Solo el principio —dijo Alex, besando su hombro—. Descansa. Esto apenas empieza.
Sábado: El juego continúa
Rubén despertó con el sol entrando por la ventana. Por un momento, confundido, no supo dónde estaba. Luego sintió el peso de un brazo musculoso sobre su cintura, y todo volvió. Alex dormía a su lado, boca arriba, su piel morena brillando suavemente. La sábana estaba hasta la cintura, dejando ver ese torso esculpido.
Se movió, sintiendo la tensión residual. Estaba adolorido, pero satisfactorio.
Alex abrió los ojos. Sonrió al ver a Rubén.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Rubén.
—¿Te duele?
—Un poco. Pero en el buen sentido.
Alex se acercó, besándolo. No hubo ternura, solo deseo renovado.
—Tengo entrenamiento a las cuatro. Tenemos tiempo antes.
Se levantaron. Desayunaron desnudos, Alex preparando huevos mientras Rubén observaba desde la mesa. Luego, en la mesa misma, Alex lo tomó por sorpresa, sentándolo en sus piernas y penetrándolo ahí mismo, despacio, mientras comían. La silla crujió bajo el peso de ambos.
—Esto es… muy indecente —jadeó Rubén, moviéndose encima de Alex, sintiendo esa verga morena entrando profundo.
—Y muy rico —gruñó Alex, mordiendo su cuello, sus manos morenas agarrando las caderas pálidas de Rubén.
Después del almuerzo, probaron otras posiciones. Rubén montó a Alex en el sofá de la sala, controlando el ritmo, sintiendo esa verga enorme desde otro ángulo, sus manos apoyadas en el pecho musculoso y moreno mientras se movía arriba y abajo. Luego Alex lo tomó de lado en la cama, profundo, penetrándolo con movimientos lentos y deliberados que lo volvían loco, una mano en su verga masturbándolo simultáneamente.
Hubo un momento cuando el vecino golpeó la pared.
—Creo que nos escuchan —rio Rubén, cubriéndose la boca.
—Que escuchen —dijo Alex, y lo penetró más fuerte, haciéndolo gritar a propósito, sin importarle nada.
Por la tarde, después del entrenamiento, Alex regresó sudoroso, su piel morena brillando, el olor a sudor masculino fuerte. Tomó a Rubén en la entrada sin ducharse primero, empujándolo contra la pared, bajándole los shorts y penetrándolo ahí mismo, urgente, salvaje, con el olor a deporte aún en su cuerpo.
—Joder, estás sudado —gemía Rubén, sintiendo el peso de Alex presionándolo contra la pared.
—Y te gusta —gruñó Alex, embistiendo duro, sus caderas golpeando las nalgas de Rubén con fuerza.
Cayeron rendidos en el sofá, Alex aún dentro de él, ambos jadeando.
Domingo: La despedida
El domingo amaneció con la misma intensidad. No hubo romanticismo, solo pasión. En la cama, Alex lo tomó con fuerza desde atrás, agarrándolo del cabello, jalando su cabeza hacia atrás mientras lo penetraba profundo, su verga de veintidós centímetros llenándolo completamente.
—Tan apretado… —gruñó Alex—. Tan jodidamente bueno.
Luego en el baño, Rubén se agachó frente a él, tomando esa verga morena en su boca, intentando llevarla hasta la garganta, succionando con avidez mientras Alex gemía, agarrando la cabeza de Rubén, guiándola.
—Así, cabrón… así…
Alex se vino en su boca, y Rubén tragó, algo que no había hecho antes, sintiendo el sabor salado y fuerte.
A medio día, una última vez en la cama, Alex lo penetró despacio, mirándolo a los ojos, pero sin palabras de amor, solo lujuria pura, deseo animal, dos cuerpos sudando y chocando, el moreno y el blanco, el gigante y el delgado, hasta que ambos se vinieron, Alex pulsando dentro del condón, Rubén descargando entre sus propios dedos.
A la 12:30, se ducharon juntos por última vez. No hubo sexo, solo limpieza.
A la 13:00, Alex lo llevó en su moto a la universidad. En el punto de encuentro, se bajaron. Alex le quitó el casco a Rubén y lo besó, fuerte, dominante, sin importarle quién viera.
—Fue bueno —dijo Alex—. Muy bueno.
—Sí —respondió Rubén, ajustándose los lentes.
—Nos vemos en clase —dijo Alex, y arrancó la moto.
Rubén caminó hacia su bus. Se giró una vez para ver a Alex aún ahí, montado en su moto. Levantó la mano en despedida.
El trabajo de la universidad estaba entregado. Y habían descubierto algo mejor que las notas.
—
**FIN**

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