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Dominación Hombres, Fantasías / Parodias, Gays

Apocalipsis zombie gay

Es el año 2035, todo se ha ido al carajo, o quizás no todo para mi.
El sol de la Ciudad de México, en este año de gracia de 2035, ya no calienta como antes. Se ha vuelto un ojo enfermo, de un amarillo parduzco, que se filtra a través de una capa perpetua de smog y ceniza. El aire, que alguna vez olió a tacos al pastor y a tierra mojada, ahora huele a hierro oxidado, a podredumbre dulzona y a esa peste inconfundible que es la carne muerta caminando. Me llamo Diego, y a mis veintitrés años, he visto cómo el mundo se desmoronaba, no con un rugido, sino con un gemido húmedo y desesperado que sale de miles de gargantas putrefactas. Vivo en el tercer piso de un edificio derruido en la colonia Roma. No es un hogar, es una madriguera. Un nido de ratas en lo alto, con las ventanas tapiadas con muebles y láminas de metal. Desde mi mirador improvisado, veo el Paseo de la Reforma, que ahora es una arteria abierta y gangrenada. Los coches oxidados, algunos aún con los esqueletos de sus conductores dentro, yacen como juguetes rotos. Los árboles, antaño orgullosos, son ahora esqueletos grises que rasgan el cielo. Y entre ellos, ellos. Los Caminantes. Enjambres que se mueven con una lentitud engañosa, pero que pueden estallar en una furia frenética si huelen a carne fresca. Yo soy un sobreviviente. No por valentía, sino por una combinación de cobardía, astucia y una desesperación que me corroe las entrañas. No soy fuerte. Soy delgado, de hombros estrechos, con un rostro que la gente solía llamar «interesante» antes del Apocalipsis. Ahora solo es un mapa de cicatrices, mugre y una barba rala que no crece bien. Mi única arma es un cuchillo de cocina que afilo cada mañana contra el borde de una piedra, y mi mayor tesoro es una mochila con algunas latas de atún, un encendedor Zippo que ya no funciona y una foto de mi madre, tomada en un viaje a Acapulco, cuando la vida era de colores. Hoy, necesito salir. El agua de lluvia que recolecto en tambos se ha terminado, y la deshidratación nubla mi mente. Sé que hay un camión cisterna volcado a unas cuadras, cerca del Ángel de la Independencia. Dicen que todavía tiene agua, que está sellado. Es una locura, una estupidez, pero la sed es un tirano al que no puedo negarle audiencia. El plan es simple: salir por la azotea, cruzar los techos hasta la calle de Río Tíber, y luego avanzar pegado a los edificios, usando los coches abandonados como cobertura. Ir y volver. Antes del atardecer. Me cuelgo la mochila, me ato el cuchillo al cinturón y me deslizo por la escalera de emergencia, que gime con cada paso como si fuera a desprenderse. El calor me golpea como una manta húmeda y fétida. El silencio es lo peor. Un silencio roto solo por el zumbido de las moscas y el arrastre lejano de pies muertos. Me muevo con la cautela de un gato, mi corazón latiendo tan fuerte que siento que van a oírlo desde el otro lado de la ciudad. El trayecto es un infierno. Me pego a las paredes, esquivo los cristales rotos que brillan como diamantes en la calzada polvorienta. Veo a una pequeña horda a lo lejos, al menos veinte de ellos, amontonados alrededor de lo que parece ser el cadáver de un perro. Se mueven con esa parsimonia horrible, sus cabezas balanceándose, sus mandíbulas abiertas y salivando un líquido negruzco. Contengo la respiración, me agazapo detrás de un Volkswagen Beetle destartalado. El olor a gasolina vieja y a cuero quemado me llena los pulmones. Espero una eternidad hasta que se dispersan, dejando solo un amasijo de huesos y pelo. Sigo avanzando. El Ángel ya se ve, una figura alada que fue dorada y ahora sucia. El camión cisterna está ahí, sí, volcado de lado, con una fuga que gotea un líquido claro. Un tesoro. Pero para llegar a él, tengo que cruzar un tramo abierto de la avenida. Y es justo ahí, en ese espacio abierto, donde todo se va al carajo. No sé de dónde salieron. Tal vez estaban dentro de un edificio, tal vez se despertaron por el ruido de mis pasos. Pero de repente, el aire se llena de ese gemido. Ese sonido que me eriza el vello de la nuca. Me giro, y los veo. Una marea de cuerpos grises, bajando desde la glorieta. Hombres, mujeres, algunos niños, todos con la piel colgando, con los ojos lechosos y las bocas abiertas en un bostezo eterno. Vienen hacia mí. No, vienen hacia el agua. Pero yo estoy en medio. Instintivamente, echo a correr. No hacia atrás, hacia el camión. Es una estupidez, lo sé, pero mi cerebro solo ve el líquido fresco. Corro, mis botas golpeando el asfalto, el eco de mis pisadas rebotando en los edificios muertos. El grupo de zombies se acelera, su gemido se convierte en un gruñido frenético. Los oigo detrás de mí, su aliento fétido casi en mi nuca. Y entonces los veo. Dos de ellos. Grandes, corpulentos, lo que alguna vez fueron hombres de construcción, quizás. Se separan de la horda principal y se abalanzan hacia mí con una velocidad que no deberían tener. Uno de ellos, con el rostro a medio comer, me agarra del brazo. Su mano es un cepo de hueso y carne fría. Tiro, grito, pero es inútil. El otro me rodea la cintura y me levanta del suelo como si fuera un muñeco de trapo. La gente… ¿qué gente? La avenida está vacía. Solo estoy yo, y el horror. Pero en mi mente, veo a los que lograron escapar de la cuarentena inicial, los que se esconden en los edificios, viendo desde las ventanas tapiadas. Veo sus rostros pálidos, sus ojos abiertos de terror mientras observan mi captura. Son espectadores de un horror que no comprenden. Siento sus manos sobre mí. No son caricias, son garras. Me rompen la camisa, tiran de mi playera hasta que la tela se desgarra con un sonido desgarrador. El aire frío toca mi piel sudorosa. Sus dedos, huesudos y con uñas largas y rotas, recorren mi torso. Es grotesco, es aterrador. Y sin embargo… Siento algo más. Una chispa. Una respuesta inesperada de mi cuerpo. Mi pezón se endurece bajo el roce de un pulgar cubierto de sangre seca. Mi estómago se contrae. No de miedo. De otra cosa. Algo oscuro y prohibido que no quiero reconocer. Me tiran al suelo. El asfalto es áspero y caliente. Uno de ellos me inmoviliza, sus rodillas a ambos lados de mi cadera, su peso aplastante. Siento su miembro, inerte y frío, contra mi abdomen. El otro se arrodilla a mi lado, tira de mi cabello, me obliga a levantar la cara. Su piel es gris, con venas negras que se ramifican como grietas en la porcelana. Sus ojos, blancos y sin pupilas, me miran fijamente. No hay odio en ellos. No hay nada. Solo un hambre vacía. Me rompe el cinturón con un tirón seco. Los jeans se desgarran. Mis piernas quedan expuestas, temblando. Siento el calor de mi propia sangre corriendo por el rasguño que me hizo su anillo. Pero también siento el calor de mi propia excitación, una erección traicionera que se levanta contra mi voluntad. Mi mente grita, pero mi cuerpo… mi cuerpo está cantando una canción desconocida. El zombie que está sobre mí se mueve, se posiciona entre mis piernas. Siento su miembro, ahora no tan inerte. Se está hinchando, un tejido grisáceo y húmedo que emerge de su bragueta podrida. Es grande, deforme, con venas hinchadas y una cabeza bulbosa que gotea un líquido espeso. No es una erección humana. Es una herramienta de reproducción, de dominación, fría y mecánica. Lo siento presionar contra mi entrada. Un gemido me escapa, mitad de dolor, mitad de algo más. Y entonces, entra. No hay lubricación, solo una sequedad brutal que se convierte en un ardor insoportable. Grito, pero el sonido se ahoga cuando el otro zombie me introduce su miembro en la boca. Es un sabor a metal y a podredumbre, a orina y a muerte. Mi cuerpo se convulsiona, mi estómago se revuelve, pero no puedo escupirlo. Sus manos me sujetan la cabeza con una fuerza sobrenatural. El ritmo es brutal. No es sexo, es una violación. Una invasión. Sus caderas chocan contra las mías con una fuerza que me hace ver estrellas. El dolor es blanco, cegador. Siento que me desgarran por dentro, que mi carne se abre. Pero luego, lentamente, el dolor comienza a transformarse. El ardor se convierte en un calor extraño, una presión que se acumula en mi bajo vientre. La lengua muerta y fría del zombie en mi boca se mueve, torpe e instintiva, y contra todo pronóstico, mi cuerpo responde. Siento llegar a otros dos. Sus sombras se ciernen sobre mí. Sus manos me tocan, me exploran. Una de ellas me agarra la erección, que sigue dura como una piedra, a pesar del horror. La masturba con una torpeza mecánica, pero es suficiente. El contraste entre la carne fría y muerta de sus manos y el calor de mi propia piel es abrumador. Siento que me pierdo. El que está detrás de mí acelera el ritmo. Sus gruñidos son cada vez más fuertes. El de mi boca hace lo mismo, empujando su miembro hasta el fondo de mi garganta. Siento que me ahogo, pero no me importa. Estoy en un lugar extraño, entre el dolor y el placer, entre la realidad y la pesadilla. La gente, los espectadores invisibles, ya no existen. Solo existe esto. Este acto de creación retorcida, de vida dentro de la muerte. Siento una presión enorme, y luego, un chorro caliente que me llena el interior. No es semen, es algo más espeso, más pegajoso, con un olor acre. El zombie de mi boca también se derrama, un líquido amargo que me obliga a tragar. Los otros dos se unen, sus cuerpos presionándose contra los míos, sus manos manoseándome, sus miembros frotándose contra mi piel. Cuando terminan, se quedan quietos. Ya no gruñen. Me miran con sus ojos vacíos, como si esperaran algo. Me sueltan, se levantan y se alejan, uniéndose a la horda que pasa de largo, sin mirarme. Quedo tirado en el asfalto, jadeando, desnudo, cubierto de fluidos y de sangre. Mi cuerpo está magullado, mi trasero arde, mi garganta está irritada. Pero estoy vivo. Y entonces, me doy cuenta. No me han mordido. No han intentado comerme. Me han usado, sí, pero no me han matado. ¿Por qué? ¿Qué soy yo para ellos? Me incorporo, temblando. Siento las gotas frías del líquido de ellos deslizándose por mis muslos. Debería sentir asco. Debería sentir terror. En cambio, siento una punzada de algo más. Una curiosidad mórbida. Un deseo. Miro a la horda que se aleja. Sus cuerpos son horribles, pero ya no me parecen solo una amenaza. Ahora son una posibilidad. Una puerta a algo que nunca supe que quería. Sonrío, una sonrisa amarga y depravada. El sol enfermizo me calienta la piel desnuda. Soy un sobreviviente, sí. Pero ya no soy el mismo. El mundo se ha ido al carajo, y yo me quedo mirando la horda que se aleja, con sus cuerpos desgarbados y sus pasos arrastrados. El sol enfermizo me calienta la piel desnuda, y siento el líquido de ellos secándose en mis muslos, en mi vientre, en mi pecho. El olor es inconfundible: amoníaco, hierro viejo, algo dulzón que me hace la nariz cosquillear. Debería sentir vergüenza. Debería buscar agua, ropa, un refugio. Pero en lugar de eso, me quedo ahí, de pie, con el pene aún medio duro, mirando cómo se pierden entre los escombros del Paseo de la Reforma. La gente —los que huyeron, los que se escondieron tras las ventanas tapiadas— debe estar mirándome. Puedo sentirlo. Sus ojos invisibles me taladran la espalda desnuda. Pero no me importa. ¿Qué son ellos? Carne temblorosa que pronto será comida. Yo soy algo más. Algo que acaba de descubrir que la muerte no es el final, sino una puerta hacia un placer que nunca imaginé. Me agacho y recojo los jirones de mi camisa. Están pegajosos, rotos, inútiles. Los tiro. Mis jeans están hechos trizas, el cinturón desapareció en algún momento de la locura. Solo me quedan mis botas, milagrosamente intactas. Me las ato bien, sintiendo el cuero áspero contra mis pies descalzos. Luego me enderezo, paso una mano por mi cabello sudoroso y decido que necesito respuestas. ¿Por qué ellas me ignoraron? ¿Por qué ellos me usaron y no me mataron? No soy un zombie. No tengo fiebre, ni heridas de mordisco, ni esa palidez grisácea que precede a la conversión. Soy un humano. Pero hay algo en mí que los atrae, algo que los hace querer… no devorarme, sino poseerme. Y eso, en este mundo de muerte y desesperación, es un poder que no pienso desperdiciar. Empiezo a caminar hacia el norte, hacia la zona de Polanco. Es un área que solía ser elegante, llena de restaurantes de lujo y boutiques. Ahora es un laberinto de tiendas saqueadas y cadáveres en descomposición. Pero también es donde sé que hay un centro comercial subterráneo, con una tienda de ropa que nunca fue tocada. Necesito vestirme. No puedo andar desnudo por la ciudad, ni siquiera yo tengo ese descaro. El trayecto es peligroso. Las calles están llenas de escombros, de coches volcados, de manchas oscuras que podrían ser aceite o sangre seca. Me muevo con sigilo, usando las sombras de los edificios derruidos como cobertura. A mi izquierda, un grupo de Caminantes deambula cerca de una fuente seca. Son mujeres, todas ellas. Sus rostros están descompuestos, con la piel colgando en jirones, pero sus ojos vacíos no se vuelven hacia mí. Pasan de largo, como si yo fuera invisible. Como si mi carne no les interesara. Eso confirma mi teoría. Las mujeres no me atacan. Los hombres me persiguen. No sé si es algo químico, algo hormonal, o simplemente una perversión del virus que los corrompió. Pero es una ventaja. Una ventaja que pienso explotar al máximo. Llego al centro comercial. La entrada principal está bloqueada por una barricada improvisada de muebles y bolsas de basura. Pero conozco un acceso lateral, una puerta de servicio que solía usar el personal de limpieza. La empujo y gime, pero cede. El interior es un túnel oscuro, lleno de polvo y telarañas. El aire es pesado, con olor a moho y a algo muerto que se está descomponiendo lentamente. No oigo arrastres, pero eso no significa que esté solo. Me muevo con cuidado, usando mi cuchillo para tantea el camino. Encuentro la tienda de ropa, con los maniquíes cubiertos de polvo y los estantes todavía llenos. Cojo unos jeans negros, una camiseta gris, una chaqueta de cuero sintético y un par de botas nuevas que reemplazan a las mías, que ya tienen la suela desgastada. Me visto rápido, sintiendo la tela fresca contra mi piel. Es un lujo que no me había permitido en meses. Cuando salgo, el sol ya está bajando en el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja enfermizo. Me siento en el borde de una fuente seca, con una lata de atún que encontré en una mochila abandonada y una botella de agua a medio llenar. Mastico lentamente, saboreando la sal, mientras mi mente da vueltas. ¿Qué soy ahora? ¿Un sobreviviente? ¿Un depravado? ¿Un monstruo? No lo sé. Pero sé que quiero más. Quiero sentir ese calor otra vez, esa presión, ese momento de rendición total cuando la carne muerta me invade. Es un deseo que me quema por dentro, que me hace olvidar el terror y la tristeza de este mundo. Termino mi comida y me limpio las manos en los jeans. Entonces lo escucho. Un gruñido bajo, gutural, a mi espalda. Me giro lentamente, con el corazón latiendo fuerte, y veo a un zombie solitario que emerge de entre las sombras de un edificio derruido. Es un hombre, joven, quizás de mi edad. Su uniforme de repartidor está manchado de sangre seca, y un lado de su rostro está destrozado, mostrando el hueso blanco de la mandíbula. Pero sus ojos… sus ojos me miran. No con hambre, sino con algo más. Algo que reconozco porque lo siento en mi propio cuerpo. Se acerca lentamente, arrastrando los pies, y cuando está a un metro de mí, se detiene. Huele el aire. Y luego, extiende una mano pálida y temblorosa hacia mi mejilla. No me aparto. En lugar de eso, cierro los ojos y dejo que su mano fría toque mi piel. El contacto es eléctrico, un escalofrío que me recorre la espalda. Abro los ojos y lo miro. Él inclina la cabeza, como un perro confundido, y emite un sonido que casi parece un ronroneo. —Hola, precioso —susurro, con una sonrisa que no puedo contener—. ¿Tienes hambre? No responde, pero no lo necesito. Su otra mano se posa en mi cintura, y siento cómo sus dedos se curvan sobre la tela de mi chaqueta. Me está tocando. Me está reclamando. Y yo… yo no hago nada para detenerlo. A mi alrededor, la ciudad se sumerge en la penumbra. Las luces de emergencia parpadean en algunos edificios lejanos. Los sonidos de la noche comienzan: el viento que gime entre los escombros, el crujir de la madera, el chapoteo lejano de algo en el agua estancada. Pero yo no escucho nada de eso. Solo escucho mi respiración, acelerándose, y el gruñido suave del zombie que ahora me empuja contra la pared de la fuente. Me quita la chaqueta. Me desabrocha la camiseta. Su tacto es torpe, pero insistente. No tiene la delicadeza de un humano, pero tiene una necesidad que me hace sentir deseado. Cuando sus labios fríos se posan en mi cuello, no siento miedo. Siento una chispa de electricidad que baja hasta mi entrepierna, despertando una erección que no tarda en endurecerse contra el metal de mi bragueta. —Más —jadeo, pasando mis manos por su pecho ensangrentado—. Quiero más. Él me obedece. Me da la vuelta, me presiona contra la fuente, y siento sus dedos fríos que me bajan los jeans. No hay seducción, no hay caricias suaves. Solo una necesidad cruda, animal, que me hace jadear cuando su polla, dura y fría como un mármol, roza mi entrada. —Sí —gimo, arqueando la espalda—. Hazlo. Él empuja. El dolor es agudo, un grito mudo que se me atora en la garganta. Pero no me resisto. Dejo que me invada, que me llene, que me haga suyo. Y mientras él se mueve dentro de mí, con un ritmo torpe pero implacable, yo me aferro al borde de la fuente y dejo que el placer me consuma. Esto es mi nueva vida. Esto es lo que soy ahora. Un depravado que encuentra placer en la muerte. Un monstruo que se alimenta de la oscuridad. Y no lo cambiaría por nada en este mundo. Cuando él termina, derramándose dentro de mí con un espasmo que lo sacude entero, me gira suavemente y me mira. Sus ojos vacíos parpadean, y por un instante, casi parece humano. Luego se aleja, uniéndose a la noche, dejándome solo de nuevo. Me visto lentamente, sintiendo el líquido frío que se me escurre por los muslos. Me limpio con un trozo de tela que encontré en la tienda y me pongo la chaqueta. Miro al cielo, donde las primeras estrellas comienzan a aparecer. Y sonrío. —Esta noche hay más —murmuro para mí mismo—. Y quiero encontrarlos. Me pongo en marcha, caminando hacia el corazón de la ciudad muerta. Mi sombra se alarga detrás de mí, retorcida y amenazante. Pero yo no tengo miedo. Yo soy el cazador ahora. Y el mundo es mi territorio. La noche es joven, y yo tengo hambre.

 

Me puedes escirbir a [email protected]

28 Lecturas/12 agosto, 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: gay, joven, madre, mayor, metro, semen, sexo, viaje
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