Aprendiendo 2
Aldahir llegó a su casa pasadas las nueve de la noche. La puerta del departamento olía a frijoles recalentados y a ese detergente barato que su mamá usaba para todo. Entró sin hacer ruido, pasó de largo por la sala donde su padre veía un partido a todo volumen con una cerveza en la mano, y se metió .
Aldahir llegó a su casa pasadas las nueve de la noche. La puerta del departamento olía a frijoles recalentados y a ese detergente barato que su mamá usaba para todo. Entró sin hacer ruido, pasó de largo por la sala donde su padre veía un partido a todo volumen con una cerveza en la mano, y se metió directo a su cuarto. Cerró con seguro. Se dejó caer de espaldas en la cama sin ni siquiera quitarse los tenis. El short deportivo le rozaba el culo de una forma nueva, incómoda. Cada pequeño movimiento le recordaba el ardor, la hinchazón y esa humedad pegajosa que ya se había secado entre las nalgas y la parte interna de los muslos.
Se quedó mirando el techo agrietado. No sabía qué cojones sentir. Vergüenza hasta las médulas. Asco de sí mismo. Un alivio raro. Y debajo de todo eso, una excitación sucia que lo hacía querer volverse a tocar. Supuso que el hecho de que ese pinche toro de Mario lo hubiera cogido medio borracho bastaba. Que había sido una cosa de una sola vez: calor, alcohol, sudor y el momento. Pero la sonrisa de Juan al salir del vestidor, la forma en que Alberto no podía dejar de mirarlo con esos ojos de nerd excitado y el silencio pesado de Diego le decían otra cosa. Los demás tenían ideas distintas. Se metió la mano por detrás, tocó el agujero todavía sensible y se encontró con que se le estaba parando otra vez solo de recordarlo. Se odió. Se levantó, se quitó toda la ropa, se metió al baño y se limpió lo mejor que pudo con agua fría y jabón de pastilla. El semen de Mario seguía saliendo en hilillos blancos y espesos cada vez que se apretaba. Se cepilló los dientes hasta casi sangrar las encías y se acostó desnudo, hecho un ovillo. Durmió mal, despertándose varias veces con el culo latándole.
Al día siguiente el celular vibró mientras salía por la puerta de la preparatoria. El mensaje era corto.
Diego:
Ven a mi casa. Trae cerveza. Solo tú.
Aldahir se quedó plantado en la parada del camión mirando la pantalla. El estómago se le cerró. Pensó en inventar una mentira, en decir que tenía que ayudar a su papá, que tenía tarea, cualquier cosa. Pero no encontró una excusa que sonara creíble ni siquiera para él mismo. Respondió con un simple “ok”. Media hora después estaba frente al edificio viejo de tres pisos donde vivía Diego. El pasillo olía a humedad y a comida rancia. Subió despacio. Desde el segundo piso ya se empezaba a filtrar el olor a cigarro frío que siempre salía por debajo de la puerta de Diego.
Diego abrió casi de inmediato. Iba en un short negro viejo y una camiseta agujereada de alguna banda de metal. El olor del cuarto golpeó a Aldahir en la cara como una bofetada caliente: tabaco rancio, sudor acumulado de días, patas y ese dejo ácido y pesado de orines que nunca se iba del todo. El desorden era el de siempre, solo que peor. Ropa tirada en el piso, calcetines usados montados en una silla, latas de energéticas aplastadas, cables enredados, la cama sin hacer con las sábanas manchadas y, en el rincón entre la torre de la computadora y una pila de juegos, varias botellas de plástico de litro y medio, opacas, algunas a medio llenar. Aldahir ya sabía lo que había dentro.
—Pasa —dijo Diego con su voz baja, casi monótona—. Siéntate donde quepas.
Aldahir dejó la bolsa con las cuatro cervezas en el único hueco libre de la mesa llena de migajas y se sentó al borde de la cama. El colchón se hundió y soltó un olor más concentrado todavía. Diego abrió dos latas, le tendió una y se quedó de pie frente a él, mirándolo sin prisa mientras tomaba.
—Ayer te vi —dijo de pronto, sin rodeos—. Cómo te dejaste. Cómo se te puso la cara cuando Mario te partió. Cómo se te paró el pito sin que nadie te lo tocara. Se te notó hasta desde la banca.
Aldahir apretó la lata entre las manos. El aluminio se le clavó un poco en los dedos.
—Estaba pedo… todos estábamos pedos.
—Yo también llevaba mis cheves. Pero tú te corriste solo con el culo. Se te vio en las piernas. —Diego dio otro trago, sin apartar esos ojos intensos—. Las morras nunca suben aquí. Les da asco el olor. A mí me gusta. Es mío. Huele a mí. Y desde ayer… tengo un proyecto contigo.
Aldahir levantó la vista. El corazón le golpeaba tan fuerte que lo sentía en la garganta.
—¿Qué proyecto?
Diego dejó la cerveza sobre la torre de la computadora, se acercó y, sin pedir permiso, le bajó el short y el bóxer a Aldahir de un solo tirón seco. El culo quedó al aire. Todavía se le veían algunas marcas tenues de las nalgadas del día anterior. Diego lo miró un largo segundo, inclinando la cabeza, y después caminó hasta el rincón. Agarró una de las botellas de plástico más llenas y la destapó con un movimiento lento. El olor a orines concentrados, ácidos y pesados, inundó el cuarto de inmediato, mucho más fuerte que el resto del hedor.
—Esto lo tengo guardado desde hace como tres semanas. Me da una flojera de la chingada parar la partida solo para ir a mear. Así que me la echo aquí. —Le mostró la botella. El líquido era amarillo oscuro, casi turbio—. Hoy lo vamos a usar. Te voy a marcar. Como se marca a las perras. Así cada vez que te sientes en la escuela, cada vez que te agaches, vas a oler a mí. Y te vas a acordar de lo que ya eres.
Aldahir intentó levantarse. Diego lo empujó de nuevo contra el colchón con una mano firme en el pecho.
—No te hagas el difícil. Ayer te gustó que te trataran como a una puta barata. Se te paró. Se te mojó. Hoy vamos a seguir. Tú te vas a jalar esa verga promedio mientras yo te orino. Y si te portas bien… tal vez te coja después. O tal vez no. Según cómo te portes.
Lo volteó sin mucha dificultad. Aldahir quedó de rodillas y codos sobre la cama deshecha, el culo en alto. Diego le separó las nalgas con una mano y con la otra inclinó la botella. El chorro tibia, amarilla y espesa, cayó primero sobre la espalda baja de Aldahir. El líquido caliente le recorrió el surco, bañándole el agujero todavía hinchado y sensible, los huevos y la verga que, traicionera, empezaba a endurecerse otra vez solo con el olor y la humillación. El orín le corría por los muslos internos y empezaba a empapar la sábana ya manchada. El olor se volvió casi insoportable, ácido, pesado, animal.
—Así se marca a una perra de verdad —dijo Diego con voz calmada, casi aburrida, mientras movía la botella para mojarle bien todo—. Mírate. Temblando, con la verga poniéndose dura mientras te baño el culo con mis meados de tres semanas. Eres un asco. Y aun así se te está parando más. Qué puto tan asqueroso eres, Aldahir.
Vació casi dos tercios de la botella. El líquido le escurrió hasta las rodillas. Después Diego se bajó el short, se arrodilló detrás de él y empezó a frotarse la polla ya completamente dura entre las nalgas empapadas. El sonido era húmedo, chapoteante, obsceno. La cabeza de la verga se deslizaba fácil por culpa de los orines. Empujó. Entró más sencillo que el día anterior porque el agujero todavía estaba semiabierto, pero igual de intenso. Se enterró hasta el fondo de un solo empujón y se quedó ahí un momento, disfrutando.
—Joder… todavía estás caliente por dentro —murmuró—. Y ahora hueles a mis meados. Perfecto.
Empezó a cogerlo. Estocadas lentas al principio, profundas, sacando casi toda la verga para volver a enterrarla hasta los huevos. Cada embestida hacía chapotear el líquido amarillo entre los dos cuerpos. El olor se multiplicaba con el movimiento.
—Vas a oler a mis orines durante días —le gruñía al oído, la voz un poco más entrecortada—. Cada vez que te sientes en el salón vas a sentir el olor subiendo y se te va a parar esta verga pinche promedio. Porque ya eres la perra del grupo. La que se deja usar. La que se deja marcar. Di que te gusta oler a mis meados.
Aldahir apretaba la cara contra la almohada que apestaba a cigarro y a grasa de pelo. Gemía. Se odiaba con cada fibra. Y sin embargo empujaba las caderas hacia atrás, buscando más.
—Dilo —insistió Diego, dándole una nalgada que salpicó orín.
—Me… me gusta oler a tus meados —soltó Aldahir, la voz ahogada y rota.
—Otra vez. Más claro.
—Me gusta oler a tus meados… me gusta que me marques como a tu perra…
Diego soltó una risa baja y aceleró. Las embestidas se volvieron más fuertes, más rápidas. El chapoteo era constante. Le agarró el cabello con una mano, lo obligó a levantar la cabeza y le habló directo al oído mientras lo empotraba:
—Ayer Mario te llenó de leche. Hoy yo te lleno de leche y de meados. Mañana va a ser otro. Y otro. Hasta que no sepas ni quién eres sin tener el culo abierto y oliendo a nosotros. ¿Entendiste, puta?
—Sí… sí, entendí…
Diego se corrió con un gruñido largo, enterrado hasta el fondo, vaciando chorro tras chorro de semen caliente dentro del culo ya empapado. Se quedó palpitando un buen rato, respirando pesado, y después se salió despacio. Un hilo espeso de leche blanca se mezcló de inmediato con el orín amarillo y le bajó a Aldahir por los huevos y la verga, que seguía dura y goteando precum transparente. Diego agarró otra vez la botella y le echó lo que quedaba justo sobre el agujero abierto. El líquido tibia le corrió por todas partes, mezclándose con el semen.
—Ahora sí —dijo, todavía jadeando un poco—. Ya eres mía también. La próxima vez que te mande mensaje vienes sin lavarte. Quiero oler lo de Mario, lo mío y lo que te haya pasado en el día. Todo junto. Y traes más cerveza.
Aldahir se quedó de rodillas en el colchón empapado, las piernas temblando, el cuerpo entero oliendo a orines concentrados y a sexo. El semen y el meado le seguían bajando por los muslos. La cabeza le daba vueltas. Ya no podía decir que había sido solo el alcohol del día anterior. Ya no podía decir que era una sola vez.
Diego se dejó caer a su lado en la cama sucia, abrió otra cerveza y le dio un largo trago. Miró el techo un momento y después habló, casi como si comentara el clima:
—Juan tiene un video de ayer, por cierto. Lo grabó todo. Dijo que si te portas bien no lo enseña… todavía. Así que más te vale que cuando te hablemos vengas rápido.
Aldahir cerró los ojos. El olor a orines le llenaba la nariz. El culo le latía. Y en el fondo de la pirámide social del grupo, el piso se sentía cada vez más hondo y más resbaloso.

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!