Aprendiendo 3
Mario despertó con la boca pastosa, la lengua pegada al paladar y una cruda que le latía detrás de los ojos como un tambor. La luz de media mañana entraba por la ventana entreabierta y le daba directo en la cara. Se removió en la cama..
Mario despertó con la boca pastosa, la lengua pegada al paladar y una cruda que le latía detrás de los ojos como un tambor. La luz de media mañana entraba por la ventana entreabierta y le daba directo en la cara. Se removió en la cama. Todavía traía puesto el short del día anterior, manchado de sudor y de residuales de lo que había hecho en el vestidor. El recuerdo le cayó encima de golpe: el culo de Aldahir abriéndose alrededor de su verga, las nalgadas secas, las palabras que le había escupido al oído, el gemido roto del jarocho cuando le dijo que era una puta barata, el semen espeso bajándole por los muslos mientras los demás miraban.
Se pasó las dos manos por la cara.
—Pinche wey… ¿qué chingados hice?
Se incorporó despacio, se sentó al borde del colchón y se quedó mirando el piso. Podía sentir todavía la forma en que el agujero del muchacho le apretaba. Podía oír su propia voz diciéndole “culo de vieja”, “puta barata”, “esto es lo único para lo que sirves”. Se le revolvió el estómago… y al mismo tiempo se le movió algo más abajo.
Fue al baño, se orinó largo rato y se lavó la cara con agua fría. Al mirarse en el espejo tenía los ojos inyectados y una expresión que no le gustó. Se volvió a sentar en la cama, agarró el celular y vio la hora. Casi las once. Seguramente Diego ya tenía al jarocho en ese cuarto hediondo suyo, oliendo a patas y a meados. La idea le provocó una mezcla de asco y una excitación sucia que no quería reconocer.
Cerró los ojos y dejó que la memoria lo arrastrara hacia atrás.
Habían conocido a Aldahir al principio del semestre. Un jarocho delgado, de piel oliva, cabello ondulado y esa sonrisa fácil de quien quiere que lo acepten. Mario, al verlo por primera vez en el patio, pensó que sería un enclenque más. Hasta que lo vio de espaldas en educación física. Ese culo. Redondo, alto, de curva gruesa y pesada. Se le marcaba hasta con el pantalón del uniforme.
—Si este wey está así… —había pensado, tocándose la entrepierna por encima del short—, ¿cómo estará su hermana o su mamá?
No tuvo que esperar mucho. Al poco tiempo empezó a juntarse con él. Un día lo acompañó a su casa “a hacer una tarea de historia”. La casa olía a comida casera y a limpio. Y entonces salió doña Elva de la cocina.
Mario se le quedó viendo descarado. La señora era Aldahir pero en mujer. Misma piel oliva, mismos ojos almendrados, misma curva de cadera… solo que con años que no habían pasado en balde. Las tetas eran enormes, pesadas, apenas contenidas por una blusa sencilla. El culo se le movía con cada paso. Mario sintió que se le secaba la boca y que se le empezaba a parar ahí mismo.
—Mucho gusto, joven —le dijo ella, sonriendo—. Aldahir habla mucho de sus amigos.
—El gusto es todo mío, señora —respondió él, y le sostuvo la mirada un segundo de más, bajándola después a las tetas sin disimulo.
El padre de Aldahir era todo lo que su hijo no era: alto, de voz gruesa, de esos que hablan fuerte para que se note quién manda. Mario pensó, incluso, que el wey debía ser estéril. Porque los hijos —Aldahir y una morra sin ninguna gracia— no se parecían en nada a él. Mejor. Tal vez la vieja le gustaba ponerle el cuerno.
Su propio papá se lo confirmó una noche, medio borracho en la sala:
—Ese jarocho del papá de tu amigo se la pasa quejándose de que nadie lo pela y presumiendo conquistas. Pura mamada. El wey necesita aparentar. Nadie le hace ni el dedo.
Mario empezó poco a poco. Primero visitas normales. Después, cuando ya sabía el horario exacto de Aldahir, llegaba cuando el muchacho no estaba. “Vine a dejarle unos apuntes, señora”. “Pasaba por aquí y me dio un calor… ¿me regala un vaso de agua?”. Pequeños roces en la cocina. Una mano que “sin querer” rozaba la cintura ancha. Una mirada que se quedaba pegada al escote.
Doña Elva debía estar más sola y más caliente de lo que él imaginaba. Porque un martes por la tarde, sin que ninguno de los dos lo planeara del todo, terminaron en el cuarto de ella. Mario le cerró la puerta con el pie, la empujó suave contra la cama y le levantó la blusa de un jalón. Las tetas cayeron pesadas, enormes, con pezones oscuros y anchos ya duros. Se le fueron los ojos.
—Joder, señora… qué tetotas se carga.
—Ay, muchacho… no digas eso —susurró ella, pero no se tapó.
Mario se le tiró encima. Se metió una teta entera a la boca y la mamó con ganas mientras le bajaba el pantalón y el calzón. El coño ya estaba empapado. Se la metió dos dedos y la sintió apretar.
—Hace tanto que nadie me toca así —admitió ella, jadeando calladito.
—Pues yo te voy a tocar hasta que no puedas caminar —le contestó él, bajándose el short. La verga se le paró gruesa y pesada. Se puso el condón con prisa y se la metió de un embestida. El coño se le cerró alrededor como si tuviera hambre. A pesar de los dos hijos, apretaba de una forma deliciosa.
—Ay, Dios… qué grueso —gimió ella.
Mario la cogió fuerte desde el principio. Las tetas se le balanceaban con cada embestida. Él se las agarraba con las dos manos y se las mamaba mientras la empotraba. Cogieron dos veces esa tarde. La segunda, Mario se la volteó de perrito, le abrió las nalgas y se la metió todavía más hondo.
—Así le gusta, ¿verdad, señora? Que se la den duro porque el cornudo de su marido no la toca.
—Sí… sí, así… no pares.
Cuando se corrió la segunda vez, ella se quedó temblando y con los ojos húmedos. Mario se sacó el condón lleno y se lo tiró en el bote de la basura del baño.
Después ya no usaron protección. A los dos les valió madre. Lo hacían cada vez que podían: en la mañana cuando el marido salía temprano, en las tardes cuando Aldahir estaba en la escuela, una vez en la cocina mientras la comida se quemaba en el fuego. Mario la subía a la mesa, le abría las piernas y se la comía primero. Le encantaba lamerle el coño hasta que ella se orinara un poco del placer. Después se la cogía de pie, contra la pared, contra el refrigerador, donde fuera. Las tetas se le balanceaban pesadas. Él se las ordeñaba un poco cuando ya estaba embarazada y se bebía la leche mientras la embestía.
—Toma, chúpame la leche mientras te cojo, vieja puta —le decía, y ella solo gemía y apretaba más.
Cuando se enteró de que estaba embarazada, Mario sintió un golpe de ego sucio y oscuro. El cornudo del marido nunca sospechó… o si sospechó, no dijo nada. Un wey con un ego tan hinchado no podía admitir que le estaban poniendo los cuernos con un cuate del hijo. Mario siguió cogiendo con ella durante todo el embarazo. Nada como esas tetas llenas y pesadas. Se las mamaba hasta sacarle hilillos de leche y después se los escupía en el coño antes de meterse.
Nacieron gemelos. Mario los vio una sola vez, de lejos, cuando fue a “visitar” a Aldahir. No se parecían en nada al supuesto papá. Él sonrió para sus adentros. Había encontrado a una mujer que no exigía nada, que se dejaba usar, que apretaba rico y que le daba leche.
Hasta que apareció Juan.
Fue una tarde, semanas antes del partido en la cancha. Juan lo esperó a la salida del gym. Tenía el celular en la mano y esa sonrisa de brackets que nunca llegaba a los ojos.
—Tenemos que hablar, Mario.
—¿Qué pedo, Juan?
Juan le mostró la pantalla sin decir nada más. Videos. Audios. Imágenes nítidas. Mario y doña Elva en el cuarto, él cogíéndosela de perrito mientras le jalaba del cabello. Mario y doña Elva en la cocina, ella sentada en el borde de la tarja con las piernas abiertas y él mamándole el coño. Mario y doña Elva en el baño, él ordeñándole una teta mientras se la metía parado. Incluso un video corto donde se veía claramente cómo le salía leche y Mario se la bebía. Juan había grabado todo. Quién sabe cómo le había hecho, pero lo tenía completo.
Mario sintió que se le helaba la sangre.
—¿Qué quieres? —preguntó, la voz baja y peligrosa.
—Un paro —contestó Juan con calma absoluta—. Ayúdame a someter y a humillar a Aldahir. Yo ya tengo un culo para usar cuando quiero. Ahora quiero el suyo. Tú lo vas a abrir primero. Lo vas a romper. Lo vas a tratar como a una puta delante de todos. Yo me encargo del resto después.
Mario lo miró largo rato. La mandíbula se le apretó.
—No soy puto.
—No te estoy pidiendo que te enamores del jarocho ni que le des besitos —dijo Juan, todavía sonriendo—. Solo que lo uses. Alcohol, calor, el grupo mirando… él se va a dejar. Tú te desahogas de toda esa rabia que cargas. Y yo me quedo con el culo que quiero. Todos ganamos. Si no… estos videos llegan al marido de doña Elva. Y a tu papá. Y a la escuela. Y a quien más se me ocurra.
Mario sintió cómo se le cerraba el estómago. Pensó en los gemelos. Pensó en la cara del cornudo. Pensó en su propio padre gritándole.
—Está bien —soltó al final, con los dientes tan apretados que le dolió la mandíbula—. Pero solo una vez. Y con alcohol. Que parezca que todos estábamos pedos.
Juan sonrió más ancho.
—Claro. Solo una vez… por ahora.
Ahora, sentado en su cama con la cruda pegada a la cabeza y el recuerdo del culo de Aldahir todavía fresco, Mario se pasó las manos por la cara otra vez. Había cumplido. Había abierto el agujero del jarocho delante de todos. Le había dicho de todo. Le había nalgueado hasta dejarle la marca de los dedos. Y, lo peor, se había venido como nunca en la vida. La rabia, la frustración, el control, el poder… todo había salido en esas embestidas brutales.
Se quedó un momento en silencio. Después soltó una risa corta, amarga, cansada y morbosa.
—Al paso que voy solo me falta cogerme a la hermana de Aldahir —murmuró para sí, con una gracia negra—. Pinche vida. Primero la mamá, después el hijo… ¿qué sigue, la morra esa sin gracia?
Se levantó, se metió a bañar y dejó que el agua caliente le cayera en la nuca con fuerza. Todavía le dolía la cabeza. Todavía le sabía la boca a cerveza del día anterior. Pero debajo de la cruda había algo más oscuro y más caliente: la certeza de que aquello no había terminado. Juan tenía el video del vestidor. Diego probablemente ya estaba marcando al jarocho con sus meados en ese cuarto asqueroso. Y él… él había encontrado una válvula de escape que no pensaba cerrar tan fácil.
Cuando salió de la regadera, el celular vibró sobre la cama. Un mensaje de Juan.
Juan:
Diego ya lo tiene en su cuarto. Lo está marcando bien. Todo salió como planeamos. ¿Listo para la próxima? Esta vez quiero que le digas cosas peores.
Mario miró el mensaje un largo rato. El agua todavía le escurría por el pecho. Después sonrió apenas, una sonrisa fea, y contestó:
Mario:
Sí. La próxima vez lo voy a hacer llorar. Y si se deja… tal vez también le coja la boca. Ya vimos que ese culo de vieja aguanta lo que le den.
Dejó el celular, se secó y se miró otra vez en el espejo. La misma cara de siempre. El mismo cuerpo. Solo que ahora sabía exactamente de lo que era capaz… y de lo mucho que estaba dispuesto a seguir degradando al jarocho mientras Juan tuviera esos videos.

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