Aprendiendo 4
Juan se acomodó en la silla de su cuarto con una sonrisa lenta, casi perezosa. El celular en la mano todavía mostraba el último mensaje de Diego: una foto borrosa del culo de Aldahir empapado de orines y semen, las nalgas abiertas, el agujero rojo y goteando..
Juan se acomodó en la silla de su cuarto con una sonrisa lenta, casi perezosa. El celular en la mano todavía mostraba el último mensaje de Diego: una foto borrosa del culo de Aldahir empapado de orines y semen, las nalgas abiertas, el agujero rojo y goteando. Todo iba exactamente como lo había planeado. No le importaba realmente Aldahir. El jarocho no era más que una pieza nueva, un juguete fresco. Mario tampoco le importaba del todo; solo era otro hilo que podía jalar. Sus únicos amigos de verdad eran Diego y Alberto. El resto del mundo, incluida esa pareja de idiotas, eran entretenimiento.
Se recargó hacia atrás y cerró los ojos un momento. La memoria lo llevó sin pedirle permiso a su peor época.
Tenía dieciséis. La familia se había ido a la mierda completa: el viejo sin trabajo, la madre llorando todos los días, los gritos, los platos rotos, la casa oliendo a humillación. En la escuela los imbéciles ya olían la sangre. Comentarios, empujones, risas. Juan aprendió rápido a sonreír mientras planeaba. Pero las noches eran largas y el estómago vacío.
Alberto fue el primero. Un día, sin decir casi nada, le dejó una bolsa con comida y billetes doblados en el casillero. Juan fingió no darse cuenta de quién había sido. Alberto pensó que no se había percatado. Juan siempre lo supo. Nunca se lo cobró. Nunca lo humilló. Solo tendía la mano y seguía como si nada.
Diego llegó después. Cuando los idiotas del salón se ponían pesados, Diego aparecía con su cara seria y su olor a cigarro y los distraía. “Vamos a mi casa a jugar. Deja a esos pendejos”. Y se lo llevaba. Horas de videojuegos en ese cuarto que apestaba a patas, a meados y a tabaco rancio. Juan odiaba el olor, pero odiaba más quedarse en su casa. Diego nunca preguntó de más. Solo le pasaba el control y le decía:
—Tira tú. Yo cubro.
Por eso, cuando las cosas mejoraron un poco, Juan decidió que les debía algo. No con palabras bonitas. Con hechos.
El plan nació una noche en el cuarto de Diego, meses antes del partido en la cancha. El lugar apestaba como siempre: una mezcla espesa de cigarro frío, sudor viejo, calcetines usados y ese dejo ácido de las botellas de orines escondidas detrás de la torre. Los tres estaban tirados en el colchón deshecho. Habían fumado algo más fuerte que cigarros normales. El aire estaba denso, la cabeza ligera, las lenguas sueltas.
Diego hablaba con esa voz monótona que usaba cuando contaba algo que le había excitado:
—La gotica esa… la del piercing en la lengua. La llevé al callejón detrás del antro. Se dejó bajar el pantalón sin pedo. Le abrí las nalgas y le escupí el culo. Se quejó un poco cuando se la metí, pero después empujaba para atrás. La cogí parado, contra la pared, bien duro. Le jalaba del cabello y le decía que era una putita gótica. Se vino dos veces. La segunda se le aflojó hasta el esfínter y pude metérsela más hondo. Cuando terminé le llené el culo y le bajé un poco de semen a la boca para que lo probara. Todo bien… hasta que al día siguiente la invité a mi casa. Abrió la puerta, olió, vio las botellas y las sábanas y me dijo que era un asco. No me volvió a hablar. —Diego soltó una risa corta—. Pinches morras. Uno se gasta la lana en antros y tragos, las conquista en menos de una semana, se las coje rico… y no pueden ignorar un poco de olor.
Alberto, sentado con las piernas cruzadas y la cara todavía de nerd inocente, habló después. La voz le salía un poco pastosa por el humo:
—La de la fiesta de la semana pasada estuvo mejor. ¿Te acuerdas, Juan? La morra del novio ese que te cagó el palo en el recreo. La que se creía mucho porque tenía novio de tercero.
Juan sonrió en la oscuridad del recuerdo.
—Claro que me acuerdo.
Alberto siguió, ya calentándose con el relato:
—Tú la emborrachaste justo lo necesario y la llevaste al baño de arriba. Yo llegué después. Estaba de rodillas chupándote la verga cuando entré. Le dijiste que se quedara quieta. Le bajamos el vestido. Tenía el coño ya empapado. Tú te la cogiste primero, de pie, contra el lavabo. Yo le abrí la boca y me la metí hasta la garganta. Después la volteamos. Tú le seguiste dando por el coño y yo le escupí el culo y se la metí despacio. Estaba apretadísima. Se quejó, pero cuando empezamos a movernos los dos al mismo tiempo se le fue la voz. Se vino ensartada por las dos vergas, temblando, con la baba escurriéndole por la barbilla. Seguimos hasta que nos corremos adentro los dos. Cuando salimos, el novio la estaba buscando como pendejo en el jardín. Se la llevó a su casa todavía con el semen bajándole por las piernas, manchándole el vestido. Ni se dio cuenta.
Los tres se rieron. El olor del cuarto se mezclaba con el recuerdo del sexo. Juan aprovechó el momento. La cabeza le daba vueltas justas para soltar lo que llevaba días masticando.
—Estoy harto de dos weyes —dijo de pronto.
Diego y Alberto lo miraron.
—Aldahir y Mario —continuó Juan, la voz calmada, casi aburrida—. El jarocho se la pasa tratando de presumir, de quedar bien, sin saber que uno de sus “cuates” le embargó a la mamá tetona y hasta le regaló dos hermanitos gemelos. Y Mario… ese cabrón nos mira como si fuera la gran verga. Como si valiéramos menos. A mí me valdría madres, de verdad. Pero a ustedes dos les afecta. Se les nota. Y yo no voy a dejar que un pendejo como ese les haga sentir menos.
Diego levantó una ceja.
—¿Qué propones?
Juan se incorporó un poco en el colchón. El humo le salía por la nariz.
—Tengo videos de Mario cogiendo a doña Elva. De todo. Hasta cuando le mamaba la leche de las tetas estando embarazada. Lo tengo agarrado de los huevos. Le voy a decir que me ayude a abrir el culo del jarocho. Que lo humille. Que lo trate como puta delante de nosotros. Él cree que es solo una vez, por el chantaje. Pero no. Vamos a hacerlo lento. Primero el vestidor, con alcohol, para que no sospechen. Después cada uno lo va usando por su lado. Diego lo marca con sus meados. Alberto le mete sus fetiches raros. Yo grabo todo. Al final los dos van a ser conocidos en la escuela como un par de putos. Mario porque se cogió al cuate y le gustó. Aldahir porque se dejó usar como perra. Nadie va a dudar. Y nosotros tres nos quedamos arriba, limpios, como si nada.
Alberto se removió, la cara inocente contrastando con el brillo morboso de los ojos.
—¿Y si se resisten?
—No se van a resistir —contestó Juan—. Aldahir ya tiene el complejo del culo. Solo hay que empujarlo. Mario tiene demasiada rabia guardada y demasiados secretos. Una vez que pruebe lo rico que se siente degradar al jarocho, va a querer más. Y si en algún momento se echan para atrás… los videos salen. De Mario con la mamá. Del jarocho con el culo abierto. Todo.
Diego asintió despacio, ya imaginando el olor del muchacho mezclado con sus orines.
—Me late. El cuarto ya necesita sangre nueva. Y ese culo se ve que aguanta.
Alberto tragó saliva, excitado.
—Yo quiero verlo llorar un poco. Como en los videos que veo.
Juan sonrió esa sonrisa que nunca llegaba a los ojos.
—Entonces estamos de acuerdo. Lento. Sin que sospechen. Primero Mario lo abre. Después cada quien toma su turno. Al final la escuela va a saber que esos dos son las putas del grupo… y nosotros tres solo éramos los que estaban ahí cuando pasó.
Ahora, meses después, sentado en su propio cuarto con la foto del culo de Aldahir empapado todavía en la pantalla, Juan se sintió satisfecho. Todo iba según el plan. Mario ya había soltado la rabia y se había enganchado. Diego ya lo había marcado. Alberto estaba a un mensaje de distancia de meterse también. Y él… él solo tenía que seguir jugueteando con los hilos.
Abrió el chat con los otros dos y escribió:
Juan:
Diego ya lo marcó. La foto está perfecta. Alberto, tú sigues. Quiero que le hagas de las tuyas. Que le huelas todo. Que lo hagas sentir más basura todavía. Mario ya está listo para la próxima. Esta vez lo vamos a hacer llorar de verdad.
Apagó la pantalla, se recargó y sonrió en la penumbra. Aldahir no era más que un juguete nuevo. Mario tampoco. Sus únicos amigos reales seguían siendo Diego y Alberto. El resto… el resto solo existía para divertirlo mientras el juego durara.

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