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Dominación Hombres, Fetichismo, Gays

Aprendiendo 5

Aldahir llegó al gym casi a las once. El estacionamiento estaba casi vacío. Alberto lo esperaba apoyado en su carro, con una bolsa negra en la mano. —Métete al baño y cámbiate todo —dijo sin saludarlo—. No quiero ver ni un pinche calzón de hombre..
Aldahir llegó al gym casi a las once. El estacionamiento estaba casi vacío. Alberto lo esperaba apoyado en su carro, con una bolsa negra en la mano.
—Métete al baño y cámbiate todo —dijo sin saludarlo—. No quiero ver ni un pinche calzón de hombre.
Dentro de la bolsa había una tanga negra, licras grises transparentes y una camisa oversize blanca. Aldahir se cambió en silencio. La tanga se le metió hasta el fondo. Las licras le marcaban todo. Cuando salió, Alberto lo miró de arriba abajo y soltó una risa baja.
—Joder… te queda de puta.
Empezaron lento. Primero sentadillas con barra. Alberto se paraba detrás de él, le acomodaba la postura, le tocaba la cintura más de lo necesario.
—Más abajo. Abre más las piernas. Empuja con ese culo.
Cada repetición hacía que la tanga se le perdiera más entre las nalgas. La gente que quedaba empezó a notar. Alguien en la máquina de polea se rio. Dos tipos en los bancos de pecho se cuchichearon algo y miraron directo al trasero de Aldahir.
Después peso muerto. Después prensa. Después hip thrust. Alberto no dejaba de corregirlo, de tocarlo, de hacer que se agachara más. El sudor ya le transparentaba las licras. Se le veía el hilo de la tanga cada vez que se inclinaba.
A la una llegó Mario. Entró, los miró un momento y se acercó sin decir nada. Se puso al lado de Alberto y empezó a mirar también.
—Órale… —fue lo único que dijo.
Alberto sonrió de lado, como si por fin estuviera a la misma altura.
—Mira nomas cómo se le marca todo. Y fíjate el color… parece que nunca se baña.
Mario no contestó. Solo observaba. Empezaron a darle órdenes entre los dos. “Más abajo”, “abre más”, “empuja con ese culo”. Cada vez que Aldahir se agachaba, los dos se quedaban viendo cómo se le abrían las nalgas y se le metía más la tanga.
El gym se fue vaciando. A las dos y media solo quedaban ellos tres.
Alberto se limpió la frente con la camiseta.
—Quítate la camisa.
Aldahir obedeció. El pecho morocho quedó al aire, brillando de sudor.
—Ahora las licras.
Se las bajó. Quedó solo con la tanga. El bulto se le marcaba y el culo se le veía casi completo.
Alberto le dio un nalgazo seco.
—Ahora la tanga. Quítatela.
Aldahir dudó un segundo. Mario dio un paso adelante, pero no habló. Esperó.
—Te dije que te la quitaras.
Se la bajó. Quedó desnudo en medio del área de pesas. El culo grueso, redondo, oscuro, brillaba con el sudor. Alberto se agachó un poco y le dio otra nalgada, más fuerte.
—Mira nomas ese trasero… y ese color. Parece que lo tienes quemado del sol.
Mario se quedó callado un momento, como sin saber exactamente qué hacer. Alberto lo notó y habló claro:
—Mario, bájate los shorts. Tú también.
Mario dudó, pero lo hizo. Se bajó shorts y boxers. La verga le quedó colgando, gruesa, ya medio dura. Alberto se bajó los suyos también.
—Ahora de rodillas, Aldahir. Lame. Empieza por los pies de Mario.
Aldahir se arrodilló en el piso de caucho. El olor a sudor de los tenis de Mario era fuerte, a tierra y a esfuerzo de varias horas. Alberto se agachó un poco a su lado y le habló casi al oído.
—Despacio. Muy despacio. Quiero que pases rato en cada parte. No te apures.
Aldahir acercó la cara al pie derecho de Mario. Primero solo olió. El olor era pesado, salado, un poco agrio. Sacó la lengua y la pasó muy lento por la planta, desde el talón hasta la punta de los dedos. Una sola pasada larga, sintiendo cada grieta de la piel. Mario se tensó un poco, pero no se movió.
—Otra vez —ordenó Alberto—. Más lento todavía. Cuenta hasta cinco en cada pasada.
Aldahir volvió a pasar la lengua. Esta vez se detuvo en el arco del pie, lamiendo en círculos pequeños, una y otra vez. El sabor era amargo, a sudor seco que se había acumulado durante toda la noche. Después subió a los dedos. Empezó por el meñique. Metió la punta de la lengua entre los dedos, chupando despacio, casi con cariño. Uno por uno. Cuando llegó al dedo gordo se lo metió completo en la boca y lo chupó como si fuera una verga, moviendo la cabeza muy lento, adelante y atrás, sin prisa.
Mario soltó un suspiro por la nariz. Alberto sonrió.
—Mira cómo se le pone la cara de prieto… todo concentrado lamiendo pies. Sigue así. No levantes la cabeza.
Aldahir se quedó con el dedo gordo en la boca casi un minuto entero. La saliva le empezaba a correr por la barbilla. Cuando Alberto se lo permitió, pasó al otro pie. Misma lentitud. Planta completa, arco, dedos. Chupó el dedo gordo del pie izquierdo durante casi dos minutos, sin que nadie le dijera que parara. Solo se escuchaba el sonido húmedo de su lengua y la respiración de los otros dos.
—Ahora lame entre los dedos. Bien metido. Quiero que limpies todo lo que hay ahí.
Aldahir abrió los dedos de Mario con las manos y metió la lengua lo más profundo que pudo, lamiendo la piel húmeda y el sudor acumulado. El olor era más fuerte ahí, casi ácido. Pasó varios minutos solo en los pies de Mario, sin que nadie lo apurara. Alberto de vez en cuando le decía:
—Más despacio. Disfruta el sabor, morocho.
Cuando Alberto se cansó de mirar, le puso su propio pie enfrente.
—Ahora los míos. Y quiero que los dejes igual de limpios… o más.
El sabor era distinto, más ácido, más fuerte. Aldahir empezó igual de lento: planta completa, arco, dedos. Alberto no lo dejaba avanzar rápido. Cada vez que intentaba ir un poco más deprisa le jalaba el pelo hacia atrás.
—Más despacio, prieto. Cuenta hasta diez si es necesario.
Aldahir se quedó chupando el dedo gordo de Alberto casi tres minutos. La saliva le corría por la barbilla y le caía al pecho. Después Alberto levantó el pie y se lo puso contra la cara, obligándolo a lamer la planta otra vez, toda, sin dejar ni un centímetro.
—Así… limpia bien. Eres bueno para esto.
Cuando terminó con los pies, Alberto le agarró la cabeza con las dos manos y lo levantó un poco.
—Ahora las axilas. Empieza con la de Mario. Y no te apures… quiero que pases rato ahí. Bastante rato.
Mario levantó el brazo. El olor golpeó a Aldahir de inmediato: sudor denso, a esfuerzo de toda la noche, a hombre que no se había duchado. Aldahir acercó la cara y solo olió primero, varios segundos. Alberto le empujó la cabeza.
—Lame. Despacio.
La lengua de Aldahir tocó el vello húmedo. Empezó con pasadas largas y lentas, desde la parte alta de la axila hasta abajo. El sabor era fuerte, salado, un poco agrio. Alberto lo obligó a quedarse ahí.
—Más profundo. Mete la lengua. Chupa el vello. Quiero oír el sonido.
Aldahir abrió la boca y empezó a chupar, metiendo la lengua entre el vello, lamiendo la piel debajo. El sudor se le pegaba a los labios. Mario respiraba más pesado. Cada tanto Alberto le decía:
—Más lento. No te salgas todavía. Quédate ahí.
Pasaron varios minutos solo en esa axila. Aldahir tenía la cara brillando de saliva y sudor ajeno. Cuando Alberto finalmente lo soltó, le puso su propia axila enfrente.
—Ahora la mía. Y quiero que la limpies igual de bien… o mejor.
El olor era distinto, más fuerte todavía. Aldahir metió la cara y empezó otra vez: pasadas largas, después chupadas, después la lengua bien metida. Alberto le sujetaba la cabeza con fuerza y de vez en cuando movía el brazo para frotarle la cara contra la axila, como si lo estuviera limpiando con ella.
—Trágate ese olor, prieto. Así se siente un hombre de verdad. Quédate más tiempo.
Aldahir se quedó ahí casi cinco minutos. La cara se le estaba poniendo brillante y oscura de tanto sudor ajeno. Cuando Alberto por fin lo soltó, lo bajó hacia la entrepierna de Mario.
—Ahora aquí. Lame la base. Los huevos. Todo. Despacio. Muy despacio.
Aldahir acercó la cara. El olor a sudor y a verga era espeso, casi sofocante. Empezó lamiendo la base, justo donde empezaba el vello. Pasadas lentas, de arriba hacia abajo, una y otra vez. Después subió a los huevos. Los lamió uno por uno, metiendo la lengua debajo, chupándolos con cuidado, sin prisa. Mario empujó un poco la cadera hacia adelante, casi sin darse cuenta.
—Más tiempo en los huevos —dijo Alberto—. Quiero verlos brillando de saliva. No te apures.
Aldahir se quedó ahí varios minutos. Lamió, chupó, metió la lengua en el pliegue entre los huevos y el muslo. El sabor era amargo, a sudor acumulado de toda la rutina. Cuando Alberto se cansó de mirar, le puso su propia entrepierna enfrente.
—Ahora la mía. Igual de lento. Quiero que pases el mismo rato.
Aldahir repitió todo: base, huevos, pliegues. Alberto le agarraba el pelo y le movía la cabeza exactamente como quería, obligándolo a lamer más profundo, a quedarse más tiempo en cada parte. De vez en cuando le hablaba bajito:
—Mira cómo se le pone la cara… todo baboso y prieto. Parece que le gusta. ¿Te gusta, verdad? No contestes. Solo lame.
Mario, casi en voz baja, murmuró:
—Sí… se ve bien puto así.
Alberto lo levantó del pelo por fin. Aldahir tenía la cara completamente mojada, los labios hinchados, el sabor a sudor de los dos impregnado en la lengua.
—A las regaderas.
El agua caliente empezó a correr. Alberto empujó a Aldahir contra la pared de azulejos y le abrió las nalgas con las dos manos.
—Míralo… todavía abierto. Y ese color oscuro lo hace ver todavía más puto.
Escupió dos veces sobre el agujero y se acomodó. Empujó despacio al principio, solo la cabeza, sintiendo cómo se abría. Aldahir soltó un gemido ahogado. Alberto siguió entrando, centímetro a centímetro, hasta que se lo metió completo.
—Pinche culo… está caliente por dentro.
Empezó a moverse. Primero lento, sacando casi toda la verga y volviendo a meterla hasta el fondo. Después más rápido. Las nalgas de Aldahir rebotaban contra su pelvis. El sonido de la carne era húmedo, sucio.
—Dale, Mario. Métetele la verga en la boca.
Mario se colocó enfrente. Agarró la cabeza de Aldahir y le rozó los labios con la punta. Aldahir abrió la boca y Mario empujó. Entró despacio, como si todavía no estuviera del todo seguro, pero cuando sintió la garganta se le escapó un gruñido.
—Chupa… chupa bien, cabrón.
Los dos lo usaron al mismo tiempo. Alberto por atrás, embistiendo cada vez más fuerte, agarrándolo de la cintura y abriéndole más las nalgas para ver cómo entraba y salía. Mario por la boca, empujando más profundo cada vez, hasta que las bolas le tocaban la barbilla de Aldahir.
—Trágatela —le decía Alberto al oído mientras lo follaba—. Trágate esa verga mientras te abro el culo.
Mario se corrió primero. Se tensó, empujó hasta el fondo y se vació en la garganta de Aldahir. Se quedó un momento adentro, respirando pesado, como sin creer lo que acababa de hacer. Después se salió y le dio espacio a Alberto, que lo folló más bruto todavía. Le daba nalgadas mientras embestía, le hablaba al oído:
—Así se siente un culo de puto… y encima morocho. Te queda de a tiro.
Cuando se corrió, lo hizo adentro, profundo, y se quedó un rato sin salir, sintiendo cómo le latía el culo a Aldahir alrededor de la verga.
Después lo voltearon y lo pusieron de rodillas otra vez bajo la regadera.
—Abre la boca —ordenó Alberto.
Los dos se acomodaron enfrente. Primero Alberto. El chorro salió fuerte, caliente, y le cayó directo en la cara. Aldahir cerró los ojos pero no se movió. El orín le corría por la frente, por la nariz, por los labios. Alberto le agarró el cabello y le obligó a abrir más la boca.
—Traga. Quiero verte tragar.
Aldahir tragó. El sabor era amargo, fuerte. Alberto se rio y le orinó un rato más en la cara y en el pecho antes de pasárselo a Mario.
Mario dudó un segundo. Se tocó la verga, la apuntó y empezó a orinar también. El chorro le cayó en el pelo, después en la boca. Aldahir tragó otra vez. Mario miraba hacia otro lado, como avergonzado, pero no paraba. Cuando terminó, se limpió la punta en la mejilla de Aldahir y murmuró:
—Pinche obligación… ni sé por qué hago estas mamadas.
Pero se le notaba la respiración agitada. Se le notaba que le había gustado.
Se secaron en silencio. Se vistieron. Aldahir caminaba cojo, el culo abierto, el semen de los dos escurríéndole por los muslos oscuros, el olor a orina pegado a la piel y al pelo.
En el estacionamiento Alberto le puso una mano en el hombro a Mario, casi de iguales.
—La próxima semana volvemos. Y vas a venir vestido otra vez.
Mario asintió, todavía con esa cara de “lo hice porque me tocó”, pero los ojos le brillaban distinto.
Aldahir se quedó un momento solo bajo la luz del estacionamiento. Sentía el culo ardiendo, el sabor de la orina en la boca y esa sensación rara en el pecho… como si una parte de él ya estuviera esperando la siguiente orden.
Y sin entender del todo por qué, ya estaba contando los días.

9 Lecturas/22 de octubre de 2026/0 Comentarios/por BiKarma
Etiquetas: baño, culo, gordo, metro, puta, puto, semen, verga
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