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Dominación Hombres, Gays, Voyeur / Exhibicionismo

Aprendiendo

El sol de finales de primavera caía a plomo sobre la cancha de tierra de la unidad deportiva. El aire olía a polvo caliente, a pasto seco y al sudor que ya empezaba a pegarse a la piel desde el primer trote..

El sol de finales de primavera caía a plomo sobre la cancha de tierra de la unidad deportiva. El aire olía a polvo caliente, a pasto seco y al sudor que ya empezaba a pegarse a la piel desde el primer trote. Mario había mandado el mensaje al grupo a las once de la mañana:

 

“Cancha de la unidad a las 5. Traigan agua y cerveza escondida. No se hagan los difíciles.”

 

Nadie faltó.

 

Mario llegó primero, como siempre. Diecinueve años. Cuerpo denso, pesado de músculo, construido a base de años de gimnasio, dieta estricta y la obsesión de un padre que nunca llegó a ser futbolista profesional. Piel morena que brillaba bajo el sol. Cabello negro corto, ligeramente ondulado arriba. Ojos oscuros de mirada directa. Rostro cuadrado, cejas marcadas, mandíbula ya definida, bigote y perilla finos pero visibles. Cuando se quitó la camiseta para calentar, el pecho se le abrió ancho y el abdomen se marcó en rectángulos duros; una línea de vello oscuro bajaba hasta el elástico del short. El sexo había sido su único escape real desde los quince. Aprovechaba que parecía mayor. Se había cogido a casi todas las ex de sus amigos. Tenía novias, a veces dos al mismo tiempo, pero siempre terminaba frustrado. Las morras no aguantaban cuando él necesitaba soltar la rabia de verdad: embestir hasta doler, humillar, usar, degradar. Después ya no querían volver a coger. Esa tarde miraba hacia la entrada de la cancha con una idea clara y oscura en la cabeza.

 

Aldahir apareció diez minutos después, bajándose del camión con la mochila al hombro. Dieciocho años recién cumplidos. Complexión delgada, estatura media. Piel morena clara, casi oliva. Cabello negro ondulado y revuelto que le cubría las orejas y le caía en mechones húmedos sobre la frente. Ojos almendrados, oscuros, expresivos. Rostro ovalado, pómulos suaves, labios carnosos, un bigote fino y una sombra ligera en el mentón. Sonreía con facilidad, mostrando los dientes, aunque esa sonrisa a veces solo servía de escudo. Venía de Veracruz con su familia y sus hermanos. Su padre quería un ingeniero, un hombre “de verdad”, con muchos hijos y respeto. En Guadalajara seguía siendo el foráneo, el “negrito”. Y lo que más le acomplejaba era el culo: redondo, alto, de curva gruesa y pronunciada. “De vieja”, le repetían. Los cuates se lo tocaban en los pasillos, le daban nalgadas en los partidos, se reían. Como no podían hacerlo con las morras sin que las corrieran o les pusieran una denuncia, lo hacían con él.

 

Dos semanas antes había salido con una del salón. Se besaron en el parque hasta quedarse sin aire. Le metió la mano por debajo de la blusa, le tocó los pechos, la dedeó hasta que ella se empapó y se vino temblando. Después le hizo sexo oral arrodillado, chupándole el clítoris hasta que volvió a correrse en su boca. Cuando ella, todavía jadeando, le bajó el pantalón y el bóxer, la decepción fue inmediata. Pene apenas promedio, ni grueso ni largo, nada de la anaconda que esperaba por cómo se movía y por ese culo que se le marcaba. Lo dejó caliente, con los huevos dolidos y la verga goteando. Mario se enteró al día siguiente. Notó la forma en que Aldahir caminaba, todavía frustrado, y entendió que estaba a punto de quedar en la base de la pirámide social del grupo. Por eso lo había invitado hoy.

 

Detrás de Aldahir llegaron los otros tres, que se conocían desde la secundaria.

 

Diego venía un paso más atrás. Diecinueve años. Complexión delgada, estatura media-alta. Piel morena clara. Cabello negro semi-largo, ondulado, suelto, que le caía sobre las orejas y la frente. Ojos oscuros de mirada intensa. Rostro ovalado, cejas marcadas, labios carnosos, casi sin vello facial. Expresión seria, neutra. Era un cerdo confeso. Su cuarto olía a cigarro frío, a patas y a orines; su mamá se había negado a limpiarlo hacía meses. Tenía botellas de plástico llenas de meados “escondidas” entre la ropa sucia y los cables de la consola porque odiaba pausar el juego para ir al baño. Solo Alberto entraba ahí con regularidad. Diego era bueno con las chavas góticas y metaleras; les gustaba su olor y su forma callada de coger. A veces, en los partidos, se había quedado viendo el culo de Aldahir cuando se agachaba y después se había jalado en su cuarto hediondo pensando en él… pero nunca había pasado de ahí.

 

Juan caminaba a su lado, ya sonriendo. Veinte años. Complexión delgada pero marcada por el gym y el karate. Piel morena clara oliva. Cabello negro liso, peinado hacia atrás con un poco de textura. Ojos oscuros y expresivos. Rostro alargado, cejas definidas, pómulos suaves, apenas una sombra de vello. Sonrisa amplia y abierta, con brackets, de galán de chico bueno… pero esa sonrisa nunca terminaba de llegar a los ojos. Por dentro pensaba a mil por hora, y rara vez eran pensamientos buenos para los demás. Odiaba en secreto a su familia y todas sus presiones, pero no podía hacer nada. Solo se sentía de verdad junto a Diego y Alberto; a ellos no los manipulaba. Al resto sí. Pensaba que Aldahir era puto. A veces fantaseaba con usarlo en su contra. Le encantaban los culos, no las vergas, así que todavía dudaba si podría usarlo… pero algo le decía que esta tarde iba a decidir.

 

Alberto cerraba el grupo. Dieciocho años. Complexión media, estatura media. Piel morena clara. Cabello negro corto y liso, peinado hacia un lado. Ojos ligeramente almendrados. Rostro redondeado, labios finos, vello facial discreto. Sonrisa suave. Hijo de maestro, matadito, de los mejores del salón. Nerd total: hentai, anime, contenido raro y morboso de internet. Le excitaban especialmente las humillaciones. Tenía un fetiche secreto con los olores de Diego (el de su cuarto, el de su sudor, el de sus patas). A veces, mirando a Aldahir, pensaba que si fuera mujer se lo hubiera cogido hace rato y sin piedad.

 

—Llegaron —dijo Mario, botando el balón contra el piso—. Pensé que se iban a rajar.

 

—Tú mandas el mensaje y aparecemos —respondió Juan, esa sonrisa ya en su sitio—. Como siempre.

 

Calentaron. Jugaron. Fueron sacando las cervezas escondidas en las mochilas y las fueron tomando entre tiempos. El alcohol subió rápido con el calor. Mario corría como si su padre lo estuviera viendo desde la línea de banda. Aldahir se movía ligero, pero cada vez que se agachaba a recoger el balón o a amarrarse las tenis, el short negro se le metía entre las nalgas y se le marcaba ese culo redondo, alto, de curva gruesa. Juan lo registraba todo desde el primer minuto, sin decir nada. Alberto también, aunque fingía mirar hacia otro lado. Diego observaba en silencio, oliendo algo raro en el ambiente, pero no abrió la boca.

 

Cuando el sol empezó a caer y el cielo se puso anaranjado, Mario levantó los brazos, ya medio pasado de alcohol:

 

—Ya. Al vestidor. Antes de que nos cierren. Y traigan las cervezas que queden.

 

El vestidor de la unidad era de concreto gris, bancas de madera gastada y astillada, lockers oxidados que ya no cerraban bien. Olía a años de sudor macho acumulado, a desodorante barato y a humedad. Las regaderas del fondo goteaban con un ritmo constante y molesto.

 

Mario fue el primero en quitarse la camiseta empapada. El torso se le abrió bajo la luz fluorescente blanca: pecho ancho, abdominales duros, la línea de vello oscuro bajando hasta el elástico. Alberto no pudo evitar mirar un segundo de más. Diego se sentó en la banca del fondo, como siempre. Juan se dejó caer en otra banca, todavía con la camiseta puesta, sonriendo sin prisa, una mano metida en el bolsillo del pantalón donde tenía el celular listo.

 

Aldahir se cambió más despacio. Cuando bajó el short para ponerse el de calle, la tela se tensó una última vez sobre ese trasero. Mario, que estaba de frente, no apartó la vista. Tenía los ojos vidriosos por la cerveza y por algo más oscuro.

 

—Joder… —murmuró, lo suficientemente alto para que todos oyeran—. Cada vez se te marca más ese culo de vieja, Aldahir.

 

Aldahir intentó reírse, pero le salió torcida y nerviosa.

 

—Otra vez con la misma mamada. Ya ni se esmeran en inventar algo nuevo.

 

—No es mamada —dijo Mario, acercándose. El olor a cerveza y sudor se mezclaba en el aire—. Es lo que se ve. Desde que llegaste de Veracruz se te nota. Y hoy, medio pedo, sudado y con ese short pegado… más. Las morras te dejan caliente y a medias, ¿verdad? Yo me di cuenta. Ese pito promedio no les alcanza ni para hacerles cosquillas. Te dejan con los huevos dolidos y la verga goteando. Hoy no te vas a quedar con las ganas.

 

Juan habló desde su banca, la voz tranquila, casi amable:

 

—Desde el primer partido que jugamos juntos se le metía el short entre las nalgas. ¿Te acuerdas, Alberto? Tú lo dijiste esa vez… que parecía culo de mujer.

 

Alberto se removió en su lugar, la cara inocente contrastando con lo que realmente pensaba.

 

—Se… se le marcaba mucho.

 

—Y a Mario se le quedó grabado —continuó Juan—. ¿Verdad, Mario? Hoy viniste con una idea clara.

 

Mario no negó. Se plantó frente a Aldahir. La diferencia de complexión era clara: Mario más ancho, más pesado, el cuerpo que le habían construido a la fuerza. Extendió las manos, le agarró las caderas y lo giró de un tirón hasta dejarlo de frente a los lockers. El metal frío le pegó en el pecho y en los pezones. Mario se pegó a su espalda. La polla ya semidura se le notó clara y gruesa contra la raja del short todavía puesto.

 

—Relájate —murmuró contra su cuello, la respiración caliente y con olor a cerveza—. Nadie va a salir de aquí a contarlo. Y tú lo necesitas más que nadie. Estás a punto de quedar en el fondo del grupo. Hoy vas a servir para algo.

 

Le bajó el short y el bóxer de un solo tirón. La tela quedó atrapada en los muslos. El culo quedó al aire completamente: redondo, moreno claro, firme, con esa curva gruesa y alta que tanto le acomplejaba. Mario le abrió las nalgas con las dos manos grandes, separándolas sin cuidado, y escupió grueso y ruidoso entre ellas. El hilo espeso de saliva bajó lento por la raja apretada y virgen, brillando bajo la luz fluorescente.

 

—Míralo —dijo en voz alta, para que los otros tres vieran—. Este es el culo de vieja por el que lo nalgueamos en los partidos. El mismo que las morras no tienen. Y fíjense bien… ya se le está parando el pito promedio. Qué asco das, Aldahir. Te excitás cuando te tratan como a una puta.

 

Le dio una nalgada seca y fuerte. El sonido rebotó contra las paredes de concreto. La piel se le puso roja de inmediato. Luego otra, más dura, que hizo que Aldahir soltara un gemido ahogado y apoyara la frente contra el locker.

 

—Las morras te dejan a medias porque ese pito no sirve ni para hacerles cosquillas —siguió Mario, la voz cada vez más ronca y cruel—. Pero este culo… este culo sí se puede usar. Está hecho para que nos desquitemos. ¿Verdad, puto?

 

Aldahir apretó los dientes y no contestó. Mario le jaló del cabello hacia atrás con una mano, obligándolo a arquear la espalda, y con la otra le dio una tercera nalgada que dejó la marca de los dedos.

 

—Contesta cuando te hablo, puta.

 

—Sí… —soltó Aldahir, la voz rota.

 

—Más alto.

 

—Sí.

 

Mario se bajó el short y el bóxer de un movimiento. La verga se le paró completa: gruesa, pesada, venosa, la cabeza hinchada y ya brillante de precum. Se la restregó lenta y sucia entre las nalgas abiertas de Aldahir, manchándole la raja de saliva y de ese líquido resbaloso, empujando un poco la cabeza contra el agujero sin entrar todavía.

 

—Pide que te la meta —ordenó.

 

Aldahir calló, temblando. Mario le apretó más el cabello y le habló directo al oído, la voz baja y venenosa:

 

—Pide. O te dejo aquí con el culo abierto, la verga goteando y la marca de mis manos para que todos se rían de ti mañana en la escuela. Pide como la puta barata que eres.

 

—Métela… —soltó Aldahir, casi en un susurro.

 

—Más alto, puta. Que te oigan tus cuates.

 

—Métela.

 

Mario no esperó más. Alineó la cabeza gruesa y empujó de un solo golpe seco. La polla le partió el agujero virgen de golpe, abriéndolo a la fuerza hasta el fondo. Aldahir gritó contra el metal del locker, un sonido agudo y roto que se mezcló con el goteo de las regaderas. Se sintió completamente castrado. Como una puta barata de esquina. Como una vieja cualquiera a la que usan y tiran. Y sin embargo el placer sucio y vergonzoso le subió por la columna como una corriente eléctrica.

 

—Joder, está estrecho y caliente —gruñó Mario, quedándose hondo un segundo, disfrutando cómo el culo le apretaba y pulsaba alrededor de su verga—. Sabía que te iba a gustar, putito. Desde que te vi el culo por primera vez supe que ibas a terminar así.

 

Empezó a moverse. Estocadas profundas, húmedas, salvajes. El sonido obsceno de piel contra piel y de la saliva y el precum haciendo chapoteo llenó el vestidor. Cada embestida hacía rebotar las nalgas gruesas de Aldahir. Mario le agarró las caderas con las dos manos, los dedos hundiéndose en la carne, y lo cogió más duro, sin ninguna consideración, soltando por fin toda la frustración, el odio y la rabia que las morras nunca le habían aguantado. Le hablaba al oído entre embestida y embestida, la voz ronca y llena de desprecio:

 

—Esto es lo único para lo que sirves. Culo de vieja para que nos desquitemos. Las morras no aguantan que las trate así. Tú sí. Porque eres una puta barata. Dilo.

 

Aldahir gemía y jadaba contra el locker, la frente sudada golpeando el metal con cada embestida.

 

—Dilo —repitió Mario, dándole otra nalgada brutal que dejó la nalga ardiendo—. Dilo o te cojo más duro todavía.

 

—Soy… una puta barata —soltó Aldahir, la voz entrecortada por los golpes.

 

—Más fuerte. Que lo oigan todos.

 

—Soy una puta barata.

 

—Otra vez.

 

—Soy una puta barata… ay, joder…

 

Mario aceleró. Las embestidas se volvieron brutales, casi violentas. Le apretó el cuello con una mano, sin llegar a ahogarlo del todo, y con la otra le separó todavía más las nalgas para enterrarse hasta los huevos. El sonido era asqueroso, húmedo, obsceno.

 

—Tu pito promedio no vale nada. Por eso las morras te dejan caliente y frustrado. Pero este culo se siente rico. Apretado. Caliente. Como si estuviera hecho para que te lo usemos entre todos. ¿Te gusta que te traten así, putito? ¿Te gusta que te cojan como a una vieja cualquiera de la calle? Contesta.

 

—Sí… —gimió Aldahir, y se odiaba por decirlo.

 

—¿Sí qué?

 

—Sí me gusta… que me traten como a una puta…

 

Mario soltó una risa baja y cruel.

 

—Claro que te gusta. Se te está parando el pito promedio y nadie te lo está tocando. Estás goteando como una perra. Mírate. El foráneo, el negrito, el que iba a ser ingeniero… ahora con el culo abierto y pidiendo que lo usen.

 

Juan, en silencio, había sacado el celular y lo tenía a la altura de la cadera, grabando sin que nadie lo notara. El ángulo era perfecto: el culo de Aldahir abierto y rojo de las nalgadas, la verga gruesa de Mario entrando y saliendo brillante de saliva y precum, la cara de vergüenza y placer sucio del veracruzano. Ya lo tengo, pensó. Video. Prueba. Puedo usarlo cuando se me dé la gana.

 

Alberto se había bajado el short y el bóxer y se masturbaba abiertamente, la cara de bueno contrastando con la excitación morbosa que se le veía en los ojos. Pensaba en todos los hentai de humillación que había visto, en cómo le hubiera gustado que Aldahir fuera mujer solo para poder cogérselo así de feo. Diego se había acercado también, en silencio, la polla afuera y dura, oliendo el ambiente espeso a sudor, cerveza, sexo y degradación. Tantas veces se había venido en su cuarto hediondo pensando en ese culo… ahora lo tenía enfrente, abierto, usado y goteando.

 

Mario no paraba. Sudaba. Las embestidas eran cada vez más profundas y salvajes.

 

—Vas a llevarte mi leche adentro. Toda. Y mañana vas a caminar raro y todos en la escuela van a saber por qué. Porque te dejamos el culo abierto y lleno como a una puta de esquina. Di que quieres mi leche.

 

—Quiero tu leche… —soltó Aldahir, casi llorando de placer y vergüenza.

 

—Di que quieres que te llenen el culo de vieja.

 

—Quiero que me llenen el culo de vieja…

 

Mario se enterró hasta el fondo con un gruñido animal y se corrió. La verga le palpitó fuerte mientras vaciaba chorro tras chorro de semen caliente y espeso dentro del culo de Aldahir. Se quedó hondo, pulsando, respirando pesado contra su espalda sudada, hasta que terminó de vaciarse.

 

—Así se hace con las putas —dijo al sacarse despacio. La polla salió brillante y acompañada de un hilo grueso de semen que le bajó inmediatamente por los muslos internos a Aldahir, espeso y blanco—. Ahora quédate así. Con el culo abierto y goteando. Que te vean bien tus cuates.

 

Juan guardó el celular con el video. Se acercó, le abrió todavía más las nalgas a Aldahir (que seguía temblando, el agujero rojo, hinchado y derramando leche) y se corrió encima con un gemido bajo, pintándole la raja y los huevos con su propia carga, mezclándola con la de Mario. Alberto se vino poco después, disparando sobre el piso y un poco sobre las piernas de Aldahir, mirando sin parpadear. Diego fue el último: se corrió en silencio, oliendo todo, la cara seria, la polla palpitando mientras vaciaba.

 

Durante casi un minuto solo se oyeron las respiraciones agitadas, el goteo constante de las regaderas y el sonido húmedo del semen bajando por las piernas de Aldahir hasta el piso de concreto.

 

Mario se subió el short, todavía jadeando, pero por primera vez en mucho tiempo se sentía realmente aliviado. Había soltado toda la rabia. Había encontrado su válvula de escape.

 

Aldahir seguía apoyado contra los lockers, las piernas temblorosas, el culo ardiendo y goteando una mezcla espesa de semen, la frente sudada pegada al metal frío. Se sentía completamente castrado, humillado, como basura. Y sin embargo el cuerpo le pedía más. La duda lo atravesó como un cuchillo oxidado: ¿Soy puto? ¿De verdad me gustó que me usaran así?

 

Juan ya estaba en la puerta, acomodándose el pantalón, sonriendo esa sonrisa amplia de brackets que no llegaba a los ojos. El peso del celular con el video se sentía como un arma en su bolsillo.

 

—La próxima semana, misma hora —dijo con calma, como si nada—. Traigan más cerveza. Ya vimos que al veracruzano le encanta que lo traten como lo que es: una puta barata con culo de vieja.

 

Salió primero. Detrás quedó el olor espeso a sexo, a semen, a sudor y a humillación pura. Y la certeza, pesada como el calor de la tarde, de que Aldahir ya no iba a subir nunca de la base de la pirámide… y de que ninguno de los cinco iba a poder fingir después que aquello no había pasado.

 

4 Lecturas/17 de octubre de 2026/0 Comentarios/por BiKarma
Etiquetas: amigos, baño, hermanos, hijo, mayor, padre, semen, sexo
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