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Dominación Hombres, Gays

APROVECHANDO LA OCASIÓN

Lo dejaron abierto, chorreando, inmóvil, con los músculos temblando. Los jornaleros se fueron sin más..
La casa quedaba en silencio cuando la abuela cerraba los ojos para su siesta. Ese era el momento que el niño esperaba como si fuera una cita secreta e importante, casi una misión de exploradores de los libros que ella misma le leía por las noches.

Desde la cocina, con los pies inquietos y el corazón ya medio fuera de casa, escuchaba el murmullo de la abuela acomodándose en la silla.

—Ya está —pensaba el niño—.

No podía moverse de golpe. Contaba mentalmente los segundos, mirando la puerta entreabierta, hasta que por fin se deslizaba fuera.

El camino hacia el cañaveral era siempre el mismo, pero nunca igual. A ratos, el niño sentía que estaba entrando en otro territorio, uno de esos mapas secretos donde las cosas no son lo que parecen.

El cañaveral lo recibía y el niño ya sabía dónde esconderse: un hueco entre las cañas dobladas, desde donde podía ver sin ser visto.

Y entonces los veía a ellos.

Los jornaleros.

Estaban allí, bajo la sombra escasa, con las camisas abiertas, fumando como si el humo fuera una señal secreta. Uno de ellos solía bañarse desnudo, deslumbrando al niño la visión del vello púbico y del pene que caía pesado sobre sus muslos peludos.

El corazón le latía rápido. Tenía la sensación de estar siendo testigo de algo prohibido, algo que solo los verdaderos exploradores podían ver.

Cuando el sol empezaba a bajar un poco y los jornaleros se levantaban sacudiéndose el agua, el niño ya sentía que había vivido otra aventura completa.

Cuando por fin se alejaban, en la cabeza del niño no se apagaba nada. Al contrario: todo seguía creciendo.

Mientras emprendía el camino de regreso, ya sabía que al día siguiente tendría que volver.

El niño se acomodó en su lugar de siempre. Desde allí veía la orilla donde los jornaleros solían aparecer.

Pero aquel día algo era distinto.

No los oyó llegar.

Solo, de repente, una voz cerca, demasiado cerca, como si el cañaveral la hubiera escupido a su lado:

—¿Y tú qué haces aquí?

El niño se quedó completamente quieto.

Sintió primero el susto en el estómago. Luego levantó la vista muy despacio.

Un jornalero estaba de pie a pocos pasos. Lo miraba directamente.

El niño tragó saliva.

—Yo… yo solo miro —dijo al fin, como si eso explicara todo.

El hombre soltó una pequeña risa, más por sorpresa que por burla.

—¿Miras qué?

El niño dudó. Ahora que lo tenían delante, las palabras de sus historias sonaban menos seguras. Pero la idea de los tesoros seguía ahí, firme, como una verdad que nadie más parecía ver.

—A vosotros —respondió—. A la banda.

El jornalero parpadeó un segundo.

—¿La banda?

El niño asintió rápido, convencido.

—La de ladrones.

Hubo un silencio corto. El hombre lo observó mejor y en vez de enfadarse, sonrió.

—Así que somos ladrones… —murmuró.

El niño no supo si eso era bueno o malo, pero ya no podía retroceder.

—Sí —dijo más bajito—.

—¿Y de dónde has sacado tú eso? —preguntó el hombre, sin dureza.

El niño dudó otra vez, pero al final habló, porque era incapaz de mentir bien y porque dentro de él todo eso era demasiado importante como para guardarlo.

  • Os oigo hablar. —dijo—.

—¿Nos oyes hablar? —Vaya… —dijo despacio—. Así que nos has estado vigilando.

El niño sintió un pequeño orgullo, mezclado con vergüenza. Pero la verdad ya estaba fuera, flotando entre las cañas.

—Sí —admitió al fin—. Os espío.

El hombre lo miró un segundo más.

—¿Y crees que tenemos secretos?

El niño dudó, pero asintió.

—Sé vuestros secretos —dijo casi en un susurro.

El jornalero miró al niño de reojo.

—Así que has estado vigilándonos… y ya conoces nuestros secretos —dijo despacio—. Eso es un problema.

El niño se quedó rígido otra vez. El corazón le dio un salto. Aquella palabra, problema, pesaba mucho más cuando venía de alguien así.

El jornalero bajó un poco la voz, como si el cañaveral pudiera estar escuchando.

—Ahora que lo sabes todo… ¿qué crees que va a pasar contigo?

El niño sintió de golpe que el aire era más estrecho. En su cabeza, las historias de su abuela empezaron a encajar demasiado bien con esa pregunta: los testigos, los secretos, los castigos de las bandas.

—Yo… —empezó, pero no supo cómo terminar.

El niño tragó saliva.

—¿Me vais a… llevar con vosotros? —preguntó al fin, sin estar seguro de si aquello era una amenaza o un premio.

El jornalero tardó un segundo en contestar. Luego ladeó la cabeza, como si valorara seriamente la idea.

—¿Con nosotros? —repitió—. Eso sería peligroso. Un espía dentro de la banda…

El niño sintió un escalofrío de emoción y miedo a la vez. No se atrevía a moverse.

El hombre continuó, ahora más teatral, como si la historia fuera creciendo sola:

—Nosotros tendríamos que confiar en ti. Tendrías que guardar los secretos y si fallas… —añadió el jornalero, bajando aún más la voz— ya sabes lo que pasa con los que traicionan a una banda.

El niño, aún con el susto en el cuerpo, apretó los labios. No quería que pensaran que no era de fiar.

—No se lo he contado a nadie —

El jornalero levantó una ceja, como si eso fuera importante.

El niño dio un paso pequeño hacia delante, animado por su propia valentía.

—Y puedo guardar secretos —añadió rápido—. Sé hacerlo.

El hombre lo observó otra vez.

—¿Ah, sí—?

El niño asintió con fuerza.

—Sí. No diría nada de la banda. Ni de nada.

Finalmente, el hombre volvió a mirarlo.

—Mira —dijo en voz baja—. Esto no lo decido yo solo. Tendríamos que hablarlo con la banda.

—Pero… —añadió el jornalero, cruzándose de brazos— hay un problema.

El niño levantó la mirada de inmediato.

—¿Qué problema?

El hombre lo miró fijamente.

—Para ser aceptado… hay que pasar pruebas.

El niño tragó saliva. Las pruebas. Esa palabra le sonaba exactamente a lo que venía en los libros.

—¿Qué tipo de pruebas? —preguntó enseguida, sin poder ocultar la impaciencia.

El jornalero tardó un poco en contestar, como si estuviera inventándolo en ese mismo instante.

—Pruebas duras —dijo al fin—. De valor. De silencio.

El niño tragó saliva otra vez, pero esta vez no era miedo del todo. Era algo más parecido a la emoción.

—Quiero hacerlas —dijo—.

El jornalero lo miró como si ya supiera la respuesta desde el principio. Lo observó un segundo más, como si estuviera decidiendo si aquello era verdad o no.

—Si las superas todas… podrás formar parte de la banda.

El silencio que siguió fue espeso, cargado de algo que el niño no sabía si era emoción o vértigo.

Pero antes de que pudiera hablar, el jornalero levantó una mano.

—Pero escúchame bien. Esto no es un juego normal —dijo el hombre—. Si aceptas, tienes que llegar hasta el final.

El niño levantó la vista lentamente.

—Si hago las pruebas… ¿puedo entrar de verdad en la banda? —preguntó, casi en un susurro.

El hombre lo miró un segundo largo.

—Si las pasas todas, sí.

El niño respiró hondo.

Ya no era solo un juego entre cañas. Era una decisión.

Aquella noche, durante la cena, el niño apenas habló. Tenía la cabeza llena de una sola idea.

Las pruebas.

Pero cuanto más lo pensaba, menos podía soportar esperar.

Cuando la abuela terminó de recoger y se encerró en su habitación con uno de aquellos novelones viejos de tapas gastadas, el niño tomó una decisión.

Se escabulló.

Salió despacio, cruzó la calle vacía y caminó hacia la tabernucha del pueblo, donde a esas horas siempre había hombres cansados que olían a cigarro y a vino.

Se acercó con cautela hasta una de las ventanas abiertas y vio dentro a los jornaleros.

El niño dudó un instante.

Luego reunió valor y entró.

El primero en verlo fue el jornalero que había hablado con él en el cañaveral. Al reconocerlo, abrió mucho los ojos.

—Pero bueno… —murmuró, sorprendido—. ¿Qué haces aquí?

El niño se acercó hasta la mesa intentando parecer valiente.

—He venido por las pruebas —dijo en voz baja, pero firme.

Los hombres intercambiaron miradas.

Uno se levantó despacio.

—Ven conmigo.

El niño lo siguió inmediatamente, sintiendo una mezcla feroz de orgullo y nervios.

Salieron por una puerta lateral de la taberna y cruzaron hasta un pequeño galpón trasero. Allí olía a madera húmeda, vino derramado y tierra.

—Escóndete entre esas cajas y espera —dijo el jornalero con tono serio.

El niño obedeció al instante.

Mientras aguardaba en silencio, el corazón le golpeaba tan fuerte que estaba seguro de que podían oírlo desde fuera. Imaginaba mil cosas: cuchillos secretos, mapas, juramentos extraños.

Pasaron unos minutos.

Finalmente el jornalero regresó. El hombre cerró la puerta del galpón detrás de él y bajó la voz.

—Primera prueba.

El niño observó como aquel hombre se desabrochaba el pantalón y dejaba salir aquella cosa grande y brillante sin entender todavía.

—¿Qué tengo que hacer?

El hombre lo miró muy serio.

—Chuparla sin quejarte.

El niño abrió un poco la boca.

—¿Eso?

—Los miembros de la banda deben obedecer —dijo el jornalero—. Sin llorar. Sin protestar. Sin hacer ruido.

El niño miró la polla otra vez. Parecía mucho más grande, ahora que la tenía cerca.

El niño dudó.

Durante un instante estuvo a punto de echarse atrás. Pero entonces recordó los libros de aventuras, las pruebas de valor…

Apretó los dientes.

—La haré.

El jornalero asintió despacio y se bajó por completo el pantalón.

El niño acercó con cautela su boca.

Primero solo la rozó con la lengua.

Luego chupó un poco más.

Y entonces llegó el fuego.

No fue inmediato. Empezó como una chispa pequeña y extraña… y de pronto se convirtió en un incendio brutal que ocupaba su boca y se extendía por su cuerpo.

El niño abrió los ojos de golpe.

—¡Aaah! —soltó involuntariamente.

El jornalero cruzó los brazos con solemnidad exagerada.

—Entonces, ¿Has fallado la prueba?

El niño lo miró horrorizado, casi con lágrimas en los ojos.

—¡No! —protestó—. ¡No he terminado! —¡Otra vez! —dijo con voz rota—. ¡Puedo hacerlo!

Y antes de que el jornalero tuviera que convencerlo, volvió a llevarse la polla a la boca.

Esta vez aguantó más.

Mucho más.

Tenía los ojos llenos de lágrimas y respiraba como si estuviera corriendo cuesta arriba. Las manos le temblaban. Pero seguía chupando.

Exploró aquella herramienta sin descuidar un milímetro y la feló según su guía. Mucho fue el tiempo que lo hizo hasta que el hombre le propuso…

—¿Quieres chuparla con el culito?

—Bueno— Aceptó sin saber cómo era la cosa.

Tras bajarle los pantalones le puso de rodillas sobre una caja y con la cola paradita.

Primero metió un dedo y luego dos mientras le dejaba tocarle y besarle la chota.

Cuando llegó al tercero le quitó el juguete de la boca y lo puso de punta entre sus nalgas.

La hinchada cabezota comenzó a presionar sobre el esfínter hasta que sintió como si una explosión estallara en el centro de su cabeza y sus carnes crujieron al desgarrarse por el intruso enorme que la horadaba.

El dolor era inmenso.

Una mano acalló el grito del niño y con los movimientos el animal entró más en su cuerpo.

—No aprietes para que no te duela, pichón

El hombre se meneaba y empujaba el pene en su ano sin misericordia.

El niño no daba más  cuando él le dijo…

—Aguanta un poquito que te doy…El botín de la banda… Ahí viene… Toma, toma…

El niño sintió la fuerza de las pulsaciones en su interior mientras el hombre eyaculaba.

El jornalero disfrutó de aquella tierna boca que se esmeró y de su culito estrecho que lo deslechó, y lo puso a prueba.

—Vale, vale, ya está. No sé si es suficiente.

En ese momento se oyó el ruido de pasos afuera del galpón.

La puerta se abrió apenas y apareció el otro jornalero, el más ancho de hombros, todavía con el vaso en la mano y expresión de curiosidad.

—¿Qué hacéis aquí metidos? —preguntó.

Entonces vio al niño escondido entre las cajas, rojo como un tomate, con los ojos húmedos.

—¿Ya habéis empezado? —preguntó divertido.

—¡Me ha deslechado!

—¡No fastidies!

El segundo jornalero miró al niño con incredulidad.

—¿Este? No me lo creo.

El niño levantó la vista inmediatamente.

El hombre negó con la cabeza mientras se acercaba.

—Ni de broma aguanta una polla de verdad.

El niño sintió algo moverse dentro de él. Una mezcla feroz de orgullo herido y necesidad de demostrar que podía hacerlo.

El segundo jornalero seguía hablando.

—Míralo. Si todavía tiene cara de querer llorar.

El niño se puso de pie de golpe.

Los dos hombres se quedaron sorprendidos.

—¡No iba a llorar! —protestó.

—Claro, claro —dijo el segundo—.

Eso fue suficiente.

El niño se lanzó hacia él antes de pensarlo demasiado buscando torpemente en su pantalón.

El niño encontró algo.

La polla que crecía por momentos.

La sacó triunfante como quien desenvaina un arma secreta.

El niño volvió a abrir la boca.

Esta vez no fue un tanteo.

Le dio una chupada larga, desafiante, casi rabiosa.

El efecto llegó enseguida.

Los ojos se le llenaron de lágrimas otra vez. La sensación era salvaje, peor incluso que antes, porque la boca todavía le ardía de la primera vez.

Pero no soltó ni un sonido.

Ni uno.

Respiraba fuerte por la nariz. Las manos se le cerraron en puños. Tenía toda la cara contraída por el esfuerzo.

El niño se afanaba intentando engullir cada vez más la polla que lo había drogado.

El jornalero lo miró mientras recuperaba el aliento. Apoyó su mano en la cabeza del menor, lo afirmó para que no se moviera, marcó el ritmo hasta conseguir derramarse. Descargó la leche acumulada por semanas.

— ¡Traga! —murmuró.

El niño tragó y tragó.

Todavía con lágrimas en los ojos y restos de leche en los labios, levantó la vista.

—¿He pasado? —preguntó con la voz ronca.

Los dos jornaleros se miraron, sabiendo lo que habían encontrado.

—Madre de Dios… —murmuró el segundo.

—¿He pasado? —volvió a preguntar con lágrimas cayéndole por las mejillas y la boca completamente embarrada de lefa.

El segundo jornalero soltó una carcajada incrédula y le dio una palmada enorme en el hombro que casi lo desequilibra.

—¡Pero bueno! —exclamó—. ¡Este sí que es un hallazgo!

El niño levantó la vista, todavía luchando por respirar con normalidad.

Y entonces el hombre, todavía riéndose, dijo sin pensar:

—La primera prueba está pasada. Claramente pasada.

Y la expresión que apareció en la cara del nene fue algo entre agotamiento, orgullo y felicidad absoluta.

Como si acabaran de nombrarlo miembro de una orden secreta mucho más importante que cualquier cosa del mundo adulto.

Aquella misma noche, después de que el niño se marchara a casa todavía con la boca cansada, el culo ardiendo y la cabeza llena de orgullo, los jornaleros se quedaron un rato más en la parte trasera de la taberna.

El primero, el que había empezado el juego, se apoyó contra una pared y negó lentamente con la cabeza.

—¿Esto se nos está yendo de las manos?

—Un poco sí —admitió otro entre risas cansadas.

Luego quedaron unos segundos en silencio.

—Tenemos una gran oportunidad amigo —dijo finalmente uno de ellos—.

—¿Y cómo hacemos? —preguntó el otro.

El primero pensó un momento.

—Una prueba que le haga entender que debe aguantar de verdad.

Pasaron varios días.

Durante ese tiempo, el niño vivió en una espera nerviosa y emocionante. El dolor ya había desaparecido y algo en su interior le decía que quería volver a chupar esas vergas.

Hasta que una tarde, al salir del río, uno de ellos se acercó por fin.

—La banda ha decidido.

El niño dejó de respirar un instante.

El hombre miró alrededor antes de continuar:

—Esta será la prueba definitiva.

El niño tragó saliva.

—¿Qué tengo que hacer?

El jornalero bajó la voz.

—Antes de que anochezca ve al viejo almacén junto al molino.

El niño conocía el sitio. Era un edificio medio abandonado, húmedo y oscuro.

Solo pensar en él ya daba escalofríos.

— Tendrás que entrar solo.

El niño intentó mantener la cara seria.

—¿Y qué hay allí?

El jornalero lo miró fijamente.

—Algo que la banda necesita.

Eso fue todo.

Aquella tarde el niño volvió a escaparse después de merendar.

Las calles parecían más estrechas en antes. Caminó rápido hacia el almacén sintiendo el corazón golpearle el pecho a cada paso.

Cuando llegó, encontró la puerta entreabierta.

Dentro olía a polvo, humedad y madera vieja.

El niño se acercó despacio y miró hacia el interior.

No quería parecer cobarde.

Así que empezó a entrar.

Las maderas crujieron bajo sus pies. Cada paso alejaba más la luz. Cuando llegó al final apenas podía ver nada.

Oscuridad.

Oscuridad completa.

Se quedó quieto un momento, respirando despacio.

El niño empezó a avanzar lentamente, palpando las paredes con las manos.

Avanzó un poco más.

Entonces su mano tocó algo.

No era pared.

Era… blando.

Una tela.

Luego una forma.

El corazón le explotó dentro del pecho.

Bajó la mano lentamente y comprendió de golpe que estaba tocando el cuerpo de una persona inmóvil. El tacto caliente y el aroma le resultaron familiares.

El niño dejó de respirar.

Todo su cuerpo le gritaba que huyera.

Pero aguantó.

Porque era la prueba.

Entonces, de repente, una mano le agarró por el brazo.

Un miedo enorme le atravesó el cuerpo entero, pero apretó los dientes.

No gritó.

El niño respiraba cada vez más rápido mientras aquellas manos seguían sujetándolo.

Y entonces ocurrió.

Desde otro rincón del sótano aparecieron nuevas manos.

El niño soltó un grito ahogado y escuchó:

—Te la voy a meter suavecito y te gustará mucho.

Ven, amigo, ponte boca abajo y dame el potito. Ponlo bien paradito.

Verás que lindo pedazo de poronga te va a entrar de nuevo por el culito.

El jornalero lo puso boca abajo, puso saliva en su ano y alrededor de su sexo y entró con suavidad la totalidad de su miembro en el poco dilatado ano.

Por su tamaño el dolor fue inevitable.

Cuando metió hasta la parte más gruesa del pene, bien pegadito a los huevos le dolió, pero no gritó.

El menor quiso escapar, pero el jornalero le hablaba despacio y le acariciaba las nalgas.

Fue muy suave la manera de poseerle e incluso cuando eyaculó solo le apretó muy fuerte contra su cuerpo.

Se quedó dentro con su miembro duro y caliente.

Al rato volvió a menearse otra vez…durante mucho tiempo, sacando casi toda la polla para empujarla después en su totalidad hasta eyacular de nuevo.

El menor seguía con la respiración agitada cuando las manos volvieron a sujetarle, eran más grandes y fuertes.

—Si él entró, yo también voy a entrar y te la voy a meter hasta los huevos.

El segundo jornalero le recostó boca arriba y le levantó las piernitas flacas sobre su pecho.

Le ensalivó el agujerito y su miembro y luego buscó la entrada.

El leñador escupió una vez más y empujó la punta. Solo eso hizo que el niño, sujeto por las manos de los dos hombres, gruñera como un animal herido, arqueando la espalda y pidiendo piedad.

—Respira por la nariz —Dijo el jornalero, mientras empujaba un poco más. El borde de su glande abrió el camino como una cuña brutal. El niño se arqueaba, temblaba y gritaba tras la mordaza en forma de mano que tapaba su boca.

—Buen chico! Te va a doler, pero cuando te entre completo no vas a querer otra cosa—.

El jornalero empujó más y más, centímetro a centímetro. El dolor ardía. El niño gruñó desde el fondo de su pecho, como si el alma se le desgarrara.

El niño intentaba apartar con sus manos al adulto, que ciego de placer empujaba una y otra vez.

Cada embestida del jornalero era una sacudida brutal, una invasión completa.

El hombre aumentó el ritmo. Las embestidas eran como golpes de martillo. Cada vez más hondo. Más duro. El sonido de la carne. El sudor cayendo. El gemido roto del niño… era una sinfonía carcelaria de dominio.

El hombre sentía como su miembro penetraba hasta que los pelos toparon el dilatado agujerito. De verdad le dolía mucho.

Todo su miembro se hundía hasta donde no había llegado nadie todavía.

Fue tan grande el dolor que el niño buscó nuevamente escaparse de las embestidas.

El cuerpo del adulto era pesado y la presión que ejercía en el ano empujando su miembro enorme, desesperó al niño, que no hacía más que llorar.

De verdad el dolor era inmenso. Tenía la impresión de que le partiría el cuerpo.

Desesperado gritó, una vez más, cuando el hombre inició un fuerte meneo que le quitó la respiración.

Cuando se menaba parecía que la cabezota le sacaba las tripas para afuera.

Y cuando por fin el jornalero rugió vaciándose dentro del niño, lo elevó del cajón con cada tiro.

Lo dejaron abierto, chorreando, inmóvil, con los músculos temblando. Los jornaleros se fueron sin más.

Al niño le dolió todo el tiempo que duró el acoplamiento y siguió doliendo después. Tardó en incorporarse y renqueante volvió a su casa.

Nunca podría olvidar a esos hombres que estuvieron metidos casi una hora en su cuerpo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mientras emprendía el camino de regreso, ya sabía que al día siguiente tendría que volver.
El niño se acomodó en su lugar de siempre. Desde allí veía la orilla donde los jornaleros solían aparecer.
Pero aquel día algo era distinto.
No los oyó llegar.
Solo, de repente, una voz cerca, demasiado cerca, como si el cañaveral la hubiera escupido a su lado:
—¿Y tú qué haces aquí?
El niño se quedó completamente quieto.
Sintió primero el susto en el estómago. Luego levantó la vista muy despacio.
Un jornalero estaba de pie a pocos pasos. Lo miraba directamente.
El niño tragó saliva.
—Yo… yo solo miro —dijo al fin, como si eso explicara todo.
El hombre soltó una pequeña risa, más por sorpresa que por burla.
—¿Miras qué?
El niño dudó. Ahora que lo tenían delante, las palabras de sus historias sonaban menos seguras. Pero la idea de los tesoros seguía ahí, firme, como una verdad que nadie más parecía ver.
—A vosotros —respondió—. A la banda.
El jornalero parpadeó un segundo.
—¿La banda?
El niño asintió rápido, convencido.
—La de ladrones.
Hubo un silencio corto. El hombre lo observó mejor y en vez de enfadarse, sonrió.
—Así que somos ladrones… —murmuró.
El niño no supo si eso era bueno o malo, pero ya no podía retroceder.
—Sí —dijo más bajito—.
—¿Y de dónde has sacado tú eso? —preguntó el hombre, sin dureza.
El niño dudó otra vez, pero al final habló, porque era incapaz de mentir bien y porque dentro de él todo eso era demasiado importante como para guardarlo.
— Os oigo hablar. —dijo—.
—¿Nos oyes hablar? —Vaya… —dijo despacio—. Así que nos has estado vigilando.
El niño sintió un pequeño orgullo, mezclado con vergüenza. Pero la verdad ya estaba fuera, flotando entre las cañas.
—Sí —admitió al fin—. Os espío.
El hombre lo miró un segundo más.
—¿Y crees que tenemos secretos?
El niño dudó, pero asintió.
—Sé vuestros secretos —dijo casi en un susurro.
El jornalero miró al niño de reojo.
—Así que has estado vigilándonos… y ya conoces nuestros secretos —dijo despacio—. Eso es un problema.
El niño se quedó rígido otra vez. El corazón le dio un salto. Aquella palabra, problema, pesaba mucho más cuando venía de alguien así.
El jornalero bajó un poco la voz, como si el cañaveral pudiera estar escuchando.
—Ahora que lo sabes todo… ¿qué crees que va a pasar contigo?
El niño sintió de golpe que el aire era más estrecho. En su cabeza, las historias de su abuela empezaron a encajar demasiado bien con esa pregunta: los testigos, los secretos, los castigos de las bandas.
—Yo… —empezó, pero no supo cómo terminar.
El niño tragó saliva.
—¿Me vais a… llevar con vosotros? —preguntó al fin, sin estar seguro de si aquello era una amenaza o un premio.
El jornalero tardó un segundo en contestar. Luego ladeó la cabeza, como si valorara seriamente la idea.
—¿Con nosotros? —repitió—. Eso sería peligroso. Un espía dentro de la banda…
El niño sintió un escalofrío de emoción y miedo a la vez. No se atrevía a moverse.
El hombre continuó, ahora más teatral, como si la historia fuera creciendo sola:
—Nosotros tendríamos que confiar en ti. Tendrías que guardar los secretos y si fallas… —añadió el jornalero, bajando aún más la voz— ya sabes lo que pasa con los que traicionan a una banda.
El niño, aún con el susto en el cuerpo, apretó los labios. No quería que pensaran que no era de fiar.
—No se lo he contado a nadie —
El jornalero levantó una ceja, como si eso fuera importante.
El niño dio un paso pequeño hacia delante, animado por su propia valentía.
—Y puedo guardar secretos —añadió rápido—. Sé hacerlo.
El hombre lo observó otra vez.
—¿Ah, sí—?
El niño asintió con fuerza.
—Sí. No diría nada de la banda. Ni de nada.
Finalmente, el hombre volvió a mirarlo.
—Mira —dijo en voz baja—. Esto no lo decido yo solo. Tendríamos que hablarlo con la banda.
—Pero… —añadió el jornalero, cruzándose de brazos— hay un problema.
El niño levantó la mirada de inmediato.
—¿Qué problema?
El hombre lo miró fijamente.
—Para ser aceptado… hay que pasar pruebas.
El niño tragó saliva. Las pruebas. Esa palabra le sonaba exactamente a lo que venía en los libros.
—¿Qué tipo de pruebas? —preguntó enseguida, sin poder ocultar la impaciencia.
El jornalero tardó un poco en contestar, como si estuviera inventándolo en ese mismo instante.
—Pruebas duras —dijo al fin—. De valor. De silencio.
El niño tragó saliva otra vez, pero esta vez no era miedo del todo. Era algo más parecido a la emoción.
—Quiero hacerlas —dijo—.
El jornalero lo miró como si ya supiera la respuesta desde el principio. Lo observó un segundo más, como si estuviera decidiendo si aquello era verdad o no.
—Si las superas todas… podrás formar parte de la banda.
El silencio que siguió fue espeso, cargado de algo que el niño no sabía si era emoción o vértigo.
Pero antes de que pudiera hablar, el jornalero levantó una mano.
—Pero escúchame bien. Esto no es un juego normal —dijo el hombre—. Si aceptas, tienes que llegar hasta el final.
El niño levantó la vista lentamente.
—Si hago las pruebas… ¿puedo entrar de verdad en la banda? —preguntó, casi en un susurro.
El hombre lo miró un segundo largo.
—Si las pasas todas, sí.
El niño respiró hondo.
Ya no era solo un juego entre cañas. Era una decisión.
Aquella noche, durante la cena, el niño apenas habló. Tenía la cabeza llena de una sola idea.
Las pruebas.
Pero cuanto más lo pensaba, menos podía soportar esperar.
Cuando la abuela terminó de recoger y se encerró en su habitación con uno de aquellos novelones viejos de tapas gastadas, el niño tomó una decisión.
Se escabulló.
Salió despacio, cruzó la calle vacía y caminó hacia la tabernucha del pueblo, donde a esas horas siempre había hombres cansados que olían a cigarro y a vino.
Se acercó con cautela hasta una de las ventanas abiertas y vio dentro a los jornaleros.
El niño dudó un instante.
Luego reunió valor y entró.
El primero en verlo fue el jornalero que había hablado con él en el cañaveral. Al reconocerlo, abrió mucho los ojos.
—Pero bueno… —murmuró, sorprendido—. ¿Qué haces aquí?
El niño se acercó hasta la mesa intentando parecer valiente.
—He venido por las pruebas —dijo en voz baja, pero firme.
Los hombres intercambiaron miradas.
Uno se levantó despacio.
—Ven conmigo.
El niño lo siguió inmediatamente, sintiendo una mezcla feroz de orgullo y nervios.
Salieron por una puerta lateral de la taberna y cruzaron hasta un pequeño galpón trasero. Allí olía a madera húmeda, vino derramado y tierra.
—Escóndete entre esas cajas y espera —dijo el jornalero con tono serio.
El niño obedeció al instante.
Mientras aguardaba en silencio, el corazón le golpeaba tan fuerte que estaba seguro de que podían oírlo desde fuera. Imaginaba mil cosas: cuchillos secretos, mapas, juramentos extraños.
Pasaron unos minutos.
Finalmente el jornalero regresó. El hombre cerró la puerta del galpón detrás de él y bajó la voz.
—Primera prueba.
El niño observó como aquel hombre se desabrochaba el pantalón y dejaba salir aquella cosa grande y brillante sin entender todavía.
—¿Qué tengo que hacer?
El hombre lo miró muy serio.
—Chuparla sin quejarte.
El niño abrió un poco la boca.
—¿Eso?
—Los miembros de la banda deben obedecer —dijo el jornalero—. Sin llorar. Sin protestar. Sin hacer ruido.
El niño miró la polla otra vez. Parecía mucho más grande, ahora que la tenía cerca.
El niño dudó.
Durante un instante estuvo a punto de echarse atrás. Pero entonces recordó los libros de aventuras, las pruebas de valor…
Apretó los dientes.
—La haré.
El jornalero asintió despacio y se bajó por completo el pantalón.
El niño acercó con cautela su boca.
Primero solo la rozó con la lengua.
Luego chupó un poco más.
Y entonces llegó el fuego.
No fue inmediato. Empezó como una chispa pequeña y extraña… y de pronto se convirtió en un incendio brutal que ocupaba su boca y se extendía por su cuerpo.
El niño abrió los ojos de golpe.
—¡Aaah! —soltó involuntariamente.
El jornalero cruzó los brazos con solemnidad exagerada.
—Entonces, ¿Has fallado la prueba?
El niño lo miró horrorizado, casi con lágrimas en los ojos.
—¡No! —protestó—. ¡No he terminado! —¡Otra vez! —dijo con voz rota—. ¡Puedo hacerlo!
Y antes de que el jornalero tuviera que convencerlo, volvió a llevarse la polla a la boca.
Esta vez aguantó más.
Mucho más.
Tenía los ojos llenos de lágrimas y respiraba como si estuviera corriendo cuesta arriba. Las manos le temblaban. Pero seguía chupando.
Exploró aquella herramienta sin descuidar un milímetro y la feló según su guía. Mucho fue el tiempo que lo hizo hasta que el hombre le propuso…

—¿Quieres chuparla con el culito?

—Bueno— Aceptó sin saber cómo era la cosa.
Tras bajarle los pantalones le puso de rodillas sobre una caja y con la cola paradita.
Primero metió un dedo y luego dos mientras le dejaba tocarle y besarle la chota.
Cuando llegó al tercero le quitó el juguete de la boca y lo puso de punta entre sus nalgas.
La hinchada cabezota comenzó a presionar sobre el esfínter hasta que sintió como si una explosión estallara en el centro de su cabeza y sus carnes crujieron al desgarrarse por el intruso enorme que la horadaba.

El dolor era inmenso.
Una mano acalló el grito del niño y con los movimientos el animal entró más en su cuerpo.

—No aprietes para que no te duela, pichón
El hombre se meneaba y empujaba el pene en su ano sin misericordia.
El niño no daba más cuando él le dijo…

—Aguanta un poquito que te doy…El botín de la banda… Ahí viene… Toma, toma…

El niño sintió la fuerza de las pulsaciones en su interior mientras el hombre eyaculaba.
El jornalero disfrutó de aquella tierna boca que se esmeró y de su culito estrecho que lo deslechó, y lo puso a prueba.
—Vale, vale, ya está. No sé si es suficiente.
En ese momento se oyó el ruido de pasos afuera del galpón.
La puerta se abrió apenas y apareció el otro jornalero, el más ancho de hombros, todavía con el vaso en la mano y expresión de curiosidad.
—¿Qué hacéis aquí metidos? —preguntó.
Entonces vio al niño escondido entre las cajas, rojo como un tomate, con los ojos húmedos.
—¿Ya habéis empezado? —preguntó divertido.
—¡Me ha deslechado!
—¡No fastidies!
El segundo jornalero miró al niño con incredulidad.
—¿Este? No me lo creo.
El niño levantó la vista inmediatamente.
El hombre negó con la cabeza mientras se acercaba.
—Ni de broma aguanta una polla de verdad.
El niño sintió algo moverse dentro de él. Una mezcla feroz de orgullo herido y necesidad de demostrar que podía hacerlo.
El segundo jornalero seguía hablando.
—Míralo. Si todavía tiene cara de querer llorar.
El niño se puso de pie de golpe.
Los dos hombres se quedaron sorprendidos.
—¡No iba a llorar! —protestó.
—Claro, claro —dijo el segundo—.
Eso fue suficiente.
El niño se lanzó hacia él antes de pensarlo demasiado buscando torpemente en su pantalón.
El niño encontró algo.
La polla que crecía por momentos.
La sacó triunfante como quien desenvaina un arma secreta.
El niño volvió a abrir la boca.
Esta vez no fue un tanteo.
Le dio una chupada larga, desafiante, casi rabiosa.
El efecto llegó enseguida.
Los ojos se le llenaron de lágrimas otra vez. La sensación era salvaje, peor incluso que antes, porque la boca todavía le ardía de la primera vez.
Pero no soltó ni un sonido.
Ni uno.
Respiraba fuerte por la nariz. Las manos se le cerraron en puños. Tenía toda la cara contraída por el esfuerzo.
El niño se afanaba intentando engullir cada vez más la polla que lo había drogado.
El jornalero lo miró mientras recuperaba el aliento. Apoyó su mano en la cabeza del menor, lo afirmó para que no se moviera, marcó el ritmo hasta conseguir derramarse. Descargó la leche acumulada por semanas.
— ¡Traga! —murmuró.
El niño tragó y tragó.
Todavía con lágrimas en los ojos y restos de leche en los labios, levantó la vista.
—¿He pasado? —preguntó con la voz ronca.
Los dos jornaleros se miraron, sabiendo lo que habían encontrado.
—Madre de Dios… —murmuró el segundo.
—¿He pasado? —volvió a preguntar con lágrimas cayéndole por las mejillas y la boca completamente embarrada de lefa.
El segundo jornalero soltó una carcajada incrédula y le dio una palmada enorme en el hombro que casi lo desequilibra.
—¡Pero bueno! —exclamó—. ¡Este sí que es un hallazgo!
El niño levantó la vista, todavía luchando por respirar con normalidad.
Y entonces el hombre, todavía riéndose, dijo sin pensar:
—La primera prueba está pasada. Claramente pasada.
Y la expresión que apareció en la cara del nene fue algo entre agotamiento, orgullo y felicidad absoluta.
Como si acabaran de nombrarlo miembro de una orden secreta mucho más importante que cualquier cosa del mundo adulto.
Aquella misma noche, después de que el niño se marchara a casa todavía con la boca cansada, el culo ardiendo y la cabeza llena de orgullo, los jornaleros se quedaron un rato más en la parte trasera de la taberna.
El primero, el que había empezado el juego, se apoyó contra una pared y negó lentamente con la cabeza.
—¿Esto se nos está yendo de las manos?
—Un poco sí —admitió otro entre risas cansadas.
Luego quedaron unos segundos en silencio.
—Tenemos una gran oportunidad amigo —dijo finalmente uno de ellos—.
—¿Y cómo hacemos? —preguntó el otro.
El primero pensó un momento.
—Una prueba que le haga entender que debe aguantar de verdad.

Pasaron varios días.
Durante ese tiempo, el niño vivió en una espera nerviosa y emocionante. El dolor ya había desaparecido y algo en su interior le decía que quería volver a chupar esas vergas.
Hasta que una tarde, al salir del río, uno de ellos se acercó por fin.
—La banda ha decidido.
El niño dejó de respirar un instante.
El hombre miró alrededor antes de continuar:
—Esta será la prueba definitiva.
El niño tragó saliva.
—¿Qué tengo que hacer?
El jornalero bajó la voz.
—Antes de que anochezca ve al viejo almacén junto al molino.
El niño conocía el sitio. Era un edificio medio abandonado, húmedo y oscuro.
Solo pensar en él ya daba escalofríos.
— Tendrás que entrar solo.
El niño intentó mantener la cara seria.
—¿Y qué hay allí?
El jornalero lo miró fijamente.
—Algo que la banda necesita.
Eso fue todo.

Aquella tarde el niño volvió a escaparse después de merendar.
Las calles parecían más estrechas en antes. Caminó rápido hacia el almacén sintiendo el corazón golpearle el pecho a cada paso.
Cuando llegó, encontró la puerta entreabierta.
Dentro olía a polvo, humedad y madera vieja.
El niño se acercó despacio y miró hacia el interior.
No quería parecer cobarde.
Así que empezó a entrar.
Las maderas crujieron bajo sus pies. Cada paso alejaba más la luz. Cuando llegó al final apenas podía ver nada.
Oscuridad.
Oscuridad completa.
Se quedó quieto un momento, respirando despacio.
El niño empezó a avanzar lentamente, palpando las paredes con las manos.
Avanzó un poco más.
Entonces su mano tocó algo.
No era pared.
Era… blando.
Una tela.
Luego una forma.
El corazón le explotó dentro del pecho.
Bajó la mano lentamente y comprendió de golpe que estaba tocando el cuerpo de una persona inmóvil. El tacto caliente y el aroma le resultaron familiares.
El niño dejó de respirar.
Todo su cuerpo le gritaba que huyera.
Pero aguantó.
Porque era la prueba.
Entonces, de repente, una mano le agarró por el brazo.
Un miedo enorme le atravesó el cuerpo entero, pero apretó los dientes.
No gritó.
El niño respiraba cada vez más rápido mientras aquellas manos seguían sujetándolo.
Y entonces ocurrió.
Desde otro rincón del sótano aparecieron nuevas manos.
El niño soltó un grito ahogado y escuchó:
—Te la voy a meter suavecito y te gustará mucho.
Ven, amigo, ponte boca abajo y dame el potito. Ponlo bien paradito.
Verás que lindo pedazo de poronga te va a entrar de nuevo por el culito.

El jornalero lo puso boca abajo, puso saliva en su ano y alrededor de su sexo y entró con suavidad la totalidad de su miembro en el poco dilatado ano.
Por su tamaño el dolor fue inevitable.
Cuando metió hasta la parte más gruesa del pene, bien pegadito a los huevos le dolió, pero no gritó.
El menor quiso escapar, pero el jornalero le hablaba despacio y le acariciaba las nalgas.
Fue muy suave la manera de poseerle e incluso cuando eyaculó solo le apretó muy fuerte contra su cuerpo.
Se quedó dentro con su miembro duro y caliente.
Al rato volvió a menearse otra vez…durante mucho tiempo, sacando casi toda la polla para empujarla después en su totalidad hasta eyacular de nuevo.
El menor seguía con la respiración agitada cuando las manos volvieron a sujetarle, eran más grandes y fuertes.
—Si él entró, yo también voy a entrar y te la voy a meter hasta los huevos.
El segundo jornalero le recostó boca arriba y le levantó las piernitas flacas sobre su pecho.
Le ensalivó el agujerito y su miembro y luego buscó la entrada.
El leñador escupió una vez más y empujó la punta. Solo eso hizo que el niño, sujeto por las manos de los dos hombres, gruñera como un animal herido, arqueando la espalda y pidiendo piedad.
—Respira por la nariz —Dijo el jornalero, mientras empujaba un poco más. El borde de su glande abrió el camino como una cuña brutal. El niño se arqueaba, temblaba y gritaba tras la mordaza en forma de mano que tapaba su boca.
—Buen chico! Te va a doler, pero cuando te entre completo no vas a querer otra cosa—.
El jornalero empujó más y más, centímetro a centímetro. El dolor ardía. El niño gruñó desde el fondo de su pecho, como si el alma se le desgarrara.
El niño intentaba apartar con sus manos al adulto, que ciego de placer empujaba una y otra vez.
Cada embestida del jornalero era una sacudida brutal, una invasión completa.
El hombre aumentó el ritmo. Las embestidas eran como golpes de martillo. Cada vez más hondo. Más duro. El sonido de la carne. El sudor cayendo. El gemido roto del niño… era una sinfonía carcelaria de dominio.
El hombre sentía como su miembro penetraba hasta que los pelos toparon el dilatado agujerito. De verdad le dolía mucho.
Todo su miembro se hundía hasta donde no había llegado nadie todavía.
Fue tan grande el dolor que el niño buscó nuevamente escaparse de las embestidas.
El cuerpo del adulto era pesado y la presión que ejercía en el ano empujando su miembro enorme, desesperó al niño, que no hacía más que llorar.
De verdad el dolor era inmenso. Tenía la impresión de que le partiría el cuerpo.
Desesperado gritó, una vez más, cuando el hombre inició un fuerte meneo que le quitó la respiración.
Cuando se menaba parecía que la cabezota le sacaba las tripas para afuera.
Y cuando por fin el jornalero rugió vaciándose dentro del niño, lo elevó del cajón con cada tiro.
Lo dejaron abierto, chorreando, inmóvil, con los músculos temblando, mientras se refrescaban en el exterior.
Al niño le dolió todo el tiempo que duró el acoplamiento y siguió doliendo después, mientras oía a los jornaleros cuchichear.
Nunca podría olvidar a esos hombres que estuvieron metidos casi una hora en su cuerpo.

 

7 Lecturas/12 mayo, 2026/0 Comentarios/por maroso
Etiquetas: abuela, culito, culo, leche, madre, metro, polla, sexo
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