Clases de regularización 2
Monica regresó el martes siguiente. Llegó más temprana de lo necesario, el corazón golpeándole las costillas. Llevaba la misma camiseta negra, pero esta vez sin brasier. Se notaba. Las tetas pesadas se movían bajo la tela cada vez que caminaba. Alberto la recibió en la puerta con esa sonrisa..
Capítulo 2: La presa casada
Monica regresó el martes siguiente. Llegó más temprana de lo necesario, el corazón golpeándole las costillas. Llevaba la misma camiseta negra, pero esta vez sin brasier. Se notaba. Las tetas pesadas se movían bajo la tela cada vez que caminaba. Alberto la recibió en la puerta con esa sonrisa tranquila de siempre.
—Pasa. Diego está arriba, pero baja en un rato.
Ella asintió y se sentó en el sillón de la sala. Alberto se colocó frente a ella, abrió el cuaderno y empezó a explicar como si nada hubiera pasado. Solo que esta vez se sentó más cerca. Su rodilla rozaba la de Monica. De vez en cuando su mano grande y ancha se posaba en el respaldo del sillón, detrás de ella, casi tocándole el hombro.
Diez minutos después bajó Diego. Cabello largo todavía húmedo de la regadera, playera negra sin mangas, shorts grises. El olor a jabón barato no alcanzaba a tapar del todo el olor a pies y a cuarto cerrado que traía consigo. Se sentó en el sillón de enfrente, abrió las piernas y se quedó mirando a Monica sin disimulo.
Alberto cerró el cuaderno.
—Hoy vamos a hacer algo diferente —dijo con voz calmada—. Monica ya entiende lo básico. Ahora va a practicar con los dos.
Ella levantó la vista, nerviosa. Alberto le tomó la barbilla con dos dedos y la obligó a mirarlo.
—Quítate la playera.
Monica dudó un segundo. Después se la sacó. Las tetas quedaron libres: pesadas, blancas, pezones rosados y ya duros. Alberto las miró con calma, como evaluando un trabajo. Extendió una mano y las pesó, una y luego la otra, apretando los pezones entre el índice y el pulgar hasta que ella soltó un gemidito.
—Buen tamaño —comentó—. Diego tenía razón.
Diego se levantó, se acercó por detrás del sillón y le pasó las manos por los hombros, bajando hasta las tetas. Las agarró con fuerza, casi con rudeza, y las apretó contra el pecho de ella.
—Hoy te vamos a usar los dos —le dijo al oído—. Primero vas a chupar. Después te vamos a cojer. Y vas a tragar todo lo que te demos.
Monica solo pudo asentir. Alberto se desabrochó el pantalón. Sacó una verga gruesa, no tan larga como la de Diego pero más ancha, con la cabeza ya brillante. Se la puso frente a la boca de Monica.
—Ábrela.
Ella obedeció. Alberto le metió la verga despacio, dejando que se acostumbrara al grosor. Al mismo tiempo Diego le bajó el short y las bragas de un jalón. Se arrodilló detrás de ella, le separó los cachetes del culo y le pasó la lengua larga y lenta por el coño y el culo, sin prisa. Monica se estremeció, la verga de Alberto todavía en su boca.
Diego se lamió los dedos y le metió dos de golpe en el coño. Estaba empapada. Empezó a follarla con los dedos mientras Alberto le follaba la boca con movimientos lentos y profundos. Cada vez que Monica intentaba apartarse un poco, Diego le daba una nalgada seca y le ordenaba:
—Quédate quieta. Aguanta.
Cuando Alberto se cansó de la boca, se retiró. Diego se puso de pie, se bajó los shorts y sacó la verga enorme. Se sentó en el sillón y le indicó a Monica con un gesto de la cabeza:
—Súbete. De espaldas a mí.
Ella obedeció. Diego la acomodó, le abrió las piernas y le hizo bajar despacio sobre su verga. Entró centímetro a centímetro. Monica jadeaba, las uñas clavadas en las rodillas de Diego. Cuando estuvo completamente embutida, Diego le agarró las caderas y empezó a moverla él mismo, subiendo y bajando el culo de ella sobre su verga como si fuera un juguete.
Alberto se colocó frente a ella. Le metió la verga otra vez en la boca. Ahora los dos la usaban al mismo tiempo: Diego follándola desde abajo con embestidas profundas y lentas al principio, Alberto usándole la garganta. Cada vez que Diego empujaba hacia arriba, la verga de Alberto se iba más profundo. Monica babeaba, los ojos llorosos, las tetas rebotando.
Diego aceleró. Empezó a levantar las caderas con más fuerza, el sonido de la piel contra la piel llenando la sala. Le dio varias nalgadas fuertes, dejando las nalgas rojas.
—Más duro —le dijo a Alberto—. Que se ahogue un poco.
Alberto le agarró el cabello con las dos manos y le embistió la boca más profundo, hasta que Monica hizo ruidos ahogados. Diego se corrió primero. Se hundió hasta el fondo y la llenó, gruñendo entre dientes. El semen caliente le bajó por los muslos a Monica mientras seguía montada.
Cuando Diego se salió, Alberto la levantó, la puso de rodillas en el piso y se corrió en su cara y en la lengua. Monica se quedó con la boca abierta, tragando lo que pudo. El resto le corría por la barbilla y le caía sobre las tetas.
Diego se limpió la verga en el short de ella y se la tiró a un lado.
—Límpiate con la lengua —ordenó, señalando el semen que le quedaba en el pecho.
Monica obedeció, lenta, todavía temblando. Alberto se acomodó el pantalón y miró el reloj.
—Tienes quince minutos para componerte. Después seguimos con la clase normal. Y el jueves vienes otra vez. Esta vez te vamos a usar el culo.
Diego se rió bajo, se pasó una mano por el cabello largo y salió hacia su cuarto. La puerta quedó entreabierta. Desde adentro se escuchó el sonido de una botella de plástico siendo movida.
Monica se quedó sentada en el piso, el semen todavía bajándole por las piernas, las tetas expuestas, la cara manchada. Alberto le alcanzó un pañuelo de papel como si nada.
—Cuando termines de limpiarte, abre el cuaderno en la página 47.
Ella asintió, voz ronca.
—Sí… maestro.
Y por primera vez, cuando dijo “maestro”, sonó distinto.

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!