Clases de Regularización 3
Honorato llegó el jueves a las diez y media en punto. El sol de julio ya calentaba el asfalto del fraccionamiento y el aire olía a pasto seco y a escape de carros lejanos. Tocó el timbre con el corazón un poco acelerado. Llevaba el cabello castaño oscuro suelto hasta casi los hombros….
Capitulo 3: El nuevo alumno
Honorato llegó el jueves a las diez y media en punto. El sol de julio ya calentaba el asfalto del fraccionamiento y el aire olía a pasto seco y a escape de carros lejanos. Tocó el timbre con el corazón un poco acelerado. Llevaba el cabello castaño oscuro suelto hasta casi los hombros, una playera negra de una banda de metal que sabía que a Monica le gustaba, y los tenis de patinar todavía con el polvo blanco de las rampas. Se había duchado dos veces esa mañana. Se había puesto desodorante extra. Se había mirado en el espejo repitiéndose que esta vez sí iba a hablarle, que esta vez sí iba a lograr que lo mirara de verdad.
Alberto abrió la puerta. La misma cara de siempre: lentes de marco grueso, cuerpo ancho de gym, voz calmada y esa aura de maestro confiable que hacía que nadie sospechara nada.
—Pasa, Honorato. Monica ya está adentro. Hoy vamos a trabajar un rato los tres juntos.
La sala olía a café pasado y a libros viejos. Monica estaba sentada en el sillón grande, el cuaderno abierto sobre las rodillas, el bolígrafo girando entre los dedos. Cuando levantó la vista y lo vio, solo dijo un “hola” bajo, casi sin mirarlo a los ojos. Honorato sintió el golpe de siempre en el pecho. Meses de intentos fallidos en los pasillos de la prepa, de mensajes que ella respondía con una sola palabra, de miradas que nunca se sostenían. Ahora estaba a dos metros de distancia, con la playera negra que le marcaba las tetas y el short corto que dejaba ver el inicio de esos muslos blancos que tanto había imaginado.
Diego apareció desde el pasillo. Alto, delgado, cabello negro largo hasta la espalda, todo vestido de negro. Saludó con un movimiento de cabeza y se sentó en el sillón de enfrente, abriendo las piernas con naturalidad. Honorato notó que el tipo lo miraba de reojo, evaluándolo en silencio, como si estuviera midiendo algo.
La clase empezó normal. Alberto explicaba ecuaciones en el pizarrón improvisado. Monica tomaba notas con letra chiquita. Honorato intentaba concentrarse, pero cada vez que ella se inclinaba sentía el olor suave de su shampoo y se le endurecía la verga dentro del pantalón. De vez en cuando Diego se levantaba, iba a la cocina, volvía con un vaso de agua. Pasaba cerca de Monica y le rozaba el hombro o le apartaba un mechón de cabello de la cara con una naturalidad que a Honorato le resultó extraña. Ella no se apartaba. Ni siquiera se tensaba.
A la media hora Alberto cerró el cuaderno.
—Voy a subir un momento por unos materiales que dejé en mi cuarto. Sigan repasando el ejercicio de la página 47. No tardo.
Salió. Se escucharon sus pasos pesados subiendo la escalera de madera. El silencio que quedó en la sala se hizo denso.
Diego se quedó callado un momento, mirando el celular. Después se levantó, se acercó a Monica y le habló al oído, tan bajo que Honorato no pudo distinguir las palabras. Solo vio cómo ella asentía una vez, cerraba el cuaderno y se levantaba. Los dos se dirigieron hacia el pasillo. Diego miró a Honorato una sola vez, con una sonrisa mínima, casi imperceptible, y empujó la puerta del cuarto de Alberto hasta dejarla entreabierta.
Honorato se quedó solo en el sillón. Al principio solo escuchó murmullos. Después un gemido ahogado de mujer, corto, contenido. Después el sonido claro y rítmico de piel contra piel. Se levantó sin pensar. El corazón le latía tan fuerte que sentía el pulso en las sienes. Caminó despacio por el pasillo, cada paso más pesado que el anterior. La puerta estaba entreabierta lo suficiente para ver el interior.
Monica estaba de cuatro sobre la cama de Alberto. La playera negra subida hasta el cuello, las tetas grandes y blancas colgando y rebotando con cada movimiento. El short y las bragas enredados en un tobillo. Diego detrás de ella, la verga enorme embutida completa en su culo, las manos grandes agarrándole las caderas con fuerza. Cada embestida era profunda, lenta al principio, después más dura. Monica gemía contra la almohada, los ojos cerrados, la boca abierta, la saliva corriéndole por la comisura de los labios.
Honorato sintió que el piso se movía bajo sus pies. Eso no podía estar pasando. Su crush, la morra callada que le gustaba desde hacía meses, la que nunca le había dado más de un “hola”, estaba siendo sodomizada por el roomie del maestro. Quiso gritar. Quiso entrar y separarlos. Quiso salir corriendo de la casa. Pero se quedó paralizado, la respiración entrecortada, la verga dura a pesar del shock, el estómago revuelto.
Diego levantó la vista y lo vio. No se detuvo. Solo le hizo un gesto lento con la cabeza para que se acercara. Honorato no se movió. Diego se salió del culo de Monica con un sonido húmedo y obsceno. El agujero quedó abierto un segundo y el semen blanco empezó a salir y a bajarle por los muslos. Diego se limpió la verga en el muslo interior de ella y se levantó, todavía duro, todavía brillante.
—Entra —dijo con voz baja, firme, sin levantar el tono—. Cierra la puerta.
Honorato obedeció sin saber por qué. Cerró. Se quedó de pie junto a la cama, temblando de pies a cabeza. Monica lo miró por encima del hombro. Tenía las mejillas rojas, los labios hinchados, pero no parecía asustada. Solo… acostumbrada. Como si esto fuera parte de la clase.
Diego se acercó a Honorato. Era mucho más alto. Le puso una mano grande en el hombro y lo miró a los ojos con calma.
—Te asustaste, ¿verdad? —dijo sin burla, casi con paciencia—. Es normal. La primera vez que ves algo así uno no sabe qué hacer. El cuerpo se traba.
Honorato abrió la boca y no salió nada. Solo un sonido ahogado.
—Ella ya no es virgen —continuó Diego, señalando a Monica con la barbilla—. Lleva semanas viniendo. Alberto y yo la usamos. A veces sola, a veces los dos. Hoy te tocó verlo. Así de simple.
Honorato sintió un nudo en la garganta tan fuerte que le dolió. Quiso salir corriendo. Diego le apretó el hombro con más fuerza, no para lastimarlo, sino para mantenerlo exactamente donde estaba.
—Escúchame bien. Tú también puedes llegar a ser como yo. Un macho de verdad. De los que cogen, de los que eligen, de los que tienen presas. Pero primero tienes que aprender. Si te portas bien, si haces exactamente lo que te digamos, un día vas a ser tú el que tenga a las morras así. Vas a poder cogerte a las que quieras. Incluso a ella, cuando te toque. Pero hoy… hoy solo miras y aprendes.
La promesa sonó absurda y al mismo tiempo peligrosa. Honorato miró a Monica otra vez. Ella seguía de cuatro, el culo brillante de saliva y semen, esperando en silencio. Diego le dio una nalgada suave, casi cariñosa.
—Ven. Acércate. Despacio.
Honorato dio un paso. Después otro. Las piernas le temblaban. Diego lo guió hasta quedar de rodillas junto a la cama, frente al culo de Monica. El olor lo golpeó de lleno: sexo, semen, el olor a hombre de Diego, el olor dulce de ella.
—Come —ordenó Diego, voz baja pero sin espacio para discusión—. Esa es tu primera vagina de verdad. Y tu primer culo. Vienen con leche mía. Trágatelo todo. No dejes nada.
Honorato dudó. El corazón le martillaba. Acercó la cara. Sacó la lengua y lamió. El sabor fue salado, espeso, mezclado con el gusto de ella. Empujó la cara más profundo. Lamió el coño hinchado, chupó el clítoris hinchado, metió la lengua en el agujero todavía abierto del culo y limpió el semen que seguía saliendo. Monica se estremecía bajo su boca. Diego le agarró el cabello a Honorato con una mano y lo obligó a comer más profundo, frotándole la cara contra el culo y el coño como si estuviera limpiando un plato.
—Así. Aprende el sabor. Esto es lo que vas a probar de ahora en adelante.
Cuando Honorato se separó, la cara le brillaba completa. Diego lo levantó como si no pesara, le bajó el pantalón de un jalón y le sacó la verga. Estaba dura, venosa, chorreando líquido preseminal. Diego la miró un segundo y se rió bajo, casi con afecto.
—Virgen total. Se nota. Nunca has tocado una teta de verdad, ¿verdad?
Alberto entró en ese momento. Cerró la puerta con llave detrás de él. Se había quitado la camisa. El cuerpo ancho, el pecho peludo, la verga ya dura marcándose dentro del pantalón. Miró la escena con la misma calma con la que explicaba matemáticas.
—Ya veo que empezaron sin mí —dijo—. Bien. Así ahorramos tiempo.
Se acercó a Monica, le dio la vuelta con manos firmes y la acomodó de espaldas sobre la cama. Le abrió las piernas. Después miró a Honorato.
—Tú te vas a poner de cuatro al lado de ella. Ahora. Sin pensarlo.
Honorato obedeció. Se subió a la cama, de rodillas, el culo hacia afuera, las manos temblando sobre las sábanas. Sentía las manos grandes de Diego separándole los cachetes. Un dedo grueso, húmedo de saliva, empujó dentro de su agujero. Después fueron dos. El ardor fue inmediato, seco, intenso. Honorato apretó los dientes y soltó un quejido ahogado.
Alberto se colocó entre las piernas de Monica y entró en su coño de un solo empujón profundo. Ella gemió largo. Al mismo tiempo Diego retiró los dedos, se alineó detrás de Honorato y empujó la cabeza de su verga enorme contra el culo virgen. Entró lento, centímetro a centímetro, sin prisa pero sin detenerse ni un segundo. Honorato gritó contra la almohada. El dolor era seco, brutal, como si lo estuvieran abriendo por dentro con algo demasiado grueso.
Diego se detuvo cuando estuvo completo, las caderas pegadas al culo de Honorato.
—Respira —le dijo al oído, la voz grave, casi suave—. Se pone mejor. Y mientras te la meto, mira cómo el maestro se coge a la morra que te gusta. Mírala bien. Esa es la que querías. Ahora es nuestra. Y tú también.
Honorato levantó la cabeza con esfuerzo. Vio a Alberto follando a Monica con embestidas profundas y constantes. Las tetas grandes de ella rebotaban. Alberto le apretaba los pezones, le hablaba bajo, la trataba como si fuera un ejercicio más de la clase de regularización. Diego empezó a moverse. Embistes largos, pesados, profundos. Cada vez que entraba, Honorato sentía que el aire se le salía del pecho. La verga de Diego era demasiado gruesa. El ardor se mezclaba con una presión extraña que le subía por la espalda hasta la nuca.
Diego aceleró. Las caderas chocaban contra el culo de Honorato con sonido seco y rítmico. Al mismo tiempo Alberto embestía a Monica más fuerte. Los dos hombres los usaban al mismo tiempo, uno al lado del otro, sobre la misma cama. Honorato veía todo: las tetas de Monica, la cara de ella contraída de placer, la verga gruesa de Alberto entrando y saliendo brillante de jugos. Se sentía pequeño, abierto, completamente dominado por los dos maestros. No había escape. No había forma de fingir que esto no estaba pasando.
Diego le agarró el cabello con fuerza y le obligó a mirar.
—Ella ya es nuestra. Tú también. Si te portas bien, un día vas a ser el que coja. Mientras tanto, aguanta. Aprende.
La verga de Diego golpeaba algo profundo dentro de Honorato que le hacía temblar las piernas. El dolor seguía ahí, vivo, pero ahora había una presión que le subía directo a la verga. Sin tocarse, sin que nadie lo masturbara, sintió que se venía. El orgasmo lo agarró de sorpresa, violento, casi doloroso. Se corrió sobre las sábanas con un gemido ahogado, el culo apretándose alrededor de la verga de Diego mientras seguía siendo follado sin piedad.
Diego gruñó, aceleró las últimas embestidas y se corrió profundo dentro de él. Honorato sintió el calor del semen llenándolo, espeso, abundante. Cuando Diego se salió, el agujero quedó abierto, rosado, con semen blanco escurriendo. Alberto se corrió dentro de Monica segundos después, hundido hasta el fondo, gruñendo bajo.
Los dos se separaron. Monica se quedó tendida, respirando agitada, el semen bajándole por los muslos hasta las sábanas. Honorato se desplomó de lado, el culo ardiendo, la verga todavía sensible, la cara contra la almohada.
Diego se limpió la verga en la sábana y caminó hasta el rincón del cuarto. Regresó con una botella de plástico de refresco, a medio llenar de un líquido amarillo oscuro. Se la tendió a Honorato.
—Bébetelo.
Honorato miró la botella. El olor a orines era fuerte, ácido, inconfundible.
—Si te lo bebes completo —dijo Diego, voz calmada—, te dejo besarla. Y a partir de hoy eres su “novio”. Delante de todos. La agarras de la mano en la prepa, la besas en los pasillos, la presentas como tuya. Pero aquí, cuando vengan a clase, sigues siendo lo que eres ahora: una presa más. ¿Trato?
Honorato miró a Monica. Ella lo miraba en silencio, la cara todavía sonrojada, los labios hinchados, los ojos un poco vidriosos. Quería besarla desde hacía meses. Quería que fuera suya aunque fuera de mentira. Aunque fuera solo delante de los demás.
Tomó la botella. El líquido estaba tibio. Bebió. El sabor fue amargo, salado, asqueroso. Tragó a tragos largos, sin respirar casi, hasta vaciarla completa. Cuando terminó, tosió, los ojos llorosos. Diego le quitó la botella vacía y se la guardó en el bolsillo del short.
—Bien. Ahora bésala.
Honorato se acercó a Monica. Ella levantó la cara. El primer beso fue torpe, salado por el semen y el orín que todavía le sabía en la boca. Diego y Alberto los miraban desde el borde de la cama, ya acomodándose la ropa con calma.
Alberto habló con la misma voz de maestro de siempre:
—El próximo martes los dos vienen a las once en punto. Honorato, vas a aprender a cogerla mientras te la metemos por detrás. Y Monica… ya sabes cómo funciona esto.
Diego se pasó una mano por el cabello largo, olisqueó los dedos que habían estado dentro del culo de Honorato y sonrió apenas.
—Vas a ser buena presa. Los dos.
Honorato se quedó sentado en la cama, el sabor del orín todavía en la lengua, el culo ardiendo, la mano de Monica todavía rozando la suya. Por primera vez en su vida había tocado una teta de verdad, había comido un coño, había sido abierto por dos hombres y había besado a la morra que le gustaba.
Y todo había costado exactamente el precio que Diego había puesto.

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