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Bisexual, Dominación Hombres, Infidelidad

Clases de Regularización 7

Honorato se seguía cogiendo a Isis cada vez que podía, y ella ya no fingía ninguna resistencia. Los mensajes llegaban a cualquier hora. A media clase, mientras el maestro explicaba en el pizarrón, ella le escribía:  «Necesito que me la metas hoy. No aguanto. Quiero sentirte adentro otra vez.».
Continuación: Los cuernos de mi amigo.

Honorato se seguía cogiendo a Isis cada vez que podía, y ella ya no fingía ninguna resistencia.
Los mensajes llegaban a cualquier hora. A media clase, mientras el maestro explicaba en el pizarrón, ella le escribía:
«Necesito que me la metas hoy. No aguanto. Quiero sentirte adentro otra vez.»

Una tarde, en el baño del segundo piso de la casa, con la puerta cerrada con seguro, Honorato la tenía doblada sobre el lavabo. Las manos le agarraban las caderas con fuerza y cada embestida hacía que el espejo temblara. Isis miraba su propio reflejo, la boca abierta, los ojos vidriosos.

—No puedo parar… se siente demasiado rico, Honorato —jadeó, la voz rota—. Johan nunca me había llenado así. Nunca me había hecho venir tan rápido ni tan fuerte. Sigue… más profundo… no pares, por favor. Quiero que me dejes marcada.

Honorato se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y empujó hasta el fondo.
—Dilo otra vez. Dime que te gusto más que él. Dilo claro.

—Me gustas más… tu verga se siente mejor… más gruesa… más caliente… aaah, así… así… no pares…

Cuando se corrió dentro de ella, sin condón, Isis se quedó temblando varios minutos, las piernas flojas, el semen bajándole por los muslos. Después se giró, lo besó con desesperación y le susurró:

—Mañana otra vez. No me dejes sin esto.

Johan intentaba ignorarlo.
Se repetía cada mañana que mientras ella volviera a dormir a su lado, mientras le diera un beso de buenas noches, todo estaba bien. Que lo de la casa de los maestros era otra cosa, algo separado. Hasta que una noche, en el sillón de la sala de Isis, mientras le hacía sexo oral con los ojos cerrados, notó el sabor. Era distinto. Más espeso. Más amargo. Se detuvo. Abrió los ojos. Y lo vio bajo la luz tenue de la lámpara: restos blancos de semen seco adheridos a los labios internos, brillando apenas.

Se incorporó despacio, todavía de rodillas entre sus piernas. La miró en silencio varios segundos.

—¿Qué es esto, Isis?

Ella intentó cerrar las piernas, pero él se lo impidió con las manos, firmes.
—Johan… no empieces… no ahora…

—Dime qué es. Ahora. No me vengas con cuentos ni con lágrimas. ¿Qué es esto que estoy viendo y saboreando?

Isis se cubrió la cara con las manos un momento. Después las bajó. Tenía los ojos húmedos, pero la voz le salió más firme de lo que él esperaba, casi cansada de mentir.

—Pensé que andabas con otra. Llevabas semanas sin tocarme. Cada vez que intentaba bajarte el pantalón te apartabas o inventabas que te dolía la cabeza, que estabas cansado del trabajo, que al día siguiente teníamos que levantarnos temprano. Me sentí sola. Humillada. Como si ya no te atrajera. Y entonces Honorato me habló. Me dijo que si quería sentir que alguien me prestaba atención de verdad, que fuera a la casa donde toma las clases de regularización. Fui. Dudé hasta el último segundo en la puerta. Pero entré. Y… me la cogió. Varias veces. Sin condón. Por delante y por detrás. La primera vez que alguien me la metía por el culo fue él. Y es… mejor que tú, Johan. Se siente diferente. Más fuerte. Más seguro. Cuando él me la mete no estoy pensando en si va a durar poco o si se va a salir a la mitad. Solo siento. Y no puedo parar. Aunque quiera, no puedo.

Johan se quedó callado. Ya lo sabía por el video que Alberto le había puesto semanas atrás, pero oírlo de su boca, con esa honestidad cruda y sin adornos, le dio un golpe distinto en el pecho. Se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y salió de la casa sin decir una palabra más. La puerta se cerró con un golpe seco.

No podía enfrentar a Diego. Lo sabía. Diego era otro nivel, alguien que no se dejaba presionar. Pero pensó que tal vez sí podía hacer que Honorato parara. Que todavía quedaba algo de la amistad de antes.

Lo esperó al día siguiente en el gym, justo después de que Carlos se despidiera con su típica sonrisa de mascota agradecida, cargando la mochila de los dos y diciendo «Nos vemos mañana, ¿sí? Traje más cartas de Pokémon…». Cuando Carlos desapareció por la puerta, Johan empujó a Honorato hacia las regaderas. El vapor llenaba el espacio. El agua caliente golpeaba los azulejos. Johan se acercó bajo el chorro, la voz baja pero tensa, casi temblando:

—Necesito que dejes de meterte con Isis. Es mi novia. Todavía es mi novia. Podemos hablar, podemos arreglar esto, pero tienes que parar.

Honorato se enjabonó el pecho con calma, dejando que el agua le corriera por el cabello y la espalda. No lo miró de inmediato. Tardó varios segundos en responder, la voz tranquila, casi aburrida:

—¿Tu novia? ¿La misma que me manda mensajes a media clase pidiéndome que la coja más duro? ¿La misma que dice que yo se la cojo mejor que tú y que no puede parar aunque quiera? ¿Esa novia, Johan? Porque esa novia me escribió hace una hora preguntándome si podíamos vernos hoy otra vez.

—Honorato, en serio… esto se está saliendo de control.

—Ya sé que Alberto se te la está metiendo —lo interrumpió Honorato, ahora sí mirándolo a los ojos, el agua resbalándole por la cara y el pecho—. Y sé lo del plug. Aunque ya no lleves jaula, sigues siendo el mismo puto que le gusta la verga adentro. Isis no puede evitar preferir a un macho de verdad. Tú lo sabes. Yo lo sé. Hasta ella lo sabe. Por eso vuelve. Por eso me pide que la llene. Por eso dice mi nombre cuando se corre.

Johan sintió la humillación subirle por la garganta como bilis caliente. No contestó. Las palabras se le atoraron. Honorato se rió por lo bajo, sacó el celular todavía mojado y escribió un mensaje delante de él, con los dedos lentos y deliberados, mostrando la pantalla todo el tiempo:

¿Quedamos donde siempre? Quiero cogerte otra vez. Esta vez más rudo. Quiero dejarte temblando.

Tres minutos después, todavía bajo el agua caliente, llegó la respuesta de Isis. El celular vibró. Honorato lo abrió y se lo puso enfrente a Johan para que leyera claro:

«Sí. A las seis. En la casa. No le digas a Johan. Por favor. Te necesito.»

Honorato guardó el celular, la sonrisa ladeada, casi cariñosa.
—Mira. Ella misma. Ni siquiera dudó. Ni un minuto. Vamos juntos. Quiero que veas cómo me la pide. Quiero que escuches cada palabra.

Llegaron temprano a la casa. El sol de la tarde todavía calentaba la calle. Alberto abrió la puerta, los miró a los dos con esa calma de maestro que ya lo había visto todo, y sonrió apenas, como si hubiera estado esperando exactamente esa escena.

—Pasan. Isis ya avisó que viene en veinte minutos. Vengan al cuarto de arriba un momento. Hay algo que quiero que vean después. Los dos.

Los llevó por el pasillo y las escaleras hasta su recámara. Cerró la puerta con llave. El cuarto olía a colonia barata y a sábanas limpias. Minutos después se escuchó el timbre de la planta baja. Alberto bajó, abrió y subió otra vez con Isis. Ella entró al cuarto, se detuvo en seco al ver a Johan sentado en la orilla de la cama. La cara se le puso pálida, los ojos se le abrieron.

—Johan… ¿qué haces aquí? Yo… no sabía que ibas a estar… te juro que…

Honorato habló antes de que ella pudiera inventar cualquier excusa o empezar a llorar.
—Hoy vas a coger conmigo. Y él va a ver. Después, si quieres, hablas con él. Le explicas lo que quieras. Ahora ven. No lo hagas esperar.

Salió del cuarto de Alberto llevándose a Isis de la mano. Ella lo siguió sin forcejear, solo mirando hacia atrás un segundo, hacia Johan. La puerta del cuarto de Diego se cerró con un clic seco. Alberto y Johan se quedaron solos. Alberto se acercó al mueble, encendió el monitor que tenía conectado a una cámara pequeña escondida en el marco de la puerta del cuarto de Diego. La imagen apareció nítida, en tiempo real, con sonido.

Se veía a Honorato empujando a Isis sobre la cama grande, quitándole la blusa y el short con prisa, casi con hambre. Ella no se resistía. Al contrario: le abría las piernas, le guiaba la verga con la mano temblorosa y le pedía en voz alta, sin vergüenza:

—Métela ya… por favor… la necesito… se siente tan rico cuando me la metes de golpe… no me hagas esperar…

Cuando Honorato empujó hasta el fondo, Isis arqueó la espalda y gimió tan fuerte que se escuchó incluso a través de las paredes del pasillo:

—Así… justo así… me encanta tu verga… se siente tan gruesa… tan profunda… tan caliente… Johan nunca me la metía así… nunca me hacía venir tan rápido ni tan fuerte… sigue, por favor… no pares… lléname…

Johan tenía la verga completamente dura dentro del pantalón, apretando contra la tela de forma casi dolorosa. No podía dejar de mirar la pantalla. Alberto se colocó detrás de él, le bajó el pantalón con calma y le acarició el plug que todavía llevaba puesto, moviéndolo apenas en círculos.

—Mírala bien —le susurró al oído, la voz de maestro, casi suave, casi paternal—. Escucha cómo pide. Escucha cómo dice que tú no se la cogías así. Escucha cómo compara. Cada palabra. No cierres los ojos.

En la pantalla, Honorato la volteó, la puso de rodillas sobre la cama y se la empezó a coger por detrás, las manos agarrándole las caderas con fuerza, las nalgadas secas. Isis seguía hablando entre gemidos, la cara contra la almohada, la voz cada vez más rota:

—Me encanta… me encanta cómo me la metes… eres más hombre… más seguro… más grueso… no pares… lléname… por favor… quiero sentirte corriendo adentro otra vez…

La puerta del cuarto de Alberto se abrió sin tocar. Honorato entró, todavía con la verga dura y brillante de los jugos de Isis, respirando agitado, el pecho subiendo y bajando. Miró a Johan, miró la pantalla donde se veía a Isis todavía de rodillas esperando con el culo en alto, y sonrió con una mezcla de triunfo y crueldad suave.

—Ahora te toca a ti. Quiero que sientas lo mismo que ella está sintiendo abajo. Quiero que compares.

Lo empujó sobre la cama de Alberto con facilidad. Le sacó el plug de un jalón seco y empujó su verga dentro del culo de Johan de un solo movimiento profundo, hasta el fondo. Johan soltó un gemido ahogado, las manos agarrando las sábanas con fuerza. Honorato empezó a embestirlo con el mismo ritmo con el que había estado follando a Isis minutos antes, una mano en su nuca, la voz baja y cruel cerca del oído, casi íntima:

—Ella está abajo pidiendo verga. Diciendo que yo se la cojo mejor. Diciendo que tú nunca la llenaste así. Y tú estás aquí, con la mía adentro, duro como nunca te pone ella. ¿Todavía vas a decir que es tu novia? ¿O ya aceptaste que te gusta ser el puto que llega después y se corre viendo cómo se la cogen otros? Dime. Quiero oírlo.

Mientras tanto, en el cuarto de Diego, la puerta se abrió otra vez. Diego entró, se quitó la playera negra de un jalón y se acercó a la cama. Isis lo miró con los ojos vidriosos, la boca entreabierta, y le abrió los labios sin que se lo pidiera. Diego le metió la verga y empezó a usarle la garganta con movimientos lentos y profundos mientras Alberto —que había bajado las escaleras en silencio— entraba también al cuarto, se colocaba detrás de ella y la penetraba por el coño todavía lleno del semen de Honorato.

Los tres la usaban.
Diego en la boca, Alberto en el coño, y en el cuarto de al lado Honorato seguía embistiendo a Johan, obligándolo a mirar la pantalla cada vez que intentaba cerrar los ojos o esconder la cara en la almohada.

—Mírala —le ordenaba Honorato, jalándole el cabello hacia atrás para que no pudiera apartar la vista—. Mírala cómo pide. Mírala cómo dice que eres menos hombre. Mírala cómo abre la boca para Diego y el culo para Alberto. Y mientras tanto tú te dejas coger por el mismo que se la estaba cogiendo a ella hace cinco minutos. ¿A que te gusta, puto? ¿A que te gusta ser el último de la fila? ¿A que te gusta sentir mi verga mientras ella dice mi nombre?

Johan no respondió con palabras.
Solo apretó las sábanas con más fuerza, la verga palpitando sin que nadie la tocara, el orgasmo subiéndole por la espalda a pesar del dolor y la humillación. Y en la pantalla Isis gritaba los nombres de Honorato, Diego y Alberto uno detrás del otro, pidiendo que la llenaran otra vez, que no pararan, que la usaran hasta que no pudiera caminar.

Continuación ampliada

Honorato se seguía cogiendo a Isis cada vez que podía, y ella ya no fingía ninguna resistencia.
Los mensajes llegaban a cualquier hora. A media clase, mientras el maestro explicaba en el pizarrón, ella le escribía:
«Necesito que me la metas hoy. No aguanto. Quiero sentirte adentro otra vez.»

Una tarde, en el baño del segundo piso de la casa, con la puerta cerrada con seguro, Honorato la tenía doblada sobre el lavabo. Las manos le agarraban las caderas con fuerza y cada embestida hacía que el espejo temblara. Isis miraba su propio reflejo, la boca abierta, los ojos vidriosos.

—No puedo parar… se siente demasiado rico, Honorato —jadeó, la voz rota—. Johan nunca me había llenado así. Nunca me había hecho venir tan rápido ni tan fuerte. Sigue… más profundo… no pares, por favor. Quiero que me dejes marcada.

Honorato se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y empujó hasta el fondo.
—Dilo otra vez. Dime que te gusto más que él. Dilo claro.

—Me gustas más… tu verga se siente mejor… más gruesa… más caliente… aaah, así… así… no pares…

Cuando se corrió dentro de ella, sin condón, Isis se quedó temblando varios minutos, las piernas flojas, el semen bajándole por los muslos. Después se giró, lo besó con desesperación y le susurró:

—Mañana otra vez. No me dejes sin esto.

Johan intentaba ignorarlo.
Se repetía cada mañana que mientras ella volviera a dormir a su lado, mientras le diera un beso de buenas noches, todo estaba bien. Que lo de la casa de los maestros era otra cosa, algo separado. Hasta que una noche, en el sillón de la sala de Isis, mientras le hacía sexo oral con los ojos cerrados, notó el sabor. Era distinto. Más espeso. Más amargo. Se detuvo. Abrió los ojos. Y lo vio bajo la luz tenue de la lámpara: restos blancos de semen seco adheridos a los labios internos, brillando apenas.

Se incorporó despacio, todavía de rodillas entre sus piernas. La miró en silencio varios segundos.

—¿Qué es esto, Isis?

Ella intentó cerrar las piernas, pero él se lo impidió con las manos, firmes.
—Johan… no empieces… no ahora…

—Dime qué es. Ahora. No me vengas con cuentos ni con lágrimas. ¿Qué es esto que estoy viendo y saboreando?

Isis se cubrió la cara con las manos un momento. Después las bajó. Tenía los ojos húmedos, pero la voz le salió más firme de lo que él esperaba, casi cansada de mentir.

—Pensé que andabas con otra. Llevabas semanas sin tocarme. Cada vez que intentaba bajarte el pantalón te apartabas o inventabas que te dolía la cabeza, que estabas cansado del trabajo, que al día siguiente teníamos que levantarnos temprano. Me sentí sola. Humillada. Como si ya no te atrajera. Y entonces Honorato me habló. Me dijo que si quería sentir que alguien me prestaba atención de verdad, que fuera a la casa donde toma las clases de regularización. Fui. Dudé hasta el último segundo en la puerta. Pero entré. Y… me la cogió. Varias veces. Sin condón. Por delante y por detrás. La primera vez que alguien me la metía por el culo fue él. Y es… mejor que tú, Johan. Se siente diferente. Más fuerte. Más seguro. Cuando él me la mete no estoy pensando en si va a durar poco o si se va a salir a la mitad. Solo siento. Y no puedo parar. Aunque quiera, no puedo.

Johan se quedó callado. Ya lo sabía por el video que Alberto le había puesto semanas atrás, pero oírlo de su boca, con esa honestidad cruda y sin adornos, le dio un golpe distinto en el pecho. Se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y salió de la casa sin decir una palabra más. La puerta se cerró con un golpe seco.

No podía enfrentar a Diego. Lo sabía. Diego era otro nivel, alguien que no se dejaba presionar. Pero pensó que tal vez sí podía hacer que Honorato parara. Que todavía quedaba algo de la amistad de antes.

Lo esperó al día siguiente en el gym, justo después de que Carlos se despidiera con su típica sonrisa de mascota agradecida, cargando la mochila de los dos y diciendo «Nos vemos mañana, ¿sí? Traje más cartas de Pokémon…». Cuando Carlos desapareció por la puerta, Johan empujó a Honorato hacia las regaderas. El vapor llenaba el espacio. El agua caliente golpeaba los azulejos. Johan se acercó bajo el chorro, la voz baja pero tensa, casi temblando:

—Necesito que dejes de meterte con Isis. Es mi novia. Todavía es mi novia. Podemos hablar, podemos arreglar esto, pero tienes que parar.

Honorato se enjabonó el pecho con calma, dejando que el agua le corriera por el cabello y la espalda. No lo miró de inmediato. Tardó varios segundos en responder, la voz tranquila, casi aburrida:

—¿Tu novia? ¿La misma que me manda mensajes a media clase pidiéndome que la coja más duro? ¿La misma que dice que yo se la cojo mejor que tú y que no puede parar aunque quiera? ¿Esa novia, Johan? Porque esa novia me escribió hace una hora preguntándome si podíamos vernos hoy otra vez.

—Honorato, en serio… esto se está saliendo de control.

—Ya sé que Alberto se te la está metiendo —lo interrumpió Honorato, ahora sí mirándolo a los ojos, el agua resbalándole por la cara y el pecho—. Y sé lo del plug. Aunque ya no lleves jaula, sigues siendo el mismo puto que le gusta la verga adentro. Isis no puede evitar preferir a un macho de verdad. Tú lo sabes. Yo lo sé. Hasta ella lo sabe. Por eso vuelve. Por eso me pide que la llene. Por eso dice mi nombre cuando se corre.

Johan sintió la humillación subirle por la garganta como bilis caliente. No contestó. Las palabras se le atoraron. Honorato se rió por lo bajo, sacó el celular todavía mojado y escribió un mensaje delante de él, con los dedos lentos y deliberados, mostrando la pantalla todo el tiempo:

«¿Quedamos donde siempre? Quiero cogerte otra vez. Esta vez más rudo. Quiero dejarte temblando.»

Tres minutos después, todavía bajo el agua caliente, llegó la respuesta de Isis. El celular vibró. Honorato lo abrió y se lo puso enfrente a Johan para que leyera claro:

«Sí. A las seis. En la casa. No le digas a Johan. Por favor. Te necesito.»

Honorato guardó el celular, la sonrisa ladeada, casi cariñosa.
—Mira. Ella misma. Ni siquiera dudó. Ni un minuto. Vamos juntos. Quiero que veas cómo me la pide. Quiero que escuches cada palabra.

Llegaron temprano a la casa. El sol de la tarde todavía calentaba la calle. Alberto abrió la puerta, los miró a los dos con esa calma de maestro que ya lo había visto todo, y sonrió apenas, como si hubiera estado esperando exactamente esa escena.

—Pasan. Isis ya avisó que viene en veinte minutos. Vengan al cuarto de arriba un momento. Hay algo que quiero que vean después. Los dos.

Los llevó por el pasillo y las escaleras hasta su recámara. Cerró la puerta con llave. El cuarto olía a colonia barata y a sábanas limpias. Minutos después se escuchó el timbre de la planta baja. Alberto bajó, abrió y subió otra vez con Isis. Ella entró al cuarto, se detuvo en seco al ver a Johan sentado en la orilla de la cama. La cara se le puso pálida, los ojos se le abrieron.

—Johan… ¿qué haces aquí? Yo… no sabía que ibas a estar… te juro que…

Honorato habló antes de que ella pudiera inventar cualquier excusa o empezar a llorar.
—Hoy vas a coger conmigo. Y él va a ver. Después, si quieres, hablas con él. Le explicas lo que quieras. Ahora ven. No lo hagas esperar.

Salió del cuarto de Alberto llevándose a Isis de la mano. Ella lo siguió sin forcejear, solo mirando hacia atrás un segundo, hacia Johan. La puerta del cuarto de Diego se cerró con un clic seco. Alberto y Johan se quedaron solos. Alberto se acercó al mueble, encendió el monitor que tenía conectado a una cámara pequeña escondida en el marco de la puerta del cuarto de Diego. La imagen apareció nítida, en tiempo real, con sonido.

Se veía a Honorato empujando a Isis sobre la cama grande, quitándole la blusa y el short con prisa, casi con hambre. Ella no se resistía. Al contrario: le abría las piernas, le guiaba la verga con la mano temblorosa y le pedía en voz alta, sin vergüenza:

—Métela ya… por favor… la necesito… se siente tan rico cuando me la metes de golpe… no me hagas esperar…

Cuando Honorato empujó hasta el fondo, Isis arqueó la espalda y gimió tan fuerte que se escuchó incluso a través de las paredes del pasillo:

—Así… justo así… me encanta tu verga… se siente tan gruesa… tan profunda… tan caliente… Johan nunca me la metía así… nunca me hacía venir tan rápido ni tan fuerte… sigue, por favor… no pares… lléname…

Johan tenía la verga completamente dura dentro del pantalón, apretando contra la tela de forma casi dolorosa. No podía dejar de mirar la pantalla. Alberto se colocó detrás de él, le bajó el pantalón con calma y le acarició el plug que todavía llevaba puesto, moviéndolo apenas en círculos.

—Mírala bien —le susurró al oído, la voz de maestro, casi suave, casi paternal—. Escucha cómo pide. Escucha cómo dice que tú no se la cogías así. Escucha cómo compara. Cada palabra. No cierres los ojos.

En la pantalla, Honorato la volteó, la puso de rodillas sobre la cama y se la empezó a coger por detrás, las manos agarrándole las caderas con fuerza, las nalgadas secas. Isis seguía hablando entre gemidos, la cara contra la almohada, la voz cada vez más rota:

—Me encanta… me encanta cómo me la metes… eres más hombre… más seguro… más grueso… no pares… lléname… por favor… quiero sentirte corriendo adentro otra vez…

La puerta del cuarto de Alberto se abrió sin tocar. Honorato entró, todavía con la verga dura y brillante de los jugos de Isis, respirando agitado, el pecho subiendo y bajando. Miró a Johan, miró la pantalla donde se veía a Isis todavía de rodillas esperando con el culo en alto, y sonrió con una mezcla de triunfo y crueldad suave.

—Ahora te toca a ti. Quiero que sientas lo mismo que ella está sintiendo abajo. Quiero que compares.

Lo empujó sobre la cama de Alberto con facilidad. Le sacó el plug de un jalón seco y empujó su verga dentro del culo de Johan de un solo movimiento profundo, hasta el fondo. Johan soltó un gemido ahogado, las manos agarrando las sábanas con fuerza. Honorato empezó a embestirlo con el mismo ritmo con el que había estado follando a Isis minutos antes, una mano en su nuca, la voz baja y cruel cerca del oído, casi íntima:

—Ella está abajo pidiendo verga. Diciendo que yo se la cojo mejor. Diciendo que tú nunca la llenaste así. Y tú estás aquí, con la mía adentro, duro como nunca te pone ella. ¿Todavía vas a decir que es tu novia? ¿O ya aceptaste que te gusta ser el puto que llega después y se corre viendo cómo se la cogen otros? Dime. Quiero oírlo.

Mientras tanto, en el cuarto de Diego, la puerta se abrió otra vez. Diego entró, se quitó la playera negra de un jalón y se acercó a la cama. Isis lo miró con los ojos vidriosos, la boca entreabierta, y le abrió los labios sin que se lo pidiera. Diego le metió la verga y empezó a usarle la garganta con movimientos lentos y profundos mientras Alberto —que había bajado las escaleras en silencio— entraba también al cuarto, se colocaba detrás de ella y la penetraba por el coño todavía lleno del semen de Honorato.

Los tres la usaban.
Diego en la boca, Alberto en el coño, y en el cuarto de al lado Honorato seguía embistiendo a Johan, obligándolo a mirar la pantalla cada vez que intentaba cerrar los ojos o esconder la cara en la almohada.

—Mírala —le ordenaba Honorato, jalándole el cabello hacia atrás para que no pudiera apartar la vista—. Mírala cómo pide. Mírala cómo dice que eres menos hombre. Mírala cómo abre la boca para Diego y el culo para Alberto. Y mientras tanto tú te dejas coger por el mismo que se la estaba cogiendo a ella hace cinco minutos. ¿A que te gusta, puto? ¿A que te gusta ser el último de la fila? ¿A que te gusta sentir mi verga mientras ella dice mi nombre?

Johan no respondió con palabras.
Solo apretó las sábanas con más fuerza, la verga palpitando sin que nadie la tocara, el orgasmo subiéndole por la espalda a pesar del dolor y la humillación. Y en la pantalla Isis gritaba los nombres de Honorato, Diego y Alberto uno detrás del otro, pidiendo que la llenaran otra vez, que no pararan, que la usaran hasta que no pudiera caminar.

21 Lecturas/22 de octubre de 2026/0 Comentarios/por BiKarma
Etiquetas: baño, cogiendo, culo, follando, oral, orgasmo, semen, sexo
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