Clases de Regularización 8
Ricardo no recordaba casi nada de aquella tarde. Los días siguientes fueron un borrón de dolores de cabeza, un ardor constante entre las nalgas y la sensación fría del metal rodeándole la verga cada vez que intentaba tocarse..
Ricardo no recordaba casi nada de aquella tarde.
Los días siguientes fueron un borrón de dolores de cabeza, un ardor constante entre las nalgas y la sensación fría del metal rodeándole la verga cada vez que intentaba tocarse. Solo tenía dos certezas: llevaba una jaula de castidad cerrada con candado y que Honorato y Johan habían estado involucrados. El resto era humo, risas lejanas y una voz (¿la suya?) pidiendo más. Cada mañana, al mirarse en el espejo del baño de su casa, veía el candado plateado y sentía la rabia subirle por el pecho como ácido.
Mientras tanto, Honorato había escalado en la pirámide social de la prepa como si el piso se hubiera inclinado a su favor. Era el novio oficial de Monica; se les veía de la mano en todos los recreos, besándose sin pudor contra los casilleros. Pero era un secreto a voces que también se cogía a Isis. Johan no hacía nada. Solo bajaba la mirada cuando se cruzaban en los pasillos y seguía caminando. Honorato, en cambio, caminaba como si el edificio entero le perteneciera.
Ricardo decidió enfrentarlos.
Un miércoles, después de la tercera hora, lo esperó en el baño del fondo del edificio de talleres, el más alejado y con peor olor a desinfectante barato. Cuando Honorato entró a mear, Ricardo cerró la puerta con el seguro y se plantó frente a él, bloqueando la salida.
—Necesito que me digas qué pasó ese día en la puta casa —dijo, la voz tensa, casi temblando de contención—. Tengo esta mierda puesta desde hace una semana y no me acuerdo de casi nada. Tú y Johan estaban ahí. Quiero respuestas. Ahora.
Honorato terminó de mear con calma, se abrochó el pantalón, se lavó las manos despacio y se secó con el papel del dispensador. Después sacó el celular del bolsillo trasero, desbloqueó la pantalla y se la puso delante a Ricardo sin decir una sola palabra. El video era nítido, grabado desde un ángulo alto. Se veía a Ricardo drogado, de rodillas sobre el sillón, la boca abierta y babeando, pidiendo más verga con voz pastosa y rota:
—Más… métela más… se siente rico… no pares… quiero más verga…
En la imagen se veía otra verga gruesa entrando y saliendo de su culo con ritmo constante. Ricardo sintió el estómago revolverse. El sonido de su propia voz pidiendo más le llegó como una bofetada.
—Esa… esa otra verga es de Johan, ¿verdad? —preguntó, la voz ronca, casi un susurro—. Dime que es de Johan.
Honorato sonrió apenas, guardó el celular y se apoyó en el lavabo.
—Puede ser. O puede ser la mía. O la de Juan. O la de Alberto. El punto es que se ve tu cara pidiendo más. Se ve tu culo abierto. Se oye tu voz. Si este video llega a los grupos de la prepa mañana en el recreo, te conviertes en el puto oficial del salón. Para siempre. Nadie se va a olvidar.
Ricardo apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Qué quieres, cabrón?
—Que vayas esta noche a la casa. A las nueve en punto. Solo. Sin avisar a nadie. Si no apareces, el video se filtra antes de que suene el primer timbre de mañana. Tú decides.
Ricardo fue.
Llegó a las nueve en punto. La calle estaba oscura. El corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que pensó que se le iba a salir. Tocó el timbre. Alberto abrió la puerta, lo miró de arriba abajo con esa expresión calmada de maestro y lo hizo pasar sin sonreír.
—Pasa. Te están esperando.
En la sala estaban Honorato, Diego y Juan. La luz era baja, solo una lámpara de pie en un rincón. Sobre la mesa del centro había un conjunto de ropa interior de mujer todavía con la etiqueta: una tanga negra de encaje y un sostén del mismo estilo, talla chica. Honorato fue el primero en hablar, la voz tranquila, casi amable.
—Quítate todo. Ponte esto. Ahora. Sin discutir.
Ricardo dudó. Dio un paso atrás. Honorato levantó el celular con el video ya abierto y el dedo sobre el botón de enviar al grupo de la generación.
—O te lo pones en los próximos treinta segundos… o en cinco minutos medio salón lo está viendo en bucle. Tú escoges.
Las manos de Ricardo temblaban mientras se quitaba la playera, el pantalón, el bóxer. Se puso la tanga. El elástico le apretó la jaula de forma humillante. El sostén le quedó flojo en el pecho, las tirantes cayéndole de los hombros. Se sentía ridículo, expuesto, más vulnerable que nunca. Honorato se acercó, le dio una vuelta completa evaluándolo y le soltó una nalgada seca que resonó en la sala.
—Mírate. El gran Ricardo, el de la moto, el que se creía lo máximo, el que se burlaba de los vírgenes. Ahora estás en tanga de mujer pidiendo que no filtre el video. Arrodíllate.
Ricardo se arrodilló sobre la alfombra. Honorato se bajó el pantalón, sacó la verga ya dura y se la puso frente a la cara.
—Abre la boca. Chupa. Y mira a la cámara del celular. Quiero que se vea tu cara mientras lo haces. Quiero que se vea la tanga. Quiero que se vea todo.
Ricardo abrió la boca. Honorato le metió la verga hasta la garganta de un empujón y empezó a follársela con calma, una mano en su cabello, la otra grabando con el celular.
—Así… mira a la cámara… saca la lengua… más profundo… traga cuando te lo diga.
Cuando se cansó de la boca, lo volteó, le bajó la tanga hasta la mitad de los muslos y le escupió directamente en el culo. Empujó la cabeza de su verga contra el agujero todavía sensible y entró de un solo golpe seco. Ricardo gritó contra el piso, las uñas clavándose en la alfombra. Honorato no esperó a que se acostumbrara. Empezó a embestirlo con fuerza, las caderas chocando contra las nalgas, la voz baja y cruel cerca de su oído:
—Esto es consciente. Ahora sí estás despierto. Ahora sí sientes cada centímetro. Ahora sí duele de verdad. Pide más. Quiero oírlo. Pide más o el video se va ahora mismo a todos los grupos.
Ricardo apretó los dientes. Las lágrimas le picaban en los ojos. Honorato le jaló el cabello hacia atrás con fuerza.
—Pide más. Ahora.
—Más… —logró decir entre dientes, la voz rota—. Dame más… métela más…
Honorato se rió por lo bajo y aceleró el ritmo, las embestidas cada vez más profundas y secas.
—Así se pide. Buen puto. Ahora aguantate que todavía faltan tres.
Cuando se corrió adentro, se quedó embutido un momento, respirando pesado, y después se salió. El semen empezó a bajarle por los muslos a Ricardo, empapando la tanga negra. Diego se acercó sin decir una palabra. Se arrodilló detrás de él, alineó su verga enorme y empujó. Ricardo soltó un quejido largo. Diego lo penetró hasta el fondo y empezó a usarlo con embestidas lentas y pesadas, una mano en su nuca, obligándolo a mirar hacia el frente mientras lo follaba.
—Aguanta —fue lo único que dijo.
Cuando Diego se corrió, también adentro, le dio paso a Juan. Juan fue más seco, más técnico. Le separó las nalgas con las dos manos y lo embistió con el ritmo preciso de alguien que lleva años haciendo karate. Cada embestida era profunda y controlada. Ricardo ya no gritaba; solo gemía y bababa contra la alfombra, la tanga hecha un desastre.
Por último llegó Alberto. Lo levantó del piso, lo dobló sobre el respaldo del sillón y lo penetró despacio, casi con paciencia de maestro que explica un ejercicio difícil. Mientras lo follaba, le hablaba al oído con voz calmada:
—Buen trabajo. Ahora eres el cumdump de la casa. Cada vez que vengas, te vamos a llenar. La jaula se queda un tiempo más para que no se te olvide. Pero hoy… hoy ya cumpliste.
Cuando Alberto se corrió, también adentro, se salió y le dio una palmada en la nalga. Ricardo se quedó doblado sobre el sillón, temblando, el culo abierto y goteando el semen de los cuatro, la tanga empapada y bajada hasta los muslos, el sostén torcido. Honorato se agachó, sacó la llave del bolsillo, le quitó la jaula con un clic y se la guardó.
—Libre. Por ahora. Pero el video sigue existiendo. Si hablas, si intentas algo, si siquiera miras raro a alguien, se filtra. Ahora lárgate. Y no vuelvas a aparecer por la prepa si no quieres que todo el mundo vea cómo pedías más verga.
Ricardo se vistió como pudo, las manos temblando tanto que apenas podía abrocharse el pantalón. Salió de la casa sin mirar atrás. La noche estaba fría. Caminó varias cuadras antes de poder respirar con normalidad.
Al día siguiente no apareció en la prepa.
Ni al siguiente.
Ni el resto de la semana. Al final se corrió el rumor de que se había cambiado de escuela “por problemas familiares”. Honorato no desmintió nada. Al contrario: en los pasillos, cuando alguien preguntaba, se encogía de hombros y dejaba caer la versión que más le convenía:
—Nos agarramos a golpes en el baño de talleres. Se creía mucho. Le partí la madre y salió corriendo con la cola entre las patas. Por eso ya no vuelve.
La historia le subió todavía más el estatus. Ahora no solo era el novio de Monica y el que se cogía a Isis: también había “doblegado” al de la moto. En los recreos, cuando alguien mencionaba a Ricardo, Honorato solo sonreía de lado y cambiaba de tema, como si ya no valiera la pena hablar de alguien que había salido huyendo.
Y en la casa de la Zona Metropolitana, la tanga negra de encaje quedó guardada en un cajón, por si acaso volvía a hacer falta.

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