Clases de Regularización 9
Carlos no entendía del todo lo que pasaba entre Honorato y Johan, pero se daba cuenta de que algo se había roto. Los veía evitarse en los pasillos, intercambiar miradas frías y dejar de hablarse como antes. Como la mascota del grupo que era, decidió intervenir..
Carlos no entendía del todo lo que pasaba entre Honorato y Johan, pero se daba cuenta de que algo se había roto. Los veía evitarse en los pasillos, intercambiar miradas frías y dejar de hablarse como antes. Como la mascota del grupo que era, decidió intervenir. Quería que volvieran a ser amigos. Sin saber los detalles, sin conocer los videos, las jaulas ni los plugs, solo quería que todo regresara a la normalidad.
Primero fue con Honorato. Lo encontró después de clases, apoyado contra los casilleros del segundo piso, el celular en la mano, esa sonrisa de quien ya no necesita pedir permiso para nada.
—Oye… —dijo Carlos, nervioso, jugueteando con la correa de su mochila de Pokémon, la voz un poco baja—. ¿Por qué ya no hablas con Johan? Se les ve raros. Yo… pensé que podían hacer las paces. Los dos me caen bien. Y a mí me gusta cuando estamos los tres. Se siente… seguro.
Honorato lo miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de la cuenta en la entrepierna del pantalón ajustado de Carlos, y sonrió de lado.
—¿Quieres ayudar de verdad, Carlos? Entonces ven esta noche a una fiesta chica. En la casa. Solo nosotros, Isis y Monica. Vas a beber por primera vez y vas a dejar de ser virgen. ¿Te late o te da miedo? Porque si te da miedo, mejor ni vengas.
Carlos se puso rojo hasta las orejas. La piel morocha le brillaba un poco de bochorno.
—Yo… nunca he tomado. Ni siquiera cerveza. Y… eso. Nunca he tocado una teta de verdad. Solo en el porno. Y ni siquiera sé si… si se me va a parar bien.
—Por eso mismo —respondió Honorato, dándole una palmada en el hombro—. Ven. A las ocho. Y no le digas a Johan todavía. Quiero que sea una sorpresa.
Carlos fue.
Llegó temblando, con la mochila todavía colgada. La sala de la casa olía a alcohol barato, a perfume dulce de las chicas y a ese fondo de sexo viejo que nunca se iba del todo de las paredes. Honorato le puso una cerveza fría en la mano nada más entrar y lo miró fijo.
—Tómatela. Toda. De un trago. No quiero que te quedes a medias.
Carlos obedeció. Tosiò, se le salieron los ojos, se rió nervioso y se limpió la boca con el dorso de la mano. Honorato le puso otra. Y otra. El alcohol le subió rápido a la cabeza; todo se volvió más cálido, más lento, más fácil. Isis y Monica estaban en el sillón grande, ya un poco tomadas, tocándose el cabello, riéndose de cualquier tontería y mirándolo de reojo con una mezcla de curiosidad y diversión.
Honorato se sentó entre ellas, les pasó un brazo por los hombros a cada una y habló con naturalidad, como quien pide otro trago:
—Carlos es virgen. Nunca ha tocado una teta de verdad. Nunca ha metido la verga en nada que no sea su mano. ¿Le ayudan un poco? Háganle el favor. Se lo merece por ser tan buen wey.
Isis miró a Monica. Monica se mordió el labio inferior y sonrió.
—Está bien… —dijo Isis, ya con la voz un poco pastosa—. Pero que se quede quieto. Nosotros hacemos el trabajo.
Empezaron despacio, delante de él: se besaron con lengua, se subieron las blusas, se chuparon los pezones una a la otra, gimiendo bajito para que él escuchara cada sonido. Después se arrodillaron frente a Carlos, le bajaron el pantalón y el bóxer de un jalón… y las dos se quedaron calladas un segundo completo.
La verga de Carlos, morocha, gruesa, pesada y considerablemente más larga y gruesa de lo que cualquiera hubiera esperado de su estatura bajita, saltó fuera semi-dura y siguió creciendo delante de sus caras hasta quedar completamente erecta, venosa, la cabeza ya brillante.
—¿Eso traías escondido, cabrón? —susurró Isis, los ojos bien abiertos, la voz entre sorprendida y excitada—. Está… enorme.
Monica soltó una risa baja, casi incrédula.
—Está bien dotado el otaku… míralo. No pensé que fuera así de grueso.
Las dos se lanzaron sin más palabras. Se turnaban para chuparla, lamiendo desde las bolas hasta la punta, metiéndosela lo más profundo que podían, babeando, mirándolo a los ojos mientras él gemía como si le estuvieran sacando el alma. Isis le hacía garganta profunda, tosiendo un poco pero sin apartarse. Monica le chupaba las bolas al mismo tiempo, lamiendo el tronco que no cabía en la boca de la otra. Carlos tenía las manos en sus cabezas, sin saber qué hacer, la respiración entrecortada, las piernas temblando.
—Se siente… demasiado —logró decir entre gemidos—. No voy a aguantar…
Cuando ya no pudo más, Honorato habló, la voz calmada pero firme, casi de director:
—Isis, súbete. Que se la coja de una vez. Yo me quedo con Monica. Quiero ver cómo se le abre la cara al otaku.
Isis se montó sobre Carlos, tomó aquella verga enorme con las dos manos, la guió hasta su coño ya empapado y bajó despacio, centímetro a centímetro, abriéndose alrededor de ella con un gemido largo y agudo. Carlos abrió la boca en un sonido que fue casi un grito, las manos temblando sobre las caderas de ella, los ojos cerrados con fuerza. Al mismo tiempo Honorato se colocó detrás de Monica, la dobló sobre el otro extremo del sillón y se la embistió de un solo empujón profundo. Las dos chicas gemían, se tocaban entre ellas, se besaban y se chupaban los pezones mientras los dos las follaban. Carlos duró poco: se corrió dentro de Isis en menos de dos minutos, todavía embutido hasta el fondo, con la cara roja, los ojos vidriosos y un gemido ahogado. Honorato se corrió minutos después, profundo en Monica, y se quedó mirando a Carlos con una sonrisa de orgullo genuino, casi paternal.
—Ya no eres virgen —le dijo, todavía respirando agitado—. Y yo… ya no soy el perdedor que era hace unos meses. Mira esto. Mira cómo nos buscan. Mira cómo te buscan a ti también ahora que sacaste esa verga. Bienvenido al club, carnal.
Carlos solo pudo asentir, todavía temblando, la verga todavía semi-dura y brillante de los jugos de Isis, el pecho subiéndole y bajándole con fuerza.
───
Johan, mientras tanto, sentía que lo estaba perdiendo todo.
La jaula ya no estaba, pero el plug seguía recordándole cada vez que se sentaba quién mandaba de verdad. Isis lo buscaba cada vez menos; a veces ni contestaba los mensajes. Honorato caminaba como un rey por los pasillos. Carlos ahora se colgaba de Honorato como si fuera su nuevo dueño. Una tarde, desesperado, buscó a Diego en la casa. Lo encontró en la cocina, tomando agua del filtro después del gym, la playera negra pegada al cuerpo por el sudor.
—Necesito que me ayudes —le dijo Johan, la voz baja, casi rota, mirando el piso—. Quiero ser como Honorato. Quiero volver a ser hombre. Tú lo convertiste. Haz lo mismo conmigo. Por favor. Dime qué tengo que hacer.
Diego dejó el vaso sobre la barra, se cruzó de brazos y lo miró con calma. Después soltó una risa corta, casi cariñosa, casi cruel.
—Honorato ya es un macho graduado. A él también se lo cogieron al principio, igual que a ti, igual que a Carlos, igual que a Ricardo. La diferencia es que él no volvió pidiendo verga después. Tú sí. Carlos todavía duda, pero ya tiene una verga que las morras van a querer chupar. Ricardo salió corriendo con la cola entre las patas. Tú sigues aquí, con el plug puesto, pidiendo que te convierta en algo que ya no eres. Solo acepta que te gusta la verga. Acepta que te gusta que te abran. Y deja de pretender que quieres ser el de arriba. Ese tren ya se te fue, Johan. Y no va a volver.
Johan se quedó callado. Las palabras le dolieron porque eran verdad. Se dio la vuelta y se fue sin decir nada más.
───
Dos días después Johan buscó a Honorato. Lo invitó a comprar un six de cervezas y se las tomaron en la azotea de un edificio abandonado cerca de la prepa. El sol se estaba metiendo, pintando todo de naranja y rojo. El viento traía olor a asfalto caliente. Johan habló primero, mirando la lata entre las manos, la voz baja y cansada:
—Acepto que te sigas cogiendo a Isis. No voy a pelear más por eso. Solo… no dejes que se acabe lo de nosotros. La amistad. Y déjame seguir con ella, aunque sea de mentira. Aunque ella y yo sepamos que tú también te la coges. Quiero conservar algo. Aunque sea el título de novio delante de la prepa.
Honorato dio un trago largo, se limpió la boca con el dorso de la mano y se encogió de hombros.
—La verdad, no creo que Isis valga tanto la pena. Es fácil. Se entrega rápido. Se moja con cualquier cosa. Pero si tú quieres seguir con el cuento de que es tu novia delante de todos, no hay pedo. Yo la cojo cuando quiero y tú te quedas con el título. Trato hecho. ¿Algo más?
Callaron un rato. La cerveza empezó a subir. El silencio se puso espeso. Johan habló otra vez, la voz todavía más baja, casi avergonzada, mirando el piso de concreto:
—También… me gusta que me cojan. Ahora entiendo por qué Isis y Monica te buscan tanto. Se siente… diferente. Cuando tú me la metiste ese día en el cuarto de Alberto… no pude dejar de pensar en eso. En cómo se sentía. En cómo me abriste. Quiero que me la metas otra vez. Y… quiero beber tus orines después. Como esa vez con Diego. Quiero hacerlo consciente. Quiero pedirlo yo. Sin que nadie me obligue.
Honorato lo miró en silencio varios segundos, evaluándolo, la lata todavía en la mano. Después sonrió de lado, terminó la cerveza de un trago y se puso de pie, sacudiéndose el polvo del pantalón.
—Ven. Abajo hay un lugar más privado. Si lo vas a pedir, lo vas a pedir bien. Y lo vas a pedir de rodillas.
Bajaron a un cuarto vacío del edificio, con el piso de concreto sucio y una ventana rota por donde entraba el aire de la tarde. Honorato lo empujó de rodillas sin delicadeza, se bajó el pantalón y le metió la verga en la boca primero, hasta la garganta, una mano en su cabello.
—Chupa. Y mira hacia arriba. Quiero ver tu cara mientras lo haces. Quiero ver cómo se te pone la expresión de puto.
Después lo volteó, le escupió varias veces en el culo, le metió dos dedos para abrirlo y empujó la verga hasta el fondo de un solo golpe seco. Johan gimió contra el piso, las manos abiertas, los dedos extendidos sobre el concreto frío. Honorato lo cogió con ritmo constante, sin prisa, profundo, hablando entre embestidas, la voz baja y cruel cerca de su oído:
—Así. Ahora sí lo pides tú. Ahora sí aceptas lo que eres. Buen puto. Dilo. Dile a tu mejor amigo que te gusta que te coja. Dilo en voz alta.
—Me gusta… —jadeó Johan, la voz rota—. Me gusta que me la metas… no pares… se siente rico… por favor…
Honorato aceleró. Las caderas chocaban contra las nalgas de Johan con sonido seco y rítmico. Cuando sintió que se acercaba, se salió, se acomodó la verga todavía dura y orinó directo en la boca abierta de Johan, el chorro fuerte, caliente y amargo. Johan tragó todo lo que pudo, tosiendo un poco, los ojos llorosos, el líquido escurriéndole por la barbilla y el pecho. Después se quedaron callados un momento, solo la respiración agitada de los dos llenando el cuarto vacío.
—Seguimos siendo amigos —dijo Honorato al final, abrochándose el pantalón con calma, casi aburrido—. Yo me sigo cogiendo a Isis cuando quiero. Me sigo cogiendo a Monica. Y cuando tú lo pidas —y vas a pedirlo, porque ya te conozco—, también te la meto a ti. ¿Trato?
Johan asintió, todavía de rodillas, el sabor a orines y a semen mezclado en la lengua, el culo ardiendo, la verga dura sin que nadie la hubiera tocado.
—Trato.
Y así quedó.
Amigos otra vez. Aunque Honorato se cogiera a Isis, a Monica y, cada vez que Johan se lo pedía con esa voz baja y avergonzada, también a él.

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!