Clases de regularización
La casa estaba en un fraccionamiento de la Zona Metropolitana de Guadalajara, una de esas construcciones de dos pisos con patio trasero y cinco cuartos repartidos entre Alberto y sus cuatro roomies. Olor a café barato, a ropa de gym y a la humedad de julio. Alberto daba clases de regularización.
Parte 1: La presa del metalero
La casa estaba en un fraccionamiento de la Zona Metropolitana de Guadalajara, una de esas construcciones de dos pisos con patio trasero y cinco cuartos repartidos entre Alberto y sus cuatro roomies. Olor a café barato, a ropa de gym y a la humedad de julio. Alberto daba clases de regularización en la sala todos los veranos. Parecía el típico maestro de secundaria: cuerpo ancho de gym, lentes de marco grueso, voz calmada y esa aura de tipo confiable que hacía que los padres le dejaran a sus hijas sin pensarlo dos veces.
Monica llegó un martes a las once de la mañana. Chaparrita, piel blanca, pechos generosos que apretaban la tela de una camiseta negra de alguna banda otaku-metalera, caderas anchas y un culo redondo que se notaba incluso con el short corto. Llevaba el cabello suelto, un poco rizado, y esa expresión de niña callada que apenas levantaba la vista. Virgen en casi todo. Alberto la había visto en la escuela pública y ya sabía que los padres la habían inscrito para “que no se atrase”.
Diego estaba en la cocina cuando ella entró. Alto, delgado, cabello negro hasta la mitad de la espalda, siempre de negro. Camiseta de una banda de death metal, jeans rotos, botas. Callado. Observador. Cuando Monica pasó frente a él para saludar a Alberto, Diego la miró de arriba abajo sin disimulo: las tetas, la cintura, ese culo que se movía con cada paso. Se pasó la lengua por los dientes y pensó, claro y frío: esa va a ser mía.
Alberto lo notó. Se miraron un segundo. El maestro le hizo un gesto mínimo con la cabeza, el mismo que usaban cuando uno de los dos había marcado a una alumna. Diego asintió. Más tarde se ayudarían. Como siempre.
La clase empezó normal. Alberto explicaba ecuaciones en el pizarrón improvisado de la sala. Monica tomaba notas con letra chiquita, mordiéndose el labio inferior de vez en cuando. Diego se quedó un rato en el sillón del fondo, fingiendo revisar su celular. Cada vez que ella se inclinaba para escribir, el escote se abría un poco más y él imaginaba cómo se sentirían esas tetas en sus manos grandes, cómo se verían rebotando mientras la empujaba contra la pared.
A la hora del receso, Alberto salió a la cocina a preparar café. Monica se quedó sola unos minutos. Diego se levantó, se acercó despacio y se sentó en el sillón de enfrente, abriendo las piernas.
—Eres la nueva de Alberto, ¿verdad? —dijo con voz baja, grave.
Ella asintió, nerviosa.
—Me llamo Diego. Vivo aquí. Si necesitas algo… agua, el baño, lo que sea, avísame.
Monica agradeció con un “gracias” casi inaudible. Diego sonrió apenas. Se levantó, pasó detrás de ella y, al pasar, dejó que el dorso de su mano rozara la parte baja de su espalda, justo encima del culo. Fue un roce mínimo, casi accidental. Ella se tensó, pero no se movió.
Esa misma tarde, cuando la clase terminó, Alberto la retuvo un momento más.
—Monica, el próximo jueves vamos a repasar historia. Si quieres, puedes llegar media hora antes. Aquí hay menos distracciones que en la escuela.
Ella aceptó. Cuando salió, Diego la siguió con la mirada hasta la puerta. Alberto se acercó a él y murmuró:
—Es virgen. Casi en todo. Cuidado con asustarla al principio.
Diego se rió por lo bajo.
—Yo sé cómo se hace. Lento al inicio. Después ya veremos.
El jueves Monica llegó temprano. Alberto aún estaba terminando de acomodar los materiales. Diego apareció desde el pasillo, cabello suelto, olor a sudor de gym y a algo más oscuro, a pies que no se lavaban todos los días y a cuarto desordenado. Ella no lo notó. Solo vio al tipo alto y callado que la miraba como si ya la hubiera desnudado.
—Ven —le dijo Diego—. Alberto tarda un rato. Te muestro la casa mientras.
La llevó por el pasillo. Le mostró la cocina, el patio, el baño compartido. Al pasar frente a su cuarto, la puerta estaba entreabierta. Dentro se veía el desorden: ropa negra en el piso, botellas de plástico con orines en una esquina, el olor a hombre cerrado. Monica frunció la nariz un segundo, pero no dijo nada. Diego cerró la puerta con el pie y se quedó mirándola.
—¿Te gusta el metal? —preguntó, señalando la playera de ella.
Ella asintió.
—A mí también. Deberías venir algún día a escuchar discos. Tengo buenos audífonos.
La invitación sonó inocente. Monica sonrió un poco, nerviosa. Diego dio un paso más cerca. Era mucho más alto. Su cuerpo delgado la hacía sentir pequeña. Extendió una mano y le apartó un mechón de cabello de la cara con sorprendentemente delicadeza.
—Eres muy callada —dijo—. Me gusta.
El dedo bajó por su mejilla, rozó el cuello, se detuvo en la clavícula. Monica se quedó quieta, respirando más rápido. Diego no la besó. Solo la miró a los ojos y le susurró:
—Cuando quieras, avísame. Yo sé cómo tratar a las que llegan aquí por primera vez.
Después se alejó, como si nada. Alberto apareció y la clase empezó. Pero Monica no pudo concentrarse. Sentía todavía el roce de esos dedos en la piel.
Dos días después volvió. Esta vez Alberto tenía que salir media hora a hacer un trámite. Les dijo que se quedaran estudiando. Diego se ofreció a “ayudarla” con las matemáticas. Se sentaron en el sillón grande de la sala. Él se colocó al lado, más cerca de lo necesario. Mientras le explicaba un problema, su mano grande se posó en el muslo de Monica, encima del short. No subió. Solo apretó un poco, lento, midiendo.
—Así se siente mejor concentrarse —murmuró cerca de su oído—. Con alguien que te diga qué hacer.
Monica tragó saliva. No se apartó. Diego empezó a mover el pulgar en círculos suaves sobre la piel suave del muslo interior. Cada vez más arriba. Cuando llegó casi al borde del short, ella cerró los ojos un segundo.
—Mírame —ordenó Diego, voz baja pero firme.
Ella obedeció. Él le tomó la barbilla con la otra mano y la obligó a sostenerle la mirada mientras el pulgar seguía subiendo, ahora metiéndose bajo la tela del short, rozando el algodón de las bragas. Monica tembló. Estaba húmeda. Diego lo notó de inmediato.
—Qué linda… ya estás mojada y apenas te toqué.
Sacó la mano, se llevó los dedos a la boca y los lamió despacio, sin dejar de mirarla.
—Sabe dulce. Me gusta.
Monica se quedó sin palabras. Diego se levantó, se paró frente a ella y le abrió las piernas con las rodillas. Se arrodilló entre ellas. Le bajó el short y las bragas hasta las rodillas de un solo movimiento. El olor de ella subió fuerte. Diego inhaló profundo, como un animal.
—No te muevas —dijo—. Solo siente.
Le pasó la lengua larga y lenta desde la entrada hasta el clítoris. Monica soltó un gemido ahogado. Diego no tenía prisa. Lamió, chupó, metió la lengua profunda, la sacó, volvió al clítoris y lo succionó con ritmo constante. Cada vez que ella intentaba cerrar las piernas, él las abría más con las manos grandes. Cuando ya estaba temblando al borde, se detuvo.
Se puso de pie, desabrochó el pantalón y sacó la verga. Era enorme, gruesa, venosa, ya dura y con la cabeza brillante. Monica abrió los ojos grandes.
—Ábrela —ordenó, señalando su boca.
Ella obedeció. Diego le metió la cabeza despacio, dejando que se acostumbrara al grosor. No la empujó del todo al principio. Solo la usó un poco, disfrutando de cómo sus labios se estiraban alrededor. Después, cuando vio que no se ahogaba, le agarró el cabello con las dos manos y empezó a follarle la boca con movimientos largos y profundos. La saliva le corría por la barbilla. Diego gruñía bajo, disfrutando del control.
Cuando la sacó, un hilo de saliva unía la boca de Monica con la punta de su verga.
—Ahora te voy a coger —dijo sin rodeos—. Lento al principio. Después más duro.
La levantó, la volteó y la puso de rodillas en el sillón, culo hacia arriba. Le dio una nalgada fuerte que dejó la marca roja. Luego le separó los cachetes y se frotó la verga gruesa entre ellos, untándola con la humedad de ella. Entró despacio. Monica soltó un quejido largo. Diego se detuvo a mitad de camino, dejándola sentir cómo se estiraba.
—Respira —le dijo—. Vas a tomar toda.
Y empujó el resto. Hasta el fondo. Se quedó quieto un momento, disfrutando de cómo el culo de ella se contraía alrededor de su verga. Después empezó a moverse. Primero lento, casi cariñoso. Luego más profundo. Después más rápido. Las nalgadas sonaban secas. Monica gemía contra el sillón, las tetas colgando y rebotando con cada embestida. Diego le agarró el cabello, la jaló hacia atrás y le habló al oído mientras la follaba:
—Eres mía ahora. Alberto va a saber. Los dos vamos a usarte cuando queramos. ¿Entendiste?
Ella solo pudo gemir un “sí” entrecortado. Diego aceleró. La cogió con fuerza, sin piedad, hasta que se corrió dentro, profundo, llenándola. Se quedó embutido un rato, respirando pesado, oliendo el cuello de ella y el olor a sexo que ya llenaba la sala.
Cuando se salió, el semen le bajó por los muslos a Monica. Diego le dio una última nalgada y le dijo, casi amable:
—Límpiate un poco. Alberto llega en diez minutos. La próxima vez te voy a enseñar a chupar mejor.
Monica se acomodó la ropa con manos temblorosas. Diego se subió el pantalón como si nada y se fue a su cuarto, dejando la puerta entreabierta. El olor a pies y a orina de botella se mezcló un segundo con el olor a sexo.
Alberto entró poco después. Miró a Monica un momento, notó el rubor en sus mejillas y la forma en que no podía sentarse del todo cómoda. Sonrió apenas, esa sonrisa de maestro confiable.
—¿Todo bien con las matemáticas? —preguntó.
Monica asintió, voz pequeña.
—Sí… todo bien.
Alberto miró hacia el pasillo, donde se escuchaba música metal baja. Y pensó, satisfecho, que Diego había elegido bien a la próxima presa.

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