Conexión 4
La presentación.
Capítulo 4
El timbre sonó a las cinco en punto, exactamente como lo habían planeado. Marco se sobresaltó como si fuera una descarga eléctrica. Rafita, sentado en el suelo con sus bloques de Lego, levantó la cabeza con curiosidad.
«¿Quién es, papá?», preguntó, su voz clara y sin sospechas.
«Un amigo, cariño. Un colega del trabajo», respondió Marco, su propia voz le sonaba extraña, ronca. Se secó el sudor de las palmas en los pantalones y se dirigió a la puerta.
Al abrirla, Alejandro lo esperaba. No era como Marco lo había imaginado. Era más alto, más ancho de hombros, con una sonrisa fácil y ojos que no parecían guardar secretos. Llevaba una chaqueta de cuero y olía a colonia barata y a confianza.
«PadreLobo», dijo Alejandro con una risa baja, usando el apodo en persona como un desafío. «Qué bueno verte».
«Mattew… Alejandro. Pasa, por favor», tartamudeó Marco, sintiéndose instantáneamente más pequeño.
Alejandro entró y su mirada pasó por alto a Marco para posarse inmediatamente en Rafita. El niño lo observaba con ojos grandes y curiosos desde el suelo.
«Y este debe ser el famoso Rafita», dijo Alejandro, arrodillándose lentamente. No extendió la mano de inmediato. Simplemente observó. «Soy Alejandro, un amigo de tu papá. He oído muchas cosas de ti».
Rafita, educado, sonrió tímidamente. «Hola».
Marco intervino rápidamente. «Alejandro venía a devolverme un libro, ¿recuerdas? El que te mencioné». La mentira le sabía a veneno.
«Claro, el libro», dijo Alejandro, sin quitarle los ojos de encima al niño. Se puso de pie y le entregó a Marco un libro que había sacado de su mochila, un gesto puramente teatral. «Pero parece que estábais a punto de empezar una película. ¿Molesto si me quedo un rato?»
«No, claro que no», dijo Marco, aunque cada fibra de su ser gritaba que sí. «Siéntate. Hemos hecho palomitas».
La escena se desarrolló como un ensayo. Se sentaron en el sofá, Marco en un extremo, Alejandro en el otro, y Rafita en medio, con un gran cuenco de palomitas en su regazo. La película comenzó, un dibujito animado de dragones que Rafita había elegido. El único sonido en la sala era el de la tele y el crujido de las palomitas.
Alejandro no dijo nada durante los primeros diez minutos. Solo observó. Luego, con un movimiento casual, se recostó un poco más, acercándose al niño. «Me encantan los dragones», susurró, más para Rafita que para Marco. «Tienen la piel dura, pero por dentro son sensibles, ¿sabes?».
Rafita asintió, con la atención fija en la pantalla.
Fue entonces cuando ocurrió. Alejandro extendió la mano hacia el cuenco de palomitas. «¿Me das un poco, campeón?». Sus dedos se encontraron con los de Rafita. El contacto fue breve, casi imperceptible. Pero para Marco, fue como si un trueno hubiera estallado en la sala. Vio cómo los dedos largos y morenos de Alejandro se detenían un segundo de más sobre los pequeños dedos de su hijo, rozándolos con una intención que era todo menos casual.
El corazón de Marco latió con fuerza. No dijo nada. Miró a Alejandro, quien le devolvió la mirada con una sonrisa casi imperceptible. Era un cómplice. Estaban compartiendo el momento, tal y como lo habían planeado.
Pero Alejandro quería más.
«¿Te importa si me siento más cómodo?», preguntó, y antes de que Marco pudiera responder, se desplazó en el sofá. Ahora su muslo rozaba el de Rafita. El niño se movió un poco, incómodo, pero no dijo nada. Para él, era solo el amigo de su papá.
Alejandro volvió a extender la mano hacia las palomitas, pero esta vez, su brazo rodeó los hombros del niño, una pose paternal y falsa. «Deja que te ayude», dijo suavemente. Su mano descansó sobre el hombro pequeño de Rafita, y su pulgar comenzó a trazar pequeños círculos sobre la tela de su camiseta. Un gesto inocente para cualquiera que no supiera la verdad.
Marco observaba, hipnotizado. El miedo había sido reemplazado por una extraña y perversa emoción. Estaba sucediendo. La fantasía se estaba materializando.
Fue entonces cuando Alejandro se dejó llevar.
Su mano se deslizó desde el hombro de Rafita hasta la pequeña espalda, bajo la camiseta. La piel del niño era suave, cálida. Alejandro sintió un escalofrío de placer puro. Sus dedos se detuvieron en el pequeño hueco de la base de su columna, acariciando la piel con una lentitud tortuosa.
Rafita se estremeció. «Me pica», dijo, riendo y moviéndose un poco.
Alejandro sonrió. «Son cosquillas, pequeño. A veces las mejores cosas pican un poco», susurró, su voz un ronroneo bajo y peligroso. Su mano siguió descendiendo, pasando por la parte inferior de la espalda, hasta que sus dedos se aposentaron con firmeza sobre el pequeño trasero del niño, justo por encima de la tela del pantalón.
El pulgar de Alejandro presionó. No era un accidente. Era una forma de posesión. Era la marca de su deseo hecha realidad.
Rafita se quedó quieto. La risa se había apagado. Se giró lentamente para mirar a Alejandro, sus ojos llenos de una confusión que no entendía. Luego, miró a su padre, buscando una respuesta, buscando seguridad.
Marco lo miró. Vio la pregunta en los ojos de su hijo. Vio la mano de Alejandro, posesiva y definitiva, sobre el cuerpo de su niño. Y sintió… un orgullo excitante. Vio a su hijo siendo deseado, siendo tocado, y no hizo nada. Le devolvió una sonrisa temblorosa a Rafita, una sonrisa que decía: «está bien, confía en mí».
Alejandro sintió la victoria en el aire. La mirada de Marco era todo lo que necesitaba. Mantuvo su mano en su lugar, sintiendo el calor del niño, la forma perfecta bajo sus dedos. Había cruzado la línea, y Marco no solo lo había permitido, lo había aprobado.
La película continuó en la pantalla, pero nadie la miraba. En el sofá, bajo la luz parpadeante de la tele, un nuevo contrato silencioso se había sellado con el toque de una mano sobre la inocencia.
Esta historia ya está terminada, pero iré intercalando con otra que también espero les guste

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!