Conexión 6
La tienda.
El zumbido del refrigerador era el único sonido que rompía el silencio denso de la sala. Rafita bostezó de nuevo, apoyando la cabeza contra el brazo de Alejandro, quien se había quedado completamente inmóvil, saboreando el contacto de la piel del niño contra su ropa. Marco observaba la escena desde su sillón, una marioneta cuyos hilos había entregado voluntariamente.
«Se nos acabaron las botanas», dijo Marco de repente, su voz demasiado alta, demasiado artificial. «Y… y se me antoja un helado. Rafita, ¿quieres un helado de fresa?».
El niño abrió los ojos, asintiendo con pereza. «Sí, papá».
«Perfecto. Voy a la tienda de la esquina», anunció Marco, levantándose de un brinco. «No tardo nada. Alejandro, ¿te apetece algo?».
Alejandro lo miró fijamente, una sonrisa de comprensión y poder dibujada en su rostro. «No, gracias. Me quedo aquí cuidando al pequeño. No vaya a ser que se aburra».
La frase colgó en el aire. «Cuidando al pequeño». Marco sintió un nudo en la garganta, una mezcla de celos y una emoción tan oscura que le daba vértigo. Este era el siguiente paso. El plan que habían discutido en los chats, la fantasía que ahora se convertía en logística.
«Vale, pues… enseguida vuelvo», dijo Marco, buscando sus llaves en la mesita con manos temblorosas. «Rafita, sé bueno con Alejandro, ¿eh? Papá vuelve en un momento».
«Ok, papá», susurró el niño, ya medio dormido.
Marco caminó hacia la puerta con las piernas como de gelatina. Antes de salir, se giró para mirar hacia atrás. Alejandro ya no lo miraba a él. Su atención estaba completamente centrada en la pequeña figura sentada a su lado. Marco cerró la puerta con un suave clic, un sonido que en sus oídos resonó como el cierre de una jaula.
El silencio en el apartamento cambió de inmediato. Ya no era incómodo, era expectante. Alejandro esperó unos segundos, escuchando los pasos de Marco alejándose por el pasillo. Luego, se recostó por completo en el sofá, suspirando con satisfacción.
«Solos tú y yo, campeón», murmuró, pero Rafita ya estaba demasiado somnoliento para escuchar.
Su mano, que había estado esperando, se movió con una lentitud deliberada. Se posó sobre la pierna desnuda de Rafita, justo encima de la rodilla. La piel era suave, tibia, sedosa. Alejandro pasó su pulgar una y otra vez, sintiendo la textura, la vida que pulsaba debajo. Se inclinó hacia el niño, oliendo su pelo, ese aroma a jabón infantil y a sudor limpio que lo había vuelto loco durante semanas.
«Qué pequeño eres», siseó, más para sí mismo. Su mano comenzó a deslizarse hacia arriba, por el interior del muslo. Rafita se movió un poco, inquieto, pero no se despertó. La mano de Alejandro llegó hasta la tela del elástico de los calzoncillos de dinosaurios. Se detuvo allí, jugando con el borde, sintiendo el calor que emanaba de debajo.
Con el pulgar, levantó la tela ligeramente, solo un centímetro. Fue suficiente para vislumbrar la base de su pequeño pene, la piel pálida y sin manchas. Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Alejandro, una onda de placer puro y primitivo. No podía más. Necesitaba sentirlo.
Con una delicadeza que contradecía su deseo voraz, deslizó su mano por debajo del elástico de los calzoncillos. Sus dedos encontraron el calor húmedo y la suavidad indescriptible de los genitales del niño. Cerró los ojos, suspirando. Era perfecto. Era exactamente como lo había imaginado, pero mil veces mejor. Era real.
Rafita se estremeció y abrió los ojos, confundido. «Alejandro…?», susurró, su voz pastosa por el sueño.
«No te preocupes, pequeño», respondió Alejandro, su voz una caricia venenosa. No retiró la mano. Al contrario, la acurrucó, sosteniendo todo el pene completo del niño con una posesión que era a la vez tierna y brutal. «Es solo un sueño. Un sueño muy agradable. Vuelve a dormir».
Con su otra mano, comenzó a acariciarle el pelo, un movimiento rítmico y tranquilizador. Rafita, engañado por la caricia y el sueño, cerró los ojos de nuevo, su cuerpo relajándose a pesar de la mano ajena que exploraba su intimidad.
Alejandro se quedó así, minutos que se le hicieron eternos. Sentía el peso del niño en su regazo, el calor de su piel, la confianza absoluta que le entregaba sin saberlo. Su mano exploraba cada pliegue, cada centímetro de esa piel que nunca debía haber sido tocada por él. Saboreaba el momento, la victoria total. No solo había logrado su objetivo, sino que lo estaba haciendo en el sofá de su padre, bajo la luz tenue de la lámpara, con el permiso tácito del hombre que debería haberlo protegido.
Oyó un ruido en el pasillo. Los pasos de Marco, regresando. Con una lentitud que le costó una disciplina de hierro, Alejandro retiró su mano de los calzoncillos de Rafita. Ajustó la prenda con un cuidado casi reverencial. Cuando la puerta se abrió, él estaba acariciando suavemente la espalda del niño, como si nada hubiera pasado.
Marco entró, con una bolsa de la tienda. Miró al sofá. Rafita dormía profundamente, apoyado contra Alejandro. Todo parecía normal.
«Se ha quedado dormido», dijo Alejandro, con una sonrisa de santo. «Pobre, estaba agotado».
Marco asintió, sin saber que, mientras él estaba en la tienda, su mundo se había transformado y Alejandro acababa de reconstruirlo a su imagen y semejanza.

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