Conexión 7
La noche.
Marco se quedó de pie en medio del salón, la bolsa de la tienda pesándole en la mano como si contuviera plomo. El helado se estaba deritiendo, pero él no sentía el frío. Solo sentía el calor paralizante de la decisión que tenía que tomar. Rafita dormía plácidamente en el sofá, su cabeza apoyada en el regazo de Alejandro, que le acariciaba el pelo con una posesión que ya no disimulaba.
«Se ha quedado en serio dormido», dijo Alejandro, sin apartar la mirada del niño. «No se si despierte ahora».
«No… creo que lo llevaré a la cama», dijo Marco, su voz era un hilo. «No querria despertarlo y asustarlo».
La salida para Alejandro estaba ahí, servida en bandeja. Pero Marco no la tomó. En su lugar, su mente lo transformó en una nueva y perversa lógica. Si no había problema y era noche, porque no se quedaba el hombre visitante en la casa a dormir.
«Mira», comenzó Marco, las palabras saliendo de su boca como si otro las dictara. «Es tarde y… y no quiero que te vayas aún. ¿Por qué no… te quedas a dormir? Aquí en el sofá. Así no tienes que volver andando a estas horas».
Alejandro levantó la vista, y sus ojos se encontraron con los de Marco. No hubo sorpresa en su mirada, solo una profunda, casi religiosa, comprensión. «¿Estás seguro, PadreLobo? No quiero molestar».
El uso del apodo en voz alta, en ese momento, fue el golpe de gracia. Marco sintió las rodillas flaquear. «No… no molestas. Es lo mejor».
«Perfecto», dijo Alejandro.
«Quédate mejor en la cama con Rafita» Respondió Marco
«S-sí. De acuerdo. La cama es grande», logró decir mientras sonreía.
Alejandro levantó a Rafita en sus brazos. El niño se revolvió un poco, murmurando algo incoherente, y se acurrucó contra su pecho, buscando el calor. «Shhh, pequeño, vamos a la cama», susurró Alejandro en su oreja.
Marco los siguió como un espectro, caminando por el pasillo que ahora parecía un corredor hacia el infierno. Entró en la habitación de Rafita, ese santuario lleno de juguetes y dibujos colgados en la pared. Alejandro se acercó a la cama y depositó al niño suavemente sobre las sábanas.
Alejandro se quitó los zapatos y la chaqueta, dejándolos en una silla. Luego, sin ninguna vergüenza, se desabrochó los pantalones y se los quitó, quedándose solo en camiseta y calzoncillos. Marco observaba, la camiseta blanca del hombre y esos calzones negros que dejaban ver un bulto enorme, un pene que seguramente sería utilizado esa noche y lleno de pelos que sobresalían por los costados, incapaz de moverse, de protestar. Se sentía un intruso en la habitación de su propio hijo.
«¿Puedes apagar la luz, PadreLobo?», preguntó Alejandro, ya metiéndose en la cama, junto a Rafita.
Marco se acercó al interruptor, su mano temblando. Miró por última vez la cama. Alejandro se había recostado, y con un movimiento natural, había rodeado con su brazo la cintura pequeña de Rafita, tirándolo hacia sí. El niño, en sueños, se giró y apoyó la cabeza en el pecho de Alejandro, justo sobre su corazón. Eran una sola figura en la penumbra.
Marco apagó la luz.
La habitación quedó a oscuras, pero desde el umbral, Marco podía distinguir los contornos. Se quedó allí, inmóvil, escuchando. Escuchó el susurro de Alejandro.
«Gracias, PadreLobo. Gracias por confiar en mí. Por compartirlo».
Luego, otro sonido. Un sonido bajo, húmedo. El roce de unos labios sobre la frente de un niño. Un beso lento, posesivo. Marco escuchó cómo Alejandro inhalaba profundamente el aroma del pelo de su hijo, un sonido de pura saciedad.
Se quedó de pie en la oscuridad durante lo que pareció una eternidad. Escuchó la respiración rítmica de Rafita, entrecortada por el jadeo contenido de Alejandro. No necesitaba ver para saber lo que estaba pasando. Sabía que la mano de Alejandro, la misma que había estado bajo los calzoncillos de su hijo, ahora volvía a explorar, esta vez bajo el cobertor, en la intimidad total de la oscuridad.
Escuchó un suspiro ahogado de Alejandro, y el movimiento casi imperceptible de la cama. Un frote rítmico y lento. Marco sintió las lágrimas quemarle en los ojos, pero no eran de tristeza ni de arrepentimiento. Eran de una emoción que no podía nombrar, una mezcla de celos, orgullo y una excitación tan profunda que lo aniquilaba. Se había convertido en el facilitador del sacrilegio.
Finalmente, sin poder soportarlo más, se giró y cerró la puerta con cuidado, sin hacer ruido. Se quedó en el pasillo, en la oscuridad, mientras en la habitación de al lado, en la cama de su hijo, el hombre que había conocido en Internet saboreaba por fin, sin prisas y sin testigos, el fruto de su manipulación. Marco se fue a su propio cuarto, se acostó en la cama vacía y se masturbó con una ferocidad desesperada, imaginando los sonidos que provenían de la habitación de al lado, el sonido de su hijo siendo amado, adorado y destruido.
Aún hay más en esta historia, esperenlo

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