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Dominación Hombres, Gays, Masturbacion Masculina

Conexión 8

La cama.

La oscuridad de la habitación era un velo perfecto. Alejandro no se movió durante varios minutos, simplemente acostado allí, absorbiendo el momento. El peso del niño sobre su pecho, el calor de su cuerpecito, el ritmo suave y regular de su respiración. Era suyo. De verdad. El plan había funcionado a la perfección, y el idiota de Marco estaba ahora en su propia habitación, probablemente masturbándose con la idea de lo que él estaba a punto de hacer. Qué perfecto.

Con una lentitud reverencial, deslizó su mano libre por la espalda de Rafita, la piel era aterciopelada, tibia. Sintió cada vértebra pequeña bajo sus dedos, la curva perfecta de su espalda infantil. El niño se movió un poco, un murmullo somnoliento escapó de sus labios, pero no se despertó. Estaba atrapado en la confianza profunda del sueño, una confianza que Alejandro estaba a punto de violar de la manera más exquisita.

«Shhh, pequeño, shhh», susurró contra su cabello, oliendo ese aroma a infancia que lo había vuelto loco. «Solo soy yo. Tu amigo Alejandro. Estamos aquí solos, tú y yo. Y tu papá… tu papá nos ha dejado jugar. Nos ha dejado ser amigos de verdad».

Su mano descendió hasta el pequeño trasero, cubierto aún por la tela del calzoncito de dinosaurios. Lo palpó, sintiendo la forma firme y redondeada. Con el pulgar, trazó el pliegue donde la pierna se encontraba con el glúteo, un punto de una sensabilidad que él conocía bien. Rafita se estremeció, un reflejo involuntario.

«Ya ves», murmuró Alejandro, sintiendo su propia erección pulsar contra el tejido de sus calzoncillos, presionada contra el muslo del niño. «Sientes algo nuevo, ¿verdad? Algo emocionante. Es nuestro secreto, Rafita. Nuestro secreto especial».

Se arrodilló sobre la cama, con una delicadeza que no se creía capaz, y comenzó a deslizar hacia abajo los calzoncitos de Rafita. La tela se resistió un momento, atrapada por el peso del niño, pero luego cedió. Alejandro los bajó hasta las rodillas, y luego hasta los tobillos, desprendiéndolos por completo. Ahora el niño estaba desnudo de cintura para abajo, expuesto a la luz tenue de la ventana y a su mirada voraz.

Alejandro tomó el calconzito del niño y lo pegó contra su rostro, oliendo ese aroma que solo un pene infantil puede dejar. Se volvió hacia Rafita.

«Qué hermoso eres», siseó, apartando el cobertor para poder verlo. Se arrodilló entre las piernas abiertas del niño, que seguía dormido, boca arriba. Su pene pequeño y flácido descansaba sobre su escroto. Era perfecto, una joya sin tallar. Alejandro se inclinó y, con la punta de la lengua, lo lamió de abajo arriba, desde la base hasta el pequeño capuchón. El sabor era limpio, salado, a piel pura. El pene se contrajo con el contacto, endureciéndose un poco, una reacción puramente refleja.

«Ah… sí», jadeó Alejandro. «Ya sientes. Ya despiertas para mí».

Volvió a hacerlo, esta vez envolviéndolo con sus labios, chupándolo suavemente. Usó su lengua para explorar cada pliegue, para masajear el pequeño glande. Rafita se movió en el sueño, sus piernas se contrajeron, un gemido bajo y confuso salió de su garganta.

«No te asustes, pequeño», dijo Alejandro, liberándolo por un momento. «Es solo amor. Es el amor que tu papá quiere que recibas».

Se giró al niño, con una firmeza que lo hizo despertar de golpe. Rafita abrió los ojos, desorientado. La primera cosa que vio fue el rostro de Alejandro, a solo centímetros del suyo, en la oscuridad.

«Alejandro…?», preguntó, su voz pastosa y llena de sueño. «¿Qué… qué haces?».

«Te estoy enseñando, Rafita», respondió Alejandro, su voz suave pero firme. Sujetó las muñecas pequeñas del niño con una mano, elevándolas por encima de su cabeza. «Te estoy enseñando a ser un niño grande. A gustar a los hombres. A gustar a tu papá».

Con su otra mano, se deslizó entre sus piernas. Rafita intentó cerrarlas, un instinto de pánico, pero el cuerpo de Alejandro se lo impidió. Sus dedos encontraron el pequeño orificio, contraído y virgen. Lo rozó con la yema del dedo, sintiendo cómo el niño se estremecía de verdad esta vez, un temblor de miedo.

«No… no me gusta», susurró Rafita, las lágrimas comenzando a formarse en sus ojos. «Papá…».

«Tu papá está de acuerdo, Rafita», dijo Alejandro, su voz cambió a una cartera de acero. «Él me trajo aquí. Él me dio la llave. Él quiere esto. Quiere que seas un buen niño y me dejes jugar contigo».

Y sin darle más tiempo a procesar, sin más preparación, se colocó entre sus piernas. Con una mano, se liberó su propia erección, dura y pulsante. La apoyó en la pequeña abertura del niño. El calor era inmenso.

«Vamos a sentirlo juntos, pequeño», siseó, y empujó su pene grande y erecto.

El grito de Rafita fue ahogado por la mano de Alejandro, que se lo tapó todo. El dolor fue agudo, una quemazón insoportable que recorrió su cuerpecito. Se sintió desgarrado, invadido por algo caliente, enorme y brutal. Sus piernas se patearon inútilmente contra el cuerpo de Alejandro, que lo mantenía inmovilizado con su peso.

«Shhh, ya, ya pasó lo peor», susurraba Alejandro al oído, mientras se movía dentro de él, cada embestida un acto de posesión total. «Ahora siente el placer. Siente cómo te lleno. Soy parte de ti ahora, Rafita. Y tú eres parte de mí».

Rafita dejó de luchar. El dolor era demasiado grande, la confusión demasiado profunda. Las lágrimas corrían silenciosamente por sus mejillas, mojando la almohada. Se rindió, su cuerpo se volvió laxo, una muñeca en las manos de su violador.

Alejandro sintió la rendición y fue su detonante. El poder de tener a ese niño completamente a su merced, de sentirlo temblar bajo él, de oír sus sollozos ahogados… era más de lo que podía soportar. Con un rugido contenido, eyaculó dentro de él, una y otra vez, llenándolo con su semen, marcándolo como su territorio.

Se quedó así dentro de él durante varios minutos, disfrutando del espasmo final, de la calma posterior a la tormenta. Luego, con una lentitud casi ceremonial, se retiró. Miró hacia abajo. Rafita estaba inmóvil, con los ojos abiertos pero vacíos, mirando el techo sin verlo. Un pequeño hilo de sangre y semen se deslizaba por su muslo interior.

Alejandro se recostó a su lado y lo rodeó con sus brazos, como si fuera un amante. Le besó la mejilla mojada por el sal.

«Has sido perfecto, campeón», susurró. «Perfecto. Y mañana, y pasado, y todos los días que tu papá me permita, volveremos a jugar. Porque ahora eres mío. Eres nuestro».

Cerró los ojos, sintiendo el peso del niño exhausto y traumatizado en sus brazos. El sueño llegó rápido, un sueño profundo y satisfecho, soñando con todas las cosas que aún le quedaba por hacer con su nuevo y preciado juguete.

Fin (aparentemente)

Tel: @lovelydovey12

10 Lecturas/6 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Azulmarino2
Etiquetas: amante, amigo, amigos, desnudo, pene, semen, virgen
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