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Dominación Hombres, Gays, Voyeur / Exhibicionismo

Cruising especial

Mi primer cruising .
Llegué al parque a las once de la noche. El coche crujió al apagarse y sentí el corazón martilleándome en el pecho. A mis cuarenta y tres años, recién divorciado y con el culo virgen de experiencias así, la adrenalina me recorría entero. Había oído hablar de este lugar, ese bosquecillo oscuro donde los hombres van a follar sin preguntar nombres, sin complicaciones. Me bajé, vestido con vaqueros ajustados y una camiseta negra que marcaba la barriga que los años me habían dado. El aire olía a humedad, a tierra mojada, a sexo rancio que impregnaba los árboles.

 

Caminé por el sendero de tierra, las pisadas amortiguadas por la hojarasca. La luna apenas se filtraba entre las ramas. Oía gemidos lejanos, el chirrido de una rama al peso de un cuerpo, el sonido húmedo de bocas trabajando pollas. Mi polla, flácida y pasiva como siempre, se movió apenas en los calzoncillos. Yo no buscaba follar, yo buscaba que me usaran. Que me convirtieran en el puto que llevaba dentro reprimido durante quince años de matrimonio fingiendo ser el macho activo.

 

Una sombra se movió entre los arbustos. Alto, ancho de espaldas, con una gorra calada hasta las cejas. No dijo nada. Solo me miró, evaluándome como quien examina mercancía. Yo bajé la vista, sumiso, ofreciéndome sin palabras. Eso fue suficiente.

 

—Puto —suspiró, y su voz sonó áspera, de fumador empedernido.

 

Me agarró del brazo con fuerza brusca y me arrastró detrás de un roble grueso. Allí el olor a semen era denso, casi tangible. Me empujó contra el tronco, la corteza áspera rozándome las mejillas. Sentí sus manos grandes, ásperas, bajándome los pantalones de un tirón. El aire frío golpeó mi culo blanco, blando, las nalgas temblando ligeramente. No llevaba ropa interior, sabía para qué venía.

 

—Mira qué culo más blanco, maricón —gruñó contra mi oído, su aliento a tabaco y cerveza rancia me quemó la piel.

 

Escuché el sonido de su cremallera bajando, el roce de la tela. No usaba condón, lo supe antes de sentirlo. Su polla salió pesada, caliente, golpeándome contra la nalga izquierda. Era gruesa, venosa, con la cabeza bulbosa y húmeda de presemen. Me la restregó por el surco de mis nalgas, burlándose, haciéndome gemir como perra en celo.

 

—Por favor… —suspiré, sin fuerza, entregado.

 

—Por favor qué, puta?

 

—Fóllame… fóllame sin condón…

 

Rió, un sonido cruel y bajo. Me separó las nalgas con los pulgares, exponiendo mi ano apretado, rosado, sin depilar, virgen de vergas desconocidas. Escupió. Una, dos veces. La saliva caliente cayó sobre mi agujero y él la extendió con el dedo índice, metiéndose sin delicadeza, abriéndome con rudeza.

 

—Aprieta, maricón. Quiero sentirte luchar.

 

Empujó. La cabeza de su polla, ancha como un puño cerrado, forzó mi esfínter. El dolor fue intenso, punzante, una quemazón que me hizo gritar contra la corteza del árbol. Mis uñas se clavaron en la madera húmeda.

 

—Ahhh, qué culito más apretado, hijo de puta —gruñó, metiendo más, siempre más, sin piedad.

 

Su polla me llenaba por completo, estirándome las paredes internas, tocando puntos que jamás había alcanzado ni con los dedos. Sentía cada vena, cada latido de su miembro dentro de mi recto. Empezó a moverse, embestidas duras, secas, el sonido de sus caderas golpeando mis nalgas resonando en la noche silenciosa.

 

—Toma, puto. Toma verga, marica de mierda. ¿Te gusta que te trate como basura? ¿Eh? Contesta, puta.

 

—Sí… sí… —gemí, la voz quebrada, el rostro contra el árbol, la baba cayendo de mi boca.

 

—Sí qué?

 

—Sí, me gusta… soy una puta… una marica… fóllame más duro…

 

Aceleró. Sus manos se cerraron en mis caderas, los dedos hundiéndose en la carne blanda, dejándome moretones que durarían días. El sonido de nuestras carnes chocando era obsceno, húmedo, acompañado por los gemidos que no podía contener. Cada embestida me levantaba de puntillas, mi polla flácida golpeando contra el tronco del árbol, ignorada, inútil, como debía ser.

 

—Voy a llenarte de leche, puto. Voy a dejarte el culo escurriendo semen como una puta barata.

 

—Sí, por favor… lléname… necesito tu leche…

 

Sentí cómo se tensaba, cómo su respiración se volvía entrecortada, jadeante. Sus embestidas perdieron ritmo, volviéndose desesperadas, profundas, buscando el fondo de mi ano. Entonces explotó. El chorro caliente inundó mi interior, llenándome de su semen espeso, pegajoso. Gritó, un sonido animal, bestial, mientras bombeaba dentro de mí, chorro tras chorro, empapando mis paredes internas, goteando fuera cuando ya no cabía más.

 

Se quedó quieto, jadeando contra mi espalda, su polla aún dura palpitando dentro de mi culo lleno. Lentamente se retiró y sentí el flujo cálido empezar a escurrir por mis muslos, bajando hasta las rodillas, manchando mis vaqueros caídos.

 

—Buen culo, puto —dijo, dándome una palmada fuerte en la nalga derecha que resonó como un latigazo.

 

Se subió los pantalones y desapareció entre los árboles sin mirar atrás. Yo me quedé allí, jadeando, el culo abierto, chorreando semen, la cara contra el árbol, en éxtasis.

 

No tuve tiempo de recuperarme. Otra sombra se acercó, más pequeña, más delgada. Se detuvo frente a mí, observando mi estado: pantalones abajo, nalgas expuestas, el brillo blanquecino del semen corriendo por mis piernas.

 

—Vaya, vaya —dijo una voz joven, casi burlona—. Parece que han dejado este culo bien usado. Pero a mí no me interesa follarte.

 

Me giré, tambaleándome, para mirarlo. Era más joven, unos treinta, con una sonrisa pícora y ojos brillantes en la penumbra. Se bajó los pantalones y sacó su polla. Era pequeña, sí, apenas diez centímetros, delgada, con la cabeza rosada y brillante. No era para follar con eso, lo supe al instante.

 

—Lo que quiero —dijo, acariciándose lentamente— es meterte el puño. ¿Te atreves, puta?

 

Mi estómago se contrajo. Nunca lo había hecho. Había visto videos, me había masturbado imaginándolo, pero nunca… Sin embargo, el estado en que me encontraba, el semen aún caliente dentro de mi ano relajado, la excitación de la humillación… Asentí, sin poder hablar.

 

—Buen chico. Ponte de rodillas, culo arriba, como las perras.

 

Obedecí, cayendo sobre la hojarasca húmeda, apoyándome en los antebrazos, levantando el culo lo más alto posible. Sentí sus manos, más pequeñas, más ágiles, acariciando mis nalgas. Una se deslizó entre ellas, encontrando mi agujero dilatado, aún resbaladizo por la corrida anterior.

 

—Qué bonito está este agujero, tan abierto, tan húmedo —murmuró, metiendo dos dedos sin esfuerzo, luego tres, girándolos, abriéndome más.

 

Gemi, apretando los puños en la tierra. Cuatro dedos. El dolor volvió, pero diferente, más profundo, una sensación de plenitud extrema. Retiró la mano y escupió generosamente sobre mi ano, masajeando la saliva con su pulgar, preparándome.

 

—Ahora viene lo bueno, maricón. Relaja ese culo de puta. Quiero entrar entero.

 

Apoyó la punta de sus dedos juntos contra mi esfínter. Empujó. Lenta, constantemente. Sentí el hueso de su mano presionando, forzando, exigiendo entrada. El dolor fue cegador por un instante, una sensación de rasgado, de imposibilidad. Grité, un sonido ronco que ahogué contra el musgo.

 

—Shhh, relájate, puta. Abre ese culo. Quieres ser mi guante, ¿verdad? Quieres sentir mi puño dentro de tu culo de marica.

 

Y entonces, de repente, el nudo cedió. Su mano entró de golpe, el puño completo, hasta la muñeca, desapareciendo dentro de mi recto. El grito que solté fue inhumano, una mezcla de dolor y éxtasis absoluto que resonó entre los árboles.

 

—¡Sí! ¡Ahí está! ¡Dios, qué culo más hambriento! —exclamó él, empezando a mover la mano dentro de mí.

 

La sensación era indescriptible. Sentía cada dedo, cada nudillo, cada movimiento mínimo. Su puño giraba dentro de mi vientre, masajeando mis paredes internas, tocando el fondo de mi colon, estirándome de formas que no creía posibles. Mi propia polla, siempre flácida, colgaba inútil entre mis piernas, goteando líquido preseminal en un hilo continuo sobre las hojas.

 

—Mira cómo te gusta, puta. Mira cómo gimes como una perra en celo. ¿Sientes mi puño? ¿Sientes cómo te poseo por dentro?

 

—Sí… sí… —jadeaba, la saliva cayendo de mi boca, la vista borrosa—. Tu puño… Dios, tu puño está dentro de mí… soy tu puta… tu guante…

 

—Eso es, maricón. Eso es. Ahora voy a follarte con el puño. Voy a masturbarme dentro de tu culo.

 

Empezó a moverse en serio. Su brazo entraba y salía, el puño bombeando dentro de mi ano con fuerza, creando un sonido húmedo, obsceno, de succión y carne. Cada embestida de su brazo me hacía gemir más alto, perdiendo toda dignidad, todo rastro de la persona que había sido esa mañana.

 

—¡Más fuerte! —supliqué, sin vergüenza, entregado por completo—. ¡Fóllame el culo con el puño, puto! ¡Hazme tuyo!

 

Aceleró. Su brazo entraba y salía como un pistón, el puño golpeando mis paredes internas, abriéndome cada vez más. Sentía que me iba a desgarrar, que iba a quedar abierto para siempre, y deseaba eso con cada fibra de mi ser. El semen del primer tipo se mezclaba con la saliva, creando un lubricante primitivo que salpicaba cada vez que su brazo se retiraba.

 

—Voy a correrme así —gruñó—. Voy a correrme mientras te tengo el puño dentro, puta. Voy a dejarte el brazo lleno de semen.

 

Y lo hizo. Sentí su cuerpo tensarse, su puño vibrar dentro de mí mientras se masturbaba con su otra mano, y luego el chorro caliente cayendo sobre mi espalda, mis nalgas, mientras su puño seguía ocupando mi interior. Gritó, un sonido agudo de placer, y su puño se quedó quieto dentro de mí, palpitando con los últimos espasmos de su orgasmo.

 

Lentamente, muy lentamente, empezó a retirar la mano. La sensación de vacío al salir fue casi peor que la entrada. Mi ano quedó abierto, un agujero negro y hambriento, palpitando al aire frío, incapaz de cerrarse, escurriendo los fluidos de ambos hombres en un hilo continuo.

 

—Buen trabajo, puta —dijo, limpiándose la mano en mi camiseta—. Ese culo está listo para cualquier cosa ahora.

 

Se fue riendo, dejándome allí, de rodillas, el culo destruido, el cuerpo temblando. Pero no había terminado. Una tercera sombra se acercó, atraída por mis gemidos, por la escena de humillación total.

 

Este era diferente. Mayor, quizás cincuenta años, barriga prominente, la polla ya fuera, gruesa, semi-erecta, oscura y venosa. Se acercó sin decir palabra, agarró mi pelo con fuerza y me obligó a levantar la cara.

 

—Boca abierta, puto. He oído que eres una buena puta. Vamos a ver si es verdad.

 

Me obligó a incorporarme, arrodillándome frente a él. Su polla me golpeó en la cara, pesada, oliendo a sudor masculino, a sexo acumulado. La punta rozó mis labios, dejando una estela de presemen salado.

 

—Lámelo. Lámelo todo, maricón.

 

Abrí la boca y saqué la lengua, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando el sabor ácido, intenso, de macho. Él gruñó y empujó, forzando su polla entre mis labios, llenando mi boca de golpe.

 

—¡Traga, puta! ¡Traga toda mi polla!

 

Y mientras él empezaba a follarme la boca, sentí que el segundo hombre, el del puño, no se había ido del todo. Se acercó por detrás, y antes de que pudiera protestar, sentí su mano, aún húmeda de semen y saliva, volviendo a mi ano destrozado.

 

—Vamos a ver si puedes hacer dos cosas a la vez, puta —susurró el del puño contra mi oído, mientras su mano entraba de nuevo, más fácil esta vez, mi culo ahora tan abierto que ofrecía poca resistencia.

 

Así quedé: arrodillado en el bosque, una polla gruesa moviéndose en mi boca con embestidas profundas, tocando mi garganta, haciéndome atragantar, mientras una mano entera se movía dentro de mi culo, fistiéndome con fuerza, el sonido húmedo de ambos actos mezclándose en la noche.

 

—Mira cómo la traga, qué puta más útil —gruñó el de la polla en mi boca, agarrando mi cabeza con ambas manos, usando mi garganta como un masturbador—. Gime, maricón. Quiero sentir las vibraciones de tu garganta mientras te follan el culo con el puño.

 

Intenté gemir, pero solo salieron sonidos ahogados, guturales, mientras la polla me llenaba la boca completamente. El sabor era abrumador: salado, amargo, el sabor del sexo crudo. Sentía cada vena de su miembro contra mi lengua, la cabeza golpeando mi campanilla cada vez que embestía.

 

Mientras tanto, el puño en mi culo no paraba. Giraba, se retiraba hasta los nudillos y volvía a entrar de golpe, haciéndome convulsionar. El hombre usaba mi cuerpo como un juguete, sin piedad, aumentando el ritmo cada vez que yo gemía más fuerte alrededor de la polla que me follaba la boca.

 

—¡Qué buena puta! —exclamó el de la boca—. ¡Se la traga entera mientras le meten el puño! ¡Esto es lo que eres, una puta de cruising, una marica insaciable!

 

Quería asentir, quería confirmar que sí, que era eso y más, pero no podía. Solo podía recibir, entregarme, ser el receptáculo de sus deseos más bajos. Mi cuerpo era un simple objeto para su placer: mi boca para follar, mi culo para fistear, mi dignidad pisoteada y abandonada en la hojarasca.

 

El hombre de la polla aceleró. Sus embestidas se volvieron desesperadas, profundas, buscando el fondo de mi garganta. Sentí que me iba a ahogar, que no podía respirar, pero no me importaba. Quería su semen, necesitaba sentir cómo me llenaba la boca, cómo me obligaba a tragar.

 

—¡Me voy a correr, puta! ¡Te voy a llenar la boca de leche! ¡Traga todo, maricón, traga o te ahogas!

 

Y entonces explotó. El chorro caliente inundó mi boca, espeso, abundante, llenando cada rincón. Intenté tragar, pero era demasiado, y el semen empezó a salir por las comisuras de mis labios, cayendo sobre mi barbilla, mi camiseta, mientras él seguía bombeando, saciándose en mi garganta.

 

—¡Traga! ¡Traga todo, puta sucia!

 

Tragué lo que pude, el sabor fuerte, dominante, quedándose en mi paladar. Él se retiró lentamente, su polla aún dura y brillante de mi saliva y su semen, golpeándome una última vez en la mejilla antes de guardarse.

 

Pero el del puño no había terminado. Con la mano aún enterrada en mi culo hasta la muñeca, me obligó a ponerme a cuatro patas de nuevo, mi cara contra la tierra húmeda, oliendo a musgo y sexo.

 

—Ahora te voy a abrir del todo, puta —gruñó—. Voy a hacer que tu culo se quede abierto para siempre, una cueva hambrienta de pollas.

 

Empezó a mover la mano con furia, entrando y saliendo con fuerza brutal, el sonido de succión obsceno en la noche. Mi cuerpo se sacudía con cada embestida, mi polla flácida golpeando contra mi vientre, ignorada, inútil. Yo era solo un culo, una boca, un agujero para usar.

 

—¡Gime, maricón! —ordenó—. ¡Dime lo que eres mientras te destrozo el culo!

 

—¡Soy una puta! —grité, la voz ronca, destrozada—. ¡Una marica de mierda! ¡Un agujero para follar! ¡Destrúyeme, por favor, destroza mi culo!

 

—¡Eso es, puta! ¡Eso es lo que quería oír!

 

Su mano se retiró casi por completo y volvió a entrar con toda la fuerza, el puño golpeando algo profundo dentro de mí que me hizo ver estrellas. Grité, un sonido animal que no reconocí como mío, mientras mi culo se contraía alrededor de su muñeca, intentando succionar su mano más adentro.

 

—¡Me corro! —exclamó él, y sentí su cuerpo tensarse, su puño vibrar dentro de mi vientre mientras se masturbaba violentamente con la otra mano, rociando mi espalda con su segunda corrida de la noche.

 

Se quedó quieto, jadeando, su mano aún enterrada en mis entrañas. Lentamente, muy lentamente, empezó a retirarla. La sensación de vacío fue abismal. Mi ano quedó abierto, un agujero obsceno que no podía cerrar, escurriendo una mezcla de semen, saliva y fluidos internos en un charco debajo de mí.

 

Cayó sobre la hojarasca, exhausto, usado, convertido en lo que siempre había sido: una puta de cruising, un receptáculo de semen, un cuerpo para que otros hombres descargaran sus instintos más primarios.

 

Los tres se habían ido ya. Estaba solo en el bosque, el culo destruido, la boca llena del sabor de semen ajeno, el cuerpo marcado por manos ajenas, cubierto de tierra y fluidos. Me quedé allí un rato largo, sintiendo el aire frío entrar en mi ano aún abierto, escuchando los sonidos lejanos de otros encuentros en la oscuridad.

 

Cuando finalmente logré levantarme, tambaleándome, me puse los pantalones empapados de los fluidos de tres desconocidos. Caminé hasta mi coche con las piernas temblando, el culo escurriendo con cada paso, sintiéndome vacío, completo, usado, libre.

 

Esa noche había nacido de nuevo. No como Rubén, el divorciado de cuarenta y tres años que había fingido ser normal toda su vida. Había nacido como lo que realmente era: una puta pasiva, una marica insaciable, un agujero ambulante que volvería a ese bosque una y otra vez, buscando más pollas, más puños, más humillación, más semen.

 

Subí al coche y encendí el motor. En el retrovisor, mi reflejo mostraba una sonrisa satisfecha, labios hinchados, ojos brillantes. El dolor en mi culo era intenso, profundo, una promesa de que estaría marcado durante días. Y ya pensaba en la próxima vez, en volver a ser usado, en convertirme en el puto más famoso de ese cruising, el que se ofrecía sin condón, el que aceptaba puños en su culo destruido, el que tragaría cualquier polla que se le presentara.

 

Arranqué el coche y salí del parque, dejando atrás la noche que me había liberado. Era maricón, era puta, y por fin, después de cuarenta y tres años, era verdaderamente feliz.

59 Lecturas/26 septiembre, 2026/0 Comentarios/por xufohi
Etiquetas: cruising, culo, follar, hijo, mayor, orgasmo, semen, sexo
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