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Dominación Hombres, Gays

Después de la fiesta: Laroi y Aurelio el velador pt. 2

Continuación del encierro de Mario y Aurelio con Larito, un pequeño de 5 años, acorralado en su propio cuarto ante los pervertidos deseos de dos amigos..
Las palabras de Mario retumbaron en la mente de Laroi, mezclándose con la pesadez del alcohol y la confusión de haber sido despertado a la fuerza; en lugar de forcejear, al infante se le cortó la respiración y se le aflojó el cuerpo, incapaz de razonar por seguir un poco adormilado. Mario, al ver que su pequeño sobrino no se le acercaba a Aurelio, perdió la paciencia, y sin esperar más tiempo, le sentó un manotazo en la nuca que le hizo retumbar las sienes para luego empujarlo bruscamente hacia adelante.

 

— ¡Muévete, carajo! — gruñó. Sin embargo, Larito seguía sin reaccionar.

 

Acto seguido, la mano del hombre ejerció una presión brutal sobre el niño, aplastándole el rostro contra las sábanas de su propia cama y ahogando sus quejidos. Mientras, los dedos de su tío se le hundían en el cuero cabelludo manteniéndolo inmovilizado.

 

— Aquí se hace lo que yo digo, pendejito — le siseó al oído — Obedece de una puta vez y mámale la verga a Aurelio. Dale el gusto.

 

Como pudo, Larito asintió con la cabeza. Satisfecho, Mario liberó la presión y le permitió a Larito levantar el rostro; aturdido y con los sentidos embotados, el infante se incorporó despacio y gateó torpemente hacia Aurelio. Mientras avanzaba, este se detuvo y giró la cabeza un segundo en busca de los ojos de su tío; la mirada del pequeño era desorientada y suplicante, como preguntando si cumpliendole al fin lo dejaría en paz.

Por su parte, Aurelio terminó de quitarse el pantalón y tomó lugar al borde de la cama. Con una sonrisa perversa, el velador observaba la vacilación del niño mientras acariciaba su verga pulsante; luego lo llamó.

 

— Ven acá chamaco, acércate. No hace falta que tu tío te muestre el camino, aquí tienes mi verga —dijo Aurelio, soltando un chasquido de lengua mientras le tomaba el rostro por la barbilla — Mírame a los ojos para que sepas quién te va a quitar lo malcriado.

 

Molesto por la duda de Larito, que lo impedía avanzar, Mario lo tomó con fuerza del cabello y lo llevó a rastras hasta la verga de su amigo. Con su solo movimiento en seco, el hombre encajó los 18 cm erectos del velado en la boquita de su sobrino.

 

— Te dije que la mamaras, putito. No me hagas quedar mal con Aurelio.

 

El impacto del movimiento tomó por sorpresa al niño de apenas 5 años, atragantándolo unos segundos con el miembro de Aurelio. Mario sujetaba al niño con la fuerza suficiente para marcarle el ritmo del oral, a la vez de que se aseguraba de que este no tratara de echarse para atrás.

Ante la succión del pequeño, el pervertido velador soltó un leve gemido de placer y apoyó las manos en la cabeza de Laroi a la par que su tío lo soltaba. Mario dio medio paso atrás para observar, como muchas otras veces antes, a su amigo disfrutar de un infante; sonreía con lujuria.

 

— ¿Qué pasó mi Aurelio? ¿Se siente como te lo imaginabas? — preguntó Mario alardeando.

 

— En todos estos años de verlo pasearse por la casa, jamás me imaginé el pedazo de puta que sería el cabroncito — excitado, Aurelio apretó el agarre — De haber sabido, capaz me lo chingaba antes que tú.

 

Mario soltó una carcajada, fascinado por la revelación de su amigo.

 

— Entre la fiesta y tú metido en tu caseta, ni tiempo tuve de contarte lo puto que salío.

 

Aurelio sacó su verga de la boca del pequeño y retrocedió apenas para contemplar el estado perdido en el que se encontraba. Libre del agarre, Larito se dejó caer boca arriba sobre las sábanas y tomó una bocanada de aire agitado, tratando de recuperar el aliento con el rostro aún caliente y los ojos entreabiertos. A su vez, Mario aprovechó ese breve espacio para acomodarse el bulto y dirigirle la palabra a su sobrino.

 

— Agradécele al Aurelio la atención que te da y portate bien con él, ¿oíste? — murmuró, dándole un par de palmaditas suaves pero humillantes en la mejilla — No me hagas quedar mal putita.

 

Sin esperar una respuesta realmente, Mario caminó hasta la puerta y se giró hacia su amigo antes de salir.

 

— Ahí te lo encargo, viejo, solo no me lo maltrates mucho porque aún tengo planes para él. Voy abajo por otro trago y a cuidar que no los molesten.

 

— Anda tranquilo, Mario… — respondió Aurelio, sin quitarle la vista al niño.

 

Mario salió y cerró la puerta tras de sí; mientras el eco sordo de la música de afuera indicaba que la fiesta continuaba, el chasquido del cerrojo selló el encierro de Aurelio con el infante. Observando cómo el pecho le subía y bajaba al ritmo de su respiración, el velador terminó de quitarse el resto de la ropa con una oscura satisfacción.

 

— Ya eres mío pendejito — dijo inclinándose despacio hacia él — Escuchaste a tu tío, ¿no? Si te portas bien, lo vamos a pasar rico los dos. 

 

Larito permaneció inmóvil sobre el colchón, con la piel erizada por el contraste entre el calor de la habitación y la corriente fresca que entraba por la ventana. Con la mirada fija en el techo, el niño intentó apoyar los codos para incorporarse y cambiar de postura, pero antes de lograrlo, Aurelio lo frenó en seco: el peso del hombre lo empujó de vuelta contra las sábanas y lo jaló al borde, dejando su cabeza suspendida en el aire.

 

Indefenso ante el dominio del hombre, Larito tuvo que resignarse a la posición, sintiendo cómo el cuerpo de Aureli aseguraba el control de la escena. Este le sostuvo la cabeza por la nuca y volvió a penetrar con fuerza su cavidad bucal; el hombre sentía la tensión en la mandíbula del pequeño y la rigidez de los músculos del cuello, que aún guardaban el esfuerzo de horas antes con su tío.

Con el cuello arqueado hacia atrás, la entrada a su garganta quedaba directa, pero estrecha. Aurelio notó de inmediato la falta de fluidez: la mucosa, resentida e hinchada, se ceñía con una fricción caliente alrededor de su miembro, mientras los pequeños espasmos musculares de Laroi retumbaban en la palma de su mano. El niño se forzó a tragar saliva e intentó soltar un gemido, pero el sonido murió atrapado por la falta de espacio y el ardor en la zona.

 

Tras unos minutos de un bombeo continuo, Aurelio retiró su venosa verga de la boca del niño. Laroi dejó caer aún más la cabeza, soltando una bocanada de aire áspera y pesada; tenía los labios entreabiertos, la garganta enrojecida por el esfuerzo y abundante saliva escurriéndole por el rostro. Sin darle tiempo a recuperarse del todo, el hombre lo tomó por los hombros y lo aventó al centro de la cama; luego se subió con él y se posicionó entre sus piernas para desvestirlo sin delicadeza. A medida que las prendas cedían, Aurelio fue descubriendo el rastro que Mario había dejado horas antes: marcas rojas encendidas en la cadera y la huella de unos dedos firmes en los muslos; saber que el cuerpo del infante ya había sido tomado, dolorido y marcado, le provocó un chispazo de posesión mucho más denso, acelerándole el pulso.

 

— Mira nada más cómo se divirtieron contigo — soltó en un susurro denso, aplicando una presión sutil sobre uno de los moretones. El pequeño dio un brinco involuntario por la sensibilidad de la piel — Ahora vas a tener que esforzarte para aguantarme a mí.

 

Sin perder más tiempo, Aurelio desplazó su peso hacia abajo para abrirle las piernas al sobrino de su amigo, encontrando una entrada aún dilatada, tibia y lástimada por la violación de Mario. Pasó la yema de dos dedos lentamente sobre el contorno, sintiendo cómo el centro apenas ofrecía resistencia; presionando con deliberada lentitud, estiró la piel sensible para recordarle al pequeño para lo que estaba hecho: complacer a pervertidos como su tío y él.

Abrumado por la intrusión directa y la sensación de estar expuesto nuevamente, Larito reaccionó por instinto y trató de frenar la presión.

 

— Quita tu puta mano y no estorbes — gruñó Aurelio antes de soltarle una bofetada. Luego, tomó sus muñecas con fuerza para fijarlas al colchón.

 

Aurelio hundió sus dedos sin rodeos en el niño, sacándole un gemido que se quebró en su garganta reseca. Mantuvo la presión un momento antes de moverse en el interior de Larito, disfrutando del temblor en las piernas del pequeño. Se retiró con lentitud y, sin darle margen para recuperarse, lo tomó de la cintura y lo cargó hasta una banca de madera que bordeaba la ventana junto a la cama, acomodándolo de rodillas sobre el mueble.

Larito apoyó los antebrazos y el pecho contra el cristal helado. Abajo, en el extremo opuesto del patio, la gente bebía y bailaba bajo las luces de la fiesta, totalmente ajena a la penumbra de la habitación. Aurelio se subió a la banca tras de él, sujetándolo con firmeza de las caderas para mantenerlo pegado al vidrio mientras jugaba con su verga en la entrada del pequeño: la rozaba penetrándolo solo con la punta, frotándose o dándole golpecitos con su miembro en medio de sus redondas y bien formadas nalgas.

 

— ¿Ves a tus padres, nene? Grita o llora si quieres, nadie nos ve ni nos escucha aquí arriba — soltó con un cinismo seco, lamiendo la oreja del pequeño.

 

Continuará…

12 Lecturas/10 de octubre de 2026/0 Comentarios/por Laroi64
Etiquetas: amigos, oral, puta, putita, putito, puto, sobrino, velador
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