Después de la fiesta: Laroi y Aurelio el velador
Continuando la pesadilla de haber sido violado, Larito vuelve a quedar a merced de su tío Mario, quien esta vez se lo entrega a su amigo Aurelio, el velador de la casa..
Nota inicial:
Esta historia es la continuación directa de “Laroi y su tío: Violación en una fiesta familiar”. Para este relato, hay que regresar a la mañana de ese mismo día, horas antes de la fiesta y la violación de Larito. Mientras todos estaban ocupados con temas de la fiesta, Mario pactaba un trato con un tercer participante que debía esperar pacientemente su turno con el niño.
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Aurelio, de 42 años, es el velador de la casa de Larito desde hace tiempo. Es un hombre de piel morena curtida por el sol, complexión robusta y un aspecto tosco, de cuerpo casi lampiño pero con un olor corporal concentrado, un aroma varonil y fuerte a sudor. Carga con una verga prieta, gruesa y de venas marcadas.
La mañana de la fiesta, la casa era un desmadre con los preparativos. La madre de Larito andaba metida en la cocina con alguna de sus tías preparando la comida, su padre iba de arriba abajo montando cosas del evento, y otras personas ayudaban con la decoración. Entre los familiares, proveedores y los trabajadores que entraban y salían, el portón principal en la barda de piedra que rodeaba la casa no tenía ni un segundo de descanso.
Aurelio, metido en su papel de velador, vigilaba desde la entrada a las personas que cruzaban por allí o atravesaban el jardín frontal; sin embargo, su atención se veía distraída por momentos cuando se detenía a observar a Larito, quien, aburrido, se bañaba con la manguera en el pasto y jugaba con el agua bajo el sol. Con apenas 5 años, el niño tenía un culito redondo, paradito y bien formado, y con los shorts chorreando agua… la delgada tela se le metía entre las nalgas, marcándoselas de forma casi transparente. Cada que Larito se agachaba o se giraba para mojarse la espalda, Aurelio pensaba que ese culito pedía a gritos que alguien le pusiera las manos encima.
El hombre estaba tan metido en su morbosa contemplación, con la mano en el bolsillo sobándose la verga dura sobre el pantalón, que perdió la noción de su entorno. Una voz familiar le habló a sus espaldas.
— ¿Qué pasó Aurelio? Ya mejor sácate la verga.
El velador dio un brinco, liberando su mano de un jalón con el corazón en la garganta. Por un segundo se le heló la sangre pensando que lo habían descubierto morboseando al niño, pero al darse la vuelta y encontrarse con la cara de Mario sonriéndole con burla, se tranquilizó. Sin esperar una respuesta, Mario, el tío de Laroi, se acomodó junto a su amigo para clavar la vista en la misma dirección, sabroseándose al pequeño sin disimulo mientras éste seguía jugando con la manguera.
— La putita sabe el culo que se carga y anda ahí de regalado. Hasta parece que se exhibe adrede el pendejito.
Entre ambos hombres no era la primera vez que se cruzaban miradas de ese tipo, ni que hablaran en ese tono; su amistad comenzó tiempo atrás cuando se cruzaron en un cine porno escondido en el centro de la ciudad. Esa noche proyectaban material casero y clandestino que solo se disfruta en la penumbra de esos lugares; Mario lo reconoció por las veces que iba de visita a casa de Larito y lo veía en guardía, pero en medio de la oscuridad y el ambiente perverso del cine, descubrirse en el mismo gusto fue suficiente para romper el hielo y sellar una complicidad silenciosa. A partir de ese momento, los dos empezaron a compartirse videos prohibidos, presumirse sus anécdotas más puercas, coger juntos llevándose putitas a moteles o sus casas, rolarse a las presas que caían ante ellos, o ayudarse a tomar a cualquiera que le trajeran ganas, armando trampas para reventárselos aunque fuera a la fuerza.
— ¿Qué te trae tan temprano por acá, Mario?
— Vine a dejar una cosas para la fiesta — respondió sin despegar los ojos de Larito
En ese momento, sintiendo la mirada de ambos hombres, Laroi aventó la manguera y le dedicó un saludo rápido con la mano a su tío, y una sonrisa despreocupada.
— Ahorita regreso, saludaré al pendejito y dejaré estos cables — anunció Mario antes de encontrarse con su sobrino.
Caminó por el pasto húmedo hasta encontrarse con el niño, quien lo recibió con un abrazo afectuoso; con su cabeza a la altura de la verga de Mario, éste aprovechó el contacto para rodearle la cabeza, acariciándole el cabello mojado antes de ponerse en cuclillas para que Larito pudiera sentarse en su pierna. Aunque el hombre sabía perfectamente en qué parte de la propiedad se encontraba su compadre, le preguntó al pequeño para disimular la verdadera razón de su acercamiento, y éste le señaló la dirección. Antes de incorporarse, Mario pasó las manos por hombros de su sobrino y bajó con disimulo por sus brazos y los costados de su cintura, fingiendo medir la firmeza de su cuerpo. Le dijo orgulloso lo grande y fuerte que estaba, dándole al mismo tiempo un beso afectuoso en la mejilla.
Durante los minutos que le tomó entregar las cosas y cruzar de regreso el patio, la sensación de la cintura de Larito y la imagen de su carita sobre su bulto le terminaron de encender las ganas; para cuando volvió con el velador, la decisión estaba hecha: esa misma noche lo violaría. Su amigo, al verlo sonreír con lujuria, no necesitó de explicaciones largas para ayudarlo a improvisar una trampa para el pequeño.
Con la fiesta en curso ya de noche, Aurelio ejecutó su parte del plan sin levantar sospechas, avisándole a sus jefes que uno de los baños del piso superior se encontraba fuera de servicio por un problema en las tuberías y que, para no arruinar el ambiente metiendo herramientas a esa hora, dejaría la puerta bajo llave hasta el día siguiente que pudiera repararlo. El velador había accedido a correr el riesgo de ayudar a su amigo, entusiasmado por la promesa de que, una vez que Mario hubiera hecho de Larito su perrita, él también tendría su turno para cogérselo más tarde.
De vuelta en su caseta de seguridad, avisó a Mario del baño despejado y se acomodó frente a los monitores para vigilar las cámaras y asegurarse de que nadie se les acercara. Dos horas más tarde, vería en las pantallas al pequeño Laroi ser guiado por su tío al punto de encuentro; tras un rato de encierro, vio la puerta del baño abrirse.
Primero salió Mario con un rostro que reflejaba satisfacción, minutos después apareció Larito; el cambio del niño era devastador: caminaba despacio, desorientado, con la mirada perdida y el cuerpo agotado, limpiándose las lágrimas secas con torpeza antes de perderse hacia la casa principal sin decir una sola palabra. La noche siguió su curso, y hacia la madrugada, con gran parte de los invitados retirados y otros pocos dormidos en los sillones, colchonetas o compartiendo habitaciones, la fiesta continuaba con los que permanecían enfiestados. Larito, refugiado en su propio cuarto, cansado y vencido por lo ocurrido en el baño, creía que ahí terminaría su noche.
Afuera, Mario fue a buscar a Aurelio para cumplir con su parte del trato. El velador tomó su juego de llaves de la propiedad, caminaron hasta el cuarto del infante, y giró la cerradura con el sigilo que le daban los años de oficio; la puerta se abrió sin emitir un solo chirrido y se encontraron con un Larito dormido. A la tenue luz que entraba por la ventana el niño yacía rendido a mitad de la cama, boca abajo y con una pierna flexionada hacia arriba; traía puesta una camiseta holgada de tirante y unos shorts cortitos que, por la postura, se la habían corrido ligeramente, dejando al descubierto parte de la cadera y la marca de los moretones que su tío le había dejado horas antes.
Mario se acercó despacio al borde de la cama y enganchó dos dedos en el elástico de los shorts de Larito, bajándolos un poco con lentitud. Al descubrir la piel expuesta y contemplar los tonos rojizos y violetas que le marcó al niño, soltó una risa ahogada de orgullo. Con un gesto sencillo le indicó a su amigo que se acerca. Aurelio, teniendo la desprotegida silueta del pequeño frente a sí, extendió la mano y comenzó a acariciar suavemente la cadera y el muslo del niño. Mario lo observaba con tono cínico, incitándolo a desabrocharse el pantalón y sacarse la verga mientras que disfrutaba de tocar a su sobrino.
El velador no dudó en hacerlo; mientras liberaba su miembro, Mario se inclinó sobre la cama, sujetó a Larito con firmeza del cabello y le dio un jalón seco hacia atrás, despertándolo de golpe. Adormilado todavía y pesado por el cansancio acumulado, al niño le tomó unos segundos comprender lo que pasaba; cuando logró incorporarse a medias y enfocar la vista en la penumbra, presenció a Aurelio masturbando su gran verga frente a sus ojos, y a su tío sujetándolo con fuerza, acorralándolo contra su propia cama para que no pudiera escaparse. El pequeño intentó zafarse con pánico, pero la mano de Mario en su nuca le impidió cualquier movimiento; éste le apretó los dedos en el cuero cabelludo, obligándolo a mantener la vista fija en los 18 cm erectos del velador.
— Despierta mi niño… Mira lo contento que tienes al Aurelio, lo traes bien duro al cabrón. Te toca consentirlo. Dale gusto al señor, y atiéndelo como la putita que eres.
Continuará….
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¿Qué les parece esta nueva historia? ¿Les gusta la relación de Mario y Aurelio?

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